Tú, noble caballero, tal vez al resplandor de un relámpago; tú, pastor
errante, calcinado por los rayos del sol; tú, en fin, hermosa niña,
cubierta aún con gotas de rocío semejantes á lágrimas, todas habréis
visto en aquel santo lugar una tumba, una tumba humilde. Antes la
componían una piedra tosca y una cruz de palo; la cruz ha
desaparecido, y sólo queda la piedra. En esa tumba, cuya inscripción
es el mote de mi canto, reposa en paz el último barón de Fortcastell,
Teobaldo de Montagut,[1] del cual voy á referiros la peregrina
historia.
[Footnote 1: Teobaldo de Montagut. See p, 140, note I.]
* * * * *
I
Cuando la noble condesa de Montagut estaba en cinta de su primogénito
Teobaldo, tuvo un ensueño misterioso y terrible. Acaso un aviso de
Dios; tal vez una vana fantasía, que el tiempo realizó más adelante.
Soñó que en su seno engendraba una serpiente, una serpiente monstruosa
que, arrojando agudos silbidos, y ora arrastrándose entre la menuda
hierba, ora replegándose sobre sí misma para saltar, huyó de su vista,
escondiéndose al fin entre unas zarzas.
--¡Allí está! ¡allí está! gritaba la condesa en su horrible pesadilla,
señalando á sus servidores la zarza en que se había escondido el
asqueroso reptil.
Cuando sus servidores llegaron presurosos al punto que la noble dama,
inmóvil y presa de un profundo terror, les señalaba aún con el dedo,
una blanca paloma se levantó de entre las breñas y se remontó á las
nubes.
La serpiente había desaparecido.