Salimos. El parisiense me contó en el paseo nocturno una porción de
historias de aquellas dos damas y de otras generalas y mariscalas entre
risas y exclamaciones.
La preocupación de madame Michel y Lauraguais era desbancar á las dos
favoritas del rey José: madame Lucotte y la marquesa de Monte Hermoso.
¡La marquesa de Monte Hermoso! Su nombre sólo bastaba para turbarme.
--¿Luego van á reñir las dos por quién va á ser la favorecida?--dije yo
dominando mi impresión.
--No, no--replicó el francés--; las dos quieren sustituir á las otras
dos. El rey José es un poco sultán.
Yo me quedé algo asombrado de este contubernio, y el parisiense, muy
satisfecho de mi sorpresa, dijo que, indudablemente, la vida de los
franceses para un español severo y huraño debía ser muy _drôle_.
El parisiense siguió contándome historias.
El rey José era un conquistador. Antes de la Lucotte y la de Monte
Hermoso, había tenido amores con una cubana en Madrid, la condesa de
Jaruco.
La Lucotte estaba muy enamorada del rey, pero la de Monte Hermoso, no.
Madame Lucotte era la mujer de un ayudante de José, á quien, para
consolarlo de su situación desairada, habían hecho marqués de Sopetrán.
Lucotte aceptó el ser Sopetrán con la frescura que aceptan estas cosas
los buenos monárquicos cuando el regalo viene de un rey.
La de Monte Hermoso, mujer muy guapa y orgullosa, aunque ya vieja,
hubiera dejado al momento á Bonaparte, si el general Thiebault se
hubiera mostrado amable; pero el general no era hombre de aventuras.
Según el parisiense, la de Monte Hermoso era mujer de buenas tragaderas.
Se contaba que José la había conocido en Vitoria de un modo que no
honraba mucho las costumbres de las damas afrancesadas.
Al parecer, José había visto en Vitoria á una criada muy guapa y,
entusiasmado, encargó á su ayudante que le sirviera de Celestina. El
militar averiguó que la criada estaba en casa del marqués de Monte
Hermoso, y considerando que cumplía una digna misión real, entró en el
palacio del marqués é hizo la proposición.
La de Monte Hermoso se indignó de que José, pudiendo dirigirse á ella,
se dirigiera á su criada, y convenció al ayudante de que ella iría á
ver al rey.
La marquesa era una mujer inflamable y ambiciosa; por ambición llegó
al cuarto del rey, y por ese ardor que se desarrolla en algunas mujeres
cuando están entre la segunda y la tercera juventud, se enamoró de
Thiebault.
La de Monte Hermoso había perseguido á Thiebault, en Vitoria, hasta la
alcoba.
Ultimamente, la de Monte Hermoso se detuvo en Burgos, con el pretexto
de que á su coche se le había roto el eje, pero, en realidad, para
ver á Thiebault y deslumbrarle con su lujo y su belleza. El general,
que se dedicaba á hacer el amor á las musas, miró con indiferencia la
ostentación de la favorita del rey, que se fué despechada é iracunda.
No sabía el militar francés, al contarme esto, el daño que me estaba
haciendo.
Mi ídolo se desmoronaba. Sobre todo, esto de decir que la marquesa era
algo vieja, me pareció una monstruosidad.
Me despedí del parisiense muy entrada la noche, y al volver al mesón
donde Lara y yo nos alojábamos, me encontré con mi compañero, que á la
luz del candil estaba escribiendo, agarrándose á la frente.
Tan ensimismado se hallaba, que no me vió.
--Estaba aquí poniendo unas notas--me dijo al verme.
--¡Bah!--le repliqué yo--. Estabas haciendo un madrigal á madame Michel.
Lara se quedó asombrado de mi penetración y no replicó.
--Bueno, bueno; por mí, puedes seguir--le dije--y envolviéndome en la
manta me eché sobre un montón de paja y me quedé dormido pensando en la
bella marquesa de Monte Hermoso.