NÚMERO 2-23.

_Carta de Carlos IV a su hijo Fernando VII._

«Hijo mío: Los consejos pérfidos de los hombres que os rodean han

conducido la España a una situación crítica: solo el emperador puede

salvarla.

Desde la paz de Basilea he conocido que el primer interés de mis

pueblos era inseparable de la conservación de buena inteligencia con

la Francia. Ningún sacrificio he omitido para obtener esta importante

mira: aun cuando la Francia se hallaba dirigida por gobiernos efímeros,

abogué mis inclinaciones particulares para no escuchar sino la

política, y el bien de mis vasallos.

Cuando el emperador hubo restablecido el orden en Francia se disiparon

grandes sobresaltos, y tuve nuevos motivos para mantenerme fiel a

mi sistema de alianza. Cuando la Inglaterra declaró la guerra a la

Francia, logré felizmente ser neutro, y conservar a mis pueblos los

beneficios de la paz. Se apoderó después de cuatro fragatas mías, y

me hizo la guerra aun antes de habérsela declarado; y entonces me vi

precisado a oponer la fuerza a la fuerza, y las calamidades de la

guerra asaltaron a mis vasallos.

La España rodeada de costas, y que debe una gran parte de su

prosperidad a sus posesiones ultramarinas, sufrió con la guerra más

que cualquiera otro estado: la interrupción del comercio, y todos los

estragos que acarrea, afligieron a mis vasallos, y cierto número de

ellos tuvo la injusticia de atribuirlos a mis ministros.

Tuve al menos la felicidad de verme tranquilo por tierra, y libre de

la inquietud en cuanto a la integridad de mis provincias, siendo el

único de los reyes de Europa que se sostenía en medio de las borrascas

de estos últimos tiempos. Aún gozaría de esta tranquilidad sin los

consejos que os han desviado del camino recto. Os habéis dejado

seducir con demasiada facilidad por el odio que vuestra primera mujer

tenía a la Francia, y habéis participado irreflexiblemente de sus

injustos resentimientos contra mis ministros, contra vuestra madre, y

contra mi mismo.

Me creí obligado a recordar mis derechos de padre y de rey: os hice

arrestar, y hallé en vuestros papeles la prueba de vuestro delito;

pero al acabar mi carrera, reducido al dolor de ver perecer a mi hijo

en un cadalso, me dejé llevar de mi sensibilidad al ver las lágrimas

de vuestra madre. No obstante mis vasallos estaban agitados por las

prevenciones engañosas de la facción de que os habéis declarado

caudillo. Desde este instante perdí la tranquilidad de mi vida, y me vi

precisado a unir las penas que me causaban los males de mis vasallos a

los pesares que debí a las disensiones de mi misma familia.

Se calumniaban mis ministros cerca del emperador de los franceses, el

cual creyendo que los españoles se separaban de su alianza, y viendo

los espíritus agitados (aun en el seno de mi familia) cubrió bajo

varios pretextos mis estados con sus tropas. En cuanto estas ocuparon

la ribera derecha del Ebro, y que mostraban tener por objeto mantener

la comunicación con Portugal, tuve la esperanza de que no abandonaría

los sentimientos de aprecio y de amistad que siempre me había

dispensado; pero al ver que sus tropas se encaminaban hacia mi capital,

conocí la urgencia de reunir mi ejército cerca de mi persona, para

presentarme a mi augusto aliado como conviene al rey de las Españas.

Hubiera yo aclarado sus dudas, y arreglado mis intereses: di orden a

mis tropas de salir de Portugal y de Madrid, y las reuní sobre varios

puntos de mi monarquía, no para abandonar a mis vasallos, sino para

sostener dignamente la gloria del trono. Además mi larga experiencia me

daba a conocer que el emperador de los franceses podía muy bien tener

algún deseo conforme a sus intereses y a la política del vasto sistema

del continente, pero que estuviese en contradicción con los intereses

de mi casa. ¿Cuál ha sido en estas circunstancias vuestra conducta?

El haber introducido el desorden en mi palacio, y amotinado el cuerpo

de guardias de Corps contra mi persona. Vuestro padre ha sido vuestro

prisionero: mi primer ministro que había yo criado y adoptado en mi

familia, cubierto de sangre fue conducido de un calabozo a otro. Habéis

desdorado mis canas, y las habéis despojado de una corona poseída con

gloria por mis padres, y que había conservado sin mancha. Os habéis

sentado sobre mi trono, y os pusísteis a la disposición del pueblo de

Madrid y de tropas extranjeras que en aquel momento entraban.

Ya la conspiración del Escorial había obtenido sus miras: los actos

de mi administración eran el objeto del desprecio público. Anciano

y agobiado de enfermedades, no he podido sobrellevar esta nueva

desgracia. He recurrido al emperador de los franceses, no como un rey

al frente de sus tropas y en medio de la pompa del trono, sino como

un rey infeliz y abandonado. He hallado protección y refugio en sus

reales: le debo la vida, la de la reina, y la de mi primer ministro. He

venido en fin basta Bayona, y habéis conducido este negocio de manera

que todo depende de la mediación de este gran príncipe.

El pensar en recurrir a agitaciones populares es arruinar la España,

y conducir a las catástrofes más horrorosas a vos, a mi reino, a mis

vasallos y mi familia. Mi corazón se ha manifestado abiertamente al

emperador: conoce todos los ultrajes que he recibido, y las violencias

que se me han hecho; me ha declarado que no os reconocerá jamás por

rey, y que el enemigo de su padre no podrá inspirar confianza a los

extraños. Me ha mostrado además cartas de vuestra mano, que hacen ver

claramente vuestro odio a la Francia.

En esta situación, mis derechos son claros, y mucho más mis deberes. No

derramar la sangre de mis vasallos, no hacer nada al fin de mi carrera

que pueda acarrear asolamiento e incendio a la España, reduciéndola a

la más horrible miseria. Ciertamente que si fiel a vuestras primeras

obligaciones y a los sentimientos de la naturaleza hubierais desechado

los consejos pérfidos, y que constantemente sentado a mi lado para

mi defensa hubierais esperado el curso regular de la naturaleza, que

debía señalar vuestro puesto dentro de pocos años, hubiera yo podido

conciliar la política y el interés de España con el de todos. Sin duda

hace seis meses que las circunstancias han sido críticas; pero por más

que lo hayan sido, aún hubiera obtenido de las disposiciones de mis

vasallos, de los débiles medios que aún tenía, y de la fuerza moral que

hubiera adquirido, presentándome dignamente al encuentro de mi aliado,

a quien nunca diera motivo alguno de queja, un arreglo que hubiera

conciliado los intereses de mis vasallos con los de mi familia. Empero

arrancándome la corona, habéis deshecho la vuestra, quitándola cuanto

tenía de augusta y la hacía sagrada a todo el mundo.

Vuestra conducta conmigo, vuestras cartas interceptadas han puesto una

barrera de bronce entre vos y el trono de España; y no es de vuestro

interés ni de la patria el que pretendáis reinar. Guardaos de encender

un fuego que causaría inevitablemente vuestra ruina completa, y la

desgracia de España.

Yo soy rey por el derecho de mis padres: mi abdicación es el resultado

de la fuerza y de la violencia, no tengo pues nada que recibir de vos,

ni menos puedo consentir a ninguna reunión en junta: nueva necia

sugestión de los hombres sin experiencia que os acompañan.

He reinado para la felicidad de mis vasallos, y no quiero dejarles la

guerra civil, los motines, las juntas populares y la revolución. Todo

debe hacerse para el pueblo, y nada por él: olvidar esta máxima es

hacerse cómplice de todos los delitos que le son consiguientes. Me he

sacrificado toda mi vida por mis pueblos; y en la edad a que he llegado

no haré nada que esté en oposición con su religión, su tranquilidad,

y su dicha. He reinado para ellos: olvidaré todos mis sacrificios; y

cuando en fin esté seguro que la religión de España, la integridad de

sus provincias, su independencia y sus privilegios serán conservados,

bajaré al sepulcro perdonándoos la amargura de mis últimos años.

Dado en Bayona en el palacio imperial llamado del Gobierno a 2 de mayo

de 1808. — Carlos.» — (_Cevallos, número 8._)

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5) · 第 60 / 116 题