DESCONTENTO

A pesar de una larga época de grandes reveses sufridos por los

españoles, y á pesar de que en Madrid se suponía consolidado el trono

de José Bonaparte, desde el campo se advertía la imposibilidad de la

victoria francesa.

El alzamiento español se generalizaba; la fiebre patriótica crecía; la

resistencia se iba organizando cada vez mejor.

Nosotros, que al principio de la guerra nos hallábamos incomunicados

con el resto de España, empezamos á recibir noticias de todas partes.

Estas noticias no nos halagaron. Creíamos ser los únicos guerrilleros

de una gran partida, y vimos que no. Se comenzó á hablar de las hazañas

de Mina, del Empecinado y de don Julián Sánchez.

La gente de las orillas del Duero nos contaba las peripecias de la vida

de don Juan Martín, y los llegados del Norte, los hechos heroicos de

don Francisco Espoz.

Nuestras glorias quedaban obscurecidas. Se apreciaban los servicios de

la partida de Merino, pero no se contaban de ella heroicidades.

Merino había comunicado su manera de ser á su gente, como Mina y el

Empecinado á la suya.

En los pueblos se nos tenía por guerrilleros hábiles, astutos, activos,

no por gente de coraje. Desprestigio terrible.

Varias veces hablé con el Brigante de esto.

Yo no me hallaba conforme con la táctica del cura; yo creía que el

éxito de la guerra no dependía sólo de matar; había que intentar algo

extraordinario que nos cubriese de gloria.

Hay gente que supone que en el día no puede ocurrir nada extraordinario

ni original. Para muchos, la extraordinariez y la originalidad no se

encuentran mas que en las cosas pasadas.

Lo que ha ocurrido ya, para los que piensan tener toda la ciencia

en el bolsillo, además de original y raro, les parece necesario y

lógico. ¿Pero no les parecería igualmente lógico si hubiera ocurrido lo

contrario?

Respecto á la originalidad, es indudable que si alguno pudiera ver las

acciones de los hombres en conjunto, las encontraría todas iguales;

pero, en realidad, no lo son, como no lo son las hojas de un mismo

árbol.

Yo por mi parte y fuera de esto creo que basta el sentimiento íntimo de

que lo que uno hace es espontáneo y original para que lo sea.

El Brigante era un poco inclinado al fatalismo, doctrina quizá buena

para un filósofo, pero mala para un hombre de acción.

Yo intentaba demostrar que debíamos hacer algo fuera de todos los

hábitos rutinarios de los demás.

El Brigante me oía sin replicar.

--Si tuviéramos mil hombres dirigidos por ti--decía yo--, podríamos dar

batallas verdaderas.

El Brigante se quedaba ensimismado.

--Aunque tuviéramos quinientos, ¿eh?

Poco á poco me aventuré á hablar más claro, y le dije que debíamos

abandonar á Merino.

--¿Y qué vamos á hacer?

Este era el problema. Lo más fácil hubiera sido dejar la partida y

entrar en el ejército regular; pero al Brigante y á mí no nos gustaba

estar sometidos á ser siempre peones. Queríamos conservar nuestra

independencia, y la vida aventurera y cambiante nos parecía mejor que

la reglamentada.

Sentíamos también los guerrilleros un poco de desprecio por las

paradas y las batallas de bandera y música. La disciplina estrecha, la

burocracia militar, el cuartel; todo esto nos parecía repugnante.

Ser guerrillero y pelear y matar está bien; ser militar para andar

probando ranchos y acompañando procesiones es cosa ridícula.

El proyecto de incorporarnos al ejército regular, por difícil y poco

halagüeño lo abandonamos.

Desechado esto, discutimos la posibilidad de desertar con el escuadrón

ó con parte de él, internarnos en la Rioja ó en Burgos y formar partida

independiente.

En el caso de querer incorporarnos á otra partida, las teníamos

cerca. Mina guerreaba en Navarra; Jáuregui, en Guipúzcoa; Renovales y

Campillos, en Aragón; Longa, en Alava y en la ribera del Ebro; y el

Empecinado, en la Alcarria.

El Brigante me oyó, y como, á pesar de su valor, era hombre prudente,

me dijo:

--Hay que esperar la ocasión. Y ten cuidado, Eugenio; otro te puede

escuchar como yo, y luego ir con el cuento... Y ya sabes lo que te

espera.

El Brigante tenía razón. Había que esperar. Yo lo comprendía, pero me

impacientaba.

El Escuadrón del Brigante · 第 109 / 283 题