Burgos, en esta época, abandonado por casi todo el vecindario rico,
presentaba un aspecto triste de soledad y miseria. El pueblo entero
era una cloaca infecta; el hambre, la ruina, la desesperación se
enseñoreaban por todas partes.
Tres pies de inmundicia llenaban las calles; para pasar de una acera á
otra los vecinos abrían zanjas con el pico y con la azada.
Los hospitales se hallaban atestados de heridos y convalecientes, y
á pesar de que casi todos morían, las camas vacantes se llenaban en
seguida y no se encontraba sitio en las salas.
Doña Mariquita, Fermina y yo fuimos los tres á parar á casa del
director. A doña Mariquita y á Fermina las pusieron en un cuarto, y á
mí en otro.
Para cubrir el expediente, yo llamé á un médico, á pesar de que ya
estaba bien, y me dispuse á seguir su tratamiento, ó, por lo menos, á
decir que lo seguía, y fuí á la botica por las medicinas que me recetó.
En Burgos, entonces, se hablaba á todas horas del general en jefe conde
de Dorsenne y de su mujer.
Dorsenne era la representación más acabada del general del Imperio. Se
mostraba fatuo, orgulloso, falso y, sobre todo, cruel.
Era muy petulante. Se firmaba unas veces: conde de Dorsenne, coronel
general de la caballería de granaderos de la Guardia Imperial, y en
los edictos y proclamas se llamaba jefe del ejército del Norte, de
guarnición en Burgos.
El conde de Dorsenne daba todos los días el espectáculo de su persona á
los buenos burgaleses. Se paseaba por el Espolón con sus ayudantes. Le
gustaba atraer todas las miradas.
Realmente, tenía una gran figura. Era alto, de colosal estatura, y
quería parecer más alto aún, para lo cual llevaba grandes tacones y un
morrión de dos palmos lo menos.
Tenía Dorsenne un rostro perfecto, ojos negros, nariz griega. Iba
completamente afeitado, y llevaba el pelo largo con bucles.
Le encantaban los perfumes; luego, años después, se dijo que había
muerto de un envenenamiento producido por ellos, aunque parece que la
causa de su muerte fué un absceso del cerebro.
El conde se cuidaba como una damisela. Vestía á la polaca, con todo
el oro posible; llevaba los dedos llenos de alhajas, y las muñecas de
pulseras.
Montado á caballo, con la larga cabellera al viento, parecía un
emperador asiático.
Según decían los oficiales, su tocado retrasaba muchas veces dos horas
la marcha de las tropas.
Madama Dorsenne brillaba con tanta luz como su arrogante esposo; había
tomado también en serio la misión de dejar estupefactos á los sencillos
burgaleses con sus joyas, sus vestidos y sus salidas de tono. Su salón
era el punto de cita de la elegancia de Burgos.
Hablaba madama Dorsenne con gran libertad; pretendía demostrar que
una condesa-generala podía decir cuanto se le ocurriera sin ser nunca
impertinente.
Un día preguntó á una señora española si no tenía hijos.
--No--contestó ella--; hace ocho años que estoy casada, y Dios no nos
ha querido dar descendencia.
--¿Y le gustaría á usted tener hijos?
--¡Oh, muchísimo!
--Entonces... ya que no sirve su marido, ¿por qué no cambia usted de
hombre?
La pobre señora quedó espantada.
Dorsenne y su mujer viajaban escoltados por regimientos. Un día, de
calor horrible, la generala mandó al cochero que los caballos de su
carretela marcharan al paso en el camino de Burgos á Torquemada, con
lo cual tuvieron que ir á la enfermería más de cincuenta soldados,
enfermos de insolación y de congestiones cerebrales.
Los oficiales franceses decían que la brillante carrera de Dorsenne se
debía á las mujeres, sobre todo, á madama D' Orsay.
De esta madama había sido Dorsenne su monsieur Pompadour durante algún
tiempo.