El abad mandó que le hicieran pasar á la sala. Reconocí en el
guerrillero el comensal de la noche anterior, el hombre cetrino de
gran levitón y sombrero de hule. Al entrar el cabecilla nos levantamos
todos; se sentó luego el abad y volvimos á sentarnos los demás. Siguió
la plática.
Yo estuve observando al guerrillero. Era Merino hombre de facciones
duras, de pelo negro y cerdoso de piel muy atezada y velluda.
Fijándose en él era feo, más que feo, poco simpático: tenía los ojos
vivos y brillantes de animal salvaje; la nariz, saliente y porruda; la
boca, de campesino, con las comisuras para abajo, una boca de maestro
de escuela ó de dómine tiránico. Llevaba sotabarba y algo de patillas
de tono rojizo.
No miraba cara á cara, sino siempre al suelo ó de través.
El que le contemplasen le molestaba.
Al primer golpe de vista me pareció un hombre astuto, pero no fuerte y
valiente.
El cabecilla daba muestras de inquietud mirando á derecha é izquierda.
El abad explicó á Merino de qué se trataba, y éste contestó haciendo
señales de asentimiento.
El cabecilla tenía una voz metálica, aguda, poco agradable. El deán,
como superior jerárquico del cura, le exhortó á que defendiera la
Religión y la Patria.
Después el comisario regio, Peña, leyó el decreto de la Junta Central.
Concluída la lectura, el director tomó la palabra é hizo estas
proposiciones, que sometió al juicio de los demás:
Primera, que se eligiese una junta permanente en Burgos y en las
cabezas de partido para allegar recursos; segunda, que el comisario
Peña indicase al señor don Martín Garay la conveniencia de nombrar
teniente coronel de la partida de guerrillas de la Sierra de Burgos y
Soria á don Jerónimo Merino, y tercera, que enviaran desde Sevilla en
comisión un comandante de caballería de ejército que fuera buen táctico
en el arma, un capitán y varios sargentos instructores para formar una
academia de oficiales y clases en la Sierra.
Aceptadas las proposiciones del director, el abad de Lerma se levantó,
y sacando el crucifijo de cobre colgado de su cuello y enarbolándolo en
el aire, nos hizo jurar guardar el secreto.
Nos levantamos todos para jurar. Cuando miré de nuevo alrededor, ya
Merino había desaparecido.
Después el abad del convento nos llevó á la iglesia, donde iba á decir
misa.
Doce guerrilleros de Merino se pusieron al pie del altar con la
bayoneta calada; luego nos arrodillamos nosotros, que tuvimos que
estar durante toda la misa de rodillas.
Oficiaba un fraile viejo y le acompañaba el sonido del órgano y las
voces de los frailes dominadoras en el coro.
Tenía aquello un aire verdaderamente imponente.
Después de la misa tomamos cada uno un pocillo de chocolate con
bizcochos, vimos los alrededores del convento antes de comer, y á las
primeras horas de la tarde marchábamos de vuelta camino de Burgos.
Peña se fué á Sevilla con una corta memoria dirigida á don Martín
Garay, en la cual se especificaban los deseos de los patriotas
castellanos, y el director y yo comenzamos á hacer gestiones para
nombrar la Junta Permanente con que arbitrar recursos.