Cuidadito, que el demonio...

¡Hola! Ahí está don Antonio...

y don Mariano... (¡Qué tres!)

Ofrezco a ustedes cortés

la justa hospitalidad,

la cena, la facultad,

conversación, la guitarra...

ANTONIO.

(_En voz baja a sus amigos_).

¡No, que el oído desgarra!

Gracias, maestro. Escuchad.

(_Saludan al barbero, y se pasean por la plazuela conversando en voz

baja_).

BARBERO.

Yo celebro que en la plaza

prefieran pasar el rato,

porque entre ese triunvirato

no podría meter baza.

Tienen lenguas de mostaza,

sobre todo el cocodrilo

de don Antonio. ¿Hay asilo

que de su pico defienda

la honra? No hay en mi tienda

navaja de tanto filo.

Que hable y murmure un barbero,

eso es moneda corriente;

pero ¡ser tan maldiciente

un ilustre caballero!

Ya se ve; el ocio, el dinero...

(_Se oye la música del baile_).

¡Hola! El violín se hace rajas,

y entre tanto las barajas...

¡Qué inmoralidad! ¡Qué vicio!...

Mas cada cual a su oficio.

Afilemos las navajas.

(_Al entrarse el barbero en su tienda aparece embozado don Pablo_).

ESCENA IV.

LOS MISMOS, DON PABLO.

PABLO.

Por aquí atajo camino.

Tiro después a la izquierda...

¡Oh, Jacinta, cuál va a ser

tu alegría, tu sorpresa!...

Quizá no haya recibido

mis cartas; quizá me tenga

por muerto. De todas suertes

es imposible que sepa

mi llegada. ¡Entrar de incógnito

ha sido feliz idea,

y apearme en un mesón!

Antes que llegue a su puerta

quiero besar otra vez

su adorada imagen bella.

(_Saca el retrato y lo besa_).

¡Bien mío! ¿Serán iguales

tu hermosura y tu firmeza?

¡Ah! No lo dudo. Volemos...

(_La música no ha cesado. Las campanas vuelven a sonar_).

Mas ¿qué campanas son esas?

¡Tocan a muerto! Con malos

auspicios vuelvo a mi tierra.

No he temido en la campaña

a balas ni bayonetas,

y sin poder remediarlo

esas campanas me aterran.

¡Por cierto que es miserable

la humana naturaleza!

¡A muerto, sí! En ese templo

están celebrando exequias...

¿Si entraré?... Mejor será

preguntar en esta tienda.

¡_Deo gratias_!

BARBERO.

(_Saliendo_).

Adelante.

La navaja está dispuesta.

Entre usted. Le afeitaré

con primor y ligereza.

PABLO.

No lo necesito. Gracias.

Parece que en esa iglesia

hay entierro. ¿Sabe usted

quién es..., digo mal, quién era

el muerto?

BARBERO.

Don Pablo Yagüe.

PABLO.

(¡Demonio!) ¿Habla usted de veras?

BARBERO.

Lo que oye usted; sí, don Pablo,

natural de Cariñena,

vecino de Zaragoza,

hacendado, hombre de letras,

de estado soltero, edad

como de veintiocho a treinta,

oficial movilizado,

buen mozo, etc., etc.

PABLO.

(Peregrina es la aventura;

y el hombre da tales señas...

Lo más singular del caso

es el ser yo a quien lo cuenta.)

BARBERO.

Ya nadie ignora su muerte;

ni aun los niños de la escuela.

PABLO.

(¡Bravo! Puede ser que yo

me haya muerto y no lo sepa.)

BARBERO.

Parece que usted se aflige

al oír tan triste nueva.

PABLO.

¡Todas las malas noticias

que oiga yo sean como esa!

BARBERO.

¡Qué dice usted! Conque un muerto...

PABLO.

Dios le dé la gloria eterna;

pero yo llorara más

la muerte de otro cualquiera.

BARBERO.

¡Hombre! ¿Por qué?

PABLO.

Yo me entiendo.

¿Ha muerto aquí?

BARBERO.

No. En la guerra;

en la gloriosa jornada

de los campos de Gandesa.

Murió como un Alejandro

después de hacer mil proezas.

Cargó él solo a un batallón

y le quitó la bandera.

PABLO.

¡Cáspita!

BARBERO.

Treinta facciosos

le atacan; y él ¿qué hace? Cierra

con todos, y a veinticuatro

deja tendidos.

PABLO.

¡Aprieta!

BARBERO.

Al fin sucumbió. ¡Qué lástima!

Un mozo de tantas prendas...

PABLO.

¡Ah! ¿Le conocía usted?

BARBERO.

No, señor; y es que, a la cuenta,

se afeitaba solo. Pero

todo el mundo le celebra...

PABLO.

¡Después de muerto! ¿Verdad?

(_Vuelve a oírse el son de las campanas sin cesar el de la música_).

BARBERO.

Yo le diré a usted...

(_Los tres paseantes se paran en corrillo cerca de la barbería_).

LUPERCIO.

Aún suenan

las campanas. ¡Pobre Pablo!

Su muerte me causa pena.

BARBERO.

Justamente esos señores

hablan del muerto.

PABLO.

Quisiera

escuchar...

BARBERO.

Pues entre usted

en el corro: con franqueza.

Son parroquianos y amigos.

PABLO.

No quiero yo que me vean.

BARBERO.

¿Por qué?

PABLO.

Tengo mis razones.

BARBERO.

Si no mienten mis sospechas

usté es pariente del muerto.

PABLO.

Algo hay de eso; sí.

BARBERO.

Por fuerza.

(Cuando vi que se alegraba

de oír el _requiem æternam_,

dije para mí al momento:

este es de la parentela.)

PABLO.

Y allí hay música.

BARBERO.

Es un baile.

PABLO.

¡Este es el mundo!

MARIANO.

Mi lengua

siempre elogiará a don Pablo.

(_Don Pablo aplica el oído sin desembozarse_).

ANTONIO.

¡Qué talento aquel!

LUPERCIO.

¡Qué amena

conversación!

MARIANO.

¡Qué donaire!

BARBERO.

¿Lo oye usted?

PABLO.

Sí.

ANTONIO.

¡Qué nobleza

de sentimientos!

LUPERCIO.

Su bolsa

para todo el mundo abierta...

PABLO.

Esos que ahora le alaban

le quitaban la pelleja

cuando vivo: yo lo sé.

¡Maestro, al que está en la huesa

nadie le envidia!

(_Cesa la música_).

BARBERO.

En efecto;

siempre oigo decir lindezas

de todos los que se mueren.

ANTONIO.

Dices bien. No lo creyera

de don Matías. ¡Qué acción

tan indigna! ¡Qué bajeza!

Solicitar a Jacinta...

PABLO.

(¡Qué oigo!)

ANTONIO.

¡Habiendo sido prenda

de su amigo y camarada!

PABLO.

(¡Ah, traidor amigo!... Y ella...

¡Oh! No; no es posible... Oigamos...

¡Ahora que más me interesa

oírlos, bajan la voz!)

(_Don Froilán sale de la casa de baile, atraviesa el teatro, y al

emparejar con los del corrillo le reconoce don Antonio_).

LUPERCIO.

No vi ingratitud más negra.

ESCENA V.

LOS PRECEDENTES, DON FROILÁN.

ANTONIO.

¡Don Froilán! ¿Adónde bueno?

¿Ya deja usté el baile?

FROILÁN.

Es fiesta

que me fastidia y me apesta...

Prefiero estarme al sereno.

Diversión es el bailar

expuesta a mil contingencias.

Sus fatales consecuencias

he visto a muchos llorar.

Ya pincha como lanceta

el alfiler de un justillo;

ya se disloca un tobillo

al hacer una pirueta;

ya, por estar ajustado,

se revienta el pantalón;

ya encaja mal el balcón

y entra un dolor de costado.

El ruido, la barahúnda

le vuelven a un hombre loco...

Y no es difícil tampoco

que se abra el techo y se hunda.

LUPERCIO.

(_Bajo a don Mariano_).

Todo es triste para él.

ANTONIO.

¿Y las hermanitas bellas?

Allí estarán.

FROILÁN.

Sí; una de ellas.

PABLO.

(Cielos... ¡Oh! Será Isabel.)

ANTONIO.

¿Es Jacinta?

FROILÁN.

Justamente.

PABLO.

(¡Ah!...)

MARIANO.

¿Cómo no están las dos?

PABLO.

(¡Ella baila, justo Dios,

y yo de cuerpo presente!)

FROILÁN.

¿Baile la otra? Ni el nombre

sufriría. Es tan adusta...

BARBERO.

Pues mire usté; a mí me gusta...

(_En voz baja a don Pablo. Ambos se mantienen a la puerta de la tienda

algo distantes de los demás_).

PABLO.

Silencio...

BARBERO.

(¿Quién será este hombre?)

ANTONIO.

¿Y don Matías, el fiel

adorador de Jacinta?

FROILÁN.

Tierno está como un Aminta.

ANTONIO.

¿Y ella?

FROILÁN.

Se muere por él.

PABLO.

(¡Eso más! ¡Pérfida!... ¡Ingratos!...)

LUPERCIO.

Boda habrá.

FROILÁN.

¿No la ha de haber?

Mañana al anochecer

se celebran los contratos.

PABLO.

(Muérete ¡y verás!... ¡Ah, perra!)

ANTONIO.

Pero, amigo, usted confiese

que es infamia... ¡Si lo viese

el que está pudriendo tierra!

FROILÁN.

Sin razón se quejaría,

porque ¿qué mal hay en esto?

Nada. A rey muerto, rey puesto.

Lo demás es bobería.

(_Suena otra vez la campana_).

PABLO.

(¡Habrá pícaro!)

FROILÁN.

¡Qué diablo!...

Me aturde ese campaneo.

¿Es sermón, o jubileo?

MARIANO.

No. Las honras de don Pablo.

ANTONIO.

Pues ¡qué! ¿Usted no lo sabía?

FROILÁN.

¿Qué he de saber? No por cierto.

LUPERCIO.

Pues ya. Sabiendo que el muerto

es don Pablo, asistiría...

FROILÁN.

No tal. Tengo mil asuntos...

Es muy triste un ataúd...

No poseo la virtud

de resucitar difuntos.

PABLO.

(¡Bribón! Aunque tú no quieras,

resucitaré, y tres más;

y mañana sentirás

que no haya muerto de veras.)

FROILÁN.

Ya al solemne funeral

el domingo asistí yo

que por su alma celebró

la Milicia nacional.

¡Dos entierros! ¡Qué boato!

¿Tanto valía su nombre?

¡Dos entierros para un hombre

que falleció _ab intestato_!

BARBERO.

¡Qué tío!

PABLO.

¡Por Dios, maestro!...

(_Haciéndole callar_).

FROILÁN.

Y es todo en vano. Yo sé

que al otro mundo se fue

sin rezar un _padrenuestro_.

Él buscó su muerte; sí,

y por eso no me aflige.

Yo su horóscopo le dije

y no hizo caso de mí.

ANTONIO.

Pero, hombre...

FROILÁN.

Las ocho... Aún llego

al acto segundo. Estoy

convidado... Ea, me voy

a la ópera. Hasta luego.

ESCENA VI.

LOS MISMOS, _menos_ DON FROILÁN.

MARIANO.

¡Qué entrañas tiene!

ANTONIO.

Es nefando.

LUPERCIO.

¡Y predica como un fraile!

ANTONIO.

Basta. ¿Vámonos al baile?

LUPERCIO.

Sí, sí. Ya estarán tallando.

(_Se entran en la casa del baile_).

ESCENA VII.

DON PABLO, EL BARBERO. (_Don Pablo se queda pensativo_).

BARBERO.

¿Sabe usted que el don Froilán

es hombre de mala estofa?

El egoísta agorero

le llaman en Zaragoza.

¡Miren qué disculpas da

para faltar a las honras

del que iba a ser su cuñado!

Y eso que, según me informan,

le hizo el muerto mil favores.

¡Pues digo, también la otra,

que al son del _luceat ei_

bailando está la gavota,

y con el pérfido amigo

concierta alegre la boda!

Y luego si uno murmura

dirán... (Pero no se toma

la molestia de escucharme.

Extravagante persona

es este _quidam_.)

PABLO.

(Estoy

por subir, y a esa traidora...

Pero más que ella me irrita

su hermano. ¡Pues no hace mofa

de mi muerte! A bien que pronto

se convertirá en congojas

y lamentos el sarcasmo

con que a los muertos baldona.

Aquí le traigo yo un _récipe_

que no ha de tomarlo a broma.—

Pero el castigo, aunque duro,

no satisface mi cólera.

Yo quisiera otra venganza

más directa; mía sola...

¡Ah! ¡Qué idea tan feliz!

Mi escribano Ambrosio Mora

vive al volver esa esquina;

don Froilán está en la ópera...

Voy volando...) Abur, maestro.

BARBERO.

Felices noches. (Ahora

se va y me deja en ayunas...)

PABLO.

¿Oyó usted a aquella boca

excomulgada insultar

al que está bajo la losa?

BARBERO.

Sí; el tal don Froilán...

PABLO.

Pues luego

cantará la palinodia.

BARBERO.

¿De veras? Diga usted. ¿Cómo...?

PABLO.

Es un secreto.

BARBERO.

No importa.

Vamos..., yo no lo diré...

PABLO.

Sino a toda la parroquia.

BARBERO.

No tal. Yo soy...

PABLO.

Excelente

barbero.

BARBERO.

Usted me sonroja;

mas...

PABLO.

Cuente usted con mi barba

si me quedo en Zaragoza.

ESCENA VIII.

EL BARBERO.

BARBERO.

Por vida de Iturralde...

Yo quiero su secreto, no su barba;

y por salir de dudas

consintiera en rapársela de balde.

¡Señor! ¿Qué extraño ente

es este, que una sola _Ave María_

no reza por el alma de un pariente,

y luego si otra lengua

a escarnecer se atreve su ceniza,

cual si oyera a Luzbel se escandaliza?

¡Calla su nombre, oculta su semblante...,

si habla del muerto, aplica las orejas...,

y las cierra a la fúnebre salmodia!

¿Y qué le importa, en fin, que el otro cante

o deje de cantar la palinodia?

Ello, el asunto es serio.

Un embozado, un muerto, un maldiciente...

Si aclarar no consigo este misterio,

¿qué me dirá después el parroquiano?

¿Qué valdrán mi facundia y mi prosodia

si no puedo nombrar a ese fulano

ni acierto a definir la palinodia?

ESCENA IX.

EL BARBERO, DON ELÍAS.

ELÍAS.

(¡Hermosa criatura! Con el llanto,

que a otras afea tanto,

se aumenta de su rostro peregrino

el seductor encanto.

Por no ofender a Dios salgo del templo.

¡Oh ciegos pecadores,

de mi austera virtud tomad ejemplo!

Otro en el dulce error se obstinaría,

mas yo ni aun en la senda del pecado

abandono la sabia economía.

Ya que es pecar sin fruto

el adorar las dotes..., ¡y la dote!,

de ese hermoso portento,

pongamos al amor veto absoluto,

y demos otro giro al pensamiento.

Diez onzas... ¡Ay! Cabales

tres mil doscientos reales...

¡Fatal recuerdo! ¡El corazón le odia,

y siempre ha de venir a atormentarme!)

BARBERO.

(No puedo echar de mí la palinodia.)

(_Don Elías llega paseando a la puerta de la barbería. Suenan por

última vez las campanas_).

ELÍAS.

Maestro, buenas noches.

BARBERO.

¿Sanguijuelas?

¿Un repaso a la barba?

ELÍAS.

No, amigo. Mi dolor...

BARBERO.

¿Dolor de muelas?

ELÍAS.

¡Ah!

BARBERO.

Si hay caries, afuera; es muy sencillo.

Prepararé el gatillo...

ELÍAS.

¡Por Dios y por las ánimas benditas!

Ya me han sacado ¡diez!... No de la boca.

¡Ojalá!

BARBERO.

Pues ¿de dónde?

ELÍAS.

¡Del bolsillo!

Óigame usted; le contaré mis cuitas.

Ese hombre a quien entierran...

BARBERO.

A propósito...

Un embozado aquí que, por lo visto,

es su pariente...

ELÍAS.

¡Ah! ¿Le dejó en depósito

alguna cantidad? ¿Es su albacea?

BARBERO.

Lo contrario barrunto,

porque habló con desprecio del difunto.

ELÍAS.

¡No hay esperanza!

BARBERO.

Es hombre misterioso.

Quizá usted le conozca, don Elías.

Quizá usted que era amigo de don Pablo...

ELÍAS.

En hora buena se lo lleve el diablo;

¡mas también mi dinero!...

BARBERO.

A lo que entiendo,

él tiene trazas de mover un cisco...

Con don Froilán es toda su ojeriza.

ELÍAS.

¡Sepultadas mis onzas en el fisco!

Al pensarlo me tiro de las greñas,

y bramo de furor.

BARBERO.

Daré las señas.

Es alto, es rubio...

ELÍAS.

No; no le perdono.

¡Su muerte fue un suicidio!

BARBERO.

Militar parecía...

ELÍAS.

¡Se ha matado

por llevarse a la tumba mi subsidio!

BARBERO.

Hombre de buena edad, grueso...

ELÍAS.

¡Mentira!

BARBERO.

Perdone usted...

ELÍAS.

¡Mentira! No he rezado,

aunque usted me haya visto, ¡mal pecado!,

salir del templo.

BARBERO.

¡Dale!

¡Si yo no hablo del muerto! Hablo del otro.

Al despedirse dijo...

ELÍAS.

Maestro, aquella tumba era mi potro,

y el duelo era un sarcasmo, una parodia...

BARBERO.

Dijo que don Froilán...

ELÍAS.

¡Pérfido, ingrato!

BARBERO.

Cantaría...

ELÍAS.

¡Ay de mí!

BARBERO.

La palinodia.

ELÍAS.

Su muerte...

BARBERO.

¡Óigame usted!

ELÍAS.

¡Es una afrenta!

BARBERO.

¡Pero, hombre!...

ELÍAS.

¡Bancarrota fraudulenta!

BARBERO.

¡Oh! quedarme prefiero

con mi curiosidad.

ELÍAS.

Yo...

BARBERO.

¡Basta, basta!

¡Atajar la palabra de un barbero!

ELÍAS.

Es que...

BARBERO.

¡Maldita, amén, sea tu casta!

(_Se entra en la tienda y la cierra por dentro. Cesan las campanas_).

ESCENA X.

DON ELÍAS.

ELÍAS.

¡Cierra la puerta y me planta!

¿Qué diablos tiene ese hombre?

¿Prestó también al difunto

y perdió sus patacones?

Mas huele a cera apagada;

las campanas no se oyen...

Vamos; se acabó el entierro;

y pues yo hago los honores

funerales, despidamos

el duelo.

(_Se coloca a la puerta de la iglesia, y van saliendo varias personas

de luto, hombres y mujeres, a quienes saluda entre afectuoso y

compungido._)

UNA MUJER.

Dios le perdone.

ELÍAS.

Amén. Gracias. Caballeros...

Señoras...

UN HOMBRE.

Felices noches.

UNA MUJER.

Dios le dé la gloria eterna.

ELÍAS.

Así sea.

UN HOMBRE.

¡Pobre joven!

ELÍAS.

Que Dios se lo pague a ustedes...

(mejor que él a mí.) Señores...

UNA MUJER.

Beso a usted la mano.

ELÍAS.

Amén...

Digo, gracias.

UN DEVOTO.

_Pater noster_...

(_Rezando_).

ELÍAS.

Gracias por mí y por el muerto.

(¡Qué tormento! Echo los bofes

de rabia, y tengo que hacer

cumplidos...)

UNA VIEJA REZAGADA.

_Ora pro nobis_...

ELÍAS.

Abur. Isabel no sale.

¿Pensará pasar la noche

en la iglesia?... ¡Ah! Ya está aquí.

ESCENA XI.

ISABEL, DON ELÍAS, RAMÓN. (_Isabel estará vestida de luto; Ramón trae

una linterna encendida. Suenan otra vez los violines_).

ISABEL.

¡Aún bailan! ¡Qué corazones!

Ten piedad de ellos, Dios mío.

Suspende el terrible golpe

de tu justicia por más

que su maldad le provoque.

ELÍAS.

¡Oh Isabel, Isabelita!

Usted es un ángel.

ISABEL.

¡Pobre

don Elías! Usté es fiel

a la amistad. ¡Alma noble,

alma sensible y piadosa!

ELÍAS.

No merezco esos loores.

Crea usted...

ISABEL.

Olvidan otros

sagradas obligaciones,

y usted que nada debía

a don Pablo...

ELÍAS.

Yo ¿de dónde?

Al contrario...

ISABEL.

Pero Dios

premia las buenas acciones.

ELÍAS.

Yo confío en su infinita

misericordia... (¡Este postre

me faltaba!)

ISABEL.

La que fue

su delicia, sus amores,

su único bien, ni aun escucha

el son del místico bronce

que anuncia su funeral.

Ceñida la sien de flores,

no deposita una sola

sobre la tumba del hombre

que la adoró. Ni un suspiro

lanza aquel pecho de roble,

sino a la grata memoria

del que iba a ser su consorte,

siquiera al sincero amigo,

siquiera al valiente joven

que el alma rindió invocando

de patria y de amor el nombre.—

Bien haces. Dios no se paga

de sacrílegos clamores.

No insultes, ¡ay!, a su sombra.

Déjala que en paz repose,

ingrata mujer; no mandes

a tus ojos que le lloren

si en otro semblante luego

se han de fijar seductores.

Más puro será mi llanto,

más veraz, y desde el orbe

celestial quizá benigno

mi Pablo amado le acoge.

Mi tálamo es su sepulcro.

Deja que en él me corone

yo sola. Yo sé que su alma

al alma mía responde,

y pues yo la he merecido

más que tú, ¡no me la robes!

(_El sacristán sale de la iglesia, cierra la puerta y se retira. Sigue

la música_).

ELÍAS.

¡Ah, señora! Yo tendría

un corazón de alcornoque

si no derramase lágrimas...

(por mis cuarenta doblones).

Pero al fin... ¿Cómo ha de ser?

Aunque usted gima y solloce,

Dios lo hizo. No hay esperanza

de que su fallo revoque.

Y ya han cerrado la puerta

y sopla un viento de norte...

(_Isabel se arrodilla en el umbral de la puerta y cruza las manos en

actitud de orar_).

(No me escucha; se arrodilla

en los yertos escalones,

y orando por el difunto

estatua parece inmóvil.

¡Oh, Virgen Madre, que ruegas

por nosotros... acreedores!

¿Merece un muerto insolvente

tan devotas oraciones?)

ESCENA XII.

LOS MISMOS, DON PABLO.

PABLO.

Ya ha recibido el papel;

ya es otro hombre; ya me llora.

¿Qué apostamos a que ahora

soy un santo para él?

¡Otra vez en el salón

suena la música impía!

¡Oh vil, infame alegría!

Oprobio... ¡Prostitución!

¿Y no arrojaré del pecho

al ídolo torpe, ingrato...?

(_Saca el retrato, lo despedaza, y lo pisa_).

¡He aquí su falaz retrato...!

Caiga a mis plantas deshecho.

Si un día fui tu cautivo,

ya no, mujer inconstante.

Quien vende muerto al amante,

vendiera al esposo vivo.

¿Qué se diría de mí

si me rindiese al dolor...?

Entierra, Pablo, al amor,

pues te han enterrado a ti.

Engañadora sirena,

te creí sincera y firme...

Pues si acierto a no morirme,

¡como hay Dios que la hago buena!

Olvidemos a la infiel;

que si airado resucito,

¿qué haré con alzar el grito?

Un ridículo papel.

Vuelva a mi pecho la calma;

y pues soy muerto viviente,

voy a ver qué buena gente

pide al cielo por mi alma.

Y a fe que, si al catecismo

doy un repaso, quizás

tampoco estará de más

que yo me rece a mí mismo.

¡Vaya que es rara aventura!

Para mí es niño de teta

el austero anacoreta

que cava su sepultura.

Más eco hará en los anales

el nombre de un ciudadano

que concurre vivo y sano

a sus propios funerales.

(_Da algunos pasos hacia la iglesia, siempre embozado, y se para_).

Por hoy ya no puede ser,

que la iglesia está cerrada.

Mas ¿qué veo? ¡Arrodillada

al umbral una mujer!

¿Quién será el alma bendita

que así me llora insepulto?

En este esquinazo oculto

observaré...

ELÍAS.

¡Isabelita...!

PABLO.

¿Si será la hermana bella

de Jacinta? No. A qué asunto

suspirar por un difunto

que en su vida... ¡Pues es ella!

(_El criado que se pasea silencioso con la linterna en la mano, pasa

por junto a Isabel, y la reconoce don Pablo. Cesa la música_).

¡La otra tan malas entrañas

y esta adorando mi nombre!

No hay como morirse un hombre

para ver cosas extrañas.

ISABEL.

Sombra que amo y reverencio,

perdóname si llorosa

interrumpo de tu losa

el venerable silencio.

PABLO.

¡Qué oigo!

ISABEL.

Más grata oblación

diérate la amada prenda;

mas no rehúses la ofrenda

de mi tierno corazón.

PABLO.

(Me amaba, me ama... ¡Oh portento!)

ISABEL.

Si de una triste mortal

desde el trono celestial

oyes benigno el acento,

no a Dios le pidas que yo

deje, sin dejar el mundo,

el dolor veraz, profundo

que tu muerte me infundió.

No turbe, no, mi quebranto

las delicias de tu Edén;

¡que Dios ha puesto también

gloria y delicia en el llanto!

PABLO.

(¡Qué alma! ¡Y no la conocí!)

ISABEL.

Pídele solo al Señor

que eterno sea el amor

con que el alma te rendí:

que nunca humana flaqueza

me conduzca a no quererte;

¡antes un rayo de muerte

caiga sobre mi cabeza!

(_Calla y contemplativa alza los ojos al cielo_).

PABLO.

¡No puedo más! ¡Qué pasión!

Yo llego... ¡Oh ventura mía!

(_Deteniéndose_).

Mas la súbita alegría

tal vez...

ISABEL.

(_Después de un profundo suspiro_).

Vámonos, Ramón.

ESCENA XIII.

LOS MISMOS, DON FROILÁN.

FROILÁN.

Entremos. Aún será tiempo...

Pero la iglesia cerraron.

PABLO.

(Ya está aquí mi hombre.)

FROILÁN.

¡Isabel!

¡Don Elías! ¿Cómo os hallo

a estas horas por aquí?

¿Salís del entierro acaso?

¡Ah! Sí; no hay duda. Ese luto...

Parece que se ha acabado

el funeral.

ELÍAS.

Sí, señor.

FROILÁN.

¡Y fue para mí un arcano!

Por qué no habérmelo dicho,

y mis ardientes sufragios...

ISABEL.

¿A qué, si ya en otra tumba

le habías tú sepultado

más profunda?

FROILÁN.

¡Yo! No entiendo...

ISABEL.

¡En el olvido!

FROILÁN.

¿A mi Pablo?

¿Al mejor de mis amigos?

¿A quien ya llamaba hermano?

PABLO.

(¡Para el necio que te crea!)

FROILÁN.

Pues ¡si le quería tanto...!

Poco he dicho. Le adoraba.

PABLO.

(No sé cómo no le mato.)

ELÍAS.

(¡Extraña metamorfosis

por cierto!)

FROILÁN.

¡Tan buen muchacho...!

¡Ah...! Me nombró su heredero.

ELÍAS.

¿Qué dice usted?

FROILÁN.

Aquí traigo

su postrera voluntad.

PABLO.

(Eso no, que ya he tomado

mis medidas por si muero

antes de reír el chasco.)

ELÍAS.

¡Usted su heredero!

FROILÁN.

Sí.

ELÍAS.

¿No habla de otros legatarios

el testamento? ¿O de deudas...?

FROILÁN.

No. Todo me lo ha dejado.

¿Qué mucho si nos unió

desde los primeros años

la dulcísima amistad

cuyos halagüeños lazos...

PABLO.

(¡Hipocritón!)

FROILÁN.

...nuestras almas

llenaron siempre de encantos?

ELÍAS.

Vea usted; y yo creía...

FROILÁN.

¡Ay caro amigo! Este rasgo

de cariñosa bondad

hace mayor mi quebranto.

¿Qué son todos los tesoros

del mundo si los comparo

con la delicia de verte,

de hablarte?... Mi acerbo llanto

no podrá, ¡triste de mí!,

arrancarte al duro mármol

que te esconde...

ISABEL.

¡Calla, impío!

¡Blasfemo, sella los labios!

Guárdate el oro que heredas

y no turbes el descanso

de aquella alma generosa,

que acaso estará penando

porque tan mal empleó

sus dádivas.

FROILÁN.

Ese agravio...

ISABEL.

¡Calla por piedad! No me hagas

testigo del vil escarnio

con que insultas las cenizas

de tu bienhechor. Huyamos...

PABLO.

(¡Ah, qué ángel!)

FROILÁN.

Oye...

ELÍAS.

Si usted

quiere servirse del brazo...

ISABEL.

¡No! Sola me quiero ir.

Detesto al linaje humano.

¡Perfidia, maldad, bajeza

donde quiera...! ¡Ay, Pablo, Pablo!

ESCENA XIV.

DON PABLO, DON FROILÁN, DON ELÍAS.

PABLO.

(¿Es sueño acaso? ¿Es delirio?

¡Tanto amor...!)

FROILÁN.

¡Qué sinrazón!

¡Qué ruin interpretación

de mi profundo martirio!

ELÍAS.

Y en efecto, el testamento...

FROILÁN.

¡Ah! ¡Cuánto dolor me cuesta!

Y ahora volver a esa fiesta...

He aquí mi mayor tormento.

Mas debo forzosamente

acompañar a mi hermana.

ELÍAS.

La herencia es más que mediana,

y usted que era ya pudiente...

FROILÁN.

Yo baile, ¡oh Dios!, yo concierto,

cuando mi pena es tan grave...

ELÍAS.

Yo tenía, usted lo sabe,

relaciones con el muerto...

FROILÁN.

No toque usted ese punto,

que mi aflicción...

ELÍAS.

Sin embargo...

Usted debe hacerse cargo

de las deudas del difunto.

FROILÁN.

¿Cuándo volverá la calma

a mi pecho?

ELÍAS.

Él me debía

unos cuartos...

FROILÁN.

Noche y día

he de rezar por su alma.

PABLO.

(El diálogo me divierte.)

ELÍAS.

Si me olvidó, no es portento,

que sin duda el testamento

Lo hizo...

FROILÁN.

¡Antes de su muerte!

ELÍAS.

Ya; si...

FROILÁN.

¡Mi alma se destroza!

ELÍAS.

(¡Diablo de hombre!) Yo decía...

FROILÁN.

Lo dejó en la escribanía

al salir de Zaragoza.

ELÍAS.

Bien; y luego...

FROILÁN.

¡Amigo fiel!

Aunque venda mis camisas,

mañana doscientas misas

mandaré rezar por él.

PABLO.

(Eso me encuentro. Por Dios

que de él no esperaba tanto.)

ELÍAS.

Mas yo le hice un adelanto...

FROILÁN.

¡Ah! Sí; lloremos los dos.

ELÍAS.

Pero...

FROILÁN.

Con ojos serenos

¿quién ve a su amigo morir?

ELÍAS.

Pero usted puede decir:

los duelos con pan son menos.

¿Y quién vuelve a mi escritorio

el dinero?...

FROILÁN.

¡Acerba llaga,

cruel!

ELÍAS.

Alma que no paga

no sale del purgatorio.

Diez onzas...

FROILÁN.

No cuestan tanto

las doscientas misas.

ELÍAS.

¡Oh!

FROILÁN.

A peseta...

ELÍAS.

No hablo yo

de misas...

FROILÁN.

Me ahoga el llanto.

(_Hablando, han llegado a la casa del baile_).

ELÍAS.

Oiga usted...

FROILÁN.

(_Ya dentro del portal_).

Ni a hablar acierto.

¡Adiós!

ELÍAS.

Hombre...

FROILÁN.

¡Pobre Pablo!

ELÍAS.

¡Me plantó! ¡Lléveos el diablo

a ti, a la herencia, y al muerto!

ESCENA XV.

DON PABLO, DON ELÍAS. (_Llega don Pablo por detrás de don Elías, y le

toca en el hombro_).

PABLO.

Tenga usted más caridad

con los difuntos.

ELÍAS.

Muérete ¡y verás...! · 第 2 / 3 段