De las dos patrióticas, la primera, la Gran Logia, seguía la tendencia
enciclopedista, sin mezclarse apenas en política; la segunda, el
Oriente Español, afiliado á la masonería escocesa, era partidario de
la Constitución que iban á decretar las Cortes. Uno de los masones
escoceses, Lorenzo Calbo de Rozas, miembro de la Junta Central y luego
diputado por Aragón, había sido realmente el instigador de las Cortes
con las exposiciones que presentó á la Junta Central insistiendo en el
pensamiento iniciado antes por Jovellanos.
Calbo de Rozas era un vizcaíno terco, soberbio, que, á pesar de haber
sido el alma de la defensa de Zaragoza, era entusiasta de la Revolución
Francesa y soñaba con una dictadura terrorista ejercida á la usanza de
la Convención.
Calbo de Rozas consiguió sus propósitos de reunir las Cortes, aunque él
no se lució gran cosa en ellas.
De las logias afrancesadas, la de Santa Julia era imperialista;
aspiraba á un imperio de varias naciones, dirigido por Bonaparte y con
la capital en París, y la logia del Supremo Consejo de España é Indias,
presidida por Azanza, quería considerar la guerra de la Independencia
como una guerra civil.
Decían estos masones que desde el momento en que el rey José había
subido al trono de España, haciéndose independiente de Napoleón, el
conflicto no era una lucha de España contra Francia, sino de españoles
josefinos contra fernandinos, de Bonapartes contra Borbones, una guerra
semejante á la de Sucesión.
Claro que, mirando la cuestión friamente, se podía reducir la guerra de
la Independencia á una lucha dinástica; pero tantas cosas arrastraba
esta lucha, tanta divergencia suponía el tomar parte por una ú otra
bandera, que, de poder contemplar el problema con frialdad, no hubiera
habido problema.
Estas logias, á poco de fundarse, se odiaban á muerte y se
ridiculizaban por sus símbolos y atributos. En la Estrella se hablaba
en burla de los masones afrancesados de la calle de Isabel la Católica,
y se les apodaba los de la berenjena, porque se llamaba así en burla
una gran Orden fundada por el rey José. En cambio, en la Santa Julia se
acusaba de clericales á los de la Estrella.
Todas estas luchas eran síntoma de la fermentación que comenzaba á
obrar enérgicamente en la sociedad española.
Hoy, mirándolo á distancia, se comprende que así debía ser; pero, de
cerca, aquel desbarajuste era desagradable.
En la logia Estrella se discutieron varios proyectos para después de
aprobada la Constitución.
El mío--yo también presenté el mío--consistía en comprometer á todos
los generales afectos á la Constitución y en influir para destinarlos
á Andalucía; y en el caso de que se acabara la guerra con la victoria
de España, como era lo más probable, llevarlos á Cádiz con sus tropas,
convertir las Cortes en una Convención y, si Fernando se mostraba
hostil á ella, proclamar la República.
Mi proyecto, que á mí me parecía magnífico, se encontró irrealizable.
En vista de que no se podía hacer mas que hablar, decidí marcharme.
Me despedí de los hermanos masones y les di mis señas en la partida de
Merino.
Van-Halen me expresó su deseo de abandonar á los franceses; yo le dije
que viniera con nosotros; pero la perspectiva de entrar en una partida
de fanáticos, capitaneada por un cura, no le parecía, por lo que me
dijo, muy halagüeña.