(_Volviéndose asustado_).

¿Qué voz...?

Si yo creyera en visiones

diría...

(_Reconociéndole_).

Sí; ¡él es! Favor...

PABLO.

¡Silencio! No soy fantasma.

Vengo...

ELÍAS.

De parte de Dios

te digo, sombra iracunda...

PABLO.

No hay tal sombra. Vivo estoy.

Acérquese usted sin miedo.

Tenemos que hablar los dos.

ELÍAS.

Si en el otro mundo penas

como en este peno yo,

al heredero le toca

procurar tu redención;

no a mí, difunto don Pablo;

a mí que soy tu acreedor,

a mí...

PABLO.

Basta. Sabe usted

que soy hombre de razón,

y si yo me hubiera muerto,

no lo negaría, no.

Caí herido de un balazo

en medio de la facción.

Sin duda al verme tendido

sin aliento y sin color

todos me dieron por muerto

sin más averiguación;

y como nadie después

de mí ha sabido hasta hoy,

no extraño que en mis exequias

haya graznado el fagot.

Recobrados mis sentidos

con el frío y el dolor,

medio vivo, medio muerto,

me levanté del montón.

En vano pedía auxilio;

nadie escuchaba mi voz...

Por fin llegué como pude

a la choza de un pastor.

Por buena suerte la herida

no era mortal aunque atroz.

Aquella familia honrada

tuvo de mí compasión;

y curándome en sigilo,

sin botica y sin doctor,

me libertó de las uñas

de _Tristany_ o _Caragol_.

Recobradas ya mis fuerzas,

mi marcha emprendo veloz

de regreso a Zaragoza,

y hoy llego a puestas de sol

para reír desengaños

de este mundo pecador.

ELÍAS.

¡Es posible! ¡Ah! Mi alegría...

PABLO.

Usté es un hombre de pro.

Usté ha rezado en mi entierro...

ELÍAS.

¡Oh! Sí; con mucho fervor.

PABLO.

Y gracias por su cristiana

misericordia le doy.

Solo a usted me he descubierto...

ELÍAS.

Usted me hace sumo honor...

PABLO.

Mas nadie sepa que vivo

hasta mejor ocasión.

Usted sabrá mis proyectos,

y cuento con su favor

para llevarlos a cabo.

ELÍAS.

Sabe usted que siempre estoy

a su obediencia... A propósito:

el papel que se quedó

sin firmar... Aquí lo traigo.

Si a la luz de ese farol

(_El que habrá en el portal de la casa donde se baila_),

quisiera usted... Pediremos

un tintero...

PABLO.

¿No es mejor

que se venga usted conmigo

y le daré en el mesón

las diez onzas consabidas,

los réditos y otras dos

en muestra de gratitud?...

ELÍAS.

¡Oh, qué bello corazón!

PABLO.

Justamente ya ha debido

cobrar mi administrador

unas letras...

ELÍAS.

No es decir

que yo tenga prisa, no.

Solo por acompañar

a usted... (¡Dios de Sabaot,

no me le mates ahora!

¡Cumpla su buena intención!)

PABLO.

Vamos...

ELÍAS.

Abríguese usted.

(_Componiéndole el embozo de la capa. Don Pablo tose_).

¡Cuidarse! — ¿Qué es eso? ¿Tos?

PABLO.

No es nada.

ELÍAS.

Es que usté estará

delicado; y el pulmón...

PABLO.

(_Riéndose_).

Cálmese usted, don Elías,

que mi palabra le doy

de no morirme otra vez

sin pagarle.

ELÍAS.

(¡Óigate Dios!)

ACTO CUARTO.

LA RESURRECCIÓN.

La decoración del acto segundo.

ESCENA I.

DON PABLO, DON ELÍAS. (_Entran con precaución. El teatro está oscuro_).

PABLO.

Si alguno nos ha observado...

ELÍAS.

Solo lo sabe Ramón,

y ese es de satisfacción.

Puede usté entrar descuidado.

Jacinta está de jolgorio

con su novio y los amigos

que servirán de testigos

para el impío casorio.

Luego que apuren los platos

del opíparo banquete

vendrán a este gabinete

para firmar los contratos.

PABLO.

Isabel...

ELÍAS.

No fue posible

hacerla entrar en la fiesta.

La maldice y la detesta

como sacrilegio horrible.

PABLO.

¡Pobrecilla! ¿Y don Froilán?

ELÍAS.

Muerto está de pesadumbre;

mas, ya se ve; la costumbre...

la etiqueta, el _qué dirán_...

PABLO.

Al bien y al mal se acomoda

esa frase; y ¿qué ha de hacer

quien por fuerza ha de escoger

entre un duelo y una boda?

ELÍAS.

Ya, pero, entre el mundo y Dios,

don Froilán gime... y devora;

luego apura el vaso... y llora;

y así cumple con los dos.

PABLO.

¿Está todo preparado?

ELÍAS.

Todo como usted desea.

PABLO.

Sentiré que alguien me vea.

ELÍAS.

¿Cómo? En un cuarto excusado...

PABLO.

Quisiera un instante hablar

con Isabelita... Pero

prepárela usted primero.

ELÍAS.

Entiendo. Voyla a buscar.

Pues llevan largo el convite

y Ramón está advertido,

fácil será...

PABLO.

Siento ruido...

ELÍAS.

Traen luces... ¡Al escondite!

(_Don Pablo corre a esconderse en el cuarto del foro y cierra por

dentro las vidrieras. Ramón trae luces_).

ESCENA II.

DON ELÍAS, RAMÓN.

ELÍAS.

¿Ha visto alguien a don Pablo?

RAMÓN.

No, señor; nadie le ha visto.

ELÍAS.

¡Vete, y silencio!

RAMÓN.

No chisto.

ELÍAS.

Se va a desatar el diablo.

ESCENA III.

DON ELÍAS.

ELÍAS.

¡Por hacer aquí el rufián

dejo la opípara mesa...!

Pero servir me interesa

al escondido galán.

¿Qué no he de esperar de ti,

difunto que expresamente

resucitas complaciente

solo por pagarme a mí?

¡Y con qué rumbo! Ea, pues;

busquemos a Isabelita

y anunciemos la visita...

Mas ¿quién se acerca...? Ella es.

ESCENA IV.

DON ELÍAS, ISABEL.

ISABEL.

¿Qué hace usted tan solo aquí?

ELÍAS.

Señora, no es de mi gusto

esa infame bacanal,

y aquí me estoy hecho un búho

contemplando las flaquezas

y aberraciones del mundo.

¿Dejarán la mesa pronto?

ISABEL.

No sé.

ELÍAS.

Desde aquí descubro...

(_Mirando por la puerta de la izquierda_).

Los postres sirven. — No acaban

ni en veinticinco minutos.

¡Qué contraste! Ellos riendo,

¡y usted vestida de luto!

ISABEL.

Y quizás de mi aflicción

se mofan.

ELÍAS.

¡Atroz insulto!

¡Y acaso aún están calientes

las cenizas del difunto!

ISABEL.

¡Ah!

ELÍAS.

Si apareciese ahora

entre ellos vivo y robusto

el mismo a quien juzgan muerto,

como figuras de estuco

se quedarían.

ISABEL.

¡Ay, Dios!

ELÍAS.

¿Y qué maravilla? Algunos

suelen tornar a la vida

desde el borde del sepulcro.

ISABEL.

No con vanas ilusiones

aumente usted mi profundo

dolor.

ELÍAS.

No quiero decir

que Dios, aunque sea sumo

su poder, haga un milagro,

y se alcen a mis conjuros

los que descansan en paz;

pero, señor, yo pregunto,

¿quién da fe de que haya muerto

don Pablo? Un parte confuso...,

la declaración verbal

de un amigo infiel, perjuro...

ISABEL.

Y otros ciento que en el campo

le vieron yerto, insepulto;

y los facciosos también

le contaron en el número

de los muertos. Si él viviera

no podría estar oculto

su destino tantos días.

¡Nunca se verán enjutos

mis ojos! ¡No hay esperanza!

ELÍAS.

Pues yo la tengo y la fundo

en razones poderosas.

¡Oh! ¡Cómo de esos renuncios

se cometen en los partes!

¿No ha afirmado más de uno

la muerte del _Serrador_,

de _Cabrera_ y otros tunos,

que han multiplicado luego

muertes, incendios y estupros?

Bien pudo caer don Pablo

herido en el campo y pudo

salvarse después... En fin,

aunque parezca un absurdo,

yo creo... yo tengo datos...

ISABEL.

¡Ah! ¿Cuáles son?

ELÍAS.

Dios es justo...

ISABEL.

¡Insensata! ¿Cómo puedo

esperar...?

ELÍAS.

Si de su puño

enseñase yo una carta...

ISABEL.

Basta, basta. Yo no sufro

que usted se burle de mí

tan cruelmente.

ELÍAS.

No me burlo.

Vive don Pablo.

ISABEL.

¡Oh Dios mío!

¿Será posible?

ELÍAS.

Lo juro.

ISABEL.

¿Dónde...?

ELÍAS.

Baje usted la voz.

Si no temiera que un susto

repentino...

ISABEL.

No; mi gozo...

Venga esa carta...

ELÍAS.

Presumo

que usted daría más crédito

a un testigo... y me aventuro

a presentarlo...

ISABEL.

¿A quién? ¡Cómo...!

ELÍAS.

Usted le conoce mucho.

ISABEL.

Yo... ¿Dónde está?

(_Junto a la puerta del foro, que había entreabierto don Pablo_).

ELÍAS.

Salga usted.

El momento es oportuno.

ESCENA V.

DON PABLO, ISABEL, DON ELÍAS.

PABLO.

¡Isabel!

ISABEL.

¡Ah!... ¡Pablo mío!

(_Al verle grita y retrocede asustada, y después de un instante de

silencio le abraza con la mayor ternura_).

¿Es posible que te ven

mis ojos? ¡Pablo! ¿Tú vives?

Mi alma se anega en placer.

¡Dios de bondad! Si es delirio,

muera yo dichosa en él.

Mas no; mis brazos amantes

le están estrechando. ¡Él es!

(_Avergonzada se desprende de los brazos de don Pablo, y baja los

ojos_).

(¿Qué estoy diciendo, insensata?

¡Oh rubor...!) Perdone usted...

ELÍAS.

(_Observando a la puerta_).

Ya han retirado los postres

y las copas de Jerez.

PABLO.

Isabel, ese cariño

que en el alma grabaré

viene a endulzar la amargura

de un desengaño cruel.

ISABEL.

Dios sabe con qué aflicción

tu muerte, Pablo, lloré...

ELÍAS.

Ya recogen la vajilla.

Ya levantan el mantel.

PABLO.

Aunque por muerto me dieron,

de mis heridas sané.

Otra me han hecho en el alma.

Yo la curaré también.

ISABEL.

¡Pablo!...

PABLO.

¡Hermana de mi vida!

ISABEL.

(¡Hermana!... ¡Ay de mí!)

PABLO.

Isabel,

tú sola sabes que vivo.

Otros lo sabrán después.

¿Querrás por breves instantes

guardarme el secreto fiel?

ISABEL.

Lo guardaré; mas ¿qué intento...?

ELÍAS.

Ya están tomando café.

PABLO.

A ese contrato nupcial

presente quiero que estés.

ISABEL.

¡Tú lo exiges!

PABLO.

Y no importa

que les des el parabién.

Yo se lo doy desde luego;

y ya jamás fiaré

ni en lisonjeros amigos

ni en palabras de mujer.

ISABEL.

(¡Qué oigo!)

PABLO.

¡En la tumba se aprende

mucho!

ELÍAS.

¡Que ya están en pie!

PABLO.

Adiós... Yo seré más cauto

por si me muero otra vez.

(_Se entra en el cuarto del foro, cerrando las vidrieras_).

ESCENA VI.

ISABEL, DON ELÍAS.

ELÍAS.

¡Confidente y centinela

de mi rival! ¡Por usted,

solo por usted haría

tan subalterno papel;

papel que entrará en el fárrago

de deuda sin interés!

ISABEL.

(_Sin oírle_).

¡No me ama! ¡Infeliz de mí!

Mas al fin no le veré

en los brazos de Jacinta.

Y si otra me roba el bien

que el alma anhela... ¡No importa!

¡Perezca yo, y viva él!

ESCENA VII.

LOS PRECEDENTES, DON FROILÁN, JACINTA, DON MATÍAS, DON ANTONIO, DON

LUPERCIO, DAMAS, CABALLEROS. (_Toman todos asiento en varios grupos.

Don Matías, Jacinta con otras damas y caballeros a un lado; don

Lupercio con los demás convidados a otro; don Antonio junto a don

Froilán; don Elías e Isabel a un extremo_).

MATÍAS.

Adentro. Sin ceremonia.

JACINTA.

Tomen ustedes asiento.

LUPERCIO.

¡Oh, que está aquí don Elías!

ELÍAS.

Buenas noches, don Lupercio.

MATÍAS.

¿Cuándo viene ese notario?

que en verdad, ya me impaciento

esperándole.

JACINTA.

Ya poco

puede tardar.

MATÍAS.

Mira: luego

que se firmen los contratos

conyugales, bailaremos.

UNA SEÑORA.

Sí, sí; un poquito de baile.

UN CABALLERO.

Y será el día completo.

FROILÁN.

(_Aparte con don Antonio_).

Esa boda se va a hacer

bajo auspicios muy funestos,

don Antonio.

ANTONIO.

¿Qué se yo?...

Se quieren y están contentos...

JACINTA.

(_Aparte con don Matías_).

Por fin ya nos favorece

mi hermana. ¡Pero qué gesto!

Y es un insulto el entrarse

aquí con vestido negro.

MATÍAS.

Como es tan sentimental,

no me admiro...

JACINTA.

Pues yo creo

que tiene más de envidiosa

que de santa.

MATÍAS.

Y aun por eso,

a falta de otro galán,

se resigna a los obsequios

del buen don Elías.

JACINTA.

Siempre

tuvo ruines pensamientos.

UNA DAMA.

(_En voz baja_).

¿Qué dote lleva la novia?

LUPERCIO.

No es gran cosa. Seis mil pesos.

ISABEL.

(_Aparte con don Elías_).

¿Cuáles serán los designios

de don Pablo?

ELÍAS.

Es un secreto,

señorita; y como yo

de económico me precio,

quiero ahorrar las conjeturas,

pues al fin he de saberlo.

FROILÁN.

(_Aparte con don Antonio_).

Es un cargo de conciencia;

sí señor; y yo no debo

autorizar...

ANTONIO.

¡Bobería!

Los que se casan son ellos,

no usted.

FROILÁN.

¡Casamiento horrible!

ANTONIO.

Peor sería no hacerlo.

FROILÁN.

¡Don Pablo amaba a Jacinta!

ANTONIO.

Sí señor...; pero se ha muerto.

FROILÁN.

Don Matías fue su amigo.

ANTONIO.

Ya; pero no es su heredero.

FROILÁN.

¡Yo lo soy a mi pesar!

ANTONIO.

¡Cómo ha de ser! Ya lo veo.

FROILÁN.

Mis lágrimas...

ANTONIO.

Yo también

las vertería... a ese precio.

MATÍAS.

Ya está aquí el notario. ¡Viva!

ESCENA VIII.

LOS PRECEDENTES, EL NOTARIO.

NOTARIO.

Buenas noches, caballeros.

UNA SEÑORA.

(_Aparte a don Lupercio_).

Ese curial incivil

no saluda al bello sexo.

MATÍAS.

Vamos; ¿vienen ya extendidos

los contratos?

NOTARIO.

Sí por cierto.

No falta más que firmar;

los contrayentes primero

y los testigos después

en sus respectivos huecos.

FROILÁN.

(_A don Antonio bajo_):

Ese hombre, que para mí

es una especie de cuervo,

despierta en mi corazón

atroces remordimientos.

NOTARIO.

Si ustedes me lo permiten,

calo las gafas y leo...

MATÍAS.

¡No, por Dios! ¿A qué cansarnos

con este eterno proceso?

NOTARIO.

No tal. Yo soy muy lacónico.

Tendrá veintisiete pliegos...

MATÍAS.

¡Misericordia...! ¡Una pluma!

(_Llega a la mesa y la toma_).

¿Da usted fe de que en efecto

me caso con la que adora

mi corazón?

NOTARIO.

Por supuesto.

Con doña Jacinta...

MATÍAS.

Basta.

Firmo como en un barbecho.

(_Firma_).

Froilán.

(_Tapándose los ojos_).

¡Ah! ¡Qué horror! ¿Y sufro yo

tan bárbaro sacrilegio?

ELÍAS.

(_A Isabel_).

¿Qué le ha dado a don Froilán?

Suspira; se pone trémulo...

NOTARIO.

Ahora la novia.

JACINTA.

(_Se acerca a la mesa_).

Volando,

que mi gloria cifro en esto.

FROILÁN.

¡No puedo más!

(_Se levanta, y se acerca también a la mesa_).

JACINTA.

¿Dónde?

NOTARIO.

Aquí.

FROILÁN.

¡Detén en nombre del cielo

esa mano temeraria!

¿Olvidas tus juramentos?

¿Menosprecias tu opinión?

¿No sabes que hay un infierno

para los perjuros? ¡Ah...!

MATÍAS.

¿Qué dice ese majadero?

FROILÁN.

¿Vas a casarte con otro

cuando la sangre del muerto

está humeando? Aun escucho

las campanas de su entierro...

JACINTA.

¡Eh! ¿Quieres dejarme en paz?

UN CABALLERO.

Ese hombre ha perdido el seso.

UNA DAMA.

(_A don Antonio_).

¡Qué hipocresía!

ANTONIO.

¡La herencia!

ELÍAS.

(_A Isabel_).

Cómo soy que me divierto.

MATÍAS.

Ea, firma, y no hagas caso

de un fastidioso agorero.

JACINTA.

Sí; el corazón me lo manda...

¿Aquí...? (No sé por qué tiemblo.

¡Ánimo!) (_Firma_). Ya está.

FROILÁN.

¡Gran Dios!

¡Ella ha firmado! ¡Esto es hecho!

¡Ah! ¿Qué sería de ti,

falsa mujer, si del centro

de la tumba aquí se alzase

don Pablo y con voz de trueno...?

MATÍAS.

¡Oiga...!

(_Todos los interlocutores a excepción de Isabel ríen

estrepitosamente_).

LUPERCIO.

¡Donosa ocurrencia!

UNA DAMA.

¡Qué visionario!

UN CABALLERO.

¡Qué necio!

ANTONIO.

Se nos viene con sandeces

del siglo décimo-tercio.

MATÍAS.

No hablaba usted de ese modo

dos días ha.

FROILÁN.

Me arrepiento...

ELÍAS.

(_A Isabel_).

Oportuno es el sermón.

Parece que está de acuerdo

con don Pablo. Mas ¿qué aguarda,

que no sale del encierro?

FROILÁN.

Don Matías, no es la herencia

la que ha obrado este portento.

Mueve mi labio divina

inspiración. Yo preveo...

MATÍAS.

¡Eh! Basta ya de simplezas,

que estamos perdiendo el tiempo.

Concluyamos... ¡Los testigos!

NOTARIO.

Don Antonio Mollinedo...

ANTONIO.

(_Va a la mesa y firma_).

Servidor. Sea mil veces

en buen hora.

NOTARIO.

Don Lupercio...

LUPERCIO.

Allá voy...

(_Firmando_).

Y con el alma

y la vida lo celebro.

NOTARIO.

Don Elías Ruiz...

ELÍAS.

(_Va y firma_).

Presente.

Sea enhorabuena, y _laus Deo_.

NOTARIO.

Hemos concluido.

PABLO.

(_Dentro_).

¡No!

¡Falta un testigo!

(_Sorpresa general_).

MATÍAS.

¿Qué es eso?

JACINTA.

¿Qué voz...?

FROILÁN.

Por allí ha sonado...

MATÍAS.

¿Quién es el testigo?

(_Óyese una fuerte detonación en el cuarto del foro; ábrese la puerta

y aparece don Pablo cubierto de pies a cabeza con un manto blanco. Un

vivo resplandor rojizo alumbra el cuarto de donde sale_).

PABLO.

¡El muerto!

ESCENA IX.

LOS PRECEDENTES, DON PABLO.

(_Al aparecer don Pablo retrocede Jacinta aterrada; las demás señoras

chillan, y una o dos se desmayan en brazos de los caballeros que las

rodean; don Froilán se queda extático; don Elías suelta la carcajada,

y hace notar a Isabel los gestos de los demás; don Matías calla,

entre dudoso y amostazado; don Antonio y don Lupercio dan muestras de

admiración, y el Notario se esconde detrás de la mesa_).

JACINTA.

¡Cielos!

NOTARIO.

¡Oh!

MATÍAS.

¡Don Pablo!

FROILÁN.

¡Es él!

ELÍAS.

¡Lindas figuras!

UNA DAMA.

¡Qué espanto!

FROILÁN.

¡Yo no lo dije por tanto!

JACINTA.

¡Aparta, sombra cruel!

UN CABALLERO.

Señora...

(_Abanicando a una que está desmayada_).

UNA DAMA.

(_Volviendo del desmayo_).

¡Qué horrible vista!

UN CABALLERO.

(Yo tengo más miedo que ella.)

ELÍAS.

(_Aparte a Isabel_).

La tramoya ha estado bella.

¡Se ha portado el polvorista!

JACINTA.

(¡La imagen de mi conciencia

veo en su rostro fatal!)

FROILÁN.

(Si es aparición, tal cual;

si está vivo, ¡adiós la herencia!)

JACINTA.

Yo confieso mi locura,

Pablo, y te pido perdón.

MATÍAS.

¡Locura!

JACINTA.

Ten compasión

de una frágil criatura.

A tus plantas...

(_Va a arrodillarse, y don Matías la detiene_).

MATÍAS.

¡Eso no,

por vida de san Matías!

¿Tú a sus plantas? ¡No en mis días!

Él ha muerto, y vivo yo.

Y nos veremos las caras,

pues ya se firmó el concierto,

si quiere meterse el muerto

en camisa de once varas.

Ni él ha muerto; no hay tal cosa;

que si difunto estuviera

no alzara así como quiera

la yerta y pesada losa.

Yo no le disputo a Dios

el poder de hacer milagros;

mas los muertos están magros,

y este abulta como dos.

Le quisiste vivo, es cierto;

y ahora a mí. ¡Norabuena!

Eso no vale la pena

de resucitar a un muerto.

Si él ha muerto, ¿qué hace aquí?

Vuelva al panteón profundo...;

y si vive para el mundo,

muerto sea para ti.

En fin, que viva o que muera,

tuyo no ha de ser jamás.

Veremos quién puede más;

él muerto, y yo... calavera.

PABLO.

No he muerto, gracias al cielo

(_Soltando el manto y dando algunos pasos_),

ni por una infiel y un loco

quiero exponerme tampoco

a dar la vida en un duelo.

Que perdone este mal rato

pido a la tertulia toda,

pues mal sienta en una boda

el funeral aparato;

pero hombre de calidad,

cuya muerte es tan sentida,

justo es que vuelva a la vida

con cierta solemnidad.

Conozco que algún menguado

en esta cómica escena

más me quisiera alma en pena

que muerto resucitado;

pero si alguno desea

ser pasto a la muerte avara,

yo no: ya he visto su cara

y me parece muy fea;

y puesto que debo tanto

al Sumo Hacedor, no es justo

que por dar a nadie gusto

me vuelva yo al camposanto.—

Mis quejas no escucharán

los amigos fementidos;

no; porque a muertos y a idos...

Conocido es el refrán.

Que matan los desengaños

dice la gente... No a mí,

que como muerto los vi,

no han de abreviarme los años.—

Nada de rencor, Matías.

Querer a una dama hermosa

más que a un fiel amigo, es cosa

que se ve todos los días.

Siempre amor en tal pelea

ha de triunfar; esto es cierto;

y más si el amigo ha muerto

y la dama pestañea.

Yo la quise..., tú la quieres...

Tuya debe ser la bella,

pues yo he muerto para ella

y tú por ella te mueres.—

Ni a ti, Jacinta del alma,

culparé. ¿Con qué derecho

pidiera yo a tu despecho

una tumba y una palma?

Se olvida al galán más pulcro

vivo, lozano, fornido,

y ¿no ha de echarse en olvido

al que yace en el sepulcro?

El amor en nuestros días

como el Fénix se renueva,

que ya no hay almas a prueba

de balas y pulmonías.

Yo te creía más firme;

mas si otro me reemplazó,

la culpa me tengo yo.

¿Quién me mandaba morirme?

MATÍAS.

No haya duelo. ¿En qué lo fundo

si no hay rival a mi amor?

Mucho aplaudo el buen humor

con que vuelves a este mundo.

JACINTA.

Pablo, la sorpresa..., el gozo...

Pero... ya ves..., he jurado...

(Después que ha resucitado

me parece mejor mozo.)

PABLO.

Señoras, cese ya el susto,

que si lo causo viviente,

me moriré de repente

estando sano y robusto.—

¿Y el notario fugitivo

adónde fue?

NOTARIO.

(_Sacando la cabeza_).

Me escondí...

PABLO.

Ea, salga usted de ahí

a dar fe de que estoy vivo.

Aquiete usted la conciencia,

que, a fe del nombre que tengo,

del purgatorio no vengo

a tomarle residencia.

¡Don Lupercio! ¡Don Antonio!

De ustedes muy servidor.

Hasta ahora, aunque pecador,

no me ha llevado el demonio.

ANTONIO.

Yo lloraba...

PABLO.

Sí, por cierto.

LUPERCIO.

Yo...

PABLO.

Como hablan las paredes,

ya sé que me han hecho ustedes

justicia... después de muerto.

¡No era tan feliz mi suerte

cuando vivo...! ¿Conque soy

un ángel ahora? Doy

muchas gracias a la muerte.

Ruego a ustedes, pues advierto

que me va mejor así,

que siempre que hablen de mí

se figuren que estoy muerto.

ANTONIO.

(_Aparte a don Lupercio_).

¡Pullas, después que en mil puntos

su elogio hicimos ayer!

Ya no se puede tener

caridad... ni con difuntos.

PABLO.

Don Froilán, siento en verdad

decir a un amigo fiel

que el consabido papel

no es mi postrer voluntad.

FROILÁN.

Es acción muy baladí

que perdonarse no puede

el resucitar adrede

para burlarse de mí.

(_Risa general_).

Señores, nada de risas,

que es sobrada impertinencia

despojarme de la herencia

y quedarse con las misas.

ELÍAS.

Agorero cejijunto,

justo es que a Dios satisfagan

herederos que no pagan

los créditos del difunto.

Era insigne mala fe,

riendo de mi abstinencia,

comerse, amén de la herencia,

lo que yo economicé.

No era usted quien merecía

tanta dicha, alma de Anás,

Tartufo... No digo más...

MATÍAS.

¿Por qué...?

ELÍAS.

Por economía.

FROILÁN.

Por vida...

PABLO.

Tenga usted calma.

Yo las misas pagaré...,

a no ser que quiera usté

que se endosen a su alma.

Lea usté ahora en desquite

esta carta que Melchor

me dio...

FROILÁN.

Sí; mi arrendador

de la hacienda de Belchite.

(_Toma la carta, la abre, y la lee para sí_).

ISABEL.

(_Después de una breve pausa_).

¿Qué será?

MATÍAS.

Le tiembla el pulso...

ANTONIO.

Gime...

ELÍAS.

Un color se le va

y otro se le viene...

FROILÁN.

¡Ah!

JACINTA.

Mira al cielo...

LUPERCIO.

Está convulso...

FROILÁN.

¡Cruel, funesta noticia!

¡Desventurado de mí!

¡Yo esperaba el bien ajeno,

y pierdo el mío! ¡Infeliz!

¡Me ha arruinado, me ha perdido

la infame facción servil!

Me ha subastado el aceite,

me ha saqueado el maíz,

me ha destruido el molino,

me ha secuestrado el redil.

A mí, que no me metía

con liberal y servil,

y ni he sido diputado,

ni prócer, ni alcalde, ni...

Si hasta los neutrales tienen

su hacienda y vida en un tris,

¿quién quieres, aleve príncipe,

que te doble la cerviz?

Ya es crimen la indiferencia.

¡Guerra! ¡Un fusil! ¡Un fusil!

¡Traidor don Carlos! La sangre

siento ya en mi pecho hervir.

Yo moriré peleando

o me vengaré de ti.

ESCENA ÚLTIMA.

LOS PRECEDENTES, _menos_ DON FROILÁN.

JACINTA.

¡Dios mío!

ISABEL.

¡Pobre Froilán!...

¡Funesta guerra civil!

PABLO.

Le está muy bien empleado.

¡El cielo castigue así

a todo infame egoísta

que a la patria ve gemir

y ni acude a sus miserias,

ni la defiende en la lid!

Volviendo a lo de la boda,

en buen hora sea mil

y mil veces. Yo también

me caso.

ISABEL.

(¡Ay!)

JACINTA.

¿De veras?

PABLO.

Sí.

Si ustedes quieren mañana

a mi contrato asistir...

ISABEL.

(¡Mañana!...)

LAS DAMAS.

(_A Jacinta, mostrando todas mucha curiosidad_).

¿Quién...?

ANTONIO.

(_A los caballeros, que forman también corrillo_).

¿Quién será?...

MATÍAS.

¿Quién es la novia feliz?

Dime...

PABLO.

Son amores póstumos.

No es la novia que escogí

de este mundo.

MATÍAS.

Alguna momia...

PABLO.

No. Fresca como el abril.

¡Flor de mi tumba!, ¿por qué

tan tarde te conocí?

ISABEL.

(Me mira... ¡Ah! ¡Cómo palpita

mi corazón!)

ANTONIO.

Pero en fin...

JACINTA.

(¿Será Isabel?...)

UNA SEÑORA.

¿No sabremos...?

PABLO.

Aunque a su gracia gentil

sabe hermanar la modestia,

su nombre puedo decir,

que pues la ofrezco mi mano,

no la alejará de sí

quien ya me dio el corazón.

(_Isabel no puede reprimir su agitación_).

LA SEÑORA.

(_Aparte a las otras_).

Hacia aquí mira, ¿advertís?

PABLO.

¡Ah! Sí. Ya anuncia mi dicha

en su labio de carmín

la sonrisa del amor.

LA SEÑORA.

(¡Yo soy! Me ve sonreír...)

PABLO.

Y esa mirada... ¡Isabel!

(_Acercándose a ella, y presentándola la mano_).

ISABEL.

¡Pablo mío!

(_Tomando la mano de don Pablo, y reclinando la cabeza en el pecho del

mismo como para ocultar el exceso de su gozo_).

LA SEÑORA.

(_Con un suspiro y abanicándose_).

(¡No era a mí!)

ANTONIO, LUPERCIO, DAMAS, CABALLEROS.

¡Isabel!

MATÍAS.

(_A Jacinta_).

¡Era tu hermana!

ELÍAS.

(¡Ya llegó mi San Martín!)

MATÍAS.

¿No dijiste que tu esposa

no era de este mundo?

PABLO.

Sí.

Mujer de un alma tan pura,

cuya virtud sin igual

compite con su hermosura,

es un ser angelical,

no es humana criatura.

Mujer de tanta virtud,

mujer de amor tan profundo

que en su tierna juventud

se inmolaba... ¡a un ataúd!...

no pertenece a este mundo.

Yo, que su ventura anhelo,

ya no me juzgo habitante

de este miserable suelo;

que Isabel me mira amante

y sus brazos son... ¡el cielo!

ISABEL.

Yo que te lloré en la losa;

yo, que con verte, no más,

me tenía por dichosa,

¿qué haré ahora que me das

el dulce nombre de esposa?

PABLO.

¡Cuán de veras lo mereces!

¡Dichosa muerte mil veces!

Muérete ¡y verás!, Matías...

MATÍAS.

¡Lindo regalo me ofreces!

PABLO.

¿Qué dice usted, don Elías?

ELÍAS.

Que el mundo es un entremés,

don Pablo.

MATÍAS.

Es cierto.

LUPERCIO.

Así es.

ANTONIO.

Para aprender a vivir...

ELÍAS.

No hay cosa como morir...

PABLO.

Y resucitar después.

FIN DE LA COMEDIA.

Muérete ¡y verás...! · 第 3 / 3 段