NÚMERO 2-15.

_Carta de S. M. el emperador de los franceses rey de Italia, y

protector de la confederación del Rin._

«Hermano mío: he recibido la carta de V. A. R.: ya se habrá convencido

V. A. por los papeles que ha visto del rey su padre del interés que

siempre le he manifestado: V. A. me permitirá que en las circunstancias

actuales le hable con franqueza y lealtad. Yo esperaba, en llegando

a Madrid, inclinar a mi augusto amigo a que hiciese en sus dominios

algunas reformas necesarias, y que diese alguna satisfacción a la

opinión pública. La separación del príncipe de la Paz me parecía una

cosa precisa para su felicidad y la de sus vasallos. Los sucesos

del norte han retardado mi viaje: las ocurrencias de Aranjuez han

sobrevenido. No me constituyo juez de lo que ha sucedido, ni de la

conducta del príncipe de la Paz; pero lo que sé muy bien es que es

muy peligroso para los reyes acostumbrar sus pueblos a derramar la

sangre haciéndose justicia por sí mismos. Ruego a Dios que V. A. no

lo experimente un día. No sería conforme al interés de la España que

se persiguiese a un príncipe que se ha casado con una princesa de la

familia real, y que tanto tiempo ha gobernado el reino. Ya no tiene

más amigos: V. A. no los tendrá tampoco si algún día llega a ser

desgraciado. Los pueblos se vengan gustosos de los respetos que nos

tributan. Además, ¿cómo se podría formar causa al príncipe de la Paz

sin hacerla también al rey y a la reina vuestros padres? Esta causa

fomentaría el odio y las pasiones sediciosas; el resultado sería

funesto para vuestra corona. V. A. R. no tiene a ella otros derechos

sino los que su madre le ha transmitido: si la causa mancha su honor,

V. A. destruye sus derechos. No preste V. A. oídos a consejos débiles

y pérfidos. No tiene V. A. derecho para juzgar al príncipe de la

Paz; sus delitos, si se le imputan, desaparecen en los derechos del

trono. Muchas veces he manifestado mi deseo de que se separase de los

negocios al príncipe de la Paz: si no he hecho más instancias ha sido

por un efecto de mi amistad por el rey Carlos, apartando la vista de

las flaquezas de su afección. ¡Oh miserable humanidad! Debilidad y

error, tal es nuestra divisa. Mas todo esto se puede conciliar; que el

príncipe de la Paz sea desterrado de España, y yo le ofrezco un asilo

en Francia.

En cuanto a la abdicación de Carlos IV, ella ha tenido efecto en el

momento en que mis ejércitos ocupaban la España, y a los ojos de la

Europa y de la posteridad podría parecer que yo he enviado todas esas

tropas con el solo objeto de derribar del trono a mi aliado y mi amigo.

Como soberano vecino debo enterarme de lo ocurrido antes de reconocer

esta abdicación. Lo digo a V. A. R., a los españoles, al universo

entero; si la abdicación del rey Carlos es espontánea, y no ha sido

forzado a ella por la insurrección y motín sucedido en Aranjuez, yo no

tengo dificultad en admitirla, y en reconocer a V. A. R. como rey de

España. Deseo pues conferenciar con V. A. R. sobre este particular.

La circunspección que de un mes a esta parte he guardado en este

asunto debe convencer a V. A. del apoyo que hallará en mí, si jamás

sucediese que facciones de cualquiera especie viniesen a inquietarle

en su trono. Cuando el rey Carlos me participó los sucesos del mes de

octubre próximo pasado, me causaron el mayor sentimiento, y me lisonjeo

de haber contribuido por mis instancias al buen éxito del asunto del

Escorial. V. A. no está exento de faltas: basta para prueba la carta

que me escribió, y que siempre he querido olvidar. Siendo rey sabrá

cuán sagrados son los derechos del trono: cualquier paso de un príncipe

hereditario cerca de un soberano extranjero es criminal. El matrimonio

de una princesa francesa con V. A. R. le juzgo conforme a los intereses

de mis pueblos, y sobre todo como una circunstancia que me uniría con

nuevos vínculos a una casa, a quien no tengo sino motivos de alabar

desde que subí al trono. V. A. R. debe recelarse de las consecuencias

de las emociones populares: se podrá cometer algún asesinato sobre mis

soldados esparcidos; pero no conducirán sino a la ruina de la España.

He visto con sentimiento que se han hecho circular en Madrid unas

cartas del capitán general de Cataluña, y que se ha procurado exasperar

los ánimos. V. A. R. conoce todo lo interior de mi corazón: observará

que me hallo combatido por varias ideas que necesitan fijarse; pero

puede estar seguro de que en todo caso me conduciré con su persona del

mismo modo que lo he hecho con el rey su padre. Esté V. A. persuadido

de mi deseo de conciliarlo todo, y de encontrar ocasiones de darle

pruebas de mi afecto y perfecta estimación. Con lo que ruego a Dios os

tenga, hermano mío, en su santa y digna guarda. En Bayona a 16 de abril

de 1808. — Napoleón. — (_Véase el manifiesto de Don Pedro Cevallos._)

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5) · 第 44 / 116 题