Ésta, Cristina amiga, no solo es ventura, sino venturon llovido.

¡Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca toco quien me

dé un jarro de agua, sin que me cueste mi trabajo primero! Sólo me

encontré el otro dia en la calle á un poeta, que de bonísima voluntad

y con mucha cortesía me dió un soneto de la historia de Píramo y

Tisbe, y me ofreció trescientos en mi alabanza.

CRISTINA.

Mejor fuera que te hubieras encontrado con un ginovés, que te diera

trescientos reales.

BRÍGIDA.

Sí, por cierto, ahí están los ginoveses de manifiesto, y para venirse

á la mano, como halcones al señuelo: andan todos malencónicos y

tristes con el decreto.

CRISTINA.

Mira, Brígida, de esto quiero que estés cierta, que vale mas un

ginovés quebrado, que cuatro poetas enteros: mas ay, el viento corre

en popa, mi platero es este. ¿Y qué quiere mi buen vecino? que á fe

que me ha quitado el manto de los hombros, que ya me le queria cubrir

para buscarle.

_Entra el platero._

PLATERO.

Señora doña Cristina, usted me ha de hacer una merced de hacer

todas sus fuerzas por llevar mañana á mi mujer á la comedia; que me

conviene y me importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien

me siga y me persiga.

CRISTINA.

Eso haré yo de muy buena gana; y aun si el señor vecino quiere mi

casa y cuanto hay en ella, aquí la hallará sola y desembarazada, que

bien sé en qué caen estos negocios.

PLATERO.

No señora, entretener á mi mujer me basta: ¿pero qué queria usted de

mí, que queria ir á buscarme?

CRISTINA.

No mas, sino que me diga el señor vecino ¿qué pesará esta cadena, y

si es fina y de qué quilates?

PLATERO.

Esta cadena he tenido yo en mis manos muchas veces, y sé que pesa

ciento y cincuenta escudos de oro, de á veinte y dos quilates; y que

si usted la compra, y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella.

CRISTINA.

Alguna hechura me ha de costar, pero no mucha.

PLATERO.

Mire cómo la concierta la señora vecina: que yo le haré dar, cuando

se quisiere deshacer de ella, diez ducados de hechura.

CRISTINA.

Menos me ha de costar, si yo puedo; pero mire el vecino no se engañe

en lo que dice de la fineza del oro, y cantidad del peso.

PLATERO.

¡Bueno seria que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos

veces la he tocado eslabon por eslabon, y la he pesado y la conozco

como á mis manos.

BRÍGIDA.

Con esto nos contentamos.

PLATERO.

Y por mas señas, sé que la ha llegado á pesar y á tocar un gentil

hombre cortesano, que se llama tal de Solórzano.

CRISTINA.

Basta, señor vecino: vaya con Dios, que yo haré lo que me deja

mandado, yo la llevaré y entretendré dos horas mas si fuere menester:

que bien sé que no podrá dañar una hora mas de entretenimiento.

PLATERO.

Con usted me entierren, que sabe de todo; y á Dios, señora mia.

(_Éntrase el platero._)

BRÍGIDA.

¿No haríamos con este cortesano Solórzano, que asi se debe de llamar

sin duda, que trajese con el vizcaino para mí alguna ayuda de costa,

aunque fuese de algun borgoñon mas borracho que un zaque?

CRISTINA.

Por decírselo no quedará; pero vésle, aquí vuelve: priesa trae,

diligente anda, sus diez escudos le aguijan y espolean.

_Entra Solórzano._

SOLÓRZANO.

Pues señora doña Cristina, ¿ha hecho usted sus diligencias? ¿Está

acreditada la cadena?

CRISTINA.

¿Cómo es el nombre de usted, por su vida?

SOLÓRZANO.

Don Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa; ¿pero por qué

me lo pregunta usted?

CRISTINA.

Por acabar de echar el sello á su mucha verdad y cortesía. Entretenga

usted un poco á la señora doña Brígida, en tanto que entro por los

diez escudos.

(_Éntrase Cristina._)

BRÍGIDA.

Señor don Solórzano, ¿no tendrá usted por ahí algun mondadientes para

mí? que en verdad no soy para desechar, y que tengo yo tan buenas

entradas y salidas en mi casa, como la señora doña Cristina: que á no

temer que nos oyera alguna, le dijera yo al señor Solórzano mas de

cuatro tachas suyas: que sepa que tiene los pechos como dos alforjas

vacías y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho;

y con todo eso la buscan, solicitan y quieren: que estoy por arañarme

esta cara, mas de rabia, que de envidia, porque no hay quien me dé la

mano, entre tantos que me dan del pie: en fin, la ventura de las feas.

SOLÓRZANO.

No se desespere usted, que si yo vivo, otro gallo cantará en su

gallinero.

_Vuelve á entrar Cristina._

CRISTINA.

Hé aquí, señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará

esta noche como para un príncipe.

SOLÓRZANO.

Pues nuestro burro está á la puerta de la calle, quiero ir por él:

usted me le acaricie aunque sea como quien toma una píldora.

(_Váse Solórzano._)

BRÍGIDA.

Ya le dije, amiga, que trujese quien me regalase á mí, y dijo que sí

haria, andando el tiempo.

CRISTINA.

Andando el tiempo en nosotras, no hay quien nos regale, amiga: los

pocos años traen la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida.

BRÍGIDA.

Tambien le dije como vas muy limpia, muy linda y muy agraciada, y

que toda eras ámbar, almizcle y algalia entre algodones.

CRISTINA.

Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias.

BRÍGIDA.

Mirad quien tiene amartelados: que vale mas la suela de mi botin, que

las arandelas de su cuello: otra vez vuelvo á decir, la ventura de

las feas.

_Entran Quiñones y Solórzano._

QUIÑONES.

Vizcaino manos bésame: usted que mándeme.

SOLÓRZANO.

Dice el señor vizcaino, que besa las manos de usted, y que le mande.

BRÍGIDA.

¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo á lo menos; pero paréceme

muy linda.

CRISTINA.

Yo beso las de mi señor vizcaino, y mas adelante.

QUIÑONES.

Pareces buena, hermosa: tambien noche esta cenamos: cadena quedas:

duermas nunca: básta que dóila.

SOLÓRZANO.

Dice mi compañero que usted le parece buena, y hermosa: que se

apareje la cena: que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta

que una vez la haya dado.

BRÍGIDA.

¿Hay tal Alejandro en el mundo? Venturon, venturon, y cien mil veces

venturon.

SOLÓRZANO.

Si hay algun poco de conserva, y algun traguito del devoto para el

señor vizcaino, yo sé que nos valdrá por uno ciento.

CRISTINA.

Y cómo si lo hay; y yo entraré por ello, y se lo daré mejor que al

Preste Juan de las Indias.

(_Éntrase Cristina._)

QUIÑONES.

Dama que quedaste, tan buena como entraste.

BRÍGIDA.

¿Qué ha dicho, señor Solórzano?

SOLÓRZANO.

Que la dama que se queda, que es usted, es tan buena como la que se

ha entrado.

BRÍGIDA.

Y como que está en lo cierto el señor vizcaino: á fe que en este

parecer que no es nada burro.

QUIÑONES.

Burro el diablo: vizcaino ingenio quereis cuando tenerlo.

BRÍGIDA.

Ya le entiendo, que dice: que el diablo es el burro; y que los

vizcainos cuando quieren tener ingenio le tienen.

SOLÓRZANO.

Asi es sin faltar un punto.

_Vuelve á salir Cristina con un criado ó criada, que traen una

caja de conserva, una garrafa con vino, su cuchillo y servilleta._

CRISTINA.

Bien puede comer el señor vizcaino, y sin asco: que todo cuanto hay

en esta casa es la quinta esencia de la limpieza.

QUIÑONES.

Dulce conmigo, vino y agua llamas bueno: santo le muestras, esta le

bebo y otra tambien.

BRÍGIDA.

¡Ay Dios! ¡y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le

entiendo!

SOLÓRZANO.

Dice que con lo dulce tambien bebe vino como agua; y que este vino es

de San Martin, y que beberá otra vez.

CRISTINA.

Y aun otras ciento, su boca puede ser medida.

SOLÓRZANO.

No le den mas, que le hace mal, y ya se le va echando de ver: que le

he dicho yo al señor Azcaray que no beba vino en ningun modo, y no

aprovecha.

QUIÑONES.

Vamos, que vino que subes y bajas, lengua es grillos, y corma es

pies: tarde vuelvo, señora, Dios que te guárdate.

SOLÓRZANO.

Miren lo que dice, y verán si tengo yo razon.

CRISTINA.

¿Qué es lo que ha dicho, señor Solórzano?

SOLÓRZANO.

Que el vino es grillo de su lengua, y corma de sus pies: que vendrá

esta tarde, y que ustedes se queden con Dios.

BRÍGIDA.

¡Ay pecadora de mí, y como que se le turban los ojos y se trastraba

la lengua! ¡Jesus, que ya va dando traspies! pues monta que ha bebido

mucho: la mayor lástima es esta que he visto en mi vida: miren qué

mocedad y qué borrachera.

SOLÓRZANO.

Ya venia él refrendado de casa. Usted, señora Cristina, haga aderezar

la cena: que yo le quiero llevar á dormir el vino, y seremos temprano

esta tarde.

(_Éntranse el vizcaino y Solórzano._)

CRISTINA.

Todo estará como de molde: vayan ustedes en hora buena.

BRÍGIDA.

Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos

filos[33] al deseo: ¡ay qué linda, qué nueva, qué reluciente, y

qué barata! Digo Cristina, que sin saber cómo, ni cómo no, llueven

los bienes sobre tí, y se te entra la ventura por las puertas, sin

solicitalla: en efecto, eres venturosa sobre las venturosas; pero

todo lo merecen tu desenfado, tu limpieza, y tu magnífico término:

hechizos bastantes á rendir las mas descuidadas y esentas voluntades;

y no como yo, que no soy para dar migas á un gato. Toma tu cadena,

hermana, que estoy para reventar en lágrimas; y no de envidia que á

tí te tenga, sino de lástima que me tengo á mí.

_Vuelve á entrar Solórzano._

SOLÓRZANO.

La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo.

BRÍGIDA.

¡Jesus, desgracia! ¿y qué es, señor Solórzano?

SOLÓRZANO.

Á la vuelta de esta calle, yendo á la casa, encontramos con un criado

del padre de nuestro vizcaino, el cual trae cartas y nuevas de que su

padre queda á punto de espirar, y le manda que al momento se parta,

si quiere hallarle vivo. Trae dinero para la partida, que sin duda ha

de ser luego: yo le he tomado diez escudos para usted, y vélos aquí,

con los diez que usted me dió denantes; y vuélvaseme la cadena: que

si el padre vive, el hijo volverá á darla, ó yo no seré don Esteban

de Solórzano.

CRISTINA.

En verdad que á mí me pesa; y no por mi interés, sino por la

desgracia del mancebo, que ya le habia tomado aficion.

BRÍGIDA.

Buenos son diez escudos, ganados tan holgando: tómalos amiga, y

vuelve la cadena al señor Solórzano.

CRISTINA.

Véla aquí, y venga el dinero: que en verdad que pensaba gastar mas de

treinta en la cena.

SOLÓRZANO.

Señora Cristina, al perro viejo nunca tus tus: estas tretas con los

de las galleruzas[34], y con este hueso á otro perro.

CRISTINA.

¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano?

SOLÓRZANO.

Para que entienda usted que la codicia rompe el saco: ¿tan presto se

desconfió de mi palabra, que quiso usted curarse en salud, y salir al

lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? Señora Cristina, señora

Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo ello, y su dueño. Venga

mi cadena verdadera, y tómese usted su falsa: que no ha de haber

conmigo trasformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Ó hi de

puta, y qué bien que la amoldaron, y qué presto!

CRISTINA.

¿Qué dice usted, señor mio, que no lo entiendo?

SOLÓRZANO.

Digo que no es esta la cadena que yo dejé á usted, aunque le parece:

que esta es de alquimia, y la otra es de oro de á veinte y dos

quilates.

BRÍGIDA.

En mi ánima, que asi lo dijo el vecino, que es platero.

CRISTINA.

Aun el diablo seria eso.

SOLÓRZANO.

El diablo ó la diabla: mi cadena venga y dejémonos de voces; y

escúsense juramentos y maldiciones.

CRISTINA.

El diablo me lleve, lo cual querria que no me llevase, sino es esa

la cadena que usted me dejó, y que no he tenido otra en mis manos:

justicia de Dios, si tal testimonio se me levantase.

SOLÓRZANO.

Que no hay para qué dar gritos; y mas estando ahí el señor

corregidor, que guarda su derecho á cada uno.

CRISTINA.

Si á las manos del corregidor llega este negocio, yo me doy por

condenada: que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mi

verdad por mentira, y mi virtud por vicio. Señor mio, si yo he tenido

otra cadena en mis manos, sino aquesta, de cáncer las vea yo comidas.

_Entra un alguacil._

ALGUACIL.

¿Qué voces son estas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?

SOLÓRZANO.

Usted, señor alguacil, ha venido aquí como de molde: á esta señora

del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez

ducados, para cierto efecto: vuelvo agora á desempeñarla, y en lugar

de una que le dí, que pesaba ciento y cincuenta ducados de oro de

veinte y dos quilates, me vuelve esta de alquimia, que no vale dos

ducados; y quiere poner mi justicia á la venta de la zarza, á voces

y á gritos, sabiendo que será testigo de esta verdad esta misma

señora, ante quien ha pasado todo.

BRÍGIDA.

Y cómo si ha pasado, y aun repasado; y en Dios y en mi ánima, que

estoy por decir que este señor tiene razon; aunque no puedo imaginar

dónde se puede haber hecho el trueco, porque la cadena no ha salido

de aquesta sala.

SOLÓRZANO.

La merced que el señor alguacil me ha de hacer, es llevar á la señora

al corregidor, que allá nos averiguaremos.

CRISTINA.

Otra vez torno á decir, que si ante el corregidor me lleva, me doy

por condenada.

BRÍGIDA.

Sí, porque no está bien con sus huesos.

CRISTINA.

De esta vez me ahorco, de esta vez me desespero, de esta vez me

chupan brujas.

SOLÓRZANO.

Ahora bien, yo quiero hacer una cosa por usted, señora Cristina,

siquiera porque no la chupen brujas, ó por lo menos se ahorque: esta

cadena se parece mucho á la fina del vizcaino: él es mentecato y

algo borrachuelo: yo se la quiero llevar, y darle á entender que es

la suya; y usted contente aquí al señor alguacil, y gaste la cena de

esta noche; y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha.

CRISTINA.

Págueselo á usted todo el cielo: al señor alguacil daré media docena

de escudos; y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpétua

del señor Solórzano.

BRÍGIDA.

Y yo me haré rajas bailando en la fiesta.

ALGUACIL.

Usted ha hecho como liberal y buen caballero, cuyo oficio ha de

servir á las mujeres.

SOLÓRZANO.

Vengan los diez escudos que dí demasiados.

CRISTINA.

Hélos aquí: y mas los seis para el señor alguacil.

_Entran dos Músicos y Quiñones el vizcaino._

MÚSICOS.

Todo lo hemos oido y acá estamos.

QUIÑONES.

Ahora sí que puedo decir á mi señora Cristina: mamóla una y cien mil

veces.

BRÍGIDA.

¿Han visto qué claro que habla el vizcaino?

QUIÑONES.

Nunca hablo yo turbio, sino es cuando quiero.

CRISTINA.

Que me maten si no me la han dado á tragar estos bellacos.

QUIÑONES.

Señores músicos, el romance que les dí y que saben, ¿para qué se hizo?

MÚSICOS.

La mujer mas avisada,

Ó sabe poco ó no nada.

La mujer que mas presume

De cortar como navaja

Los vocablos repulgados,

Entre las godeñas pláticas:

La que sabe de memoria

Á Lofraso y á Diana,

Y al caballero de Febo,

Con Olivante de Laura:

La que seis veces al mes

Al gran Don Quijote pasa,

Aunque mas sepa de aquesto,

Ó sabe poco ó no nada.

La que se fia en su ingenio,

Lleno de fingidas trazas,

Fundadas en interés

Y en voluntades tiranas:

La que no sabe guardarse,

Cual dicen, del agua mansa,

Y se arroja á las corrientes,

Que ligeramente pasan:

La que piensa que ella sola

Es el colmo de la nata,

En esto del trato alegre,

Ó sabe poco ó no nada.

CRISTINA.

Ahora bien, yo quedo burlada, y con todo esto convido á ustedes para

esta noche.

QUIÑONES.

Aceptamos el convite; y todo saldrá en la colada.

FIN DE ESTE ENTREMES.

[Ilustración]

ENTREMES

_DE LA GUARDA CUIDADOSA_.

_Sale un Soldado á lo pícaro, con una muy mala banda y un antojo,

y detrás de él un mal Sacristan._

SOLDADO.

¿Qué me quieres, sombra vana?

SACRISTAN.

No soy sombra vana, sino cuerpo macizo.

SOLDADO.

Pues con todo eso, por la fuerza de mi desgracia te conjuro, que me

digas ¿quién eres, y qué es lo que buscas por esta calle?

SACRISTAN.

Á eso te respondo, por la fuerza de mi dicha: que soy Lorenzo

Pasillas, sota-sacristan de esta parroquia, y busco en esta calle lo

que hallo, y tú buscas y no hallas.

SOLDADO.

¿Buscas por ventura á Cristinica, la fregona de esta casa?

SACRISTAN.

_Tu dixisti._

SOLDADO.

Pues ven acá, sota-sacristan de Satanás.

SACRISTAN.

Pues voy allá, caballo de Ginebra.

SOLDADO.

Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven

acá, digo otra vez, ¿y tú sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con

un chuzo, que Cristinica es prenda mia?

SACRISTAN.

¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada,

que está por sus cabales y por mia?

SOLDADO.

Vive Dios, que te dé mil cuchilladas, y que te haga la cabeza pedazos.

SACRISTAN.

Con las que le cuelgan de esas calzas, y con los de ese vestido, se

podrá entretener, sin que se meta con los de mi cabeza.

SOLDADO.

¿Has hablado alguna vez á Cristina?

SACRISTAN.

Cuando quiero.

SOLDADO.

¿Qué dádivas le has hecho?

SACRISTAN.

Muchas.

SOLDADO.

¿Cuántas y cuáles?

SACRISTAN.

Díle una de estas cajas de carne de membrillo, muy grande, llena de

cercenaduras de hostias blancas, como la misma nieve; y de añadidura

cuatro cabos de velas de cera, asimismo blancas como un armiño.

SOLDADO.

¿Qué mas le has dado?

SACRISTAN.

En un billete envueltos cien mil deseos de servirla.

SOLDADO.

¿Y ella cómo te ha correspondido?

SACRISTAN.

Con darme esperanzas propincuas de que ha de ser mi esposa.

SOLDADO.

¿Luego no eres de epístola?

SACRISTAN.

Ni aun de completas: motilon soy, y puedo casarme cada y cuando me

viniere en voluntad, y presto lo veredes.

SOLDADO.

Ven acá, motilon arrastrado, respóndeme á esto que preguntar te

quiero: si esta mochacha ha correspondido tan altamente, lo cual

yo no creo, á la miseria de tus dádivas, ¿cómo corresponderá á la

grandeza de las mias? Que el otro dia le envié un billete amoroso,

escrito, por lo menos, en un revés de un memorial que dí á su

Magestad, significándole mis servicios y mis necesidades presentes:

que no cae en mengua el soldado que dice que es pobre: el cual

memorial salió decretado y remitido al limosnero mayor; y sin atender

á que sin duda alguna me podia valer cuatro ó seis reales, con

liberalidad increible, y con desenfado notable, escribí en el revés

de él, como he dicho, mi billete; y sé que de mis manos pecadoras

llegó á las suyas casi santas.

SACRISTAN.

¿Hásle enviado otra cosa?

SOLDADO.

Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayos, con toda la

caterva de las demostraciones necesarias, que para descubrir su

pasión los buenos enamorados usan, y deben usar en todo tiempo y

sazon.

SACRISTAN.

¿Hásle dado alguna música concertada?

SOLDADO.

La de mis lamentos y congojas, las de mis ansias y pesadumbres.

SACRISTAN.

Pues á mí me ha acontecido dársela con mis campanas á cada paso, y

tanto, que tengo enfadada á toda la vecindad con el continuo ruido

que con ellas hago, solo por darle contento y porque sepa que estoy

en la torre, ofreciéndome á su servicio; y aunque haya de tocar á

muerto, repico á vísperas solenes.

SOLDADO.

En eso me llevas ventaja; porque no tengo que tocar, ni cosa que lo

valga.

SACRISTAN.

¿Y de qué manera ha correspondido Cristina á la infinidad de tantos

servicios como le has hecho?

SOLDADO.

Con no verme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por

la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona, y el agua

de fregar cuando friega; y esto es cada dia, porque todos los dias

estoy en esta calle y á su puerta; porque soy su guarda cuidadosa,

soy en fin, el perro del hortelano, etc. Yo no la gozo, ni ha de

gozarla ninguno mientras yo viviere: por eso váyase de aquí el señor

sota-sacristan, que por haber tenido y tener respeto á las órdenes

que tiene, no le tengo ya rompidos los cascos.

SACRISTAN.

Á rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos estuvieran.

SOLDADO.

El hábito no hace al monje; y tanta honra tiene un soldado roto por

causa de la guerra, como la tiene un colegial con el manto hecho

añicos; porque en él se muestra la antigüedad de sus estudios; y

váyase, que haré lo que dicho tengo.

SACRISTAN.

¿Es porque me ve sin armas? Pues espérese aquí, señor guarda

cuidadosa, y verá quién es Callejas.

SOLDADO.

¿Qué puede ser un Pasillas?

SACRISTAN.

Agora lo veredes, dijo Agrages.

(_Éntrase el Sacristan._)

SOLDADO.

¡Ó mujeres, mujeres, todas ó las mas, mudables y antojadizas! ¿Dejas,

Cristina, á esta flor, á este jardin de la soldadesca, y acomódaste

con el muladar de un sota-sacristan, pudiendo acomodarte con un

sacristan entero, y aun con un canónigo? Pero yo procuraré que te

entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto, con ojear de esta

calle y de tu puerta los que imaginare que por alguna via pueden ser

tus amantes; y asi vendré á alcanzar nombre de la guarda cuidadosa.

_Entra un Mozo con su caja y ropa verde, como estos que piden

limosna para alguna imágen._

MOZO.

Den por Dios, para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía, que

les guarde la vista de los ojos. ¡Ah de casa! ¿dan la limosna?

SOLDADO.

Hola, amigo Santa Lucía, venid acá: ¿qué es lo que quereis en esta

casa?

MOZO.

¿Ya vuesa merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de la

señora Santa Lucía.

SOLDADO.

¿Pedís para la lámpara, ó para el aceite de la lámpara? que como

decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es

del aceite, no el aceite de la lámpara.

MOZO.

Ya todos entienden que pido para el aceite de la lámpara, y no para

la lámpara del aceite.

SOLDADO.

¿Y suelen os dar limosna en esta casa?

MOZO.

Cada dia dos maravedís.

SOLDADO.

¿Y quién sale á dároslos?

MOZO.

Quien se halla mas á mano; aunque las mas veces sale una fregoncita,

que se llama Cristina, bonita como un oro.

SOLDADO.

Asi que ¿es la fregoncita bonita como un oro?

MOZO.

Y como unas perlas.

SOLDADO.

¿De modo que no os parece mal á vos la muchacha?

MOZO.

Pues aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecerme mal.

SOLDADO.

¿Cómo os llamais? que no querria volveros á llamar Santa Lucía.

MOZO.

Yo, señor, Andrés me llamo.

SOLDADO.

Pues señor Andrés, esté en lo que quiero decirle: tome este cuarto de

á ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro dias de la limosna que

le dan en esta casa, y suele recibir por mano de Cristina; y váyase

con Dios; y séale aviso que por cuatro dias no vuelva á llegar á esta

puerta, ni por lumbre, que le romperé las costillas á coces.

MOZO.

Ni aun volveré en este mes si es que me acuerdo: no tome vuesa merced

pesadumbre, que ya me voy.

(_Váse._)

SOLDADO.

No sino dormios, guarda cuidadosa.

_Entra otro mozo vendiendo y pregonando tranzaderas, holanda de

Cambray, randas de Flandes, é hilo portugués._

UNO.

¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, Holanda, Cambray, hilo

portugués?

_Cristina á la ventana._

CRISTINA.

Hola, Manuel: ¿traeis vivos para unas camisas?

UNO.

Sí traigo, y muy buenos.

CRISTINA.

Pues entra, que mi señora los ha menester.

SOLDADO.

¡Ó estrella de mi perdicion, antes que norte de mi esperanza!

Tranzaderas, ó como os llamais, ¿conoceis aquella doncella que os

llamó desde la ventana?

UNO.

Sí conozco, ¿pero por qué me lo pregunta vuesa merced?

SOLDADO.

¿No tiene muy buen rostro, y muy buena gracia?

UNO.

Á mí asi me lo parece.

SOLDADO.

Pues tambien me parece á mí que no entre dentro de esa casa, si no,

por Dios juro de molelle los huesos, sin dejarle ninguno sano.

UNO.

¿Pues no puedo yo entrar á donde me llaman, para comprar mi

mercadería?

SOLDADO.

Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y luego.

UNO.

¡Terrible caso! pasito, señor soldado, que ya me voy.

(_Váse Manuel._)

_Cristina á la ventana._

CRISTINA.

¿No entras, Manuel?

SOLDADO.

Ya se fué Manuel, señora la de los vivos, y aun señora la de los

muertos, porque á muertos y á vivos tienes debajo de tu mando y

señorío.

CRISTINA.

¡Jesus, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta

puerta?

(_Éntrase Cristina._)

SOLDADO.

Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.

_Entra un Zapatero con unas chinelas pequeñas nuevas en la mano;

y yendo á entrar en casa de Cristina, detiénele el soldado._

SOLDADO.

¿Señor bueno, busca usted algo en esta casa?

ZAPATERO.

Sí busco.

SOLDADO.

¿Y á quién, si fuere posible saberlo?

ZAPATERO.

¿Por qué no? Busco á una fregona, que está en esta casa, para darle

estas chinelas que me mandó hacer.

SOLDADO.

¿De manera que usted es su zapatero?

ZAPATERO.

Muchas veces la he calzado.

SOLDADO.

¿Y hále de calzar ahora estas chinelas?

ZAPATERO.

No será menester: si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele

traer, sí calzára.

SOLDADO.

¿Y éstas están pagadas, ó no?

ZAPATERO.

No están pagadas, que ella me las ha de pagar agora.

SOLDADO.

¿No me haria usted una merced, que seria para mí muy grande? y es,

que me fiase estas chinelas, dándole yo prendas que lo valiesen,

hasta desde aquí á dos dias, que espero tener dineros en abundancia.

ZAPATERO.

Sí haré, por cierto: venga la prenda, que como soy pobre oficial, no

puedo fiar á nadie.

SOLDADO.

Yo le daré á usted un mondadientes, que le estimo en mucho, y no le

dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene usted la tienda, para que vaya á

quitarle?

ZAPATERO.

En la calle mayor, en un poste de aquellos, y llámome Juan Juncos.

SOLDADO.

Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es este, y estímele usted

mucho, porque es mio.

ZAPATERO.

Los entremeses · 第 2 / 8 段