CARTA SEXTA

Queridos amigos: Hará cosa de dos à tres años, tal vez leerían[1]

ustedes en los periódicos de Zaragoza[2] la relación de un crimen que

tuvo lugar en uno de los pueblecillos de estos contornos. Tratábase

del asesinato de una pobre vieja á quien sus convecinos acusaban de

bruja. Últimamente, y por una coincidencia extraña, he tenido ocasión

de conocer los detalles y la historia circunstanciada de un hecho que

se comprende apenas en mitad de un siglo tan despreocupado como el

nuestro.[3]

[Footnote 1: leerían ustedes = 'you may have read.']

[Footnote 2: Zaragoza = 'Saragossa.' A Spanish city of some 99,000

inhabitants, capital of the province of the same name, situated on

the Ebro river at its junction with the Huerva. It is famous for its

two cathedrals, _El Pilar_ and La Seo, and for its obstinate and

heroic resistance at the time of the siege by the French in 1808.]

[Footnote 3: The belief in witchcraft is still prevalent in some

quarters, and as late as 1863 a man was drowned at Hedingham, in

Essex, Eng., for being a wizard, his accusers and persecutors being

village tradesmen. See Brewer, _Dictionary of Miracles_, Phila.,

Lippincott & Co., 1884, p. 345.]

Ya estaba para acabar el día. El cielo, que desde el amanecer se

mantuvo cubierto y nebuloso, comenzaba á obscurecerse á medida que el

sol, que antes transparentaba su luz á través de las nieblas, iba

debilitándose, cuando, con la esperanza de ver su famoso castillo como

término y remate de mi artística expedición, dejé á Litago[1] para

encaminarme á Trasmoz,[2] pueblo del que me separaba una distancia de

tres cuartos de hora por el camino más corto. Como de costumbre, y

exponiéndome, á trueque de examinar á mi gusto los parajes más ásperos

y accidentados, á las fatigas y la incomodidad de perder el camino por

entre aquellas zarzas y peñascales, tomé el más difícil, el más dudoso

y más largo, y lo perdí en efecto, á pesar de las minuciosas

instrucciones de que me pertreché á la salida del lugar.

[Footnote 1: Litago. A small village of some 600 inhabitants,

situated in the province of Saragossa on the northern slope of the

Moncayo (see p. 8, note 1) to the west of the river Huecha, not far

from Alcalá de Moncayo.]

[Footnote 2: Trasmoz. A small village of some 300 inhabitants,

situated in the province of Saragossa near the Moncayo and not far

from the river Huecha. It contains an ancient castle. See p. 13,

note 1.]

Ya enzarzado en lo más espeso y fragoso del monte, llevando del

diestro la caballería por entre sendas casi impracticables, ora por

las cumbres para descubrir la salida del laberinto, ora por las

honduras con la idea de cortar terreno, anduve vagando al azar un buen

espacio de tarde hasta que por último, en el fondo de una cortadura

tropecé con un pastor, el cual abrevaba su ganado en el riachuelo que,

después de deslizarse sobre un cauce de piedras de mil colores, salta

y se retuerce allí con un ruido particular que se oye á gran

distancia, en medio del profundo silencio de la naturaleza que en

aquel punto y á aquella hora parece muda ó dormida.

Pregunté al pastor el camino del pueblo, el cual según mis cuentas no

debía distar mucho del sitio en que nos encontrábamos, pues aunque sin

senda fija, yo había procurado adelantar siempre en la dirección que

me habían indicado. Satisfizo el buen hombre mi pregunta lo mejor que

pudo, y ya me disponía á proseguir mi azarosa jornada, subiendo con

pies y manos y tirando de la caballería como Dios me daba á entender,

por entre unos pedruscos erizados de matorrales y puntas, cuando el

pastor que me veía subir desde lejos, me dió una gran voz

advirtiéndome que no tomara la _senda de la tía Casca_, si quería

llegar sano y salvo á la cumbre. La verdad era que el camino, que

equivocadamente había tornado, se hacía cada vez más áspero y difícil

y que por una parte la sombra que ya arrojaban las altísimas rocas,

que parecían suspendidas sobre mi cabeza, y por otro el ruido

vertiginoso del agua que corría profunda á mis pies, y de la que

comenzaba á elevarse una niebla inquieta y azul, que se extendía por

la cortadura borrando los objetos y los colores, parecían contribuir á

turbar la vista y conmover el ánimo con una sensación de penoso

malestar que vulgarmente podría llamarse preludio de miedo. Volví pies

atrás, bajé de nuevo hasta donde se encontraba el pastor, y mientras

seguíamos juntos por una trocha que se dirigía al pueblo, adonde

también iba á pasar la noche mi improvisado guía, no pude menos de

preguntarle con alguna insistencia, por qué, aparte de las

dificultades que ofrecía el ascenso, era tan peligroso subir á la

cumbre por la senda que llamo de la tía Casca.

--Porque antes de terminar la senda, me dijo con el tono más natural

del mundo, tendríais que costear el precipicio á que cayó la maldita

bruja que le da su nombre, y en el cual se cuenta que anda penando el

alma que, después de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido

para suya.

--¡Hola! exclamé entonces como sorprendido, aunque, á decir verdad, ya

me esperaba una contestación de esta ó parecida clase. Y ¿en qué

diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos

andurriales?

--En acosar y perseguir á los infelices pastores que se arriesgan por

esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si fuese

un lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura, ó

acurrucándose en las quiebras de las rocas que están en el fondo del

precipicio, desde donde llama con su mano amarilla y seca á los que

van por el borde, les clava la mirada de sus ojos de buho, y cuando el

vértigo comienza á desvanecer su cabeza, da un gran salto, se les

agarra á los pies y pugna hasta despeñarlos en la sima.... ¡Ah,

maldita bruja! exclamó después de un momento el pastor tendiendo el

puño crispado hacia las rocas como amenazándola; ¡ah! maldita bruja,

muchas hiciste en vida, y ni aun muerta hemos logrado que nos dejes en

paz; pero, no haya cuidado, que á tí y tu endiablada raza de

hechiceras os hemos de aplastar una á una como á víboras.

--Por lo que veo, insistí, después que hubo concluído su extravagante

imprecación, está usted muy al corriente de las fechorías de esa

mujer. Por ventura, ¿alcanzó usted á conocerla? Porque no me parece de

tanta edad como para haber vivido en el tiempo en que las brujas

andaban todavía por el mundo.

Al oir estas palabras el pastor, que caminaba delante de mí para

mostrarme la senda, se detuvo un poco, y fijando en los míos sus

asombrados ojos, como para conocer si me burlaba, exclamó con un

acento de buena fe pasmosa:--¡Que no le parezco á usted de edad

bastante para haberla conocido! Pues ¿y si yo le dijera que no hace

aún tres años cabales que con estos mismos ojos que se ha de comer la

tierra, la ví caer por lo alto de ese derrumbadero, dejando en cada

uno de los peñascos y de las zarzas un jirón de vestido ó de carne,

hasta que llegó al fondo donde se quedó aplastada como un sapo que se

coge debajo del pie?

--Entonces, respondí asombrado á mi vez de la credulidad de aquel

pobre hombre, daré crédito á lo que usted dice, sin objetar palabra;

aunque á mí se me había figurado, añadí recalcando estas últimas

frases para ver el efecto que le hacían, que todo eso de las brujas y

los hechizos no eran sino antiguas y absurdas patrañas de las aldeas.

--Eso dicen los señores de la ciudad, porque á ellos no les molestan;

y fundados en que todo es puro cuento, echaron á presidio á algunos

infelices que nos hicieron un bien de caridad á la gente del

Somontano,[1] despeñando á esa mala mujer.

[Footnote 1: la gente del Somontano = 'the people of the Slope,'

those living near the foot of the Moncayo mountain.]

--¿Conque no cayó casualmente ella, sino que la hicieron rodar, que

quieras que no? ¡Á ver á ver! Cuénteme usted como pasó eso, porque

debe ser curioso, añadí, mostrando toda la credulidad y el asombro

suficiente, para que el buen hombre no maliciase que sólo quería

distraerme un rato, oyendo sus sandeces; pues es de advertir que hasta

que no me refirió los pormenores del suceso, no hice memoria de que,

en efecto, yo había leído en los periódicos de provincia una cosa

semejante. El pastor, convencido por las muestras de interés con que

me disponía á escuchar su relate, de que yo no era uno de esos señores

_de la ciudad_, dispuesto á tratar de majaderías su historia, levantó

la mano en dirección á uno de los picachos de la cumbre, y comenzó

así, señalándome una de las rocas que se destacaba obscura é imponente

sobre el fondo gris del cielo, que el sol, al ponerse tras las nubes,

teñía de algunos cambiantes rojizos.

--¿Ve usted aquel cabezo alto, alto, que parece cortado á pico, y por

entre cuyas penas crecen las aliagas y los zarzales? Me parece que

sucedió ayer. Yo estaba algunos doscientos pasos camino atrás de donde

nos encontramos en este momento: próximamente sería[1] la misma hora,

cuando creí escuchar unos alaridos distantes, y llantos é

imprecaciones que se entremezclaban con voces varoniles y coléricas

que ya se oían por un lado, ya por otro, como de pastores que

persiguen un lobo por entre los zarzales. El sol, según digo, estaba

al ponerse, y por detrás de la altura se descubría un jirón del cielo,

rojo y encendido como la grana, sobre el que ví aparecer alta, seca y

haraposa, semejante á un esqueleto que se escapa de su fosa, envuelto

aún en los jirones del sudario, una vieja horrible, en la que conocí á

la tía Casca. La tía Casca era famosa en todos estos contornos, y me

bastó distinguir sus greñas blancuzcas que se enredaban alrededor de

su frente como culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado

y sus brazos disformes, que se destacaban angulosos y obscuros sobre

el fondo de fuego del horizonte, para reconocer en ella á la bruja de

Trasmoz. Al llegar ésta al borde del precipicio, se detuvo un instante

sin saber qué partido tomar. Las voces de los que parecían perseguirla

sonaban cada vez más cerca, y de cuando en cuando la veía hacer una

contorsión, encogerse ó dar un brinco para evitar los cantazos que le

arrojaban. Sin duda no traía el bote de sus endiablados untos, porque,

á traerlo, seguro que habría atravesado al vuelo la cortadura, dejando

á sus perseguidores burlados y jadeantes como lebreles que pierden la

pista. ¡Dios no lo quiso así, permitiendo que de una vez pagará todas

sus maldades!... Llegaron los mozos que venían en su seguimiento, y la

cumbre se coronó de gentes, éstos con piedras en las manos, aquellos

con garrotes, los de más allá con cuchillos. Entonces comenzó una cosa

horrible. La vieja, ¡maldita hipocritona! viéndose sin huida, se

arrojó al suelo, se arrastró por la tierra besando los pies de los

unos, abrazándose á las rodillas de los otros, implorando en su ayuda

á la Virgen y á los Santos, cuyos nombres sonaban en su condenada boca

como una blasfemia. Pero los mozos, así hacían caso de sus lamentos

como yo de la lluvia cuando estoy bajo techado.--Yo soy una pobre

vieja que no he hecho daño á nadie: no tengo hijos ni parientes que me

vengan á amparar; ¡perdonadme, tened compasión de mí! aullaba la

bruja; y uno de los mozos, que con la una mano la había asido de las

greñas, mientras tenía en la otra la navaja que procuraba abrir con

los dientes, la contestaba rugiendo de cólera: ¡Ah, bruja de Lucifer,

ya es tarde para lamentaciones, ya te conocemos todos!--¡Tú hiciste

un mal á mi mulo, que desde entonces no quiso probar bocado, y murió

de hambre dejándome en la miseria! decia uno.--¡Tú has hecho mal de

ojo á mi hijo, y lo sacas de la cuna y lo azotas por las noches!

añadia el otro; y cada cual exclamaba por su lado: ¡Tú has echado una

suerte á mi hermana! ¡Tú has ligado á mi novia! ¡Tú has emponzoñado la

hierba! ¡Tú has embrujado al pueblo entero![2]

[Footnote 1: sería = ' it must have been,']

[Footnote 2: Accusations commonly made against those deemed guilty

of witchcraft.]

Yo permanecía inmóvil en el mismo punto en que me había sorprendido

aquel clamoreo infernal, y no acertaba á mover pie ni mano, pendiente

del resultado de aquella lucha.

La voz de la tía Casca, aguda y estridente, dominaba el tumulto de

todas las otras voces que se reunían para acusarla, dándole en el

rostro con sus delitos, y siempre gimiendo, siempre sollozando, seguía

poniendo á Dios y á los santos Patronos del lugar por testigos de su

inocencia.

Por último, viendo perdida toda esperanza, pidió como última merced

que la dejasen un instante implorar del cielo, antes de morir, el

perdón de sus culpas, y de rodillas al borde de la cortadura como

estaba, la vieja inclinó la cabeza, juntó las manos y comenzó á

murmurar entre dientes qué sé yo qué imprecaciones ininteligibles:

palabras que yo no podía oir por la distancia que me separaba de ella,

pero que ni los mismos que estaban á su lado lograron entender; Unos

aseguran que hablaba en latín, otros que en una lengua salvaje y

desconocida, no faltando quien pudo comprender que en efecto rezaba,

aunque diciendo las oraciones al revés, como es costumbre de estas

malas mujeres.

En este punto se detuvo el pastor un momento, tendió á su alrededor

una mirada, y prosiguió así:

--¿Siente usted este profundo silencio que reina en todo el monte, que

no suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire está

inmóvil y pesa sobre los hombros y parece que aplasta? ¿Ve usted esos

jirones de niebla obscura que se deslizan poco á poco á lo largo de la

inmensa pendiente del Moncayo,[1] como si sus cavidades no bastaran á

contenerlos? ¿Los ve usted como se adelantan mudos y con lentitud,

como una legión aérea que se mueve por un impulse invisible? El mismo

silencio de muerte había entonces, el mismo aspecto extraño y temeroso

ofrecía la niebla de la tarde, arremolinada en las lejanas cumbres,

todo el tiempo que duró aquella suspensión angustiosa. Yo lo confieso

con toda franqueza: llegué á tener miedo. ¿Quién sabía si la bruja

aprovechaba aquellos instantes para hacer uno de esos terribles

conjuros que sacan á los muertos de sus sepulturas, estremecen el

fondo de los abismos y traen á la superficie de la tierra, obedientes

á sus imprecaciones, hasta á los más rebeldes espíritus infernales? La

vieja rezaba; rezaba sin parar; los mozos permanecían en tanto

inmóviles cual si estuviesen encadenados por un sortilegio, y las

nieblas obscuras seguían avanzando y envolviendo las peñas, en

derredor de las cuales fingían mil figuras extrañas como de mónstruos

deformes, cocodrilos rojos y negros, bultos colosales de mujeres

envueltas en paños blancos, y listas largas de vapor que, heridas por

la última luz del crepúsculo, semejaban inmensas serpientes de

colores.

[Footnote 1: El Moncayo. A mountain of some 7600 feet in height

situated near the boundaries of the provinces of Soria and

Saragossa, to the west of the town of Borja and to the south of

Tarazona. The panorama presented to the view from its summit is most

extensive. To the south can be seen vaguely the Sierra de

Guadarrama, to the southeast the mountains of Teruel, to the east

the plain of the Ebro, to the north and northeast the Pyrenees and

to the west the summits of the Cantabrian range. The rivers Queiles,

Huecha, and others of less importance have their source in the

Moncayo. It is the ancient Mons _Caunus_, celebrated in history for

the defeat of the Celtiberians in the time of the consul Tiberius

Sempronius Gracchus (governor of Hither Spain from 181 to 178

B.C.).]

Fija la mirada en aquel fantástico ejercito de nubes que parecían

correr al asalto de la peña sobre cuyo pico íba á morir la bruja, yo

estaba esperando por instantes cuando se abrían sus senos para abortar

á la diabólica multitud de espíritus malignos, comenzando una lucha

horrible al borde del derrumbadero, entre los que estaban allí para

hacer justicia en la bruja y los demonios que, en pago de sus muchos

servicios, vinieran á ayudarla en aquel amargo trance.

--Y por fin, exclamé interrumpiendo el animado cuento de mi

interlocutor, é impaciente ya por conocer el desenlace, ¿en qué acabó

todo ello? ¿Mataron á la vieja? Porque yo creo que por muchos conjures

que recitara la bruja y muchas señales que usted viese en las nubes, y

en cuanto le rodeaba, los espíritus malignos se mantendrían[1]

quietecitos cada cual en su águjero; sin mezclarse para nada en las

cosas de la tierra. ¿No fué así?

[Footnote 1: se mantendrían = 'must have remained,' 'probably

remained.']

--Así fué, en efecto. Bien porque en su turbación la bruja no acertara

con la fórmula, ó, lo que yo más creo, por ser viernes, día en que

murió Nuestro Señor Jesucristo, y no haber acabado aún las vísperas,

durante las que los malos no tienen poder alguno, ello es que, viendo

que no concluía nunca con su endiablada monserga, un mozo la dijo que

acabase y levantando en alto el cuchillo, se dispuso á herirla. La

vieja entonces, tan humilde, tan hipocritona, hasta aquel punto, se

puso de pie con un movimiento tan rápido como el de una culebra

enroscada á la que se pisa y despliega[1] sus anillos irguiéndose

llena de cólera.--¡Oh! no; ¡no quiero morir, no quiero morir! decía;

¡dejadme, ú os morderé las manos con que me sujetáis!... Pero aún no

había pronunciado estas palabras, abalanzándose á sus perseguidores,

fuera de sí, con las greñas sueltas, los ojos inyectados en sangre, y

la hedionda boca entreabierta y llena de espuma, cuando la oí arrojar

un alarido espantoso, llevarse por dos ó tres veces las manos al

costado con grande precipitación, mirárselas y volvérselas á mirar

maquinalmente, y por último, dando tres ó cuatro pasos vacilantes como

si estuviese borracha, la ví caer al derrumbadero. Uno de los mozos á

quien la bruja hechizó una hermana, la más hermosa, la más buena del

lugar, la había herido de muerte en el momento en que sintió que le

clavaba en el brazo sus dientes negros y puntiagudos. ¿Pero cree usted

que acabó ahí la cosa? Nada menos que eso: la vieja de Lucifer tenía

siete vidas como los gatos.[2] Cayó por un derrumbadero donde

cualquiera otro á quien se le resbalase un pie no pararía hasta lo más

hondo, y ella, sin embargo, tal vez porque el diablo le quitó el golpe

ó porque los harapos de las sayas la enredaron en los zarzales, quedó

suspendida de uno de los picos que erizan la cortadura, barajándose y

retorciéndose allí como un reptil colgado por la cola, ¡Dios, como

blasfemaba! ¡Qué imprecaciones tan horribles salían de su boca! Se

estremecían las carnes y se ponían de punta los cabellos sólo de

oirla.... Los mozos seguían desde lo alto todas sus grotescas

evoluciones, esperando el instante en que se desgarraría el último

jirón de la saya á que estaba sujeta, y rodaría dando tumbos, de pico

en pico, hasta el fondo del barranco; pero ella con el ansia de la

muerte y sin cesar de proferir, ora horribles blasfemias, ora palabras

santas mezcladas de maldiciones, se enroscaba en derredor de los

matorrales; sus dedos largos, huesosos y sangrientos, se agarraban

como tenazas á las hendiduras de las rocas, de modo que ayudándose de

las rodillas, de los dientes, de los pies y de las manos, quizás

hubiese conseguido subir hasta el horde, si algunos de los que la

contemplaban y que llegaron á temerlo así, no hubiesen levantado en

alto una piedra gruesa, con la que le dieron tal cantazo en el pecho,

que piedra y bruja bajaron á la vez saltando de escalón en escalón por

entre aquellas puntas calcáreas, afiladas como cuchillos, hasta dar,

por último, en ese arroyo que se ve en lo más profundo del valle....

Una vez allí, la bruja permaneció un largo rato inmóvil, con la cara

hundida entre el légamo y el fango del arroyo que corría enrojecido

con la sangre; después, poco á poco, comenzó como á volver en sí y á

agitarse convulsivamente. El agua cenagosa y sangrienta saltaba en

derredor batida por sus manos, que de vez en cuando se levantaban en

el aire crispadas y horribles, no sé si implorando piedad, ó

amenazando aún en las últimas ansias.... Así estuvo algún tiempo

removiéndose y queriendo inútilmente sacar la cabeza fuera de la

corriente buscando un poco de aire, hasta que al fin se desplomó

muerta; muerta del todo, pues los que la habíamos visto caer y

conocíamos de lo que es capaz una hechicera tan astuta como la tía

Casca, no apartamos de ella los ojos hasta que completamente entrada

la noche, la obscuridad nos impidió distinguirla, y en todo este

tiempo no movió pie ni mano; de modo que si la herida y los golpes no

fueron bastantes á acabarla, es seguro que se ahogo en el riachuelo

cuyas aguas tantas veces había embrujado en vida para hacer morir

nuestras reses. ¡Quien en mal anda, en mal acaba! exclamamos después

de mirar una última vez al fondo obscuro del despeñadero; y

santiguándonos santamente y pidiendo á Dios nos ayudase en todas las

ocasiones, como en aquélla, contra el diablo y los suyos, emprendimos

con bastante despacio la vuelta al pueblo, en cuya desvencijada torre

las campanas llamaban á la oración á los vecinos devotos.

[Footnote 1: á la que se pisa y despliega. Loose construction, in

which the relative pronoun object of the first verb is understood as

subject of the second.]

[Footnote 2: The cat is credited in our colloquial English

expression with two more lives.]

Cuando el pastor terminó su relato, llegábamos precisamente á la

cumbre más cercana al pueblo, desde donde se ofreció á mi vista el

castillo obscuro é imponente con su alta torre del homenaje, de la que

sólo queda en pie un lienzo de muro con dos saeteras, que

transparentaban la luz y parecian los ojos de un fantasma. En aquel

castillo, que tiene por cimiento la pizarra negra de que está formado

el monte, y cuyas vetustas murallas, hechas de pedruscos enormes,

parecen obras de titanes, es fama que las brujas de los contornos

tienen sus nocturnes conciliábulos.

La noche habiá cerrado ya, sombriá y nebulosa. La luna se dejaba ver á

intervalos por entre los jirones de las nubes que volaban en derredor

nuestro, rozando casi con la tierra, y las campanas de Trasmoz[1]

dejaban oir lentamente el toque de oraciones, como el final de la

horrible historia que me acababan de referir.

[Footnote 1: Trasmoz. See p. 2, note 2.]

Ahora que estoy en mi celda tranquilo, escribiendo para ustedes la

relación de estas impresiones extrañas, no puedo menos de maravillarme

y dolerme de que las viejas supersticiones tengan todavía tan hondas

raíces entre las gentes de las aldeas, que den lugar á sucesos

semejantes; pero, ¿por qué no he de confesarlo? sonándome aún las

últimas palabras de aquella temerosa relación, teniendo junto á mi á

aquel hombre que tan de buena fe imploraba la protección divina para

llevar á cabo crímenes espantosos, viendo á mis pies el abismo negro y

profundo en donde se revolvía el agua entre las tinieblas, imitando

gemidos y lamentos, y en lontananza el castillo tradicional,[1]

coronado de almenas obscuras, que parecían fantasmas asomadas á los

muros, sentí una impresión angustiosa, mis cabellos se erizaron

involuntariamente, y la razón, dominada por la fantasía, á la que todo

ayudaba, el sitio, la hora y el silencio de la noche, vaciló un punto,

y casi creí que las absurdas consejas de las brujerías y los

maleficios pudieran ser posibles.

[Footnote 1: tradicional = 'legendary.' Legend says that this castle

was built in a night by a magician to satisfy the whim of one of the

early kings. Becquer tells the story of its construction in _Carta

séptima_.]

Legends, Tales and Poems · 第 57 / 145 题