IV

Tú, noble caballero, tal vez al resplandor de un relámpago; tú, pastor

errante, calcinado por los rayos del sol; tú, en fin, hermosa niña,

cubierta aún con gotas de rocío semejantes á lágrimas, todas habréis

visto en aquel santo lugar una tumba, una tumba humilde. Antes la

componían una piedra tosca y una cruz de palo; la cruz ha

desaparecido, y sólo queda la piedra. En esa tumba, cuya inscripción

es el mote de mi canto, reposa en paz el último barón de Fortcastell,

Teobaldo de Montagut,[1] del cual voy á referiros la peregrina

historia.

[Footnote 1: Teobaldo de Montagut. See p, 140, note I.]

* * * * *

I

Cuando la noble condesa de Montagut estaba en cinta de su primogénito

Teobaldo, tuvo un ensueño misterioso y terrible. Acaso un aviso de

Dios; tal vez una vana fantasía, que el tiempo realizó más adelante.

Soñó que en su seno engendraba una serpiente, una serpiente monstruosa

que, arrojando agudos silbidos, y ora arrastrándose entre la menuda

hierba, ora replegándose sobre sí misma para saltar, huyó de su vista,

escondiéndose al fin entre unas zarzas.

--¡Allí está! ¡allí está! gritaba la condesa en su horrible pesadilla,

señalando á sus servidores la zarza en que se había escondido el

asqueroso reptil.

Cuando sus servidores llegaron presurosos al punto que la noble dama,

inmóvil y presa de un profundo terror, les señalaba aún con el dedo,

una blanca paloma se levantó de entre las breñas y se remontó á las

nubes.

La serpiente había desaparecido.

Legends, Tales and Poems · 第 87 / 145 题