Esperamos un momento y apareció un señor vestido de negro, un hombre
de unos cincuenta años, de facciones duras, pero expresivas, con aire
clerical. Era el director. Le di la carta del padre Pajarero, la leyó y
nos sometió á un nuevo interrogatorio.
Le chocó bastante mi palidez y le conté lo que nos había pasado en el
mesón del Segoviano, en Briviesca.
Mi relato le interesó muchísimo y sirvió para hacerme simpático.
--¿Pero ya está usted bien?--me dijo.
--Sí, estoy bien.
--¿No quiere usted que le mande un médico?
--No; ya, ¿para qué?
--Bueno, pues entonces--concluyó diciendo--déjenme ustedes sus nombres
y sus señas, y la semana que viene yo les avisaré. Va á venir un
delegado de la Nueva Junta Central desde Sevilla para organizar la
resistencia.
Como el padre Pajarero, en su nota al director, había puesto los
nombres con que figurábamos en los pasaportes, seguimos llamándonos:
Ganisch, Garmendia, y yo, Echegaray.
--Ahora, ¿dónde van ustedes á dormir?
--El padre Pajarero nos ha dicho que vayamos al convento de la Merced.
--¿Saben ustedes dónde está?
--Sí, creo que lo encontraremos.
--Mi criado les acompañará.
Nos despedimos del director y salimos á la calle acompañados de un mozo
envuelto en una manta.
Luchando con el viento helado salimos á la orilla del Arlanzón. La
luna resplandecía en el cielo, iluminando la ciudad. Las torres de la
catedral y los pináculos de la capilla del condestable brillaban como
barnizados de plata. Unos caballos corrían por el cauce del río.
Siguiendo la orilla, á pocos pasos llegamos á un edificio grande. Llamó
el mozo con los dedos en la puerta.
--¡Ave María Purísima!
--Sin pecado concebida--dijo de adentro una voz suave y frailuna--.
¿Qué quieren?
--Estos señores que vienen á dormir de parte de mi amo, el director.
Un lego nos salió al paso y nos llevó á Ganisch y á mí á una celda,
donde dormimos perfectamente.