Pocos días después llegamos á Valladolid, donde pudimos presenciar el
tren de lujo que gastaba el mariscal Marmont, duque de Ragusa.
Difícilmente puede formarse idea de algo tan rico y tan aparatoso. El
cuartel general del duque era digno de un rey. Casi todos los días se
celebraban en su palacio recepciones, bailes, cenas. Los vallisoletanos
no podían quejarse del Carnaval divertidísimo con que les obsequiaba
Marmont.
La servidumbre del mariscal era brillante. Había en el palacio
doscientos lacayos de librea roja con galones de oro, zapato bajo,
media blanca y peluca; un número en proporción de camareros, doce
oficiales que formaban el cuarto militar del duque, tres intendentes
y, á manera de chambelán un gigante traído de Dalmacia, con la librea
cubierta de bordados y de galones y una cadena de oro en el cuello de
un dedo de gruesa.
Este dálmata era el asombro de todo Valladolid por su estatura y por
su voz. Cuando el duque de Ragusa quería lucir las facultades de su
criado, hacía cerrar los balcones y mandaba al gigante dar voces; y era
tal el estruendo que salía de su pecho, que rompía con las vibraciones
del aire uno ó dos cristales.
Como al mariscal Marmont le habían hablado de lo muy celosos que eran
los españoles, dispuso que en los días de baile se diesen en su palacio
dos cenas, una para las señoras y otra para los hombres.
El duque de Ragusa parecía un virrey español de América rodeado de
oficiales, de intendentes, de contratistas y hasta de frailes.
En Valladolid, mi amigo Lara experimentó el sentimiento de ver á madame
Michel inclinarse definitivamente por un oficial polaco muy elegante y
muy rubio, y yo tuve que consolar á mi compañero diciéndole lo que me
había contado el capitán francés de las costumbres de aquellas damas.
Mi relato, en vez de consolarle, le puso más melancólico, y entonces ya
le conté la primera y única página de mi amor con la marquesa de Monte
Hermoso y quedamos melancólicos los dos.