Un oficial de quien se hablaba mucho en Burgos, por escandaloso é
impío, era un capitán á quien llamaban el Demonio.
El Demonio se manifestaba anticatólico furioso. Un día, el día de
Pascua, entró en la catedral, se santiguó y se colocó delante del altar
mayor. Comenzó la misa, y el Demonio se puso á cantar con los curas,
luciendo su voz, que hacía retemblar las vidrieras de la catedral.
Otro día se empeñó en subir al púlpito, asegurando que tenía que
predicar la vida y milagros de San Napoleón Bonaparte.
Con las atrocidades de Dorsenne y las bromas del Demonio, Burgos entero
estaba horrorizado. Probablemente, los burgaleses se espantaban más
de las impiedades del Demonio que de las suspensiones ordenadas por
Dorsenne, porque el hombre es bastante absurdo para dar más importancia
á los ídolos que inventa él, que no á la vida que le crea y le
sostiene.