BREMOND Y FICHET

Al día siguiente era domingo, y el coronel no se presentó solo, sino

con un comandante, el comandante Fichet, joven gascón, alto, flaco,

moreno, buen tipo.

El coronel Bremond pidió permiso al director para sentar en la mesa á

su amigo y camarada. El director accedió amablemente.

La idea del coronel era sencilla; necesitaba un compañero que

entretuviera á Fermina mientras él galanteaba á doña Mariquita.

Nos sentamos á la mesa el director, los dos franceses, doña Mariquita,

Fermina, la mujer del director, sus dos hijos y yo. En total, nueve.

El comandante Fichet sabía castellano bastante bien y galanteó á

Fermina con finura. Ella se le mostró esquiva; pero á veces no pudo

menos de reir, porque el gascón era alegre y divertido como un diablo.

Bremond, poco diplomático, le dijo á Fichet en voz baja, señalándome á

mí:

--Este imbécil nos va á fastidiar.

--Cállate--le dijo Fichet.

Yo me hice el desentendido.

A los postres, el director y yo comenzamos una discusión acerca de si

un pueblo de la sierra se encontraba desde Burgos más cerca ó más lejos

que otro, y el director me invitó á pasar á su despacho á ver un plano

de la provincia.

Me levanté yo, renqueando, y salí del comedor.

Al marchar nosotros, el coronel Bremond preguntó á doña Mariquita:

--¿Se puede saber de dónde es usted?

--¿Yo? De Barbadillo del Mercado.

--¿Está muy lejos de Burgos?

--¡Ya lo creo! Lo menos hay nueve leguas.

--¿Y de Soria?

--No sé; creo que más.

--Si yo fuera á Barbadillo, ¿me recibiría usted en su casa?

--Sí, señor; ¿por qué no?

--¿No tendría usted miedo?

--Miedo, ¿á qué? No creo que me iba usted á comer.

--¿Cuándo va usted á volver á Barbadillo?

--Dentro de un par de días.

--Pues allí me va usted á tener, doña Mariquita. Pienso pedir al

Ayuntamiento boleta para que me envíe á su casa de alojado.

--Muy bien.

Al mismo tiempo, el comandante Fichet le preguntaba á Fermina:

--¿Vive usted muy lejos, madama Fermina?

--En Hontoria del Pinar.

--¿Está muy lejos de aquí?

--Sí, muy lejos.

--Tengo que ir allá á verla á usted.

--No, no vaya usted.

--¿Por qué?

--Porque hay mucho guerrillero y le harían á usted pedazos.

--¡Bah! ¿Cuántos habrá? ¿Doscientos?

--Más.

--¿Trescientos?

--Más.

--Creo que tiene usted una imaginación muy española.

--Yo creo que habrá lo menos cuatrocientos.

--Nosotros podemos llevar el doble.

--Cada uno de los españoles vale por dos de ustedes--dijo Fermina con

desgarro.

Fichet se echó á reir y exclamó:

--Es usted una mujer encantadora; pero tiene usted una idea muy mala

del ejército del gran Napoleón. Yo le demostraré á usted que está usted

equivocada, madama Fermina.

Cuando volvimos el director y yo al comedor, Bremond y Fichet se

levantaban y, haciendo grandes genuflexiones, se despedían de las

señoras. No querían faltar á casa del conde de Dorsenne, porque éste y

su mujer eran los que otorgaban grados y recompensas á sus favoritos.

Al despedirse de nosotros, Bremond hizo una reverencia y Fichet me

alargó la mano, que yo estreché maquinalmente.

Se oyeron los pasos de los dos en el vestíbulo, sonaron sus espuelas y

salieron los militares á la calle.

Fermina y doña Mariquita se asomaron al mirador del cuarto, y por entre

los visillos vieron á los dos oficiales que de cuando en cuando se

volvían para mirar á la casa.

Al día siguiente el director me llamó.

--Ya se sabe que el coronel Bremond va á salir mandando una columna

hacia la sierra. Piensa parar en Barbadillo y en Hontoria.

--¿Lleva mucha fuerza?--le pregunté yo.

--No sabemos á punto fijo.

Esta conversación la teníamos un lunes por la mañana.

Al día siguiente se marcharon doña Mariquita y Fermina de Burgos.

El director y yo quedamos de acuerdo en inquirir por todos los medios

posibles el número de hombres que mandaría Bremond y el día de la

marcha.

No nos costó gran trabajo averiguar que la columna expedicionaria

constaría de trescientos hombres de infantería y de quinientos caballos.

Averiguamos también que la infantería probablemente tendría que

quedarse en Salas de los Infantes.

Las cosas iban con tal rapidez, que el martes los franceses se ponían

en marcha.

El director y Merino habían organizado un servicio de correos y

peatones para comunicarse, y en unas cinco horas, la noticia llegaba de

Burgos á nuestro campamento.

Yo salí también el martes, y el miércoles me incorporé á mi escuadrón.

Me encontraba ya completamente bien.

Había elegido Bremond la calzada de Burgos á Soria para hacer su

correría. Pensaba detenerse en los pueblos, sobre todo, en Barbadillo

del Mercado y en Hontoria.

El coronel francés y su comandante aspiraban á rendir culto al mismo

tiempo á Venus y á Marte, y á dejar el pabellón bien plantado en la

guerra y en el amor.

El Escuadrón del Brigante · 第 119 / 283 题