Un muchacho con quien me relacioné en los días que estuve en Madrid fué
Juan Van-Halen, que en este tiempo era oficial de la guardia del rey
José.
Van-Halen era de mi edad, de familia belga, nacido en la isla de León.
Era alto, buen mozo, rubio, bastante jactancioso, tipo intermedio entre
flamenco y andaluz.
Van-Halen sufría los desdenes de los franceses con quienes convivía, y
por ser muy susceptible y en el fondo patriota, reñía constantemente
con sus compañeros.
Estas disputas le ocasionaron un duelo con un hermano del general
Sebastiani y otro desafío muy grave con el coronel Montleger, famoso
espadachín, el cual dijo á Van-Halen, con la fatuidad de un francés:
«¡Tengo sobre usted el derecho de conquista!»
En este duelo Montleger hirió á Van-Halen y lo dejó á la muerte.
Fuí con Van-Halen á la logia Estrella y me enteré de lo que pasaba en
los centros de la masonería.
Había entonces en España cuatro grupos masónicos. Y, cosa extraña, en
todos ellos quedaba un rastro del revolucionario granadino Andrés María
de Guzmán, á pesar de ser Guzmán completamente ignorado, porque en
aquella época se conocía la Revolución Francesa en España, solo muy en
bloque, y más por el conjunto de ideas que por detalles.
Este rastro de Guzmán demuestra cómo, en el fondo, no queda nada
perdido.
De los cuatro grupos masónicos de Madrid, dos eran patriotas y dos
afrancesados.
De los patriotas, el primero y más antiguo era la Gran Logia, fundada
por el conde de Aranda.