A pesar de que la mayoría de las fuerzas de Merino se dividían y
subdividían mucho, quedó, para los efectos de influir en los aldeanos y
despistar á los franceses, una partida de hombres á pie, sin fusiles,
que corrían como gamos. Eran casi todos pastores ágiles, fuertes, que
conocían la sierra como su casa.
Mientras las columnas móviles de los imperiales exploraban los pasos de
los montes, el grupo de pastores iba de un punto á otro por senderos,
por veredas de cabras, desesperando á los franceses, que no comprendían
cómo una partida de trescientos á cuatrocientos hombres (ellos suponían
que era toda la partida) podía hacer estas extrañas evoluciones.
Al finalizar el verano, los franceses se desanimaron; las columnas no
se podían sostener en la sierra por no haber manera de abastecerlas.
Venía la mala estación; era aún más difícil avituallar tanta gente en
sitios desiertos y pobres, y poco á poco las tropas de Roquet fueron
retirándose de la sierra.
Pronto supo Merino lo que pasaba, y comenzaron los avisos para la
asamblea.
Mandó á los diferentes puntos de refugio de los guerrilleros los
mejores guías de los contornos para que nos acompañaran.
Aún no se habían retirado los franceses y ya estaba Merino reuniendo
sus fuerzas en el centro de la sierra; pasaban los nuestros al lado de
las tropas enemigas por caminos desconocidos por ellas.
Los franceses cubrían seis ó siete senderos y los guías se colaban por
otro.
Para el comienzo del otoño, la partida estaba igualmente formada que
antes de su disolución.