Comencé á explorar el ánimo de mis guerrilleros, y me encontré
sorprendido al notar que todos eran más partidarios de Merino que del
Brigante.
El valor, la audacia del jefe de nuestro escuadrón no producía efecto
en nuestras huestes.
Es terrible esto de no poder arrastrar á nadie. De contar con los
ciento cincuenta hombres del escuadrón, se hubiera podido hacer algo;
pero los guerrilleros eran, ante todo y sobre todo, incondicionales del
cura.
El pueblo tiene su instinto que le sirve de lógica. En nosotros, en
el Brigante, en Lara, en el Tobalos y en mí, veían algo extraño: una
tendencia á sacar las cosas de sus cauces naturales llevándolas por
otros caminos, una inclinación á no seguir los usos sancionados y un
desdén por sus hábitos de crueldad.
Los guerrilleros nos consideraban como gente extranjerizada.
En cambio, Merino era de los suyos, discurría como ellos, pensaba como
ellos, equiparaba la crueldad con el valor. Era un campesino hecho jefe.
Al comprobar esto me desesperé.
¡Qué ocurrencia la mía de ir á Burgos y unirme con Merino!
Habiendo guerrilleros vascos célebres, Mina y Renovales que eran
navarros, Jáuregui guipuzcoano, y Longa vizcaíno, tres de ellos muy
liberales, la suerte hacía que yo, vasco y liberal, me uniera á un
castellano absolutista.
Después, en el transcurso de mi vida, el haber estado á las órdenes de
Merino fué un obstáculo para mis planes.
Si en la conversación se hablaba de los sucesos del año 8 al 14 y yo
daba detalles, me preguntaban:
--¿Es que estuvo usted en la guerra de la Independencia?
Yo contestaba que sí.
Era para mí un gran honor.
--¿Con quién?--me preguntaban.
--Con el cura Merino.
Y todo el que me oía creía que era un absolutista.
El general Mina, hombre intransigente y algo arbitrario, nunca se fió
de mí, sólo por eso. Varias veces dijo á algunos amigos suyos y míos
que bastaba que yo hubiese guerreado con Merino para que no creyese en
la sinceridad de mis ideas liberales.