El que dijo esto era un enano extravagante que se acercó á la mesa,
apoyando las manos en ella.
Eguía le saludó con efusión.
Yo miré con curiosidad á aquel tipo raro.
Era un viejo canoso, flaco, jorobado, el cuerpo contrahecho, la cara de
sátiro, de color cetrino, picada de viruelas; la nariz larga y roja,
los ojos de miope y los pelos alborotados y duros. Parecía un trasgo,
un monstruo cómico de fealdad; hablaba el enanillo con una mezcla de
acento andaluz y extranjero, y por su sonrisa burlona y por su aire
imperioso y sarcástico se veía que se consideraba hombre importante.
Me miró varias veces como preguntándose quién sería yo. Yo también
tenía curiosidad de saber quién era él, y cuando el extravagante enano
se apartó para ir á otra mesa á saludar á uno, le pregunté á Eguía:
--¿Quién es este tipo?
--Este es el abate Marchena.
--¡Hombre! ¡Este es!
--Sí.
--¿Qué, tenía usted curiosidad por conocerle?
--Sí; me gustaría hablar con él.
--Pues le presentaré á usted.
Cuando volvió Marchena, Eguía me presentó al abate, que me recibió
afablemente.
Me preguntó de dónde era, y al decirle que me tenía como de Irún, me
aseguró que sentía gran cariño por las Provincias Vascongadas, á las
que consideraba, ¡oh mudanza de los tiempos!, como más propicias que
las otras españolas para aceptar las ideas revolucionarias.
Luego me habló de sus amigos vascos, del alavés Santibáñez, catedrático
de Humanidades en Vergara; de Samaniego, Peñaflorida, Altuna, Xérica y
otros.
También recordamos á Basterreche y algunas personas de Bayona, entre
ellas á mi tío Etchepare, á quien Marchena estimaba como hombre de gran
carácter.
Luego hablamos de política.
Marchena creía que la Revolución Francesa era como un molde definitivo
y único, y que no se podía pasar de lo que habían dicho Rousseau,
Voltaire, d'Alembert y los demás.
Yo empezaba á creer que no, que la Revolución Francesa era un ensayo de
vida colectiva nueva, y que estos ensayos se irían repitiendo en años
y en siglos hasta llegar á equilibrios mejores y más justos de todos
los intereses y de todas las fuerzas de un país.
Como los franceses habían hecho su revolución, yo creía que nosotros
haríamos la nuestra, á nuestro modo; claro que con más resistencia en
el campo y menos acometividad en las ciudades, por ser éstas menores y
de poca densidad.
Marchena no quería suponer esta posible originalidad española, y mucho
menos pensar que el patriotismo de los de la Junta Central fuera el
comienzo de la transformación.
Para él, los patriotas partidarios de Fernando defendían la vida
antigua, el absolutismo contra la libertad.
Yo argüí que para los patriotas liberales Fernando era lo de menos, que
lo principal eran las Cortes. Y añadí:
--Si las Cortes de Cádiz hacen una Constitución, como parece, tendrán
ustedes que abandonar la causa del rey José. Desde ese momento, el ser
afrancesado ya no tendrá objeto.
Marchena dijo que no y que no; que los de Cádiz eran unos charlatanes,
que en España no había filosofía, y que nuestra literatura era confusa,
desarreglada é inmoral.
El entusiasmo por la Revolución, y, sobre todo, por la literatura
francesa, le impedía al abate comprender su país.
Fué necesario que viniera otra generación inspirada en las Cortes de
Cádiz, para tener como cosa posible la libertad dentro de la patria.
Antes de despedirme de Marchena y de Eguía le pregunté á éste si
seguía siendo masón; me dijo que sí, aunque ya el masonismo le parecía
una broma. Añadió que si quería afiliarme debía ir á la logia de la
Estrella, establecida en la calle de las Tres Cruces, y que dirigía el
barón de Tinán.