LIBRO PRIMERO.

[Marginal: Turbación de los tiempos.]

La turbación de los tiempos, sembrando por el mundo discordias,

alteraciones y guerras, había estremecido hasta en sus cimientos

antiguas y nombradas naciones. Empobrecida y desgobernada España,

hubiera al parecer debido antes que ninguna ser azotada de los recios

temporales que a otras habían afligido y revuelto. Pero viva aún la

memoria de su poderío, apartada al ocaso y en el continente Europeo

postrera de las tierras, habíase mantenido firme y conservado casi

intacto su vasto y desparramado imperio. No poco y por desgracia habían

contribuido a ello la misma condescendencia y baja humillación de su

gobierno, [Marginal: Flaqueza de España.] que ciegamente sometido al

de Francia, fuese democrático, consular o monárquico, dejábale este

disfrutar en paz hasta cierto punto de aparente sosiego, con tal que

quedasen a merced suya las escuadras, los ejércitos y los caudales que

aún restaban a la ya casi aniquilada España.

[Marginal: Política de Francia.]

Mas en medio de tanta sumisión, y de los trastornos y continuos

vaivenes que trabajaban a Francia, nunca habían olvidado sus muchos

y diversos gobernantes la política de Luis XIV, procurando atar al

carro de su suerte la de la nación española. Forzados al principio

a contentarse con tratados que estrechasen la alianza, preveían no

obstante que cuanto más onerosos fuesen aquellos para una de las partes

contratantes, tanto menos serían para la otra estables y duraderos.

Menester pues era que para darles la conveniente firmeza se

aunasen ambas naciones, asemejándose en la forma de su gobierno, o

confundiéndose bajo la dirección de personas de una misma familia,

según que se mudaba y trastrocaba en Francia la constitución

del estado. Así era que apenas aquel gabinete tenía un respiro,

susurrábanse proyectos varios, juntábanse en Bayona tropas, enviábanse

expediciones contra Portugal, o aparecían muchos y claros indicios de

querer entrometerse en los asuntos interiores de la península hispana.

Crecía este deseo ya tan vivo a proporción que las armas francesas

afianzaban fuera la prepotencia de su patria, y que dentro se

restablecían la tranquilidad y buen orden. A las claras empezó a

manifestarse cuando Napoleón ciñendo sus sienes con la corona de

Francia, fundadamente pensó que los Borbones sentados en el solio de

España mirarían siempre con ceño, por sumisos que ahora se mostrasen,

al que había empuñado un cetro que de derecho correspondía al tronco de

donde se derivaba su rama. [Marginal: Paz de Presburgo.] Confirmáronse

los recelos del francés después de lo ocurrido en 1805, al terminarse

la campaña de Austria con la paz de Presburgo.

[Marginal: Destronamiento de la casa de Nápoles.]

Desposeído por entonces de su reino Fernando IV de Nápoles, hermano

de Carlos de España, había la corte de Madrid rehusado durante cierto

tiempo asentir a aquel acto y reconocer al nuevo soberano José

Bonaparte. Por natural y justa que fuese esta resistencia, sobremanera

desazonó al emperador de los franceses, quien hubiera sin tardanza dado

quizá señales de su enojo, si otros cuidados no hubiesen fijado su

mente y contenido los ímpetus de su ira.

En efecto la paz ajustada con Austria estaba todavía lejos de

extenderse a Rusia, y el gabinete prusiano, de equívoca e incierta

conducta, desasosegaba el suspicaz ánimo de Napoleón. Si tales motivos

eran obstáculo para que este se ocupase en cosas de España, lo fueron

también por extremo opuesto las esperanzas de una pacificación general,

nacidas de resultas de la muerte de Pitt. [Marginal: Tratos de paz con

Inglaterra.] Constantemente había Napoleón achacado a aquel ministro,

finado en enero de 1806, la continuación de la guerra, y como la paz

era el deseo de todos hasta en Francia, forzoso le fue a su jefe no

atropellar opinión tan acreditada, cuando había cesado el alegado

pretexto, y entrado a componer el gabinete inglés Mr. Fox y Lord

Grenville con los de su partido.

Juzgábase que ambos ministros, sobre todo el primero, se inclinaban a

la paz, y se aumentó la confianza al ver que después de su nombramiento

se había entablado entre los gobiernos de Inglaterra y Francia

activa correspondencia. Dio principio a ella Fox valiéndose de un

incidente que favorecía su deseo. Las negociaciones duraron meses, y

aun estuvieron en París como plenipotenciarios los Lores Yarmouth y

Lauderdale. Dificultoso era en aquella sazón un acomodamiento a gusto

de ambas partes. Napoleón en los tratos mostró poco miramiento respecto

de España, pues entre las varias proposiciones hizo la de entregar la

isla de Puerto Rico a los ingleses, y las Baleares a Fernando IV de

Nápoles, en cambio de la isla de Sicilia que el último cedería a José

Bonaparte.

Correspondió el remate a semejantes propuestas, a las que se agregaba

el irse colocando la familia de Bonaparte en reinos y estados, como

también el establecimiento de la nueva y famosa confederación del

Rin. [Marginal: Rómpense estas negociaciones.] Rompiéronse pues las

negociaciones, anunciando Napoleón como principal razón la enfermedad

de Fox y su muerte acaecida en setiembre de 1806. [Marginal: También

otras con Rusia.] Por el mismo término caminaron las entabladas también

con Rusia, habiendo desaprobado públicamente el emperador Alejandro el

tratado que a su nombre había en París concluido su plenipotenciario

Mr. d’Oubril.

Aun en el tiempo en que andaban las pláticas de paz, dudosos todos

y aun quizá poco afectos a su conclusión, [Marginal: Preparativos de

guerra.] se preparaban a la prosecución de la guerra. Rusia y Prusia

ligábanse en secreto, y querían que otros estados se uniesen a su

causa. Napoleón tampoco se descuidaba, y aunque resentido por lo de

Nápoles con el gabinete de España, disimulaba su mal ánimo, procurando

sacar de la ciega sumisión de este aliado cuantas ventajas pudiese.

[Marginal: Tropas españolas que van a Toscana.]

De pronto, y al comenzar el año de 1806, pidió que tropas españolas

pasasen a Toscana a reemplazar las francesas que la guarnecían. Con

eso lisonjeando a las dos cortes, a la de Florencia porque consideraba

como suya la guardia de españoles, y a la de Madrid por ser aquel paso

muestra de confianza, conseguía Napoleón tener libre más gente, y al

mismo tiempo acostumbraba al gobierno de España a que insensiblemente

se desprendiese de sus soldados. Accedió el último a la demanda, y

en principios de marzo entraron en Florencia de 4 a 5000 españoles

mandados por el teniente general Don Gonzalo Ofárril.

[Marginal: Izquierdo: dinero que da a Napoleón.]

Como Napoleón necesitaba igualmente otro linaje de auxilios, volvió la

vista para alcanzarlos a los agentes españoles residentes en París.

Descollaba entre todos Don Eugenio Izquierdo, hombre sagaz, travieso

y de amaño, a cuyo buen desempeño estaban encomendados los asuntos

peculiares de Don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, disfrazados bajo

la capa de otras comisiones. En vano hasta entonces se había desvivido

dicho encargado por sondear respecto de su valedor los pensamientos del

Emperador de los franceses. Nunca había tenido otra respuesta sino

promesas y palabras vagas. Mas llegó mayo de 1806, y creciendo los

apuros del gobierno francés para hacer frente a los inmensos gastos que

ocasionaban los preparativos de guerra, reparó este en Izquierdo, y le

indicó que la suerte del príncipe de la Paz merecería la particular

atención de Napoleón, si se le acudía con socorros pecuniarios. Gozoso

Izquierdo y lleno de satisfacción, brevemente y sin estar para ello

autorizado, aprontó 24 millones de francos [*] [Marginal: (* Ap. n.

1-1.)] pertenecientes a la caja de consolidación de Madrid, según

convenio que firmó el 10 de mayo. Aprobó el de la Paz la conducta

de su agente, y contando ya con ser ensalzado a más eminente puesto

en trueque del servicio concedido, hizo que en nombre de Carlos IV

se confiriesen en 26 del mismo mayo [*] [Marginal: (* Ap. n. 1-2.)]

a dicho Izquierdo plenos poderes para que ajustase y concluyese un

tratado.

Pero Napoleón, dueño de lo que quería y embargados sus sentidos con

el nublado que del norte amagaba, difirió entrar en negociación hasta

que se terminasen las desavenencias con Prusia y Rusia. Ofendió la

tardanza al príncipe de la Paz, [Marginal: Enfado del príncipe de la

Paz contra Napoleón.] receloso en todos tiempos de la buena fe de

Napoleón, y temió de él nuevos engaños. Afirmáronle en sus sospechas

diversos avisos que por entonces le enviaron españoles residentes

en París; opúsculos y folletos que debajo de mano fomentaba aquel

gobierno, [Marginal: Sus sospechas.] y en que se anunciaba la entera

destrucción de la casa de Borbón, y en fin el dicho mismo del emperador

de que «si Carlos IV no quería reconocer a su hermano por rey de

Nápoles, su sucesor le reconocería.»

Tal cúmulo de indicios que progresivamente vinieron a despertar las

zozobras y el miedo del valido español, se acrecentaron con las

noticias e informes que le dio Mr. de Strogonoff nombrado ministro de

Rusia en la corte de Madrid, quien había llegado a la capital de España

en enero de 1806.

Animado el príncipe de la Paz con los consejos de dicho ministro, y mal

enojado contra Napoleón, [Marginal: Piensa ligarse con Inglaterra.]

inclinábase a formar causa común con las potencias beligerantes.

Pareciole no obstante ser prudente, antes de tomar resolución

definitiva, buscar arrimo y alianza en Inglaterra. Siendo el asunto

espinoso y pidiendo sobre todo profundo sigilo, determinó enviar a

aquel reino un sujeto que dotado de las convenientes prendas, no

excitase el cuidado del gobierno de Francia. [Marginal: Envía allí

a Don Agustín de Argüelles.] Recayó la elección en Don Agustín de

Argüelles que tanto sobresalió años adelante en las cortes congregadas

en Cádiz. Rehusaba el nombrado admitir el encargo por proceder de

hombre tan desestimado como era entonces el príncipe de la Paz; pero

instado por Don Manuel Sixto Espinosa, director de la consolidación, con

quien le unían motivos de amistad y de reconocimiento, y vislumbrando

también en su comisión un nuevo medio de contribuir a la caída del

que en Francia había destruido la libertad pública, aceptó al fin el

importante encargo confiado a su celo.

Ocultose a Argüelles [*] [Marginal: (* Ap. n. 1-3.)] lo que se trataba

con Strogonoff, y tan solo se le dio a entender que era forzoso

ajustar paces con Inglaterra si no se quería perder toda la América en

donde acababa de tomar a Buenos Aires el general Beresford. Recomendose

en particular al comisionado discreción y secreto, y con suma

diligencia saliendo de Madrid a últimos de setiembre, llegó a Lisboa

sin que nadie, ni el mismo embajador conde de Campo-Alange, trasluciese

el verdadero objeto de su viaje. Disponíase Don Agustín de Argüelles a

embarcarse para Inglaterra, cuando se recibió en Lisboa una desacordada

proclama del príncipe de la Paz, fecha 5 de octubre,[*] [Marginal:

Su proclama de 5 de octubre. (* Ap. n. 1-4.)] en la que apellidando

la nación a guerra sin designar enemigo, despertó la atención de las

naciones extrañas, principalmente de Francia. Desde entonces miró

Argüelles como inútil la continuación de su viaje y así lo escribió

a Madrid; mas sin embargo ordenósele pasar a Londres, en donde su

comisión no tuvo resulta, así por repugnar al gobierno inglés tratos

con el príncipe de la Paz, ministro tan desacreditado e imprudente,

como también por la mudanza que en dicho príncipe causaron los sucesos

del norte.

Allí Napoleón habiendo abierto la campaña en octubre de 1806, en vez

de padecer descalabros había entrado victorioso en Berlín, derrotando

en Jena al ejército prusiano. [Marginal: Discúlpase con Napoleón.] Al

ruido de sus triunfos, atemorizada la corte de Madrid y sobre todo el

privado, no hubo medio que no emplease para apaciguar el entonces justo

y fundado enojo del emperador de los franceses, quien no teniendo por

concluida la guerra en tanto que la Rusia no viniese a partido, fingió

quedar satisfecho con las disculpas que se le dieron, y renovó aunque

lentamente las negociaciones con Izquierdo.

[Marginal: Proyectos contra España.]

Mas no por eso dejaba de meditar cuál sería el más acomodado medio

para posesionarse de España, y evitar el que en adelante se repitiesen

amagos como el del 5 de octubre. Columbró desde luego ser para su

propósito feliz incidente andar [Marginal: Los dos partidos que dividen

el palacio español.] aquella corte dividida entre dos parcialidades,

la del príncipe de Asturias y la de Don Manuel Godoy. Habían nacido

estas de la inmoderada ambición del último, y de los temores que había

infundido ella en el ánimo del primero. Sin embargo estuvieron para

componerse y disiparse en el tiempo en que había resuelto el de la

Paz unirse con Inglaterra y las otras potencias del norte; creyendo

este con razón que en aquel caso era necesario acortar su vuelo, y

conformarse con las ideas y política de los nuevos aliados. Para ello,

y no exponer su suerte a temible caída, había el valido imaginado casar

al príncipe de Asturias [viudo desde mayo de 1806] con Doña María

Luisa de Borbón, hermana de su mujer Doña María Teresa, primas ambas

del rey e hijas del difunto infante Don Luis. El pensamiento fue tan

adelante que se propuso al príncipe el enlace. Mas Godoy veleidoso e

inconstante, variadas que fueron las cosas del norte, mudó de dictamen

volviendo a soñar en ideas de engrandecimiento. Y para que pasaran a

realidad condecorole el rey en 13 de enero de 1807 con la dignidad de

almirante de España e Indias, y tratamiento de Alteza.

[Marginal: Entretiénese a Izquierdo en París.]

Veníale bien a Napoleón que se aumentase la división y el desorden en

el palacio de Madrid. Atento a aprovecharse de semejante discordia,

al paso que en París se traía entretenido a Izquierdo y al partido

de Godoy, se despachaba a España para tantear el del príncipe de

Asturias a Mr. de Beauharnais, [Marginal: Mr. de Beauharnais embajador

de Francia en Madrid.] quien como nuevo embajador presentó sus

credenciales a últimos de diciembre de 1806. Empezó el recién llegado

a dar pasos, mas fueron lentos hasta meses después que llevando visos

de terminarse la guerra del norte, juzgó Napoleón que se acercaba el

momento de obrar.

Presentósele, en la persona de Don Juan Escóiquiz, conducto acomodado

para ayudar sus miras. Antiguo maestro del príncipe de Asturias,

vivía como confinado en Toledo, de cuya catedral era canónigo y

dignidad, y de donde por orden de S. A., con quien siempre mantenía

secreta correspondencia, había regresado a Madrid en marzo de 1807.

Conferenciose mucho entre él y sus amigos sobre el modo de atajar la

ambición de Godoy, y sacar al príncipe de Asturias de situación que

conceptuaban penosa y aun arriesgada.

Habían imaginado sondear al embajador de Francia, y de resultas

supieron por Don Juan Manuel de Villena, gentil-hombre del príncipe de

Asturias, y por Don Pedro Giraldo, brigadier de ingenieros, maestro

de matemáticas del príncipe e infantes, y cuyos sujetos estaban en el

secreto, hallarse Mr. de Beauharnais pronto a entrar en relaciones con

quien S. A. indicase. [Marginal: Secretos manejos con el partido del

príncipe de Asturias.] Dudose si la propuesta encubría o no engaño;

y para asegurarse unos y otros, convínose en una pregunta y seña que

recíprocamente se harían en la corte el príncipe y el embajador.

Cerciorados de no haber falsedad y escogido Escóiquiz para tratar,

presentó a este en casa de dicho embajador el duque del Infantado, con

pretexto de regalarle un ejemplar de su poema sobre la conquista de

Méjico. Entablado conocimiento entre Mr. de Beauharnais y el maestro

del príncipe, avistáronse un día de los de julio y a las dos de la

tarde en el Retiro. La hora, el sitio y lo caluroso de la estación les

daba seguridad de no ser notados.

Hablaron allí sosegadamente del estado de España y Francia, de la

utilidad para ambas naciones de afianzar su alianza en vínculos

de familia, y por consiguiente de la conveniencia de enlazar al

príncipe Fernando con una princesa de la sangre imperial de Napoleón.

El embajador convino con Escóiquiz en los más de los puntos,

particularmente en el último, quedando en darle posterior y categórica

contestación. Siguiéronse a este paso otros más o menos directos, pero

que nada tuvieron de importante hasta que en 30 de setiembre escribió

Mr. de Beauharnais una carta a Escóiquiz, en la que rayando las

expresiones de que _no bastaban cosas vagas_, sino que se necesitaba

una _segura prenda_ (_une garantie_), daba por lo mismo a entender

que aquellas salían de boca de su amo. Movido de esta insinuación se

dirigió el príncipe de Asturias en 11 de octubre al emperador francés,

en términos que, según veremos muy luego, hubiera podido resultar grave

cargo contra su persona.

Hasta aquí llegaron los tratos del embajador Beauharnais con Don Juan

Escóiquiz, cuyo principal objeto se enderezaba a arreglar la unión del

príncipe Fernando con una sobrina de la emperatriz, ofrecida después

al duque de Aremberg. Todo da indicio de que el embajador obró según

instrucciones de su amo; y si bien es verdad que este desconoció como

suyos los procedimientos de aquel, no es probable que se hubiera Mr.

de Beauharnais expuesto con soberano tan poco sufrido a dar pasos de

tamaña importancia sin previa autorización. Pudo quizá excederse; quizá

el interés de familia le llevó a proponer para esposa una persona con

quien tenía deudo; pero que la negociación tomó origen en París lo

acredita el haber después sostenido el emperador a su representante.

[Marginal: Tropas españolas que van al Norte.]

Sin embargo tales pláticas tenían más bien traza de entretenimiento que

de seria y deliberada determinación. Íbale mejor al arrebatado temple

de Napoleón buscar por violencia o por malos artes el cumplimiento de

lo que su política o su ambición le sugería. Así fue que para remover

estorbos e irse preparando a la ejecución de sus proyectos, de nuevo

pidió al gobierno español auxilio de tropas; y conformándose Carlos IV

con la voluntad de su aliado, decidió en marzo de 1807 que una división

unida con la que estaba en Toscana, y componiendo juntas un cuerpo de

14.000 hombres, se dirigiese al norte de Europa.[*] [Marginal: (* Ap.

n. 1-5.)] De este modo menguaban cada día en España los recursos y

medios de resistencia.

Entretanto Napoleón habiendo continuado con feliz progreso la campaña

emprendida contra las armas combinadas de Prusia y Rusia, había

en 8 de julio siguiente concluido la paz en Tilsit. [Marginal: Paz

de Tilsit.] Algunos se han figurado que se concertaron allí ambos

emperadores ruso y francés acerca de asuntos secretos y arduos, siendo

uno entre ellos el de dejar a la libre facultad del último la suerte de

España. Hemos consultado en materia tan grave respetables personajes,

y que tuvieron principal parte en aquellas conferencias y tratos. Sin

interés en ocultar la verdad, y lejos ya del tiempo en que ocurrieron,

han respondido a nuestras preguntas que no se había entonces hablado

sino vagamente de asuntos de España; y que tan solo Napoleón quejándose

con acrimonia de la proclama del príncipe de la Paz, añadía a veces

que los españoles luego que le veían ocupado en otra parte, mudaban de

lenguaje y le inquietaban.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que con la paz asegurado

Napoleón de la Rusia a lo menos por de pronto, pudo con más desahogo

volver hacia el mediodía los inquietos ojos de su desapoderada

ambición. Pensó desde luego disfrazar sus intentos con la necesidad

de extender a todas partes el sistema continental [cuyas bases había

echado en su decreto de Berlín de febrero del mismo año], y de arrancar

a Inglaterra a su antiguo y fiel aliado el rey de Portugal. Era en

efecto muy importante para cualquiera tentativa o plan contra la

península someter a su dominio a Lisboa, alejar a los ingleses de los

puertos de aquella costa, y tener un pretexto al parecer plausible con

que poder internar en el corazón de España numerosas fuerzas.

Para dar principio a su empresa promovió muy particularmente las

negociaciones entabladas con Izquierdo, y a la sombra de aquellas y

del tratado que se discutía, [Marginal: Tropas francesas que se juntan

en Bayona] empezó en agosto de 1807 a juntar en Bayona un ejército de

25.000 hombres con el título de cuerpo de observación de la Gironda,

nombre con que cautelosamente embozaba el gobierno francés sus hostiles

miras contra la península española. Diose el mando de aquella fuerza

a Junot, quien embajador en Portugal en 1805 había desamparado la

pacífica misión para acompañar a su caudillo en atrevidas y militares

empresas. Ahora se preparaba a dar la vuelta a Lisboa, no ya para

ocupar su antiguo puesto, sino más bien para arrojar del trono a una

familia augusta que le había honrado con las insignias de la orden de

Cristo.

[Marginal: Portugal.]

Aunque no sea de nuestro propósito entrar en una relación

circunstanciada de los graves acontecimientos que van a ocurrir en

Portugal, no podemos menos de darles aquí algún lugar como tan unidos y

conexos con los de España. En París se examinaba con Izquierdo el modo

de partir y distribuirse aquel reino, y para que todo estuviese pronto

el día de la conclusión del tratado, además de la reunión de tropas a

la falda del Pirineo, se dispuso que negociaciones seguidas en Lisboa

abriesen el camino a la ejecución de los planes en que conviniesen

ambas potencias contratantes. [Marginal: Notas de los representantes

de España y Francia en Lisboa.] Comenzose la urdida trama por notas

que en 12 de agosto pasaron el encargado de negocios francés Mr. de

Rayneval y el embajador de España conde de Campo-Alange. Decían en

ellas que tenían la orden de pedir sus pasaportes y declarar la guerra

a Portugal si para el 1.º de setiembre próximo el príncipe regente no

hubiese manifestado la resolución de romper con la Inglaterra, y de

unir sus escuadras con las otras del continente para que juntas obrasen

contra el común enemigo: se exigía además la confiscación de todas las

mercancías procedentes de origen británico, y la detención como rehenes

de los súbditos de aquella nación. El príncipe regente de acuerdo con

Inglaterra respondió que estaba pronto a cerrar los puertos a los

ingleses, y a interrumpir toda correspondencia con su antiguo aliado;

mas que en medio de la paz confiscar todas las mercancías británicas,

y prender a extranjeros tranquilos, eran providencias opuestas a los

principios de justicia y moderación que le habían siempre dirigido.

[Marginal: Se retiran de aquella corte.] Los representantes de España y

Francia no habiendo alcanzado lo que pedían [resultado conforme a las

verdaderas intenciones de sus respectivas cortes], partieron de Lisboa

antes de comenzarse octubre, y su salida fue el preludio de la invasión.

Todavía no estaban concluidas las negociaciones con Izquierdo; todavía

no se había cerrado tratado alguno, cuando Napoleón impaciente, lleno

del encendido deseo de empezar su proyectada empresa, e informado de

la partida de los embajadores, [Marginal: 18 de octubre: cruza el

Bidasoa la primera división francesa.] dio orden a Junot para que

entrase en España, y el 18 de octubre cruzó el Bidasoa la primera

división francesa a las órdenes del general Delaborde, época memorable,

principio del tropel de males y desgracias, de perfidias y heroicos

hechos que sucesivamente nos va a desdoblar la historia. Pasada la

primera división, la siguieron la segunda y la tercera mandadas por

los generales Loison y Travot, con la caballería, cuyo jefe era el

general Kellerman. En Irún tuvo orden de recibir y obsequiar a Junot

Don Pedro Rodríguez de la Buria, encargo que ya había desempeñado en

la otra guerra con Portugal. Las tropas francesas se encaminaron por

Burgos y Valladolid hacia Salamanca, a cuya ciudad llegaron veinticinco

días después de haber entrado en España. Por todas partes fueron

festejadas y bien recibidas, y muy lejos estaban de imaginarse los

solícitos moradores del tránsito la ingrata correspondencia con que iba

a pagárseles tan esmerada y agasajadora hospitalidad.

Tocaron mientras tanto a su cumplido término las negociaciones que

andaban en Francia, [Marginal: 27 de octubre, tratado de Fontainebleau.

(* Ap. n. 1-6.)] y el 27 de octubre en Fontainebleau se firmó entre

Don Eugenio Izquierdo y el general Duroc, gran mariscal de palacio

del emperador francés, un tratado [*] compuesto de catorce artículos

con una convención anexa comprensiva de otros siete. Por estos

conciertos se trataba a Portugal del modo como antes otras potencias

habían dispuesto de la Polonia, con la diferencia que entonces fueron

iguales y poderosos los gobiernos que entre sí se acordaron, y en

Fontainebleau tan desemejantes y desproporcionados, que al llegar al

cumplimiento de lo pactado, repitiéndose la conocida fábula del león y

sus partijas, dejose a España sin nada, y del todo quiso hacerse dueño

su insaciable aliado. Se estipulaba por el tratado que la provincia de

Entre-Duero-y-Miño se daría en toda propiedad y soberanía con título

de Lusitania septentrional al rey de Etruria y sus descendientes, quien

a su vez cedería en los mismos términos dicho reino de Etruria al

emperador de los franceses; que los Algarbes y el Alentejo igualmente

se entregarían en toda propiedad y soberanía al príncipe de la Paz,

con la denominación de príncipe de los Algarbes, y que las provincias

de Beira, Tras-os-Montes y Extremadura portuguesa quedarían como en

secuestro hasta la paz general, en cuyo tiempo podrían ser cambiadas

por Gibraltar, la Trinidad o alguna otra colonia de las conquistadas

por los ingleses; que el emperador de los franceses saldría garante

a S. M. C. de la posesión de sus estados de Europa al mediodía de

los Pirineos, y le reconocería como emperador de ambas Américas a la

conclusión de la paz general, o a más tardar dentro de tres años. La

convención que acompañaba al tratado circunstanciaba el modo de llevar

a efecto lo estipulado en el mismo: 25.000 hombres de infantería

francesa y 3000 de caballería habían de entrar en España, y reuniéndose

a ellos 8000 infantes españoles y 3000 caballos, marchar en derechura a

Lisboa, a las órdenes ambos cuerpos del general francés, exceptuándose

solamente el caso en que el rey de España o el príncipe de la Paz

fuesen al sitio en que las tropas aliadas se encontrasen, pues entonces

a estos se cedería el mando. Las provincias de Beira, Tras-os-Montes

y Extremadura portuguesa debían ser administradas, y exigírseles las

contribuciones en favor y utilidad de Francia. Y al mismo tiempo que

una división de 10.000 hombres de tropas españolas tomase posesión

de la provincia de Entre-Duero-y-Miño, con la ciudad de Oporto, otra

de 6000 de la misma nación ocuparía el Alentejo y los Algarbes, y

así aquella primera provincia como las últimas habían de quedar a

cargo para su gobierno y administración de los generales españoles.

Las tropas francesas, alimentadas por España durante el tránsito,

debían cobrar sus pagas de Francia. Finalmente se convenía en que un

cuerpo de 40.000 hombres se reuniese en Bayona el 20 de noviembre, el

cual marcharía contra Portugal en caso de necesidad, y precedido el

consentimiento de ambas potencias contratantes.

En la conclusión de este tratado Napoleón, al paso que buscaba el medio

de apoderarse de Portugal, nuevamente separaba de España otra parte

considerable de tropas, como antes había alejado las que fueron al

norte, e introducía sin ruido y solapadamente las fuerzas necesarias a

la ejecución de sus ulteriores y todavía ocultos planes, y lisonjeando

la inmoderada ambición del privado español, le adormecía y le enredaba

en sus lazos, temeroso de que desengañado a tiempo y volviendo de su

deslumbrado encanto, quisiera acudir al remedio de la ruina que le

amenazaba. Ansioso el príncipe de la Paz de evitar los vaivenes de la

fortuna, aprobaba convenios que hasta cierto punto le guarecían de

las persecuciones del gobierno español en cualquiera mudanza. Quizá

veía también en la compendiosa soberanía de los Algarbes el primer

escalón para subir a trono más elevado. Mucho se volvió a hablar en

aquel tiempo del criminal proyecto que años atrás se aseguraba haber

concebido María Luisa arrastrada de su ciega pasión, contando con el

apoyo del favorito. Y no cabe duda que acerca de variar de dinastía

se tanteó a varias personas, llegando a punto de buscar amigos y

parciales sin disfraz ni rebozo. Entre los solicitados fue uno el

coronel de Pavía Don Tomás de Jáuregui, a quien descaradamente tocó

tan delicado asunto Don Diego Godoy: no faltaron otros que igualmente

le promovieron. Mas los sucesos agolpándose de tropel, convirtieron en

humo los ideados e impróvidos intentos de la ciega ambición.

Tal era el deseado remate a que habían llegado las negociaciones de

Izquierdo, y tal había sido el principio de la entrada de las tropas

francesas en la península, cuando un acontecimiento con señales de suma

gravedad fijó en aquellos días la atención de toda España.

[Marginal: Causa del Escorial]

Vivía el príncipe de Asturias alejado de los negocios y solo, sin

influjo ni poder alguno, pasaba tristemente los mejores años de su

mocedad sujeto a la monótona y severa etiqueta de palacio. Aumentábase

su recogimiento por los temores que infundía su persona a los que

entonces dirigían la monarquía; se observaba su conducta, y hasta los

más inocentes pasos eran atentamente acechados. Prorrumpía el príncipe

en amargas quejas, y sus expresiones solían a veces ser algún tanto

descompuestas. A ejemplo suyo los criados de su cuarto hablaban con

más desenvoltura de lo que era conveniente, y repetidos, aun quizá

alterados al pasar de boca en boca, aquellos dichos y conversaciones

avivaron más y más el odio de sus irreconciliables enemigos. No

bastaba sin embargo tan ligero proceder para empezar una información

judicial; solamente dio ocasión a nuevo cuidado y vigilancia.

Redoblados uno y otra, al fin se notó que el príncipe secretamente

recibía cartas, que muy ocupado en escribir velaba por las noches, y

que en su semblante daba indicio de meditar algún importante asunto.

Era suficiente cualquiera de aquellas sospechas para despertar el

interesado celo de los asalariados que le rodeaban, y una dama de la

servidumbre de la reina le dio aviso de la misteriosa y extraña vida

que traía su hijo. No tardó el rey en estar advertido, y estimulado por

su esposa dispuso que se recogiesen todos los papeles del desprevenido

Fernando. Así se ejecutó, y al día siguiente 29 de octubre, a las seis

y media de la noche, convocados en el cuarto de S. M. los ministros del

despacho y Don Arias Mon, gobernador interino del consejo, compareció

el príncipe, se le sometió a un interrogatorio, y se le exigieron

explicaciones sobre el contenido de los papeles aprehendidos. En

seguida su augusto padre, acompañado de los mismos ministros y

gobernador con grande aparato y al frente de su guardia, le llevó a su

habitación, en donde después de haberle pedido la espada, le mandó que

quedase preso, puestas centinelas para su custodia: su servidumbre fue

igualmente arrestada.

Al ver la solemnidad y aun semejanza del acto, hubiera podido

imaginarse el atónito espectador que en las lúgubres y suntuosas

bóvedas del Escorial iba a renovarse la deplorable y trágica escena que

en el alcázar de Madrid había dado al orbe el sombrío Felipe II; pero

otros eran los tiempos, otros los actores y muy otra la situación de

España.

Se componían los papeles hasta entonces aprehendidos al príncipe [*]

[Marginal: (* Ap. n. 1-7.)] de un cuadernillo escrito de su puño de

algo más de doce hojas, de otro de cinco y media, de una carta de letra

disfrazada y sin firma fecha en Talavera a 18 de marzo, y reconocida

después por de Escóiquiz, de cifra y clave para la correspondencia

entre ambos, y de medio pliego de números, cifras y nombres que

en otro tiempo habían servido para la comunicación secreta de la

difunta princesa de Asturias con la reina de Nápoles su madre. Era el

cuadernillo de las doce hojas una exposición al rey, en la que después

de trazar con colores vivos la vida y principales hechos del príncipe

de la Paz, se le acusaba de graves delitos, sospechándole del horrendo

intento de querer subir al trono y de acabar con el rey y toda la real

familia. También hablaba Fernando de sus persecuciones personales,

mencionando entre otras cosas el haberle alejado del lado del rey,

sin permitirle ir con él a caza, ni asistir al despacho. Se proponían

como medios de evitar el cumplimiento de los criminales proyectos del

favorito, dar al príncipe heredero facultad para arreglarlo todo, a

fin de prender al acusado y confinarle en un castillo. Igualmente se

pedía el embargo de parte de sus bienes, la prisión de sus criados,

de Doña Josefa Tudó y otros, según se dispusiese en decretos que el

mismo príncipe presentaría a la aprobación de su padre. Indicábase

como medida previa, y para que el rey Carlos examinase la justicia de

las quejas, una batida en el Pardo o Casa de Campo, en que acudiese

el príncipe, y en donde se oirían los informes de las personas que

nombrase S. M., con tal que no estuviesen presentes la reina ni Godoy:

asimismo se suplicaba que llegado el momento de la prisión del valido,

no se separase el padre del lado de su hijo, para que los primeros

ímpetus del sentimiento de la reina no alterasen la determinación de S.

M.; concluyendo con rogarle encarecidamente que en caso de no acceder a

su petición, le guardase secreto, pudiendo su vida si se descubriese el

paso que había dado, correr inminente riesgo. El papel de cinco hojas

y la carta eran como la anterior obra de Escóiquiz; se insistía en los

mismos negocios, y tratando de oponerse al enlace antes propuesto con

la hermana de la princesa de la Paz, se insinuaba el modo de llevar

a cabo el deseado casamiento con una parienta del emperador de los

franceses. Se usaban nombres fingidos, y suponiéndose ser consejos de

un fraile, no era extraño que mezclando lo sagrado con lo profano se

recomendase ante todo como así se hacía, implorar la divina asistencia

de la Virgen. En aquellas instrucciones también se trataba de que

el príncipe se dirigiese a su madre interesándola como reina y como

mujer, cuyo amor propio se hallaba ofendido con los ingratos desvíos

de su predilecto favorito. En el concebir de tan desvariada intriga

ya despunta aquella sencilla credulidad y ambicioso desasosiego, de

que nos dará desgraciadamente en el curso de esta historia sobradas

pruebas el canónigo Escóiquiz. En efecto admira como pensó que un

príncipe mozo e inexperto había de tener más cabida en el pecho de su

augusto padre que una esposa y un valido, dueños absolutos por hábito

y afición del perezoso ánimo de tan débil monarca. Mas de los papeles

cogidos al príncipe, si bien se advertía al examinarlos grande anhelo

por alcanzar el mando y por intervenir en los negocios del gobierno, no

resultaba proyecto alguno formal de destronar al rey, ni menos el atroz

crimen de un hijo que intenta quitar la vida a su padre. A pesar de eso

fueron causa de que se publicase el famoso decreto de 30 de octubre,

que como importante lo insertaremos a la letra. Decía pues: «Dios que

vela sobre las criaturas no permite la ejecución de hechos atroces

cuando las víctimas son inocentes. Así me ha librado su omnipotencia

de la más inaudita catástrofe. Mi pueblo, mis vasallos todos conocen

muy bien mi cristiandad y mis costumbres arregladas; todos me aman y de

todos recibo pruebas de veneración, cual exige el respeto de un padre

amante de sus hijos. Vivía yo persuadido de esta verdad, cuando una

mano desconocida me enseña y descubre el más enorme y el más inaudito

plan que se trazaba en mi mismo palacio contra mi persona. La vida

mía que tantas veces ha estado en riesgo, era ya una carga para mi

sucesor que preocupado, obcecado y enajenado de todos los principios de

cristiandad que le enseñó mi paternal cuidado y amor, había admitido un

plan para destronarme. Entonces yo quise indagar por mí la verdad del

hecho, y sorprendiéndole en su mismo cuarto hallé en su poder la cifra

de inteligencia e instrucciones que recibía de los malvados. Convoqué

al examen a mi gobernador interino del consejo, para que asociado con

otros ministros practicasen las diligencias de indagación. Todo se

hizo, y de ella resultan varios reos cuya prisión he decretado, así

como el arresto de mi hijo en su habitación. Esta pena quedaba a las

muchas que me afligen; pero así como es la más dolorosa, es también

la más importante de purgar, e ínterin mando publicar el resultado,

no quiero dejar de manifestar a mis vasallos mi disgusto, que será

menor con las muestras de su lealtad. Tendreislo entendido para que

se circule en la forma conveniente. En San Lorenzo a 30 de octubre de

1807. — Al gobernador interino del consejo.» Este decreto se aseguró

después que era de puño del príncipe de la Paz: así lo atestiguaron

cuatro secretarios del rey, mas no obra original en el proceso.

Por el mismo tiempo escribió Carlos IV al emperador Napoleón dándole

parte del acontecimiento del Escorial. En la carta después de

indicarle cuán particularmente se ocupaba en los medios de cooperar

a la destrucción del común enemigo [así llamaba a los ingleses], y

después de participarle cuán persuadido había estado hasta entonces de

que todas las intrigas de la reina de Nápoles [expresiones notables]

se habían sepultado con su hija, entraba a anunciarle la terrible

novedad del día. No solo le comunicaba el designio que suponía a su

hijo de querer destronarle, sino que añadía el nuevo y horrendo

de haber maquinado contra la vida de su madre, por cuyos enormes

crímenes manifestaba el rey Carlos que debía el príncipe heredero ser

castigado y revocada la ley que le llamaba a suceder en el trono,

poniendo en su lugar a uno de sus hermanos; y por último concluía aquel

monarca pidiendo la asistencia y consejos de S. M. I. La indicación

estampada en esta carta de privar a Fernando del derecho de sucesión,

tal vez encubría miras ulteriores del partido de Godoy y la reina;

desbaratadas, si las hubo, por obstáculos imprevistos entre los cuales

puede contarse una ocurrencia que debiendo agravar la suerte del

príncipe y sus amigos, si la recta imparcialidad hubiera gobernado en

la materia, fue la que salvó a todos ellos de un funesto desenlace.

Dieron ocasión a ella los temores del real preso y el abatimiento en

que le sumió su arresto.

El día 30 a la una de la tarde, luego que el rey había salido a caza

pasó el príncipe un recado a la reina para que se dignase ir a su

cuarto, o le permitiera que en el suyo le expusiese cosa del mayor

interés: la reina se negó a uno y a otro, pero envió al marqués

Caballero, ministro de Gracia y Justicia. Entonces bajo su firma

declaró el príncipe haber dirigido con fecha de 11 de octubre una

carta [la misma de que hemos hablado] al emperador de los franceses,

y haber expedido en favor del duque del Infantado un decreto todo de

su puño con fecha en blanco y sello negro, autorizándole para que

tomase el mando de Castilla la Nueva luego que falleciese su padre:

declaró además ser Escóiquiz el autor del papel copiado por S. A.,

y los medios de que se habían valido para su correspondencia: hubo

de resultas varios arrestos. En la carta reservada a Napoleón le

manifestaba el príncipe [*] [Marginal: (* Ap. n. 1-8.)] «el aprecio

y respeto que siempre había tenido por su persona, le apellidaba

_héroe mayor que cuantos le habían precedido_; le pintaba la opresión

en que le habían puesto; el abuso que se hacía del corazón recto y

generoso de su padre; le pedía para esposa una princesa de su familia,

rogándole que allanase las dificultades que se ofrecieran; y concluía

con afirmarle que no accedería, antes bien se opondría con invencible

constancia a cualquiera casamiento, siempre que no precediese

el consentimiento y aprobación positiva de S. M. I. y R.» Estas

declaraciones espontáneas en que tan gravemente comprometía el príncipe

a sus amigos y parciales, perjudicáronle en el concepto de algunos; su

edad pasaba de los veintitrés años; y ya entonces mayor firmeza fuera

de desear en quien había de ceñirse las sienes con corona de reinos tan

dilatados. El decreto expedido a favor del Infantado hubiera por sí

solo acarreado en otros tiempos la perdición de todos los comprometidos

en la causa; por nulas se hubieran dado las disculpas alegadas, y el

temor de la próxima muerte de Carlos IV y los recelos de las ambiciosas

miras del valido, antes bien se hubieran tenido como agravantes

indicios que admitídose como descargos de la acusación. Semejantes

precauciones de dudosa interpretación aun entre particulares, en los

palacios son crímenes de estado cuando no llegan a cumplida ejecución

y acabamiento. Con más razón se hubiera dado por tal la carta escrita a

Napoleón; pero esta carta en que un príncipe, un español a escondidas

de su padre y soberano legítimo se dirige a otro extranjero, le pide su

apoyo, la mano de una señora de su familia, y se obliga a no casarse

en tiempo alguno sin su anuencia; esta carta salvó a Fernando y a sus

amigos.

No fue así en la causa de Don Carlos de Viana: aquel príncipe de edad

de cuarenta años, sabio y entendido, amigo de Ausias March, con derecho

inconcuso al reino de Navarra, creyó que no se excedía en dar por sí

los primeros pasos para buscar la unión con una infanta de Castilla.

Bastó tan ligero motivo para que el fiero Don Juan su padre le hiciese

en su segunda prisión un cargo gravísimo por su inconsiderada conducta.

Probó Don Carlos haber antes declarado que no se casaría sin preceder

la aprobación de su padre: ni aun entonces se amansó la orgullosa

altivez de Don Juan, que miraba la independencia y derechos de la

corona atropellados y ultrajados por los tratos de su hijo.

Ahora en la sometida y acobardada corte del Escorial, al oír que el

nombre de Napoleón andaba mezclado en las declaraciones del príncipe,

todos se estremecieron y anhelaron poner término a tamaño compromiso:

imaginándose que Fernando había obrado de acuerdo con el soberano de

Francia, y que había osado con su arrimo meterse en la arriesgada

empresa. El poder inmenso de Napoleón, y las tropas que habiendo

empezado a entrar en España amenazaban de cerca a los que se opusiesen

a sus intentos, arredraron al generalísimo Godoy, y resolvió cortar

el comenzado proceso. Más y más debió confirmarle en su propósito

un pliego que desde París [*] [Marginal: (* Ap. n. 1-9.)] en 11 de

noviembre le escribió Izquierdo. En él insertaba este una conferencia

que había tenido con Champagny, en la cual el ministro francés exigió

de orden del emperador que por _ningún motivo ni razón, y bajo ningún

pretexto se hablase ni se publicase en este negocio cosa que tuviese

alusión al emperador ni a su embajador_. Vacilante todavía el ánimo de

Napoleón sobre el modo de ejecutar sus planes respecto de España, no

quería aparecer a vista de Europa partícipe en los acontecimientos del

Escorial.

Antes de recibir el aviso de Izquierdo, le fue bastante al príncipe

de la Paz saber las nuevas declaraciones del real preso para pasar al

sitio desde Madrid, en donde como amalado había permanecido durante

el tiempo de la prisión. Hacía resolución con su viaje de cortar

una causa, cuyo giro presentaba un nuevo y desagradable semblante:

vio a los reyes, se concertó con ellos, y ofreció arreglar asunto

tan espinoso. Yendo pues al cuarto del príncipe se le presentó como

mediador, y le propuso que aplacase la cólera de sus augustos padres,

pidiéndoles con arrepentimiento contrito el más sumiso perdón: para

alcanzarle indicó como oportuno medio el que escribiese dos cartas

cuyos borradores llevaba consigo. Fernando copió las cartas. Sus

desgracias y el profundo odio que había contra Godoy no dejaron

lugar a penosas reflexiones, y aun la disculpa halló cabida en ánimos

exclusivamente irritados contra el gobierno y manejos del favorito.

Ambas cartas se publicaron con el decreto de 5 de noviembre, y por lo

curioso e importante de aquellos documentos merecen que íntegramente

aquí se inserten. «La voz de la naturaleza [decía el decreto al

consejo] desarma el brazo de la venganza, y cuando la inadvertencia

reclama la piedad, no puede negarse a ello un padre amoroso. Mi hijo

ha declarado ya los autores del plan horrible que le habían hecho

concebir unos malvados: todo lo ha manifestado en forma de derecho, y

todo consta con la escrupulosidad que exige la ley en tales pruebas: su

arrepentimiento y asombro le han dictado las representaciones que me ha

dirigido y siguen:

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5) · 第 4 / 116 题