Al escribir estas páginas, al cabo de más de veinte años en la obscura
cárcel, donde me encuentro preso, me figuro tener hoy los mismos
sentimientos de aquella época de mi vida de guerrillero.
Claro que es un error. Los años y la desgracia dan sus lecciones,
aunque no se sepa á veces claramente cuáles son.
Por otra parte, había entonces para mí una influencia, cuya presión me
es difícil calcular.
Me refiero al contagio de los sentimientos patrióticos de los demás.
En todas esas grandes convulsiones populares, como la guerra de la
Independencia, hay una contaminación evidente; uno cree obrar impulsado
por su inteligencia, y lo hace movido por su sangre, por sus instintos,
por razones fisiológicas, poco claras y conocidas.
Este contagio lo experimenté yo, como lo experimentaron otros mucho más
cultos que yo. Al principio de la guerra, la calentura patriótica nos
abrasaba.
Sin embargo, yo confieso que en una de las emboscadas primeras en que
tomé parte me costó trabajo dar la voz de fuego. Me habían mandado al
frente de veinte jinetes con la orden de agazaparnos en un alto detrás
de unas piedras y terrones y esperar el paso de un pelotón enemigo. Al
divisarlo debíamos hacerle una descarga cerrada é inmediatamente montar
á caballo y salir corriendo hacia nuestro campo.
Fuimos marchando á la deshilada con un mozo pastor que conocía muy bien
los senderos; tomamos y dejamos veredas abiertas entre la maleza y el
monte bajo, y llegamos á las peñas donde debíamos agazaparnos. Yo tenía
un buen observatorio oculto por unas matas.
Esperamos toda la tarde; el anochecer fué espléndido; el sol del
crepúsculo doraba el campo, alargando las sombras de los árboles.
Yo, contagiado por la paz de la Naturaleza, estaba deseando que no
apareciesen los franceses; pero un momento antes de anochecer se
presentaron.
Eran cincuenta ó sesenta soldados de infantería; iban á pie; algunos
cantaban alegremente.
Se me encogió el corazón, pero no había más remedio. Miré á mis
guerrilleros. Todos estaban preparados.
--¡Fuego!--grité.
No quise mirar. Montamos á caballo y nos retiramos de aquel sitio
rápidamente.
Este sentimiento de responsabilidad, de remordimiento, no lo
experimenté mas que las pocas veces que tuve algún mando; en lo demás,
no.
En los ataques de caballería que dimos los del escuadrón del Brigante
no sentía uno intranquilidad moral ninguna. La cólera, el odio y, más
aún, la emulación nos arrastraban.
No veíamos si eran muchos ó pocos los enemigos; nos lanzábamos contra
ellos con tal furia que, generalmente, no podían resistir nuestro
empuje.
Luego, ya llegó un tiempo en que no sé si por costumbre, por el hábito
de verlos, ó por vislumbrar la posibilidad de echarlos de España,
comenzamos á perder el odio por los invasores.
Estas alternativas, comunes á los del escuadrón del Brigante, no
influyeron en Merino. El cura siguió preparando al principio y al fin
sus emboscadas y sus sorpresas de una manera fría y metódica.
Ciertamente, la guerra, con método ó sin él, es una cosa horrible; pero
cuando se hace de manera tranquila, parece más horrible todavía.
Al menos, cuando se luchaba á pecho descubierto, como lo hacía el
Brigante en pequeño y como lo hicieron en grande Mina, el Empecinado y
don Julián Sánchez, la impresión del peligro experimentado, del valor
del jefe marchando á la cabeza, hacía un efecto tónico.
Muchos años después, siendo mariscal de campo el Empecinado y yo su
ayudante, dimos una carga, en 1822, llevándole al frente, contra una
partida de absolutistas, que entonces llamábamos _feotas_, mandados
por Merino, y aquello alegraba el corazón.
Aun así, creo que á un hombre de dentro de doscientos años, este
acuchillarse mutuo de hombres desconocidos le parecerá, no como
á nosotros, un gran acto de patriotismo y de nobleza, sino una
monstruosidad. Cada hombre es, aunque no quiera, de su siglo y de su
época, y pedir otra cosa es una gollería.
La guerra de Merino, no sólo no era para contentar al hombre hipotético
de dentro de doscientos años, ni aun satisfacía al de su época. Aquello
tenía el aspecto de una cacería metódica y siniestra. Allí no se
ganaban acciones; se mataba.
Cuando Merino atacaba á una fuerza considerable, principiaba casi
siempre el fuego sobre la infantería. El mismo disparaba sus tiros
certeros de carabina contra el oficial ó el jefe francés que dirigía
las fuerzas contrarias.
Los asistentes cuidaban de tener preparada la carabina ó el retaco del
cabecilla.
A veces, cuando estaba emboscado en lugar seguro, y al mismo tiempo
próximo al enemigo, mandaba cargar al Feo ó al Canene un trabuco con un
grueso puñado de pólvora de un frasco que llevaba en la pistolera de su
silla, y le metía por la boca diez y seis balas de á onza, y lo atacaba
después mucho.
Para hacer fuego con aquello, colocaba el arma debajo del brazo derecho
y sujetaba el extremo del cañón con la mano izquierda, á fin de evitar
en lo posible el choque violentísimo.
La maniobra constante de Merino consistía en batirse en retirada hasta
separar la infantería de la caballería enemiga. Después intentaba
atraer á los franceses á la loma ó bosque en que solíamos estar
reunidos y formados los escuadrones del Jabalí y del Brigante, y
si lo conseguía, nos mandaba cargar de repente agitando el pañuelo
desde lejos. Nosotros nos lanzábamos sobre el enemigo y casi siempre
conseguíamos derrotarlo.
Rara vez los franceses, en tales condiciones y en corto número, podían
reorganizarse y resistir. En general, los pasábamos á cuchillo si no se
rendían.
Muchas veces también ejecutaba la maniobra de defender una posición
falsa é irse retirando á otra fuerte y atrincherada, desde donde podía
causar gran daño al enemigo.
La mayor parte de estas emboscadas las preparaba Merino de acuerdo con
los alcaldes de los pueblos. Entendido con ellos, dictaba los partes
que éstos debían dar en cumplimiento de sus deberes á los comandantes y
jefes de los cantones inmediatos.