Cuando se parte de Covarrubias por el camino de Salas de los Infantes á
buscar Lerma, siguiendo por la carretera y bordeando el río, á una hora
ú hora y media de marcha se encuentra el convento de benedictinos de
San Pedro de Arlanza.
Es aquél un sitio grave, solitario, triste; no hay en él más población
que los monjes; alrededor, soledad, silencio, ruido de las fuentes,
murmullo de cascadas espumosas en que se precipita el Arlanza.
Muy temprano, al amanecer, fuimos al monasterio.
Recuerdo aquel día de nuestra llegada al convento. Un cielo azul, con
unas nubes muy blancas alumbraba la tierra.
Perdimos la vista de los tejados rojos, torcidos y llenos de piedras de
Covarrubias, y nos encaminamos hacia el monasterio.
Un amante de la naturaleza se hubiera quedado absorto contemplando
el ruinoso convento, próximo al riachuelo espumoso, con su torreón
cuadrado, su fuente en medio y sus viejas tumbas de guerreros.
Yo confieso que á mí estas cosas no me han entusiasmado nunca. El
contemplar pasivamente no está en mi temperamento.
El deán, el director, Peña y yo íbamos impulsados por una idea de
guerra, de violencia, y no nos fijamos en los primores arqueológicos
del convento ni en la belleza del paisaje.
Entramos en el claustro. El criado que nos salió al encuentro fué á
llamar al superior y nos condujo á la sala capitular. Había pocos
frailes en el monasterio: un abad, ocho ó diez clérigos y cuatro ó
cinco legos. Todos llevaban hábito negro.
Esperamos unos minutos, y poco después entró el abad de los
benedictinos. Era un hombre imponente, con la barba entrecana, la
mirada brillante y fuerte.
Sabía de antemano el objeto de nuestra visita, pues le habían escrito
el director y el deán de Lerma.
El abad de los benedictinos nos dijo:
--Merino está avisado; dentro de un momento se presentará aquí.
Preguntó el deán al abad si podría contar con algunas personas de su
confianza, y el abad dió una lista de nombres que aseguró contribuirían
á la suscripción.
Yo fuí escribiendo los nombres en un papel.
Se habló de las probabilidades de éxito del levantamiento contra los
franceses, y cuando se debatía este punto entró un lego á decir que don
Jerónimo Merino se encontraba en el claustro.