_Carta de S. M. el emperador de los franceses rey de Italia, y
protector de la confederación del Rin._
«Hermano mío: he recibido la carta de V. A. R.: ya se habrá convencido
V. A. por los papeles que ha visto del rey su padre del interés que
siempre le he manifestado: V. A. me permitirá que en las circunstancias
actuales le hable con franqueza y lealtad. Yo esperaba, en llegando
a Madrid, inclinar a mi augusto amigo a que hiciese en sus dominios
algunas reformas necesarias, y que diese alguna satisfacción a la
opinión pública. La separación del príncipe de la Paz me parecía una
cosa precisa para su felicidad y la de sus vasallos. Los sucesos
del norte han retardado mi viaje: las ocurrencias de Aranjuez han
sobrevenido. No me constituyo juez de lo que ha sucedido, ni de la
conducta del príncipe de la Paz; pero lo que sé muy bien es que es
muy peligroso para los reyes acostumbrar sus pueblos a derramar la
sangre haciéndose justicia por sí mismos. Ruego a Dios que V. A. no
lo experimente un día. No sería conforme al interés de la España que
se persiguiese a un príncipe que se ha casado con una princesa de la
familia real, y que tanto tiempo ha gobernado el reino. Ya no tiene
más amigos: V. A. no los tendrá tampoco si algún día llega a ser
desgraciado. Los pueblos se vengan gustosos de los respetos que nos
tributan. Además, ¿cómo se podría formar causa al príncipe de la Paz
sin hacerla también al rey y a la reina vuestros padres? Esta causa
fomentaría el odio y las pasiones sediciosas; el resultado sería
funesto para vuestra corona. V. A. R. no tiene a ella otros derechos
sino los que su madre le ha transmitido: si la causa mancha su honor,
V. A. destruye sus derechos. No preste V. A. oídos a consejos débiles
y pérfidos. No tiene V. A. derecho para juzgar al príncipe de la
Paz; sus delitos, si se le imputan, desaparecen en los derechos del
trono. Muchas veces he manifestado mi deseo de que se separase de los
negocios al príncipe de la Paz: si no he hecho más instancias ha sido
por un efecto de mi amistad por el rey Carlos, apartando la vista de
las flaquezas de su afección. ¡Oh miserable humanidad! Debilidad y
error, tal es nuestra divisa. Mas todo esto se puede conciliar; que el
príncipe de la Paz sea desterrado de España, y yo le ofrezco un asilo
en Francia.
En cuanto a la abdicación de Carlos IV, ella ha tenido efecto en el
momento en que mis ejércitos ocupaban la España, y a los ojos de la
Europa y de la posteridad podría parecer que yo he enviado todas esas
tropas con el solo objeto de derribar del trono a mi aliado y mi amigo.
Como soberano vecino debo enterarme de lo ocurrido antes de reconocer
esta abdicación. Lo digo a V. A. R., a los españoles, al universo
entero; si la abdicación del rey Carlos es espontánea, y no ha sido
forzado a ella por la insurrección y motín sucedido en Aranjuez, yo no
tengo dificultad en admitirla, y en reconocer a V. A. R. como rey de
España. Deseo pues conferenciar con V. A. R. sobre este particular.
La circunspección que de un mes a esta parte he guardado en este
asunto debe convencer a V. A. del apoyo que hallará en mí, si jamás
sucediese que facciones de cualquiera especie viniesen a inquietarle
en su trono. Cuando el rey Carlos me participó los sucesos del mes de
octubre próximo pasado, me causaron el mayor sentimiento, y me lisonjeo
de haber contribuido por mis instancias al buen éxito del asunto del
Escorial. V. A. no está exento de faltas: basta para prueba la carta
que me escribió, y que siempre he querido olvidar. Siendo rey sabrá
cuán sagrados son los derechos del trono: cualquier paso de un príncipe
hereditario cerca de un soberano extranjero es criminal. El matrimonio
de una princesa francesa con V. A. R. le juzgo conforme a los intereses
de mis pueblos, y sobre todo como una circunstancia que me uniría con
nuevos vínculos a una casa, a quien no tengo sino motivos de alabar
desde que subí al trono. V. A. R. debe recelarse de las consecuencias
de las emociones populares: se podrá cometer algún asesinato sobre mis
soldados esparcidos; pero no conducirán sino a la ruina de la España.
He visto con sentimiento que se han hecho circular en Madrid unas
cartas del capitán general de Cataluña, y que se ha procurado exasperar
los ánimos. V. A. R. conoce todo lo interior de mi corazón: observará
que me hallo combatido por varias ideas que necesitan fijarse; pero
puede estar seguro de que en todo caso me conduciré con su persona del
mismo modo que lo he hecho con el rey su padre. Esté V. A. persuadido
de mi deseo de conciliarlo todo, y de encontrar ocasiones de darle
pruebas de mi afecto y perfecta estimación. Con lo que ruego a Dios os
tenga, hermano mío, en su santa y digna guarda. En Bayona a 16 de abril
de 1808. — Napoleón. — (_Véase el manifiesto de Don Pedro Cevallos._)