_Carta de Carlos IV a su hijo Fernando VII._
«Hijo mío: Los consejos pérfidos de los hombres que os rodean han
conducido la España a una situación crítica: solo el emperador puede
salvarla.
Desde la paz de Basilea he conocido que el primer interés de mis
pueblos era inseparable de la conservación de buena inteligencia con
la Francia. Ningún sacrificio he omitido para obtener esta importante
mira: aun cuando la Francia se hallaba dirigida por gobiernos efímeros,
abogué mis inclinaciones particulares para no escuchar sino la
política, y el bien de mis vasallos.
Cuando el emperador hubo restablecido el orden en Francia se disiparon
grandes sobresaltos, y tuve nuevos motivos para mantenerme fiel a
mi sistema de alianza. Cuando la Inglaterra declaró la guerra a la
Francia, logré felizmente ser neutro, y conservar a mis pueblos los
beneficios de la paz. Se apoderó después de cuatro fragatas mías, y
me hizo la guerra aun antes de habérsela declarado; y entonces me vi
precisado a oponer la fuerza a la fuerza, y las calamidades de la
guerra asaltaron a mis vasallos.
La España rodeada de costas, y que debe una gran parte de su
prosperidad a sus posesiones ultramarinas, sufrió con la guerra más
que cualquiera otro estado: la interrupción del comercio, y todos los
estragos que acarrea, afligieron a mis vasallos, y cierto número de
ellos tuvo la injusticia de atribuirlos a mis ministros.
Tuve al menos la felicidad de verme tranquilo por tierra, y libre de
la inquietud en cuanto a la integridad de mis provincias, siendo el
único de los reyes de Europa que se sostenía en medio de las borrascas
de estos últimos tiempos. Aún gozaría de esta tranquilidad sin los
consejos que os han desviado del camino recto. Os habéis dejado
seducir con demasiada facilidad por el odio que vuestra primera mujer
tenía a la Francia, y habéis participado irreflexiblemente de sus
injustos resentimientos contra mis ministros, contra vuestra madre, y
contra mi mismo.
Me creí obligado a recordar mis derechos de padre y de rey: os hice
arrestar, y hallé en vuestros papeles la prueba de vuestro delito;
pero al acabar mi carrera, reducido al dolor de ver perecer a mi hijo
en un cadalso, me dejé llevar de mi sensibilidad al ver las lágrimas
de vuestra madre. No obstante mis vasallos estaban agitados por las
prevenciones engañosas de la facción de que os habéis declarado
caudillo. Desde este instante perdí la tranquilidad de mi vida, y me vi
precisado a unir las penas que me causaban los males de mis vasallos a
los pesares que debí a las disensiones de mi misma familia.
Se calumniaban mis ministros cerca del emperador de los franceses, el
cual creyendo que los españoles se separaban de su alianza, y viendo
los espíritus agitados (aun en el seno de mi familia) cubrió bajo
varios pretextos mis estados con sus tropas. En cuanto estas ocuparon
la ribera derecha del Ebro, y que mostraban tener por objeto mantener
la comunicación con Portugal, tuve la esperanza de que no abandonaría
los sentimientos de aprecio y de amistad que siempre me había
dispensado; pero al ver que sus tropas se encaminaban hacia mi capital,
conocí la urgencia de reunir mi ejército cerca de mi persona, para
presentarme a mi augusto aliado como conviene al rey de las Españas.
Hubiera yo aclarado sus dudas, y arreglado mis intereses: di orden a
mis tropas de salir de Portugal y de Madrid, y las reuní sobre varios
puntos de mi monarquía, no para abandonar a mis vasallos, sino para
sostener dignamente la gloria del trono. Además mi larga experiencia me
daba a conocer que el emperador de los franceses podía muy bien tener
algún deseo conforme a sus intereses y a la política del vasto sistema
del continente, pero que estuviese en contradicción con los intereses
de mi casa. ¿Cuál ha sido en estas circunstancias vuestra conducta?
El haber introducido el desorden en mi palacio, y amotinado el cuerpo
de guardias de Corps contra mi persona. Vuestro padre ha sido vuestro
prisionero: mi primer ministro que había yo criado y adoptado en mi
familia, cubierto de sangre fue conducido de un calabozo a otro. Habéis
desdorado mis canas, y las habéis despojado de una corona poseída con
gloria por mis padres, y que había conservado sin mancha. Os habéis
sentado sobre mi trono, y os pusísteis a la disposición del pueblo de
Madrid y de tropas extranjeras que en aquel momento entraban.
Ya la conspiración del Escorial había obtenido sus miras: los actos
de mi administración eran el objeto del desprecio público. Anciano
y agobiado de enfermedades, no he podido sobrellevar esta nueva
desgracia. He recurrido al emperador de los franceses, no como un rey
al frente de sus tropas y en medio de la pompa del trono, sino como
un rey infeliz y abandonado. He hallado protección y refugio en sus
reales: le debo la vida, la de la reina, y la de mi primer ministro. He
venido en fin basta Bayona, y habéis conducido este negocio de manera
que todo depende de la mediación de este gran príncipe.
El pensar en recurrir a agitaciones populares es arruinar la España,
y conducir a las catástrofes más horrorosas a vos, a mi reino, a mis
vasallos y mi familia. Mi corazón se ha manifestado abiertamente al
emperador: conoce todos los ultrajes que he recibido, y las violencias
que se me han hecho; me ha declarado que no os reconocerá jamás por
rey, y que el enemigo de su padre no podrá inspirar confianza a los
extraños. Me ha mostrado además cartas de vuestra mano, que hacen ver
claramente vuestro odio a la Francia.
En esta situación, mis derechos son claros, y mucho más mis deberes. No
derramar la sangre de mis vasallos, no hacer nada al fin de mi carrera
que pueda acarrear asolamiento e incendio a la España, reduciéndola a
la más horrible miseria. Ciertamente que si fiel a vuestras primeras
obligaciones y a los sentimientos de la naturaleza hubierais desechado
los consejos pérfidos, y que constantemente sentado a mi lado para
mi defensa hubierais esperado el curso regular de la naturaleza, que
debía señalar vuestro puesto dentro de pocos años, hubiera yo podido
conciliar la política y el interés de España con el de todos. Sin duda
hace seis meses que las circunstancias han sido críticas; pero por más
que lo hayan sido, aún hubiera obtenido de las disposiciones de mis
vasallos, de los débiles medios que aún tenía, y de la fuerza moral que
hubiera adquirido, presentándome dignamente al encuentro de mi aliado,
a quien nunca diera motivo alguno de queja, un arreglo que hubiera
conciliado los intereses de mis vasallos con los de mi familia. Empero
arrancándome la corona, habéis deshecho la vuestra, quitándola cuanto
tenía de augusta y la hacía sagrada a todo el mundo.
Vuestra conducta conmigo, vuestras cartas interceptadas han puesto una
barrera de bronce entre vos y el trono de España; y no es de vuestro
interés ni de la patria el que pretendáis reinar. Guardaos de encender
un fuego que causaría inevitablemente vuestra ruina completa, y la
desgracia de España.
Yo soy rey por el derecho de mis padres: mi abdicación es el resultado
de la fuerza y de la violencia, no tengo pues nada que recibir de vos,
ni menos puedo consentir a ninguna reunión en junta: nueva necia
sugestión de los hombres sin experiencia que os acompañan.
He reinado para la felicidad de mis vasallos, y no quiero dejarles la
guerra civil, los motines, las juntas populares y la revolución. Todo
debe hacerse para el pueblo, y nada por él: olvidar esta máxima es
hacerse cómplice de todos los delitos que le son consiguientes. Me he
sacrificado toda mi vida por mis pueblos; y en la edad a que he llegado
no haré nada que esté en oposición con su religión, su tranquilidad,
y su dicha. He reinado para ellos: olvidaré todos mis sacrificios; y
cuando en fin esté seguro que la religión de España, la integridad de
sus provincias, su independencia y sus privilegios serán conservados,
bajaré al sepulcro perdonándoos la amargura de mis últimos años.
Dado en Bayona en el palacio imperial llamado del Gobierno a 2 de mayo
de 1808. — Carlos.» — (_Cevallos, número 8._)