EN MADRID

Una semana después, Lara y yo estábamos en Madrid. Nos alojamos los dos

en mi casa.

En el tiempo que yo faltaba de Madrid habían ocurrido novedades: mi

madre comenzaba á tener el pelo blanco; una de mis hermanas iba á

casarse; muchas personas conocidas habían muerto ó no se sabía de ellas.

Contamos Lara y yo las peripecias de nuestra vida de guerrilleros en

casa. Lara fué simpático á mi familia.

Al día siguiente me lancé yo á la calle á saber noticias. Entré en el

café de la Fontana, de la Carrera de San Jerónimo, y con el primero con

quien me encontré fué con Eguía y Lazcano.

Charlamos. Eguía acababa de reñir con los josefinos y habló pestes de

Minaño, del ex fraile Estala, de García Suelto y de otros afrancesados

amigos de Urquijo, del marqués de Almenara y del rey José.

También se burló de las inclinaciones lacayunas de la aristocracia

española, que sentía un amor por llevar el vaso de noche del rey, fuera

Borbón ó fuera Bonaparte, verdaderamente extraordinario.

Estaba convencido de que era necesario acabar con la Monarquía.

La guerra le parecía un bien. Así se podía denigrar á Narizotas en

nombre de Pepe Botellas, y al rey de Copas en nombre de Narices.

Una lluvia de folletos, hojas insultantes y caricaturas, durante algún

tiempo, desacreditarían la Monarquía.

--¿Ya José le parece á usted tan malo como Fernando?--le pregunté yo.

--Políticamente, los dos son una calamidad. Fernando es un miserable,

un cobarde, un canalla digno de esa raza de idiotas que lleva por

apellido Borbón. José nos está resultando un farsantuelo que quiere

echárselas también de rey de verdad y se llama á sí mismo Majestad

Católica de España y príncipe francés. Tiene la vanidad de todos los

zapateros encumbrados.

--¿De manera que no sabemos por cuál decidirnos?--dije yo en broma.

--No lo sabemos--agregó él--, y es una preocupación. El que debe estar

en un gran compromiso debe ser Dios.

--¿Por?

--¡Hombre, porque ha bendecido por un cura suyo las banderas de los

fernandinos y de los josefinos! ¿Qué hace ahora? ¿Por quién se decide?

No puede desear decentemente el triunfo de los unos ni de los otros.

--Debe estar perplejo--dije yo, siguiendo la broma.

--De todas maneras, ganen unos ó ganen los otros, siempre habrá misas,

_Te Deum_ y acciones de gracias en Madrid ó en Cádiz, y los bolsillos

de los obispos se llenarán. Para el Ser Supremo, unas cuantas leguas de

distancia debe ser poca cosa; y como el buen señor está tan viejo, es

posible que no distinga las funciones religiosas de los unos de las de

los otros.

El Escuadrón del Brigante · 第 181 / 283 题