Fué una época para nosotros excepcional por lo apacible y poco inquieta.
Como he dicho antes, Fermina había recogido la hija de Martinillo y se
marchó á vivir con ella y la nodriza á Huerta del Rey.
Lara y yo íbamos con frecuencia á ver á la criatura y á Fermina,
transformada, de guerrillera, en mujer de su casa y madre amorosa.
La niña era un vínculo que nos unía á Lara, á Fermina y á mí.
El coronel Blanco nos dejaba marchar casi todas las semanas á visitar á
la hija adoptada por nuestro extinguido escuadrón.
Se operaba poco en esta época. Las partidas de guerrilleros no eran
buenas para movimientos en gran escala. Por otra parte, Merino se
encontraba con que las fuerzas que tenía á sus órdenes sobrepasaban
su capacidad y sus conocimientos, y como no estaba dispuesto á dar
acciones, apenas se movía de miedo á un fracaso grande.
Cuando nos daban licencia, Lara y yo montábamos á caballo y nos
largábamos trotando y galopando hasta Huerta.
Un perro que yo tenía por entonces nos seguía ladrando y dando brincos.
Se llamaba «Murat», «Murat I», porque tuve después dos más con este
nombre.
«Murat» era un perro inteligentísimo. Todo el mundo decía que no le
faltaba mas que hablar.
Llegábamos Lara y yo á Huerta é íbamos á casa.
Estos pueblos, en la guerra de la Independencia, eran de una miseria
horrible, mayor aún en el comienzo del año 12, que fué el auténtico año
del hambre.
Yo tenía fresco el dinero que me habían dado en casa, no mucho, pero
entonces, y para aquellos sitios, casi un capital.
Cuando nos acercábamos á Huerta y entrábamos en la plaza, donde
solía haber un mayo, á mí me parecía el pueblo bonito, á pesar de su
desolación y de sus calles torcidas.
Íbamos en seguida á casa de Fermina. Ella solía estar en la ventana con
la niña.
Comíamos juntos, y muchas veces, si hacía buen tiempo, Fermina, la
nodriza, á quien llamábamos Mencigüela, y la chica solíamos ir á tomar
el sol á una azotea que hay alrededor de la iglesia.
Yo lucía á «Murat», que tenía todas las habilidades de un perro de
regimiento, y le insultaba cuando no hacía algo bien. Le llamaba
canalla, asesino, granuja.
--¡No le insultes al pobre!--me decían Fermina y Lara.
«Murat» ya sabía que aquello era broma.
Cuando se cansaba de jugar se subía sobre el banco y ponía su cabeza en
mis piernas.
Yo sacaba mi anteojo para mirar á lo lejos.
Desde aquella azotea de la iglesia se divisaba una gran hondonada,
un valle cerrado por unas lomas rojizas, y por encima, en el fondo,
Somosierra, como una muralla azul; á un lado brillaban las praderas
verdes de Arauzo de Miel.
Mirando hacia el pueblo no se veía una casa alineada ni derecha; todas
torcidas, alabeadas, con los tejados hundidos.
¡Qué silencio solía reinar allí! Piaban los pájaros, cacareaban las
gallinas, subía en el aire la ligera columna de humo azul que brotaba
de una casa.
Lara me hacía fijarme en la poesía de estas cosas, en el sonido de
una esquila, en el toque de la campana, en el rebaño de cabras que se
esparcía por un pedregal.
Mientras tanto, Fermina paseaba con la niña.
Mencigüela le enseñaba las cigüeñas y la canción que se les canta, que
es ésta:
Cigüeña barreña,
La casa te se quema,
Los hijos te se van;
Machácales los ajos,
Que ellos volverán.
Cosa que, según la nodriza, hacía rabiar á las cigüeñas.
¡Qué vida primitiva, qué vida más estática la de aquel pueblo!
A media tarde volvíamos á casa á merendar. Me asombraba cómo Fermina no
se aburría allí.
Recuerdo la salita de la casa como si la estuviera viendo. Había una
mesa, un armario, un reloj alto de pared y un cuadro de cañamazo en que
estaban bordados un ciervo, que tenía un aspecto mixto de conejo y de
ardilla, unas flores y este letrero: Aquilina Ciruelos, lo hizo en 1803.
Yo me entretenía bastante describiendo en voz alta el cuadro, cosa que
á Fermina no le gustaba.
--Seguramente, en su casa hay algún bordado igual hecho por
ella--pensaba yo.
Además de la mesa había una cómoda pesada y ventruda, y sobre ella un
Niño Jesús metido en un fanal, y un espejo donde se reflejaban las
imágenes completamente deformadas.
El mobiliario se completaba con un baúl enorme con aplicaciones de
latón y un arca.
Todo lo que tuviera colorines, á Fermina se le antojaba muy bonito; en
cambio, á mí me parecía muy feo.
Era una mujer rara la tal Fermina. Tenía un amor por el orden, por
el arreglo, completamente extraño. Cuidaba la ropa blanca como algo
religioso.
Se comprendía, al verla en una casa, el odio que experimentaba por todo
lo nuevo y lo revolucionario. La enemiga terrible que guardaba contra
los franceses provenía, más que nada, de que no respetaban costumbres
antiguas.
--¿Por qué se ha de hacer esto?--preguntaba yo alguna vez.
--Así se ha hecho siempre.
--Esa no es razón.
--¿Por qué se ha de hacer de otra manera si así se ha hecho siempre?
Hay piedras que parece que están fijas, sujetas en la tierra sin que
puedan desplazarse nunca. De estas piedras era Fermina.
Yo no; yo me sentía como el canto rodado, que al menor impulso corre
por los taludes al fondo de los barrancos.
En la naturaleza de Fermina estaba la inmovilidad. Era lógico en ella
que al volver á una vida metódica, encarrilada, no quisiera moverse.
Algunos días jugábamos á la pelota en el pueblo Lara, Ganisch y yo con
los mozos del pueblo. Los castellanos son torpes para esto. Parece que
el vascongado es el más diestro, el mejor constituído para tal juego.
Así es que Ganisch ó yo ganábamos siempre.
A media tarde emprendíamos la vuelta hacia Salas, en donde estábamos de
guarnición.
El pinar, como decía Lara, parecía una catedral; por entre sus troncos,
que dejaban anchas sombras, pasaban las fajas luminosas del sol.
Lara y yo solíamos marchar por en medio del bosque en silencio. El
viento arrancaba un murmullo misterioso de los pinos, y nuestras
sombras se alargaban en el suelo con la luz dorada del crepúsculo.
En algunos puntos parecía reconcentrado el olor de la resina y del
tomillo.
Cuando pasábamos los pinares comenzaba á obscurecer; cruzábamos por
prados verdes sembrados de margaritas, y por regatos llenos de agua que
reflejaban las estrellas.
* * * * *
No sé qué giro hubiese tomado mi vida á seguir así. Lara y yo
comenzábamos á hacer proyectos de vivir en el campo.
Un domingo, al ir á Huerta del Rey, nos encontramos á Fermina
desesperada, bañada en lágrimas. La niña acababa de morir.
La noticia me produjo un verdadero dolor, y desde entonces comencé á
sentir deseo de marcharme de allí.
* * * * *
Aquí se interrumpe el manuscrito de Aviraneta.