Casi siempre el acontecimiento es traidor é inesperado. ¿Quién lo puede
prever? Aun contando con la casualidad es difícil; sin contar con ella
es imposible.
Se cree á veces dominar la situación, tener todos los hilos en la mano,
conocer perfectamente los factores de un negocio, y, de repente, surge
el hecho nuevo de la obscuridad, el hecho nuevo que no existía, ó que
existía y no lo veíamos, y en un instante el andamiaje entero levantado
por nosotros se viene á tierra, y la ordenación que nos parecía una
obra maestra se convierte en armazón inútil y enojoso.
Muchas veces he comprobado en mis proyectos la quiebra producida por el
acontecimiento inesperado, á veces tan decisiva, que no permitía ni aun
siquiera la reconstrucción de la idea anterior con un nuevo plan.
El año 1808 vivía en Irún. Era yo todavía un chico, aunque bastante
precoz, para soñar con empresas políticas y revolucionarias.
Como fundador del Aventino, me habían nombrado presidente de la
Sociedad y estaba en relación con las logias de Bayona, con la de
Bilbao, la más importante, y la de Vitoria.
Nuestra Sociedad avanzaba; hicimos gestiones cerca de los liberales
vascos, algunos, como Echave, de los que trabajaron por la
independencia de Guipúzcoa en 1795, y conseguimos su adhesión.
Los afiliados de Irún todos eran jóvenes, menos un señor ya viejo,
organista de la iglesia, tipo bastante extraño y original, apellidado
Michelena.
Michelena era alto, flaco, huesudo, de unos cincuenta años, hombre muy
sentimental.
Michelena, además de pertenecer al Aventino, estaba afiliado á una
secta, llamada de los Teofilántropos, que tenía su centro en París.
¿Cómo este buen organista, que apenas había salido de Irún, pertenecía
á aquella Sociedad?