Después de dar sus órdenes y ultimarlo todo, hasta en sus más pequeños
detalles, Merino avisó á los alcaldes de los pueblos para que en el
término de un día enviasen los hombres disponibles á Hontoria del
Pinar. Pocas horas después se reunieron unos cuatrocientos aldeanos, á
los que se fueron alojando en la iglesia y en las tenadas de alrededor.
La mayoría eran viejos pastores y leñadores, mezclados con zagales y
chicos de pocos años. Los grupos venían dirigidos casi todos por el
cura de la aldea.
Las armas que traían eran escopetas viejas, palos, hoces, guadañas y
retacos.
Las armas de fuego se llevaron á recomponer á casa del Padre Eterno.
Merino ordenó que se diera á los aldeanos una peseta diaria por hombre
y una ración de pan, vino, carne de oveja y queso, y nombró los jefes
de grupos.
A esta gente los nuestros llamaban con desdén peseteros.