forma. El soberbio viejo, que fué uno de los raros cultos individuales
de mi vida, me llena el espíritu; su memoria suscita la de tantos otros
seres queridos que la ola nos ha arrebatado, sin darles tiempo, como a
él, de cumplir la misión que sus cerebros luminosos y sus almas
levantadas les marcaban en la tierra... Decididamente, es bueno que por
algún tiempo deje de andar entre tumbas; bastan para echar sombras
persistentes sobre mi alma los diarios de la patria, que día a día me
traen la noticia de que uno más ha entrado al reposo eterno. Es el lado
negro de la espera del turno.
De vuelta, me echo a vagar por las calles de este París que entra a su
vida normal, pasado el síncope[20] y de nuevo Sarmiento surge en mi
memoria, como si su personalidad absorbente saltara de la tumba para
imponerse a los vivos, como en tiempo de la acción, por el vituperio o
el entusiasmo, por el cariño o el odio.
[20] Estas líneas fueron escritas pocos días después de la visita,
a París, hecha por el tzar de Rusia.
Y pienso que hace cincuenta años, justo medio siglo, él también recorrió
estas calles, allá en el mes de Octubre de 1846. Tenía ya más de treinta
años, había publicado el _Facundo_, y hecho la campaña periodística de
Chile que, por el vigor, la originalidad y la luz intensa que proyectó,
no sólo sobre las cuestiones de su tiempo, sino sobre el porvenir y la
ruta de salvación del mundo americano, no tiene rival en los fastos de
ningún país. Al fin pudo realizar un sueño de su vida, y en 1845 se
embarcó en Valparaíso para Europa, a completar sus estudios sobre
educación popular y, sobre todo, para ver, con los ojos de su cuerpo, lo
que los ojos de su espíritu habían admirado, la tradición, el arte, la
cultura de este viejo mundo.
Vosotros, los que tenéis en vuestras bibliotecas sin vida, los ocho o
diez tomos publicados de las obras de Sarmiento[21], haced un esfuerzo
sobre vuestro horror de la letra de molde y abrid, por cinco minutos, el
volumen de _Viajes_. Y vosotros, jóvenes, los que os quejáis dolientes
de que no hay atmósfera intelectual en nuestro país, hacedla revivir,
volviendo a las fuentes puras e incomparables del pasado. Leed esos
Libros admirables, escritos hace más de medio siglo y que, como las
telas de los grandes maestros, conservan en sus líneas y en su color una
frescura jamás igualada en el correr de los tiempos. Declaro que no
conozco, en prosa castellana, ni aun en los grandes modelos del género,
páginas comparables a algunas de las de Sarmiento en sus _Viajes_, al
retrato de don Domingo de Oro, en sus _Recuerdos de Provincia_, o a esa
armonía profunda con que el genio del escritor acaricia la memoria de la
madre. Leed, leed esos libros, jóvenes, y veréis con qué orgullo
sentiréis el alma de vuestra raza palpitar en sus páginas. Son libros
genuinamente nuestros, que no han podido ser escritos en otra parte y
que constituyen, hoy por hoy, la nota más clara y luminosa para
ayudarnos a comprender la gestación caótica de nuestra nacionalidad. No
os hablo de moral, no os hablo de patriotismo, no os hablo de que esa
lectura pueda determinaros a ser pequeños Sarmientos, en lo que, por
otra parte, no perderíais nada ni vosotros ni el país: os hablo de arte,
os hablo de la única manera posible de resucitar entre nosotros esa
atmósfera intelectual por la que lloráis; os invito a entrar a esos
libros, como empujo a todos los jóvenes argentinos que hay en París, a
ir al Louvre, al Colegio de Francia o a la Facultad de Letras, para que
se den cuenta que hay otras cosas en el mundo que el oficio de abogado,
la chicana política, la operación de bolsa o el casamiento ventajoso...
[21] Son hoy (Enero 1908) 51 y no contienen una página que no haya
sido escrita por Sarmiento; hay muy poco inédito, porque para
Sarmiento, escribir era obrar. Así, en esa publicación, en la que,
como se debía, se nos ha dado "todo" lo que en vida publicó ese
espíritu extraordinario, no se encuentra, como en los "escritos
póstumos" de Alberdi, una sola línea que produzca la impresión
dolorosa de una profanación.
I
Sarmiento se embarca, pues, sobre la _Enriqueta_, uno de esos barcos de
vela que fueron el martirio de nuestros padres y que deben haber sacado
de quicio y arrancado a su compostura colonial, hasta a las personas más
graves de nuestra revolución; sólo concibo, después de diez días de
calma chicha y treinta de frejoles secos, igual, solemne, acompasado,
abrochado y manteniendo su actitud con dignidad, por si los pescados le
miran, a don Bernardino Rivadavia...
Sarmiento descubre, al pasar, la isla de Robinson, que describe en
páginas inimitables, dobla el cabo de Hornos y, por fin, en medio de una
tormenta deshecha, entra en aguas del Río de la Plata y desembarca en
Montevideo. La descripción de lo que allí ve, hecha con un brío y un
color incomparables, salpicada de retratos que en tres líneas dibujan
una página para la posteridad, es lo único que tenemos de real, de
vívido, sobre esos días de honor de nuestra historia. Un libro sobre el
Sitio, hecho, no al frío resplandor de los documentos oficiales, sino
iluminado por la vibración del recuerdo, con toda la pasión viril y
generosa de la causa que se defendía, eso es lo que Lucio V. López, poco
antes de morir, pedía a su padre, nuestro ilustre historiador, eso es lo
que todos nosotros hemos pedido y pedimos al general Mitre, en vez de la
labor mecánica a que ha dedicado sus últimos años de vigor intelectual.
Sarmiento pasa rápidamente por Montevideo, pero su sensación es tan
fuerte y tan intensa, que creo difícilmente que ningún libro del futuro
nos dé, con igual verdad, la impresión real del cuadro. Hoy que nuestro
país ha entrado definitivamente en la ruta banal de la marcha de las
sociedades modernas, para las que los problemas vitales de hace
cincuenta años se han convertido en axiomas de archivo, que no se
discuten, ese sitio de Montevideo, con sus antecedentes y sus
consecuencias, toma cierto carácter de novela romántica que nadie lee
ya, que se recuerda en uno que otro texto de literatura, pero cuyo
estudio, como el de los poemas clásicos, tiene poca o ninguna utilidad a
los ojos de los que sólo ven, como signos positivos de la grandeza de un
pueblo, sus estadísticas de aduana y el kilometraje de sus caminos de
hierro. Ese escepticismo, esa sonrisa despreciativa para el recuerdo de
los días de mayor sufrimiento y de mayor pureza moral de nuestro pueblo,
han permitido, han sugerido ya la publicación de libros, cuya buena fe
no salva que sean una injuria para la memoria de los que dieron o su
vida o su juventud y su felicidad en holocausto a su país.
Los que hemos nacido en los últimos años de ese asedio inmortal, bajo la
bandera y en las cuadras casi de esa legión argentina que el plomo
enemigo acabó por reducir a un puñado de hombres, hemos oído a nuestras
madres, a los viejos servidores de la familia, durante los años de la
infancia, las narraciones heroicas de aquellos días. ¡Qué desprecio por
la vida! ¡Qué connaturalización con aquella atmósfera de fuego, dentro
de la que se jugaba el porvenir de un pueblo, y más de cerca, no ya la
existencia, sino el honor de madres, hijas, mujeres y hermanas!...
Podéis sonreir del épico momento, escépticos satisfechos que gozáis hoy,
en la plena obesidad de vuestra atrofia moral, de la fortuna territorial
amasada por vuestros padres a favor del acatamiento y la adulación del
bárbaro sangriento que los nuestros combatían! Podéis sonreir, que nadie
ni nada borrará de nuestro corazón ni de nuestro nombre el sello de
nobleza de ese abolengo...
Sarmiento venía de Chile, a donde los últimos rebotes de la ola de
barbarie que asolaba al pueblo argentino, le habían arrojado por sobre
los Andes. Su acción intelectual de Chile la volvía a encontrar en
Montevideo, pero candente y desesperada, como el jadear de los pechos en
la trinchera perenne. ¿Cómo aquel apretón de manos que dió entonces a
Mitre, a Gutiérrez, a Mármol, a Alsina, a Cané, no hizo sagrados, para
la vida entera, a esos hombres entre sí? ¿Cómo, más tarde, la política
pudo dividirlos y arrojarlos a campos opuestos?...
Al pisar la cubierta del barco que le llevaba a Río de Janeiro, en rumbo
a Europa, Sarmiento debió sacudir su poderosa cabeza, como para disipar
el mal sueño y preparar su espíritu a la esperanza. La bahía de Río, la
estupenda aparición de la región tropical, le inspiran páginas, entre
otras aquella en que pinta la esclavatura y el canto de caridad con que
los miserables se sostienen y se alientan en su faena, como quisiera que
de tiempo en tiempo se escribieran en nuestra lengua. ¡Qué variedad de
tonos en esa paleta admirable! Todos los que en nuestra tierra leéis,
conocéis el estilo general de Sarmiento, ese ímpetu un tanto
desordenado, aquel atropellarse de las ideas, que se quitan el sitio
unas a otras para llegar primero, aquellas indicaciones bien vagas a
veces, que nos obligaban, a Del Valle y a mí, a ir metiendo en las
frases los verbos ausentes[22]. Todos recordáis el látigo iracundo de la
polémica, el apóstrofe que aplastaba a un hombre o a una camarilla para
toda la siega, como también el movimiento majestuoso de su verbo,
cuando, en vuelo soberano, postrándose ante la bandera, su espíritu
invocaba la bendición divina sobre su pueblo. Pues bien, leed la página
sobre la poesía, que le inspira su encuentro con Mármol y la lectura que
el poeta proscripto le hace de sus cantos del _Peregrino_, y veréis la
inagotable fecundidad de esa paleta, de la que el artista arranca, al
pasar y sin esfuerzo, todos los tonos, todos los colores para reflejar
el mar y los cielos, la tierra y el alma.
[22] Cuando corregíamos en el «Nacional» las pruebas de los
artículos de Sarmiento.
Allí se topa también con el _pardejón_ Rivera, el teniente de Artigas,
el teniente de los portugueses, el teniente de Lavalleja, el teniente de
todas las causas, buenas y malas, por las que se derramaba sangre en las
orillas del Uruguay. ¡Qué delicioso tipo de imbécil, guarango, soez y
bruto, de gaucho pretencioso! Nada comparable a aquella comida en la
que, delante del ministro francés y otras personas cultas, Rivera
cuenta, muy suelto de cuerpo, que don Pedro I del Brasil le quiso casar
con su hija doña María da Gloria, pero que él se había resistido.
Sarmiento le toma el pelo en el acto y deplora que haya desdeñado de ese
modo la corona de Portugal! ¡Don Frutos I, rey de los Algarbes!... Allí
en mi juventud, con Ricardo Gutiérrez, que acaba de terminar su misión
de luz y caridad sobre la tierra, estuvimos a punto de persuadir a uno
de nuestros compatriotas, otra cuerda que Rivera, pero también tipo
genuino del país, que la impresión que había producido, en un teatro, a
una reina, entonces joven, le abría el acceso a un trono de Europa,
pequeño, pero confortable...
II
Al fin pisa Sarmiento tierra de Europa, remonta el Sena y por Rouen,
gana París.
La carta que de allí escribe es dirigida a don Antonio Aberastain, aquel
mártir del Pocito, una de las últimas víctimas de la barbarie argentina.
Siendo yo niño aun, recuerdo haber visto a mi padre, con las lágrimas en
los ojos y presa de una indignación profunda, dictar uno de sus
artículos más enérgicos sobre aquel asesinato.--"¡Pobre _Buey_! repetía
mi padre a la noticia de la catástrofe: ¡el hombre más puro y más sano
que he conocido!" Ese apodo había sido dado a Aberastain en el colegio
(se había educado en Buenos Aires) por su corpulencia obesa, pesada y la
indiferencia tranquila con que miraba todo. Algunos años más tarde
entraba yo al Colegio Nacional y tenía por condiscípulo en mi clase al
hijo del mártir; era idéntico al retrato que de su padre había oído al
mío, y pronto el apodo paterno le distinguió entre nosotros. Pedro
Goyena, que empezaba, a los veinte años, a dictarnos una clase de
filosofía, descubrió en el _Buey_ una inteligencia de una claridad
extraordinaria, pero de una lentitud curiosa para ponerse en movimiento.
El joven Aberastain fué una de las primeras víctimas del cólera entre
nosotros. Cuando tuve el honor de ser compañero de Sarmiento en el
Consejo General de Educación de la provincia de Buenos Aires, le hablé
un día de mi joven condiscípulo, tan prematuramente arrebatado a la
vida; su fisonomía se cubrió de una tristeza profunda y sin duda
pensando en el amigo de los días amargos, pensaba también en su hijo
único y querido, que había dado su vida a la patria, privándole a él del
bastón de su vejez...
La primera impresión de París que Sarmiento comunica a Aberastain es
característica; como el joven que llega a Edimburgo o a Verona, cree ver
por todas partes a María Estuardo o a Romeo y Julieta, la generación de
Sarmiento sólo veía a París a través de los _Misterios_ de Eugenio Sue.
La influencia del romanticismo francés había penetrado y conquistado los
espíritus americanos, con más fuerza, ayudada por la imaginación, que
treinta años antes los enciclopedistas. A mis ojos, esa influencia no
pudo ser más perjudicial para el porvenir de las letras argentinas. La
lucha constante y la excitación intelectual que traía habían producido
un núcleo de escritores que, librados tal vez a su propia inspiración,
habrían reflejado en sus libros el ambiente, el color, el sabor de
nuestra tierra y habrían dejado una base inconmovible a nuestra
literatura nacional. Pero Byron, Hugo, Lamartine, en la poesía; Dumas,
Hugo, Sue, Féval, en el teatro y la novela, se apoderaron de tal manera
de la inteligencia argentina, que, desdeñando o pasando al lado sin
verla, la fuente viva y fecunda del suelo y la sociedad natal, los
jóvenes que manejaban una pluma, se limitaban a copiar los poemas y
reflejar el ideal de los románticos en boga, como los poetas de la
revolución habían imitado, en sus odas de pesado vuelo, el modelo de los
poetas españoles de la decadencia. Echeverría (salvo en algunos y no
muchos momentos de la _Cautiva_), Mármol, Gutiérrez, Domínguez (los de
Rivera Indarte no eran versos, ni cosa que se les pareciera) seguían el
movimiento de la lira francesa. Mitre traducía el _Ruy Blas_ de Hugo,
que cincuenta años más tarde publicaba con su valor habitual: V. F.
López, lleno de Walter Scott, escribía la _Novia del Hereje_, en vez de
dar forma a los cuadros de la Revolución, que concebía ya bajo el molde
de la novela; mi padre, a quien la naturaleza había dotado de un gusto
artístico exquisito y de un estilo de una galanura inimitable,
doblemente impregnado por el romanticismo francés y el _wertherismo_
italiano, a lo Ugo Fóscolo, fúnebre y sentimental, escribía su _bluette_
de _Esther_ o imitaba, en la _Noche de boda_, las más románticas
concepciones de la época. Sólo dos hombres escaparon a esa influencia y,
conservando su personalidad propia, buscaron en el suelo patrio la
fuente de su inspiración: Sarmiento, por ímpetu interno y porque vivía,
respiraba y soñaba dentro de un ideal exclusivamente americano, y
Ascasubi, porque ignoraba la existencia del movimiento intelectual
europeo; sintiendo como un gaucho y sabiendo hablar como él, nos dejó en
sus cantos, en forma imperecedera, la nota moral de las masas argentinas
de entonces...
¿Pero qué queréis? En Chile, en Montevideo, en Buenos Aires mismo, allá
en los últimos rincones donde se leía aún, el Churriador, la Lechuza,
Rodolfo y Flor de María, eran tan populares como un momento lo fueron en
Francia los héroes de Madame Cottin o en Inglaterra Lovelace y Clarisse
Harlowe. Por eso Sarmiento, frescamente desembarcado en París, da
noticia de Tortillard, Brazo-Rojo y la Rigoleta, sintiendo que, por los
barrios donde Rodolfo daba aquellos puñetazos fenomenales, se haya
"abierto por medio de la _Cité_, una magnífica calle que atraviesa desde
el Palacio de Justicia hasta la plaza de Nuestra Señora, iluminada a gas
y bordada de estas tiendas de París, envueltas en cristales como gasas
transparentes, graciosas y coquetas como una novia".
Luego se echa a vagar, a _flaner_, como él dice, deteniéndose extasiado
ante esta palabra que ninguna otra lengua posee y que tan bien expresa
ese dulce abandono del cuerpo y del espíritu, flotando entre los mil
atractivos que lo solicitan al pasar. "Ando lelo; paréceme que no
camino, que no voy, sino que me dejo ir, que floto sobre el asfalto de
las aceras de los boulevares". Siento consignar este detalle, ¡oh
jóvenes _snobs_ de todas nacionalidades, inclusa y especialmente la
nuestra, que llegáis a París como si hubiérais visto la luz en la ciudad
ideal de todas las perfecciones y encontráis todo común, vulgar, chato y
despreciable! Siento daros ese mal rato: Sarmiento se quedaba "con un
palmo de boca, contemplando la Maison Dorée, el Café Cardinal o los
Baños Chinescos". ¿Pero es un mal rato, en verdad, para los snobs, esa
reminiscencia? Para ellos, Sarmiento no figura, acaso, entre esas
_cosas_ vulgares, chatas e indignas de atención? Por mi parte, tengo mi
juicio hecho bien pronto, a favor de esa piedra de toque invariable:
joven que, llegado a París, le juega indiferencia, no se admira de nada
y hasta mete _pullitas_ compadres al compañero que, como Sarmiento, se
queda lelo: imbécil.
Sarmiento, vagando en las calles, se pierde a cada momento y es de ver
la admiración profunda que le causa la hospitalaria cultura del pueblo
francés, la solícita atención con que el primer viandante le pone en el
buen camino, le acompaña si es necesario, corre tras él si de nuevo toma
una calle que no va--y todo dentro de esas fórmulas exquisitas de: _Ayez
la complaisance... Soyez assez bon..._ que son la menuda moneda de la
urbanidad de esta gente. Hoy mismo pasa el mismo fenómeno, y en todo
tiempo los viajeros que han recorrido la Francia han consignado igual
impresión. Pero a la verdad, fuera de que en Alemania o en Inglaterra
cualquier pasante os pone en el buen camino (sólo entre nosotros se
suele encontrar al _chusco_ que endereza al extranjero camino del Once,
cuando quiere ir al Retiro) ¿esa hospitalidad, en Francia, se encuentra
también de puertas adentro? Sarmiento mismo, si la hubiera buscado
¿habría encontrado en París una acogida del género de la que recibió
Gotinga, en aquel sereno centro intelectual, perdido en el fondo de la
Alemania y al que no parecían llegar las brisas del mundo? Cuando un
inglés os recibe en su casa, veis en su cara, sentís en la atmósfera de
su hogar, que aquel _accueil_ es sincero, completo y sin límites. Un
francés os recibe sonriendo, os presenta sonriendo a su familia, que
sonríe toda, os da muy bien de comer, en un comedor abrigado, os brinda
buenos vinos y malos cigarros y os despide sonriendo siempre, hasta la
vista. Para volver, necesitáis una nueva invitación, que reanude, por
así decir, la relación. Algunos prefieren el sistema inglés, los que
creen que la humanidad puede ser sincera en algunos momentos y aman
verla bajo ese aspecto; otros, que creen saber a qué atenerse, piensan
que todo lo que debe y puede exigirse a los hombres, es la cultura
externa, y se dan por satisfechos con la sonrisa francesa, que no exige
en cambio sino otro pliegue de labios y que pone a todo el mundo cómodo.
Entre nosotros, el problema se ha resuelto por lo hondo: no se abre la
puerta, no se recibe a nadie: la señora no está!!
III
Haciendo Sarmiento la enumeración de todos los atractivos que ofrece
París para el pensador, el literato, el petimetre, el gastrónomo, el
artista, etcétera, habla de un tal Leverrier, que "anda persiguiendo en
los espacios celestes y llamando a todos los astrónomos que se aposten
en tales o cuales lugares que él señala, para cogerlo al paso a un
planeta que el dice que hay en el cielo, porque debe haberlo, por
requerirlo así una demostración de las matemáticas". Neptuno estaba, en
efecto, en el punto del cielo fijado por la genial penetración de
Leverrier y encuentro admirable esa robusta fe en la ciencia y la razón,
por parte de un joven americano, como Sarmiento, sobre el que no hace
mella la burlona incredulidad del París de entonces.
Otra de las miradas penetrantes de Sarmiento, en ese momento, atraviesa
el caos de la situación social y política de la Europa. "En medio de la
gendarmería de las ideas dominantes,--escribe--oficiales, moderadas, ve
usted moverse figuras nuevas, desconocidas, pensamientos que tienen el
aspecto de bandidos, escapados al _bagne_, al presidio en que los han
confundido con los criminales de hecho, ellos que no son más que
revolucionarios". Más tarde, en Italia, su visión se completará y poco
le faltará para predecir el trastorno profundo que, un año después iba a
sacudir la Europa entera y abrir las puertas, por decir así, a las
verdaderas corrientes modernas. La revolución de 1848 estalló en París y
repercutió en Berlín, Viena, la Europa entera, cuando Sarmiento estaba
ya de regreso en Chile. Esta noticia debe haberle producido el mayor
júbilo de su vida, porque había regresado de Europa con la convicción de
que mientras imperaran como ideas dirigentes los residuos de la
Santa-Alianza o el impuro y estrecho burguesismo de Luis Felipe, no
habría esperanza de regeneración para el mundo americano.
Al pasar, Sarmiento da cuenta de que también ha desaparecido, como las
tabernas de la Cité, otra fisonomía del pensamiento francés, el
eclectismo, que "ha muerto de muerte natural, como todas las cosas
caducas que no están fundadas en la verdad". Para Sarmiento, que veía
las cosas de arriba y que no iba a buscar en los programas
universitarios cuál era la corriente de ideas imperante, el eclectismo,
la pomada de M. Cousin, había realmente muerto. Sin embargo, en esos
meses, Jacques y Simón trabajaban en el manual que debía ser, hasta poco
antes del 70, el libro clásico de la enseñanza filosófica. Si en vez de
perder su tiempo en visitas inútiles y empresas inspiradas por el más
puro patriotismo, algún amigo hubiera llevado a Sarmiento a la
bohardilla donde trabajaba Augusto Comte ¡qué admirable retrato
tendríamos del ilustre pensador y con qué claridad Sarmiento habría
valorado la influencia de su doctrina sobre el desenvolvimiento de la
ciencia! ¡Cómo habría reído también, dentro de su barba, él,
profundamente liberal, pero profundamente práctico también, si Comte le
hubiera comunicado su visión de una sociedad organizada sobre los
principios de su política! Después de la tiranía bestial de un Rosas,
nada ha detestado más Sarmiento en su vida que el _jacobinismo_ en todas
sus formas...
Pero helo ya hecho un parisiense; un amigo, que no debía de ser lerdo,
le da de entrada una lección de vida práctica, de gran valor para él.
"No bien hubimos llegado, dice, llevóme a los _Frères Provençaux_, donde
cenamos ambos por 60 francos; al día siguiente, por 30, almorzamos en el
café de París; en un restaurant comimos por 10, en un pasaje; al día
siguiente, fuimos a almorzar por 3 y a comer por 32 sueldos al _Passage
Choiseul_; últimamente a una abominable pocilga, detrás de la Magdalena,
decorada con el nombre de _Hotel Inglés_, donde se sirve carne cruda de
procedencia más que sospechosa, porotos duros y cerveza infame, todo por
un franco, para regalo de los que quieren salvar el honor de la bolsa,
afectando anglomanía. Había, pues, en tres días, recorrido los siete
escalones de la vida parisiense y conocido el camino que va de la
opulencia a la escasez, haciéndome mi mentor este curso para precaverme
de todo accidente. _Lá-dessus_, podía permanecer tranquilo; en una
crisis financiera, conocía ya el camino del _soi-disant_ Hotel Inglés".
He quedado pensativo después de este párrafo. ¡Cómo sería aquel Hotel
Inglés, para haber hecho esa impresión sobre un estómago como el de
Sarmiento! Para darse una idea de la indiferencia absoluta con que
acometió--y eso hasta en su vejez--cualquier plato que se le ponía por
delante, y de la conciencia de su valor en esas refriegas, no puedo
resistir a la tentación de transcribir este delicioso cuadro. Sarmiento
viaja en Africa y es agasajado por un jefe árabe bajo la tienda. En una
postura incómoda, que él trampea un poco, a pesar de su origen árabe,
levantando una rodilla a la altura de la cara, esperaba a pie firme la
_diffa_, el banquete obligado. Pero oigámosle: