Fatigado por el viaje, después de dar una vuelta en compañía de nuestro

cónsul general en Caracas, me recogí, cerré mi puerta, me metí en cama y

traté inútilmente de dormir. La excitación nerviosa de la llegada y las

preocupaciones de mi misión me tuvieron desvelado hasta que, cerca ya el

alba, el cansancio me rindió. Estaba en lo mejor de mi sueño, cuando

desperté sobresaltado por unos rudos golpes dados en la puerta, desde la

calle. Miré el reloj: eran las 7 de la mañana. Después de un "¿quién

es?" mal humorado y una respuesta que no entendí, por el espesor de la

puerta, como continuaran los golpes, salté de la cama y en el mismo

traje sumario en que me hallaba, bajé los pasadores y entreabrí una

hoja. Un hombre pequeño, recién afeitado, rigurosamente vestido de negro

y con un enorme sombrero de copa, me saludó con dignidad. La gravedad

del personaje me impuso y disminuí un poco la abertura, a través de la

que íbamos a parlamentar.

--¿Se puede ver al señor ministro argentino?

--¿Es algo urgente, señor? Me parece que la hora...

--He querido apresurarme a saludarle. Soy el ministro de relaciones

exteriores y...

--Mil perdones, señor. Yo soy el ministro argentino, muy agradecido a su

atención, pero, por el momento, en un traje tan poco diplomático y en

una instalación tan exigua, que no me es posible recibir su visita. Así

que me vista, tendré el honor de pasar a saludar al señor ministro.

--No, vístase Vd. tranquilamente. Voy a dar una vuelta y vuelvo. Hasta

dentro de un momento, señor ministro.

--¿Sería abusar de la amabilidad de Vd., señor ministro, si le rogara

que al pasar frente al hotel contiguo tuviera la bondad de enviarme un

camarero?

--Con mucho gusto. Hasta luego.

--Hasta luego y gracias, señor.

Supe más tarde que el señor ministro de relaciones exteriores había

tenido la deferencia de interponer sus buenos oficios a fin de conseguir

fuera un camarero a servirme; pero, sea porque se le desconociera

jurisdicción o por causas que la historia no pone en claro, el hecho es

que no vino nadie y que, cuando al cabo de una hora volvió el señor

ministro, casi me sorprende tendiendo con mis diplomáticas manos una

colcha que ocultara el desorden de mi alborotado lecho.

Como había entrado de noche, recién me apercibí que mi cuarto no tenía

ventana, recibiendo todo su aire y toda su luz por la puerta de calle.

Abrí ésta cuan grande era (el señor ministro tuvo la bondad de ayudarme,

encargándose de la hoja más recalcitrante, cuyo pasador inferior

necesitó el empleo de una toalla torcida, a guisa de tirador), acercamos

dos sillas y nos pusimos amistosamente a platicar.

Era el señor ministro el decano de los funcionarios del ministerio de

relaciones exteriores, en el que había pasado su vida entera, hasta que

la alta dignidad que ocupaba, le sorprendió mientras desempeñaba el

puesto de archivero. Tenía el título de general, como muchos centenares

de sus compatriotas civiles, pero lo había recibido como una mera

distinción, sin que abrigara el menor propósito de cambiar su apacible

existencia por la agitada vida militar. Era un hombre callado,

taciturno, seguramente enfermo del estómago y quizá con algunas

perturbaciones en el hígado. Nunca pude hablar con él sin tener que

dominarme para no ofrecerle una botella de agua de Vichy. Creo, aún hoy

mismo, que le habría hecho mucho bien.

Respecto a los negocios de estado, especialmente de aquellos de carácter

esencialmente político, como los que yo llevaba, su modestia llegaba a

tal punto que, a pesar de su innegable y reconocida competencia, no

abría opinión nunca sobre ellos y hasta evitó conmigo ese género de

conversación, fundándose en que todo eso tendría que hablarlo más tarde

con el "ilustre americano". Como esta designación del primer magistrado

de Venezuela, volviera con insistencia, por su parte, en el curso de la

visita, insistí con igual tesón en llamar a dicho magistrado, cada vez

que a él me refería, "el señor presidente". Por fin, mi distinguido

visitante me comunicó, que, si bien Su Excelencia estaba arriba de las

pequeñas vanaglorias de títulos y honores, todos los funcionarios

públicos, en gratitud a los eminentes servicios prestados al país por S.

E., le daban siempre, en sus comunicaciones oficiales y en el trato

directo, el título de "ilustre americano" que le había sido discernido

por el congreso de Venezuela. Ante esa insinuación cortés, pero luminosa

en su ingenua claridad, contesté que yo trataría al señor presidente

exactamente de la misma manera como le trataran mis colegas del cuerpo

diplomático, para lo que me apresuraría a conferenciar ese mismo día con

el decano.

Excuso decir, para terminar este punto, que ningún diplomático dió nunca

al presidente de Venezuela tal título; más tarde, en plena confianza ya,

yo sostenía al mismo presidente, que sólo la América entera, reunida en

convención especial, podía discernir ese honor. A ningún argentino

escapará la impresión penosa que ese título me causaba, por la triste y

odiosa reminiscencia histórica que suscitaba.

El señor presidente estaba informado de mi llegada y, como se encontraba

con su familia tomando campo en Antímano, pequeña población en el mismo

valle de Caracas, a dos horas de ésta, me hacía invitar por el señor

ministro a pasar a verle en el día, a eso de las tres de la tarde.

Anuncié que lo haría, como era natural, y nos despedimos cordialmente,

prometiéndome el señor ministro, en su inagotable bondad, darme cuenta

de cualquier noticia que le llegara de alguna casa amueblada, donde

poder instalarme con la legación, conviniendo conmigo en que, por poco

que se contagiara su matinal amabilidad, me iba a extenuar en viajes, de

la cama a la puerta, sin contar con los resfriados, que hacía poco

probables el bendecido clima de Caracas.

Eran dos horas de viaje; a la una en punto, con la puntualidad que

caracteriza a los diplomáticos y cuya observancia, para los noveles, es

ya un rasgo de vaga semejanza con Metternich, tomamos un carruaje, el

cónsul general y yo, y nos pusimos en camino. En efecto, el trayecto

duraba el tiempo indicado, a lo largo del pintoresco valle,

estrechamente encerrado por dos líneas de montaña, bien cultivado y

lujoso en su vegetación tropical. Serían las tres cuando el carruaje se

detuvo frente a una casa de antigua construcción española, de un solo

piso, pero amplia y con vastos patios llenos de árboles y flores.

Echamos pie a tierra y nos encontramos con el cuadro siguiente: En la

puerta de la casa, cuatro o cinco soldados recostados contra la pared;

en medio de la calle, otros soldados teniendo de la brida algunos

caballos ensillados ya. Dos niñas de 7 a 9 años de edad, de singular

belleza (una de ellas es la que fué más tarde duquesa de Morny y es hoy

festejada en la alta sociedad de París como una de sus _beautés_ más

consagradas) y un niño, un poco mayor, esperaban que se acabara de

cinchar un petizo, de aire tranquilo, pero de enorme panza, que se

entregaba resignado a la operación. El operador, o sea el que cinchaba,

y que debía estar dotado de una dentadura férrea, porque era a colmillo

limpio que pretendía reducir el abultado abdomen del petizo, había

echado hacia la nuca su kepi, en el que se contaba el número de galones

necesario para hacerme comprender que me encontraba en presencia de un

coronel.

Yo había sacado una de mis flamantes tarjetas, fabricadas expresamente

en París, por Stern, en finísimo bristol, vírgenes aún, pero anhelando

entrar en batalla. Después de mi nombre se leía: "ministro de la

República Argentina". Si se me pregunta por qué no había puesto mi

título exacto, esto es, "ministro residente, etc." diré que la supresión

de la palabra "residente" podía dar lugar a dudas, que nunca serían

resueltas para abajo y sí, algunas veces, para arriba. Los diplomáticos,

mis hermanos, me comprenderán.

Armado, pues, de mi tarjeta, me avancé hacia el coronel, esperé

hábilmente que un feliz golpe de colmillo hiciera llegar el clavo de la

hebilla al agujero ansiado y, si bien con correcta dignidad, con acento

afable, dije al guerrero en reposo:

--¿El señor presidente está visible?

Debo decir que durante la operación, a la que acababa de dar coronado

fin, nuestra llegada, descenso y avance, habían sido observados por el

señor coronel, a cuyo efecto había impreso a su ojo izquierdo una

desviación que, a ser definitiva, habría introducido un elemento

perturbador de la armonía de su rostro; al oir mi voz, cesó la

desviación, pero los ojos se dirigieron a un punto vago en el espacio,

frente a él, sin duda de un interés palpitante, porque no los apartó un

momento para fijarlos en nosotros. Su silencio me hizo nacer la duda de

una alteración de sus órganos auditivos y repetí mi pregunta en voz más

alta. Entonces contestó:

--S. E. no recibe a nadie.

--Pero habiendo tenido el honor de ser citado por S. E., creo que hará

una excepción en mi favor. Tenga usted la bondad de pasarle mi tarjeta.

--¿Qué tarjeta?

--Este pequeño trozo de papel, en el que están escritos mi nombre y

calidad.

--Yo no le paso nada: a esta hora no le gusta que le incomoden y después

la bronca es para mí.

--Me parece que la bronca firme le va a venir si usted no hace lo que le

digo. Soy el ministro argentino, vengo de dos mil leguas de distancia a

saludar a S. E., S. E. me espera y no es natural que por un capricho de

usted deje de verle.

--¡Eche leguas! ¿Cuántas dijo? ¿Dos mil? y echó una mirada a un soldado

próximo que, ruborizado de mi enormidad, sonrió subordinado.

En tanto, los chicuelos, a quienes el coronel debía acompañar a caballo,

le invitaban a cada instante con sus _¡vamos!_ apurados y se habían

puesto instintivamente en contra del que amenazaba aguarles la fiesta.

Una nueva tentativa no me dió mejor resultado. Medité un momento y

resolví, por si acaso aquel síntoma revelaba un sistema completo, cortar

por lo sano desde el principio. Arrastré al coche al cónsul, que quería

penetrar hasta por la fuerza y dí orden de volver a Caracas. Abandono a

la penetración del lector las reflexiones del camino. Era mi primer acto

diplomático, y el éxito, a la verdad, prometía poco para el porvenir.

Luego temía dos cosas: o que la cólera me hiciera hacer una tontería o

que la risa me impulsara a tomar el incidente con demasiada

indiferencia. Debo recordar que yo no había aún cumplido treinta años, y

el hecho es que me preocupaba enormemente la apreciación futura de mi

conducta en Buenos Aires, cuando, a la noticia del incidente, dijeran

los unos, con esa suave benevolencia que es el rasgo característico de

mis congéneres: "¡claro! ¡de llegada, se peleó con Guzmán Blanco!" o

esta otra frase en caso contrario: "¡de llegada hizo un barro, aceptando

en silencio una grosería de Guzmán Blanco!" Yo no quería pelear, ni

aceptar groserías de nadie. Pedí, pues, a mi cónsul general que se

entregara durante el viaje a la contemplación del paisaje y me hundí,

durante el regreso, en una reflexión honda y pareja que me suministró

una resolución, a la que me decidí sin vacilación. Así que llegamos a

Caracas, tomé la pluma y escribí una carta a mi amable ministro de

relaciones exteriores, en la que le decía que, siguiendo su indicación

y, de acuerdo con los deseos que me había expresado en nombre del señor

presidente, me había trasladado a Antímano, a la hora indicada, siendo

recibido por un jefe del ejército venezolano cuya tenacidad en no querer

anunciarme al señor presidente, bajo pretexto de que éste estaba

ocupado, sólo igualaba la mala crianza empleada con ese objeto. Que el

hecho de no haber dado orden el señor presidente de introducirme, así

que llegara, justificaba hasta cierto punto la actitud del coronel y que

en vista de las apremiantes ocupaciones que embargaban, a lo que

parecía, el ánimo del señor presidente, aprovechaba la circunstancia de

estar también acreditado en Colombia y partiría a la mañana siguiente

para la Guayra, a tomar el vapor que me acercaría a la ruta de mi nuevo

destino.

Entre tanto destaqué a mi cónsul general para que explicara al señor

ministro todo lo que había pasado en Antímano. En el fondo, yo estaba

persuadido de que el presidente era completamente inocente de lo

ocurrido, salvo de la omisión del aviso previo de mi llegada. Sabía, por

tanto, que el pato de la boda iba a ser el coronel; pero me encontraba

en una disposición de ánimo feroz, y esa noche habría suscrito gustoso

la sentencia de un centenar de azotes en las robustas partes carnudas

del guerrero indígena.

No habría pasado una hora del envío de mi epístola, cuando recibí un

telegrama del presidente, datado en Antímano, en el que me pedía

disculpara lo ocurrido por pura imbecilidad de un subalterno y me

anunciaba que al día siguiente vendría expresamente a Caracas para

recibirme, esperándome a las dos de la tarde en su casa particular. Así,

cuando llegó alarmado el señor ministro de relaciones exteriores

encontró que el estado de ánimo, que había determinado mi carta, real o

fingido, había cedido el sitio a cierta conformidad, sin entusiasmo,

pero sin rencor.

Al día siguiente tuve el gusto de conocer al "ilustre americano". Un

hombre alto, robusto, cargado de espaldas, algo miope, con una enorme

pera blanca, cariñosamente cuidada, sin duda, por el carácter militar

que su propietario pensaba deber a ese apéndice. Cierta cultura nativa

(por la madre pertenecía a una antigua familia colonial); barniz de una

sola capa de ilustración general; una colosal opinión de sí mismo, una

soltura incomparable para resolver, en frases sentenciosas y estudiadas,

los más arduos problemas sociales y políticos; teorías constitucionales

abundantes, pero propias, exclusivas, que para nada tenían en cuenta ni

la experiencia de la historia, ni las dificultades que el razonamiento

podía oponerles. En política americana, árbitro, materia propia, dominio

inenajenable, indivisible de su inteligencia. Heredero, continuador de

Bolívar, no sin señalar con cierta expresión de respetuosa compasión,

los errores cometidos por el Libertador. Un desprecio por los hombres

análogo al que se atribuye a Tarquino; no volteaba las cabezas de las

plantas que sobrevivían, pero las islas contiguas al continente, las

calles de Nueva York y de las capitales europeas, contaban entre sus

paseantes y vagos, más de un venezolano a quien el talento, la fortuna o

la audacia parecían ofrecer un porvenir brillante en su país[17]. Se

aseguraba también, por aquel entonces, que las cárceles estaban bien

pobladas. Tenía la reputación de no ser cruel, sino frío de alma. El

cansancio de una larga e interminable anarquía, había hecho aceptar el

primer gobierno fuerte que logró cimentarse en la agitación incesante de

las luchas intestinas. Guzmán Blanco ahogó la libertad, llenó sus arcas

e hizo bajar el nivel moral del pueblo venezolano, pero dió diez años de

paz a su patria y no derramó sangre. "La paz de Varsovia!" dirá un

estudiante de retórica. Eh! eh! diez años de paz representan muchos

caminos carreteros, muchas escuelas abiertas, muchas hectáreas sembradas

de cacao, tabaco, añil y cereales, mucho hábito de orden. No sólo de eso

vive el hombre, convenido; pero si sólo se alimenta con el recuerdo de

los Gracos, la declaración de los derechos del hombre y la lectura de

una constitución más libérrima que el estado primitivo, paréceme que se

ha de crear un tantico entecado, con un cerebro diforme, para unas

piernas muy flacas y un vientre muy vacío[18].

[17] Entre los que abandonaron la patria, buscando aire libre que

respirar, se contaban los señores Zárraga y Herrera Vega, muerto el

primero entre nosotros, muy joven aún, habiendo el segundo, médico

insigne, conquistado altísimo puesto en la consideración y el

afecto de la sociedad argentina.

[18] El triste y desconsolador espectáculo que ofrece Venezuela en

los momentos en que se imprimen estas páginas, justifica aun más,

si cabe, el juicio que precede.

Cuando se piensa en lo que, en los últimos años, han hecho tres de

los pueblos más cultos de la tierra, la Inglaterra en Sud Africa,

los Estados Unidos en Filipinas y la Alemania en Venezuela, puede

augurarse tranquilamente la muerte del derecho público, aun en su

forma externa, en época no lejana.

Pero hay que esperar también que la página vergonzosa de Venezuela,

dentro y fuera, sea única en la historia de América.

Mi juicio de entonces (hablo de 1881) sobre el "ilustre americano", ha

persistido casi idéntico. Nunca fué de una severidad cruel; nunca olvido

que esos hombres son productos de un estado social determinado, agentes

inconscientes de la naturaleza en la prosecución de sus fines. Es

natural que pensemos que la naturaleza se equivoca, si juzgamos su

acción con el criterio (bien estrecho, hermanos míos!) de nuestra moral

convencional. Mientras el hombre crea que lo bueno y lo malo son y no

pueden ser de otra manera, que como él los concibe, Nerón será tratado

como de acuerdo con esas nociones merece, y Vespasiano ensalzado. Pero

si algún día (todo es posible, hasta Dios, dice Renán), los hombres

llegan a concebir la acción de los personajes históricos, como el

desenvolvimiento de fuerzas análogas a las que hacen germinar las

plantas, girar los astros, subir las aguas o temblar el suelo, todos

nuestros anatemas históricos, han de hacerles sonreir. Puede muy bien

que el balance de Guzmán Blanco, hecho por esa remota posteridad, no le

sea muy desfavorable, si es que su nombre llega hasta ella. Las acciones

de Bacon se han de cotizar más altas que las de Sócrates (a esa

distancia, casi contemporáneos), sin que influya, en el juicio

definitivo, ni la degradación del primero, ni la cicuta del segundo. Me

agita, a veces, el espíritu, el esfuerzo por concebir la idea que,

dentro de dos o tres mil años, si no se queman las bibliotecas o si

nuestros idiomas actuales persisten siendo inteligibles para la

comunidad, se tendrá de Byron o Víctor Hugo. Paréceme que no estará

distante de la que tenemos los hombres maduros de los juguetes que nos

entretuvieron en la infancia...

La recepción oficial tuvo lugar de acuerdo con la rutina--un coche de

gala, un oficial de ministerio, amable y sonriente, una pequeña escolta

y al Capitolio. En el palacio de gobierno que lleva ese modesto nombre,

perfectamente justificado porque recuerda las violencias y profanaciones

de que la augusta colina fué objeto, un par de discursos, lo más breve

posible el mío, verdadero trabajo de benedictino para evitar la

fraseología obligada de solidaridad americana, lazos indisolubles,

comunidad de origen y otras paparruchas que han de concluir por cerrar

herméticamente las puertas de la diplomacia, en tierra de Colón, a los

hombres de buen gusto. Porque en esto de los discursos diplomáticos pasa

algo curioso; si los intereses de momento determinan en la sociedad a

cuyo seno se llega, una actitud de calurosa simpatía, instintiva

invitación para que el diplomático que llega, aconseje a su gobierno

marchar en la senda que conviene al país que lo recibe; si la acogida es

entusiasta, repito, el empleo del sentido común y del buen gusto, que

aconseja discursos sobrios y moderados, resalta como una nota

discordante en la armonía del conjunto y parece deshacerse en un minuto

todo el camino andado. En cambio, si el diplomático, sea por contagio de

la atmósfera ambiente, sea por frío cálculo, se entrega a un ditirambo

desmelenado, con más retórica que una alocución tribunicia, es casi

seguro que el contragolpe en el país que lo mandó, y que está lejos y

frío, puede costar al enviado extraordinario su reputación y su buen

nombre.

Es por eso, hermanos del futuro, diplomáticos en cierne, a quienes el

porvenir, reserva tal vez recorrer los países americanos, que este viejo

viajador en esos mares, os da el consejo sano de ser siempre parcos en

palabras, reemplazándolas, para las efusiones, quizás indispensables del

primer momento, por la opulenta gama de gestos expresivos que la

naturaleza ha puesto a nuestra disposición, como ser los ojos húmedos,

la mano sobre el corazón, la mirada vuelta al cielo, en actitud

reconocida, y cuando la cosa apura y la escena es _coram populo_, la

elección del más haraposo de los pilletes que os circundan, para

estrecharle en vuestros brazos y darle el ósculo de solidaridad

americana. Con lavaros más tarde, no queda rastro, mientras que el

colorete metafórico de un discurso bombástico, no se borrará ni con

todas las aguas que se desprenden de los Andes...

Al día siguiente de mi recepción oficial, el "ilustre americano", por un

acto de deferencia especial, se dignó visitarme en mi morada, que era ya

entonces una buena, hermosa y cómoda casa, llena de luz, aire y árboles,

que había tenido la fortuna de arrendar amueblada. Recibíle con los

honores debidos y, mientras hablábamos, ví, a través de los cristales

del salón, todos los pilletes de Caracas, a más de las mujeres del

barrio, en asamblea delante de mi puerta, contemplando la brillante

escolta a caballo que había acompañado al presidente, así como un

piquete de infantería que guardaba todo el frente de mi casa. La

presencia de esa gente de a pie me intrigó; a la despedida acompañé al

presidente hasta el umbral. El coche, precedido por la escolta de

jinetes, partió a escape, y atrás, con el fusil en la mano, el kepi en

la nuca y la lengua de fuera, los infantes, desalados tras del coche,

para no perder su contacto. Si a turno todo el ejército venezolano

hubiera sido sometido a ese ejercicio, las marchas de Sylla, Aníbal o

Napoleón, hubieran quedado pequeñitas ante las hazañas que aquél habría

llevado a cabo.

Poco tiempo después de mi llegada, había ido a gozar, por la noche, del

aire embalsamado de la principal plaza pública de Caracas, sitio

habitual de reunión entonces. En el centro se levantaba la estatua, en

pie, del general Guzmán Blanco. Había otra del mismo, ecuestre, enorme,

de fabricación yankee; pero esa estaba en la cumbre del próximo paseo,

llamado el "Calvario". Esa noche un movimiento inusitado me reveló la

presencia en la plaza del "ilustre americano". Así que me vió vino hacia

mí y me invitó a dar unos pasos. Caminábamos lentamente por las anchas

veredas que rodean la estatua. Vivo y perspicaz, comprendió tal vez por

la indiscreta dirección de mi mirada, que mi espíritu estaba preocupado

por el peregrino caso que me ocurría.

--¿No le hace a usted, señor ministro, me dijo con un acento especial,

un curioso efecto pasearse con un hombre al pie de su propia estatua?

--A la verdad, señor, "es un caso original, que no me ha ocurrido

nunca".

--Sí, añadió: y su fisonomía tomó una expresión de _détachement_

completo de las cosas terrenas, un vago tinte de _más allá_; sí, es

anómalo y admira al extranjero. No he podido evitarlo, o mejor dicho, no

me he sentido ni con fuerzas ni con derecho para impedir que el pueblo

glorifique su propia acción, que la Providencia ha personificado en mí.

Por lo demás, yo he entrado ya a la posteridad y ese homenaje es ya un

juicio póstumo...

Yo miraba a aquel hombre con la admiración profunda que me inspiran las

dotes de que carezco, llevadas a su más esplendoroso desarrollo. El

buen gusto, el tacto, la delicadeza moral, el sentido común, cual me

aparecieron entonces como la triste _impedimenta_ que nos obstruye a

nosotros, los vulgares, el camino de las grandes situaciones y de las

ilustres denominaciones! Me sentí pequeño; comprendí que no estaba

predestinado, que no se fundiría el bronce que había de dar forma a la

estatua que me inmortalizaría, ni aun en la plaza de un pueblo de campo

de las pampas argentinas, y volví mis ojos reverentes, para admirarle

una vez más, al hombre que, tranquilo y sonriente, se contemplaba a sí

mismo, con cuerpo de metal, de pie, sobre granito, duras materias,

resistentes al tiempo y al olvido!

* * * * *

Dos años más tarde, recibía en mi modesto cuarto del Grand Hotel, en

París, la visita del general Guzmán Blanco, instalado en la capital

francesa con su familia, en virtud de un vuelco político ocurrido en

Venezuela, con caracteres de terremoto, por cuanto dió en tierra con las

estatuas del "ilustre americano", teniendo la posteridad, por ese

accidente, que rehacer su juicio sobre el distinguido personaje. A ella

_l'ardua sentenza_[19].

1890

[19] El general Guzmán Blanco murió en París, en Agosto de 1900.

Hacía ya muchos años que había cesado de figurar en la escena

política de su país.

Sarmiento en París

Juvenilla; Prosa ligera · 第 16 / 20 段