...Y se acercaba el crepúsculo. Bandadas de cuervos venían por el aire,
preparándose para saborear el gran banquete que les dábamos los hombres.
El Brigante, que se había distinguido en el ataque, no quiso señalarse
en la persecución.
Todos los franceses que pasaron á nuestro lado fueron hechos
prisioneros.
Yo, en unión de Lara y del Tobalos, llevamos el cadáver de Fichet hasta
un bosquecillo de pinos, le pusimos la espada sobre el pecho y le
enterramos.
Me parecía que el comandante francés nos miraba y nos decía: «Gracias,
compañeros».
Después de esta piadosa obra nos reunimos con el escuadrón.
Los de la partida del Jabalí se encargaron del papel de verdugos.
Como una manada de chacales que se lanza sobre un tropel de caballos
fugitivos, así se lanzaron los del Jabalí á acorralar y á perseguir á
los dragones y gendarmes dispersos.
Nosotros presenciamos inmóviles la siniestra cacería.
Merino derribó también á algunos desgraciados que intentaban huir, á
tiros de su carabina.
Un grupo de cinco dragones vinieron hacia nosotros corriendo, buscando
espacio para escapar.
Los cinco iban con el sable en alto, al galope; los guerrilleros
corrían y gritaban tras ellos.
Cortándoles el paso salió una docena de guerrilleros, que les disparó
una lluvia de trabucazos. Uno de los franceses escapó galopando;
otro cayó á tierra acribillado á balazos. El tercero debió recibir
una bala en el costado. Marchó al galope durante algún tiempo; luego
se fué torciendo, torciendo, hasta que sus manos se agarraron á la
silla; después, el pobre hombre, sin poder sostenerse, cayó con tan
mala suerte, que se le enganchó un pie en el estribo y el caballo le
arrastró por el suelo largo tiempo hasta convertirle en un montón
informe de sangre y de barro.
Uno de los franceses vino hacia nosotros encorvado, sacudiendo al
caballo con el sable. Al ver que le cerrábamos el paso, torció hacia la
derecha. Yo seguí tras él.
--Detente; hay cuartel--le dije en francés.
El dragón se detuvo. Temblaba, convulso. El caballo tenía todo el pecho
bañado de espuma que le salía por la boca, y los ijares llenos de
sangre.
Mi prisionero era hombre de unos cuarenta años, fuerte, de aire sombrío.
--Diga usted que es belga--le dije.
--Gracias--me contestó él.
Le llevé delante del Brigante, que le recibió de muy buena manera.
Comenzaba á transcurrir la tarde. Una depresión, mezcla de cansancio y
de tristeza, nos invadía.
Era ya el momento de volver á Hontoria.
Los del Brigante estábamos satisfechos. Nuestra acometividad y nuestro
valor habían quedado por encima de los demás de la partida. Juan se
manifestaba contento.
Había pérdidas dolorosas entre nosotros; pero todos teníamos la
satisfacción de haber cumplido.
Se pasó revista. Faltaban más de veinte hombres, entre ellos, don
Perfecto y Martinillo. Don Perfecto no apareció. Yo me figuré que se
habría escondido, de miedo, en cualquier parte.
La pérdida de Martinillo produjo gran impresión; fuimos al lugar del
combate á ver si lo encontrábamos muerto ó vivo.
Algunos caballos, desesperados, locos, manchados de sangre, corrían por
en medio del campo, haciendo sonar los arneses y los estribos.
Sobre un ribazo vimos al Meloso abandonado, agonizando, con las
entrañas en las manos. Poco después nos topamos con un guerrillero del
Jabalí que se moría mugiendo como un toro.
En el Vallejo, en el sitio donde habíamos dado la carga, recogimos el
cuerpo de Martinillo.
--¡Pobre Martinillo! ¿Quién te había de decir que nosotros los viejos
te enterraríamos?--exclamó un guerrillero anciano.
Al bajar del caballo encontramos á un francés bañado en sangre que
debía estar sufriendo horrores. Al vernos, exclamó:
--¡Socorro! ¡Perdón! ¡Agua!
Lara y yo nos acercamos á socorrerle; pero Fermina la Navarra,
amartillando su carabina y poniendo el cañón en la boca del herido,
gritó:
--Toma agua--y disparó á boca de jarro, deshaciéndole el cráneo. Los
pedazos de sesos me salpicaron la ropa y las manos.
Lara se indignó. Rápidamente desenvainó el sable y se quedó luego sin
saber qué hacer.
--¡Ese asqueroso francés!--exclamó ella--. ¡Que se muera!