VADEMECUM.

Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed

Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was

produced from images generously made available by The

Internet Archive)

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía

de mayor frecuencia.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

* La presentación de las acotaciones escénicas ha sido normalizada.

* Se han añadido los nombres de los personajes cuando están

omitidos.

* Se ha añadido un Índice, del que carece el original impreso.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas, ubicándolas al

final del libro.

ENTREMESES.

GASPAR Y ROIG EDITORES.

LOS

ENTREMESES

DE

_MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA_.

ILUSTRADOS CON PRECIOSAS VIÑETAS.

[Ilustración]

_MADRID:_

IMPRENTA DE GASPAR Y ROIG,

PRÍNCIPE, 4.

1868.

PRÓLOGO.

Entre las diversas obras que debemos al príncipe de los ingenios

españoles, ninguna mas desconocida ni mas digna de conocerse que la

preciosa coleccion de _Entremeses_ que ofrecemos al público en la

presente esmerada edicion manual, con objeto de que logren la misma

popularidad que ha alcanzado el resto de sus obras. En éstas verán

los lectores como la prodigiosa versatilidad del genio de Cervantes,

le adaptaba para concebir y desarrollar los argumentos mas grandiosos

y los mas sencillos, y si hemos de decir lo que sentimos, nos

atreveriamos á asegurar que fuera del Quijote, en los _Entremeses_

es donde Cervantes aparece mas _cervántico_, si es permitido emplear

esta espresion. En estos cuadros _goyescos_, formados á ligeras

pinceladas, parecia estar en su verdadero elemento, y correr sin

estorbo el raudal inagotable de su vena cómica. En todo lo que era

pintura de caracteres exagerados, grotescos y ridículos, Cervantes

no tenia rival, y como éstos sean los verdaderos materiales y

elementos de los _Entremeses_ ó composiciones que hoy conocemos con

el nombre de _Sainetes_, nadie vacilará en reconocerlas y disputarlas

por unas de las mas espontáneas y genuinas muestras del peculiar

talento de Cervantes.

Entre los once entremeses que la coleccion comprende, los hay tales

como _La Cárcel de Sevilla_, _El Vizcaino Fingido_, _El Rufian

Viudo_, que parecen paño de la misma tela de que se cortaron los

aplaudidos cuadros de _Rinconete y Cortadillo_, _La Tia Fingida_

y _El Casamiento Engañoso_. En punto á crítica de preocupaciones

generalizadas en la humana especie, resalta entre todos, y tiene

mas de un punto de contacto con el pensamiento que presidió á la

confeccion de la aventura del Clavileño, el gracioso _entremes_

intitulado: _El Retablo de las Maravillas_. Son dos joyas de

inestimable valor, _El Viejo Celoso_, repeticion con cortas variantes

del argumento de _El Celoso Estremeño_, con la diferencia de acabar

en música y alegría lo que en la novela tiene un fin conmovedor y

trágico; y _La Cueva de Salamanca_, en que insiste asimismo en la

pintura de viejos maridos burlados por esposas jóvenes y casquivanas.

El que lleva por título _El Juez de los Divorcios_, carece de

argumento propiamente dicho, y sin embargo tiene embebido y con la

risa en los labios al lector, merced á esa retahila de narraciones en

que casados mal avenidos sacan á la colada lo que otros mas discretos

suelen lavar en casa.

Como burla y descripcion exacta de alcaldes de monterilla, con

quienes por su desgracia tuvo que habérselas Cervantes en sus muchas

peregrinaciones por los lugares y aldeas de España, es cuadro

inimitable el _entremes_ llamado _La Eleccion de los Alcaldes_.

Quien quiera un modelo de diálogo chispeante y gracioso, seguro que

colmará la medida de su deseo leyendo el de _La Guarda Cuidadosa_,

que con decir que sus actores tienen de soldado y de semi-bachiller

y semi-sacristan, basta para que saliese bien manejado el asunto en

manos de Cervantes. _El Hospital de los Podridos_, se le ahija sin

otra razon que la de parecer bueno, y por suyo pasa mientras nadie

vaya ni venga contra tal decision; pero no se dirá lo mismo de la

imponderable y nunca bastantemente bien alabada pintura de la comezon

de charlar, hecha con todo el desenfado cervantino en el _entremes_

de _Los Habladores_.

En resúmen, todos ellos son dignos de su pluma, y van salpicados de

salsas de modismos, pimienta de frases y salmorejo de locuciones

graciosas, que podrán entrar como de auxilio y refresco en el ya

agotado y seco campo de nuestro lenguaje, falto de aquella frescura

y vigor cómicos que alcanzó en los tiempos de Rueda y de Cervantes.

Aunque fue como el creador de esta clase de composiciones, en

él llegaron al colmo de la perfeccion. Finalmente, compuestos á

principios del siglo XVII, su lectura es hoy dia tan interesante como

si para nosotros se hubieran hecho y sacado de la sociedad que nos

rodea: lo cual prueba, y en esto consiste su mérito principal, que

no hay asunto, por trivial que parezca, que no tome cuerpo y cobre

importancia y elevacion en las manos del verdadero genio, pues él

sabia depositar en el mas sencillo, algo de aquel fondo de interés

universal y humano, que le hará sobrenadar en la corriente de los

siglos. El público juzgará. Por nuestra parte, hemos procurado tomar

por modelo la edicion mas correcta, y al frente de cada uno de ellos,

hemos puesto una viñetita ilustrando respectivamente sus escenas

principales.

[Ilustración]

ENTREMES

_DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS_.

_Sale el Juez y otros dos con él, que son Escribano y Procurador,

y siéntase en una silla. Salen el Vejete y Mariana, su mujer._

MARIANA.

Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la

silla de su audiencia: de esta vez tengo de quedar dentro, ó fuera:

de esta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, como el

gavilan.

VEJETE.

Por amor de Dios, Mariana, que no almodonees[1] tanto tu negocio:

habla paso, por la pasión que Dios pasó: mira que tienes atronada á

toda la vecindad con tus gritos; y pues tienes delante al señor juez,

con menos voces le puedes informar de tu justicia.

JUEZ.

¿Qué pendencia traeis, buena gente?

MARIANA.

Señor, divorcio, divorcio, y mas divorcio, y otras mil veces divorcio.

JUEZ.

¿De quién, ó por qué, señora?

MARIANA.

¿De quién? de este viejo, que está presente.

JUEZ.

¿Por qué?

MARIANA.

Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar continuo atenta

á curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron

á mí mis padres para ser hospitalera, ni enfermera: muy buen dote

llevé al poder de esta espuerta de huesos, que me tiene consumidos

los dias de la vida: cuando entré en su poder me relumbraba la cara

como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa[2] encima.

Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque:

mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que

derramo cada dia, por verme casada con esta anatomía.

JUEZ.

No lloreis, señora: bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os

haré justicia.

MARIANA.

Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y

en las repúblicas bien ordenadas habia de ser limitado el tiempo de

los matrimonios; y de tres en tres años se habian de deshacer, ó

confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de

durar toda la vida, con perpétuo dolor de entrambas partes.

JUEZ.

Si ese arbitrio se pudiera ó debiera poner en práctica, y por

dineros, ya se hubiera hecho; pero especificad mas, señora, las

ocasiones que os mueven á pedir divorcio.

MARIANA.

El invierno de mi marido, y la primavera de mi edad: el quitarme el

sueño, por levantarme á media noche á calentar paños y saquillos de

salvado para ponerle en la ijada, el ponerle ora aquesta, ora aquella

ligadura, que ligado le vea yo á un palo por justicia: el cuidado

que tengo de ponerle de noche alta la cabecera de la cama, jarabes,

lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada á

sufrirle el mal olor de la boca, que le huele mal á tres tiros de

arcabuz.

ESCRIBANO.

Debe de ser de alguna muela podrida.

VEJETE.

No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en

toda ella.

PROCURADOR.

Pues ley hay, que dice, segun he oido decir, que por solo el mal olor

de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la

mujer.

VEJETE.

En verdad, señores, que el mal aliento, que ella dice que tengo,

no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos

procede de mi estómago, que está sanísimo, sino de esa mala intencion

de su pecho. Mal conocen vuestras mercedes á esta señora; pues á fe

que si la conociesen, que la ayunarian, ó la santiguarian. Veintidos

años há que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de

sus insolencias, de sus voces, y de sus fantasías; y ya va para

dos años que cada dia me va dando vaivenes y empujones hacia la

sepultura, á cuyas voces me tiene medio sordo, y á puro reñir sin

juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame á regañadientes, habiendo

de ser suave la mano y la condicion del médico. En resolucion,

señores, yo soy el que muero en su poder; y ella es la que vive en el

mio, porque es señora, con mero, misto imperio[3], de la hacienda que

tengo.

MARIANA.

¿Hacienda vuestra? ¿y qué hacienda teneis vos, que no la hayais

ganado con la que llevastes en mi dote? Y son mios la mitad de los

bienes gananciales, mal que os pese; y de ellos y de la dote, si me

muriese agora, no os dejaria valor de un maravedí, porque veais el

amor que os tengo.

JUEZ.

Decid, señor: ¿cuándo entrastes en poder de vuestra mujer, no

entrastes gallardo, sano, y bien acondicionado?

VEJETE.

Ya he dicho que há veintidos años que entré en su poder, como quien

entra en el de un cómitre calabrés á remar en galeras de por fuerza,

y entré tan sano, que podia decir y hacer, como quien juega á las

pintas[4].

MARIANA.

Cedacico nuevo, tres dias en estaca[5].

JUEZ.

Callad, callad, nora en tal mujer[6] de bien; y andad con Dios, que

yo no hallo causa para descasaros; y pues comísteis las maduras,

gustad de las duras[7]: que no está obligado ningun marido á tener la

velocidad y corrida del tiempo que no pase por su puerta y por sus

dias; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os

dió cuando pudo; y no repliqueis mas palabra.

VEJETE.

Si fuese posible, recibiria gran merced que vuestra merced me la

hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque dejándome

asi, habiendo ya llegado á este rompimiento, será de nuevo entregarme

al verdugo que me martirice; y si no hagamos una cosa: enciérrese

ella en un monasterio, y yo en otro: partamos la hacienda; y de esta

suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda

de la vida.

MARIANA.

¡Malos años! Bonica soy yo para estar encerrada: no sino llegaos á la

niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas: encerraos

vos, que lo podreis llevar y sufrir, que ni teneis ojos con que ver,

ni oidos con que oir, ni pies con que andar, ni manos con que tocar:

que yo que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos cabales y

vivos, quiero usar de ellos á la descubierta, y no por brújula, como

quínola dudosa[8].

ESCRIBANO.

Libre es la mujer.

PROCURADOR.

Y prudente el marido; pero no puede mas.

JUEZ.

Pues yo no puedo hacer este divorcio, _quia nullam invenio causam_.

_Entra un Soldado bien aderezado, y su mujer doña Guiomar._

GUIOMAR.

Bendito sea Dios, que se me ha cumplido el deseo que tenia de

verme ante la presencia de vuestra merced, á quien suplico, cuan

encarecidamente puedo, sea servido de descasarme de éste.

JUEZ.

¿Qué cosa es de éste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades

siquiera, de este hombre.

GUIOMAR.

Si él fuera hombre, no procurara yo descasarme.

JUEZ.

¿Pues qué es?

GUIOMAR.

Un leño.

SOLDADO.

Por Dios que he de ser leño en callar y en sufrir; quizá con no

defenderme, ni contradecir á esta mujer, el juez se inclinará á

condenarme; y pensando que me castiga, me sacará de cautiverio, como

si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuan.

PROCURADOR.

Hablad mas comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin

improperios de vuestro marido: que el señor juez de los divorcios,

que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.

GUIOMAR.

¿Pues no quieren vuestras mercedes que llame leño á una estátua, que

no tiene mas acciones que un madero?

MARIANA.

Ésta y yo nos quejamos sin duda de un mismo agravio.

GUIOMAR.

Digo en fin, señor mio, que á mí me casaron con este hombre, ya que

quiere vuestra merced que asi lo llame; pero no es este hombre con

quien yo me casé.

JUEZ.

¿Cómo es eso? que no os entiendo.

GUIOMAR.

Quiero decir, que pensé que me casaba con un hombre moliente y

corriente, y á pocos dias hallé que me habia casado con un leño, como

tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca

medios ni trazas para grangear un real con que ayude á sustentar su

casa y familia. Las mañanas se le pasan en oir misa, y en estarse

en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y

echando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas tambien, se va de

casa en casa de juego, y allí sirve de número[9] á los mirones, que

segun he oido decir, es un género de gente á quien aborrecen en todo

estremo los garitos. Á las dos de la tarde viene á comer, sin que le

hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo: vuélvese

á ir: vuelve á media noche: cena, si lo halla, y si no, santíguase,

bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vueltas.

Pregúntole ¿qué tiene? Respóndeme, que está haciendo un soneto en la

memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como

si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del

mundo.

SOLDADO.

Mi señora doña Guiomar en todo cuanto ha dicho no ha salido de los

límites de la razon; y si yo no la tuviera en lo que hago, como ella

la tiene en lo que dice, ya habia yo de haber procurado algun favor

de palillos de aquí ó de allí, y procurar verme como se ven otros

hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y

sobre una mula de alquiler, pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de

mulas que le acompañe; porque las tales mulas nunca se alquilan, sino

á faltas, y cuando están de nones: sus alforjitas á las ancas, en la

una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso, y su pan y

su bota; sin añadir á los vestidos que trae de rua[10], para hacellos

de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y con una comision

y aun comezon en el seno, sale por esa puente toledana raspa-hilando,

á pesar de las malas mañas de la harona, y á cabo de pocos dias envia

á su casa algun pernil de tocino, y algunas varas de lienzo crudo: en

fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito

de su comision, y con esto sustenta su casa, como el pecador mejor

puede; pero yo, que no tengo oficio, no sé qué hacerme, porque no hay

señor que quiera servirse de mí, porque soy casado: asi que me será

forzoso suplicar á vuestra merced, señor juez, pues ya por pobres

son tan enfadosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y

aparte.

GUIOMAR.

Y hay mas en esto, señor juez: que como yo veo que mi marido es tan

para poco, y que padece necesidad, muérome por remediarle, pero no

puedo; porque en resolucion, soy mujer de bien, y no tengo de hacer

vileza.

SOLDADO.

Por esto solo merecia ser querida esta mujer; pero debajo de este

pundonor tiene encubierta la mas mala condicion de la tierra: pide

zelos sin causa: grita sin por qué: presume sin hacienda; y como

me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico[11]; y es lo

peor, señor juez, que quiere, que á trueco de la fidelidad que me

guarda, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y

desabrimientos que tiene.

GUIOMAR.

¿Pues no? ¿Y por qué no me habeis vos de guardar á mí decoro y

respeto, siendo tan buena como soy?

SOLDADO.

Oid, señora doña Guiomar, aquí delante de estos señores os quiero

decir esto: ¿Por qué me haceis cargo de que sois buena, estando

vos obligada á serlo, por ser de tan buenos padres nacida, por ser

cristiana, y por lo que debeis á vos misma? Bueno es que quieran las

mujeres que las respeten sus maridos, porque son castas y honestas:

como si en solo esto consistiese de todo en todo su perfeccion; y no

echan de ver los desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras

mil virtudes que les faltan. ¿Qué se me da á mí que seais casta con

vos misma, puesto que se me da mucho si os descuidais de que lo sea

vuestra criada, y si andais siempre rostrituerta, enojada, zelosa,

pensativa, manirota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con

otras insolencias de este jaez, que bastan á consumir las vidas de

doscientos maridos? Pero con todo esto, digo, señor juez, que ninguna

cosa de estas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy

el leño, el inhábil, el dejado y el perezoso; y que por ley de buen

gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado á

descasarnos: que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar

contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y

holgaré de ser condenado.

GUIOMAR.

¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de

comer á mí, ni á vuestra criada; y monta que son muchas, sino una, y

aun esa sietemesina, que no come por un grillo.

ESCRIBANO.

Sosiéguense, que vienen nuevos demandantes.

_Entra uno vestido de médico, y es cirujano; y Aldonza de

Minjaca, su mujer._

CIRUJANO.

Por cuatro causas bien bastantes vengo á pedir á vuestra merced,

señor juez, haga divorcio entre mí y la señora doña Aldonza de

Minjaca, mi mujer, que está presente.

JUEZ.

Resoluto venís: decid las cuatro causas.

CIRUJANO.

La primera, porque no la puedo ver mas que á todos los diablos: la

segunda, por lo que ella se sabe: la tercera, por lo que yo me callo:

la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando de esta vida

vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.

PROCURADOR.

Bastantísimamente ha probado su intencion.

ALDONZA.

Señor juez: vuestra merced me oiga; y advierta que si mi marido pide

por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera,

porque cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer: la

segunda, porque fui engañada cuando con él me casé; porque él dijo

que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace

ligaduras y cura otras enfermedades, que va á decir de esto á médico

la mitad del justo precio: la tercera, porque tiene zelos del sol que

me toca: la cuarta, que como no le puedo ver, querria estar apartada

de él dos millones de leguas.

ESCRIBANO.

¿Quién diablos acertará á concertar estos relojes, estando las ruedas

tan desconcertadas?

ALDONZA.

La quinta...

JUEZ.

Señora, señora, si pensais decir aquí todas las cuatrocientas causas,

yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello: vuestro negocio

se recibe á prueba, y andad con Dios, que hay otros negocios que

despachar.

CIRUJANO.

¿Qué mas pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta

de vivir conmigo?

JUEZ.

Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirian

de sus hombros el yugo del matrimonio.

_Entra uno vestido de Ganapan, con su caperuza cuarteada._

GANAPAN.

Señor juez: Ganapan soy, no lo niego; pero cristiano viejo, y

hombre de bien á las derechas; y si no fuese que alguna vez me tomo

del vino, ó él me toma á mí, que es lo mas cierto, ya hubiera sido

prioste en la cofradía de los hermanos de la carga[12]; pero dejando

esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa

el señor juez, que estando una vez muy enfermo de los vaguidos de

Baco, prometí de casarme con una mujer errada[13]: volví en mí,

sané, y cumplí la promesa, y caséme con una mujer, que saqué de

pecado: púsela á ser placera: ha salido tan soberbia, y de tan mala

condicion, que nadie llega á su tabla con quien no riña, ora sobre el

peso falto, ora sobre que le llegan á la fruta; y á dos por tres les

da con una pesa en la cabeza, ó á donde topa, y los deshonra hasta

la cuarta generacion, sin tener hora de paz con todas sus vecinas y

aparceras; y yo tengo de tener todo el dia la espada mas lista que un

sacabuche para defendella; y no ganamos para pagar penas de pesos no

maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querria, si vuesa merced

fuese servido, ó que me apartase de ella, ó por lo menos le mudase la

condicion acelerada que tiene, en otra mas reportada y mas blanda; y

prométole á vuesa merced de descargalle de balde todo el carbon que

comprare este verano, que puedo mucho con los hermanos mercaderes de

la costilla[14].

CIRUJANO.

Ya conozco yo la mujer de este buen hombre; y es tan mala como mi

Aldonza, que no lo puedo mas encarecer.

JUEZ.

Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estais habeis dado

algunas causas, que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo

eso es menester que conste por escrito, y que lo digan testigos;

y asi á todos os recibo á prueba: Pero ¿qué es esto? ¿Música y

guitarras en mi audiencia? Novedad grande es ésta.

_Entran dos músicos._

MÚSICO.

Señor juez: aquellos dos casados tan desavenidos, que vuestra merced

concertó, redujo y apaciguó el otro dia, están esperando á vuestra

merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envian á

suplicar sea servido de hallarse en ella, y honrallos.

JUEZ.

Eso haré yo de muy buena gana; y pluguiese á Dios que todos los

presentes se apaciguasen como ellos.

PROCURADOR.

De esa manera moriríamos de hambre los escribanos y procuradores de

esta audiencia: que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de

divorcios: que al cabo, al cabo, los mas se quedan como se estaban, y

nosotros habemos gozado de el fruto de sus pendencias y necedades.

MÚSICO.

Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijando la fiesta.

(_Cantan los músicos._)

Entre casados de honor,

Cuando hay pleito descubierto,

Mas vale el peor concierto,

Que no el divorcio mejor.

Donde no ciega el engaño

Simple, en que algunos están,

Las riñas de por San Juan

Son paz para todo el año.

Resucita allí el honor,

Y el gusto, que estaba muerto,

Donde vale el peor concierto

Mas que el divorcio mejor.

Aunque la rabia de zelos

Es tan fuerte y rigurosa,

Si los pide una hermosa,

No son zelos, sino cielos.

Tiene esta opinion amor,

Que es el sabio mas esperto,

Que vale el peor concierto

Mas que el divorcio mejor.

FIN DE ESTE ENTREMES.

[Ilustración]

ENTREMES

_DEL RUFIAN VIUDO,

LLAMADO TRAMPAGOS_.

_Sale Trampagos con un capuz de luto, y con él Vademecum, su

criado, con dos espadas de esgrima._

TRAMPAGOS.

¿Vademecum?

VADEMECUM.

Señor.

TRAMPAGOS.

¿Traes las morenas?

VADEMECUM.

Tráigolas.

TRAMPAGOS.

Está bien, muestra y camina,

Y saca aquí la silla de respaldo,

Con los otros asientos de por casa.

VADEMECUM.

¿Qué asientos? ¿hay alguno por ventura?

TRAMPAGOS.

Saca el mortero puerco: el broquel saca,

Y el banco de la cama.

VADEMECUM.

Está impedido.

Fáltale un pie.

TRAMPAGOS.

¿Y es tacha?

VADEMECUM.

Y no pequeña.

(_Éntrase Vademecum._)

TRAMPAGOS.

¡Ah Pericona, Pericona mia,

Y aun de todo el concejo! En fin llegóse

El tuyo: yo quedé, tú te has partido;

Y es lo peor que no imagino á dónde;

Aunque, segun fue el curso de tu vida,

Bien se puede creer piadosamente

Que estás en parte, aun no me determino

De señalarte asiento en la otra vida:

Tendréla yo sin tí como de muerte.

¡Que no me hallara yo á tu cabecera

Cuando diste el espíritu á los aires,

Para que le acogiera entre mis labios,

Y en mi estómago limpio le embasára!

¡Miseria humana, quién de tí confía!

Ayer fui Pericona, hoy tierra fria,

Como dijo un poeta celebérrimo.

_Entra Chiquiznaque, rufian._

CHIQUIZNAQUE.

Mi so[15] Trampagos, ¿es posible sea

Voacé[16] tan enemigo suyo,

Que se entumbe, se encubra y se trasponga

Debajo de esa sombra bayetuna

El sol hampesco?[17] So Trampagos, basta

Tanto gemir, tantos suspiros bastan:

Trueque voacé las lágrimas corrientes

En limosnas y en misas, y oraciones

Por la gran Pericona, que Dios haya,

Que importan mas que llantos y sollozos.

TRAMPAGOS.

Voacé ha garlado[18] como un tologo,

Mi señor Chiquiznaque; pero en tanto

Que encarrilo mis cosas de otro modo,

Tome vuesa merced, y platiquemos

Una levada[19] nueva.

CHIQUIZNAQUE.

So Trampagos,

No es este tiempo de levadas: llueven,

Ó han de llover hoy pésames _ad unia_[20],

¿Y hémonos de ocupar en levadicas?

_Entra Vademecum con la silla muy vieja y rota._

VADEMECUM.

Bueno por vida mia: quien le quita

Á mi señor de líneas, y posturas,

Le quita de los dias de la vida.

TRAMPAGOS.

Vuelve por el mortero y por el banco,

Y el broquel no se olvide, Vademecum.

VADEMECUM.

Y aun trairé el asador, sarten y platos.

(_Vuélvese á entrar._)

TRAMPAGOS.

Despues platicaremos una treta,

Única, á lo que creo y peregrina:

Que el dolor de la muerte de mi ángel,

Las manos ata y el sentido todo.

CHIQUIZNAQUE.

¿De qué edad acabó la mal lograda?

TRAMPAGOS.

Para con sus amigas y vecinas,

Treinta y dos años tuvo.

CHIQUIZNAQUE.

Edad lozana.

TRAMPAGOS.

Si va á decir verdad, ella tenia

Cincuenta y seis; pero de tal manera

Supo encubrir los años, que me admiro.

¡Ó qué teñir de canas! ¡ó qué rizos,

Vueltos de plata en oro los cabellos!

Á seis del mes que viene hará quince años,

Que fue mi tributaria, sin que en ellos

Me pusiese en pendencia, ni en peligro

De verme palmeadas[21] las espaldas.

Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto,

Pasaron por la pobre, desde el dia

Que fue mi cara, agradecida prenda;

En las cuales sin duda susurraron

Á sus oidos treinta y mas sermones,

Y en todos ellos, por respeto mio,

Estuvo firme, cual está á las olas

del mar movible la inmovible roca.

¡Cuántas veces me dijo la pobreta,

Saliendo de los trances rigurosos

De gritos y plegarias y de ruegos,

Sudando y trasudando: plega al cielo,

Trampagos mio, que en descuento vaya

De mis pecados lo que aquí yo paso

Por tí, dulce bien mio!

CHIQUIZNAQUE.

¡Bravo triunfo!

¡Ejemplo raro de inmortal firmeza!

Allá lo habrá hallado.

TRAMPAGOS.

¿Quién lo duda?

Ni aun una sola lágrima vertieron

Jamás sus ojos en las sacras pláticas,

Cual si de esparto ó pedernal su alma

Formada fuera.

CHIQUIZNAQUE.

¡Ó hembra benemérita

De griegas y romanas alabanzas!

¿De qué murió?

TRAMPAGOS.

¿De qué? casi de nada:

Los médicos dijeron que tenia

Malos los hipocondrios, y los hígados;

Y que con agua de taray pudiera

Vivir, si la bebiera setenta años.

CHIQUIZNAQUE.

¿No la bebió?

TRAMPAGOS.

Murióse.

CHIQUIZNAQUE.

Fue una necia:

Bebiérala hasta el dia del juicio,

Que hasta entonces viviera. El yerro estuvo

En no hacerla sudar.

TRAMPAGOS.

Sudó[22] once veces.

_Entra Vademecum con los asientos referidos._

CHIQUIZNAQUE.

¿Y aprovechóle alguna?

TRAMPAGOS.

Casi todas:

Siempre quedaba como un ginjo verde,

Sana como un peruétano, ó manzana.

CHIQUIZNAQUE.

Dícenme que tenia ciertas fuentes

En las piernas y brazos.

TRAMPAGOS.

La sin dicha

Era un Aranjuez[23]: pero con todo

Hoy come en ella la que llaman tierra,

De las mas blancas y hermosas carnes,

Que jamás encerraron sus entrañas;

Y si no fuera porque habrá dos años

Que comenzó á dañársele el aliento,

Era abrazarla, como quien abraza

Un tiesto de albahaca ó clavellinas.

CHIQUIZNAQUE.

Neguijon debió ser, ó corrimiento

El que dañó las perlas de su boca:

Quiero decir, sus dientes y sus muelas.

TRAMPAGOS.

Una mañana amaneció sin ellos.

VADEMECUM.

Asi es verdad; mas fue de eso la causa,

Que anocheció sin ellos: de los finos

Cinco acerté á contarle: de los falsos

Doce disimulaba en la covacha.

TRAMPAGOS.

¿Quién te mete á tí en eso, mentecato?

VADEMECUM.

Acredito verdades.

TRAMPAGOS.

Chiquiznaque,

Ya se me ha reducido á la memoria

La treta de denantes: toma y vuelve

Al ademan primero.

VADEMECUM.

Pongan pausa,

Y quédese la treta en ese punto,

Que acuden moscovitas al reclamo:

La Repulida viene y la Pizpita,

Y la Mostrenca y el jayan Juan Claros.

TRAMPAGOS.

Vengan en hora buena: vengan ellos

En cien mil norabuenas.

_Entra la Repulida, la Pizpita, la Mostrenca, y el rufian Juan

Claros._

JUAN.

En las mismas

Esté mi sor Trampagos.

REPULIDA.

Quiera el cielo

Mudar su escuridad en luz clarísima.

PIZPITA.

Desollado le viesen ya mis lumbres

De aquel pellejo lóbrego y escuro.

MOSTRENCA.

¡Jesus, y qué fantasma noturnina!

Quítenmele delante.

VADEMECUM.

Melindricos.

TRAMPAGOS.

Fuera yo un Polifemo, un antropófago,

Un troglodita, un bárbaro zoilo,

Un caiman, un caribe, un come vivos,

Si de otra suerte me adornára en tiempo

De tamaña desgracia.

JUAN.

Razon tiene.

TRAMPAGOS.

He perdido una mina potosisca,

Un muro de la yedra de mis faltas,

Un árbol de la sombra de mis ansias.

JUAN.

Era la Pericona un pozo de oro.

TRAMPAGOS.

Sentarse á prima noche, y á las horas

Que se echa el golpe[24], hallarse con sesenta

Numos en cuartos, ¿por ventura es barro?

Pues todo esto perdí en la que ya pudre.

REPULIDA.

Confieso mi pecado: siempre tuve

Envidia á su no vista diligencia:

No puedo mas: yo hago lo que puedo,

Pero no lo que quiero.

PIZPITA.

No te penes,

Pues vale mas aquel que Dios ayuda,

Que el que mucho madruga: ya me entiendes.

VADEMECUM.

El refran vino aquí como de molde:

Tal os dé Dios el sueño, mentecatas.

MOSTRENCA.

Nacidas somos: no hizo Dios á nadie,

Á quien desamparase: poco valgo;

Pero en fin, como y ceno, y á mi cuyo[25]

Le traigo mas vestido que un palmito.

Ninguna es fea, como tenga brios:

Feo es el diablo.

VADEMECUM.

Alega la Mostrenca

Muy bien de su derecho; y alegára

Mejor, si se añadiera el ser muchacha,

Y limpia, pues lo es por todo estremo.

CHIQUIZNAQUE.

En el que está Trampagos me da lástima.

TRAMPAGOS.

Vestíme este capuz: mis dos lanternas[26]

Convertí en alquitaras.

VADEMECUM.

¿De aguardiente?

TRAMPAGOS.

¿Pues tanto cuelo yo, hi[27] de malicias?

VADEMECUM.

Á cuatro lavanderas de la puente

Puede dar quince y falta en la colambre:

Miren que ha de llorar sino agua-ardiente.

JUAN.

Yo soy de parecer que el gran Trampagos

Ponga silencio á su continuo llanto,

Y vuelva al _sicut erat in principio_:

Digo á sus olvidadas alegrías,

Y tome prenda, que las suyas quite:

Que es bien que el vivo vaya á la hogaza,

Como el muerto se va á la sepultura.

REPULIDA.

Zonzorino Caton es Chiquiznaque.

PIZPITA.

Pequeña soy, Trampagos, pero grande

Tengo la voluntad para servirte:

No tengo cuyo, y tengo ochenta cobas[28].

REPULIDA.

Yo ciento, y soy dispuesta, y nada lerda.

MOSTRENCA.

Veinte y dos tengo yo, y aun veinte y cuatro,

Y no soy mema.

REPULIDA.

¡Ó mi Jezuz! ¿qué es esto?

¿Contra mí la Pizpita y la Mostrenca?

En tela quieres competir conmigo,

Culebrilla de alambre, ¿y tú, pazguata?

PIZPITA.

Por vida de los huesos de mi abuela,

Doña Mari bobales, monda níspolas,

Que no la estimo en un feluz morisco.

¡Han visto el ángel tonto almidonado,

Como quiere empinarse sobre todas!

MOSTRENCA.

Sobre mí no, á lo menos, que no sufro

Carga que no me ajuste y me convenga.

JUAN.

Adviertan que defiendo á la Pizpita.

CHIQUIZNAQUE.

Consideren que está la Repulida

Debajo de las alas de mi amparo.

VADEMECUM.

Aquí fue Troya: aquí se hacen rajas:

Los de las cachas amarillas salen:

Aquí otra vez fue Troya.

REPULIDA.

Chiquiznaque,

No he menester que nadie me defienda:

Aparta, tomaré yo la venganza,

Rasgando con mis manos pecadoras

La cara de membrillo cuartanario.

JUAN.

Repulida, respeto al gran Juan Claros.

PIZPITA.

Déjala venga: déjala que llegue

Esa cara de masa mal sobada.

_Entra uno muy alborotado._

UNO.

Juan Claros, la justicia, la justicia,

El alguacil de la justicia viene

La calle abajo.

(_Éntrase luego._)

JUAN.

¡Cuerpo de mi padre!

No paro mas aquí.

TRAMPAGOS.

Ténganse todos:

Ninguno se alborote: que es mi amigo

El alguacil: no hay que tenerle miedo.

_Torna á entrar._

UNO.

No viene acá, la calle abajo cuela.

(_Váse._)

CHIQUIZNAQUE.

El alma me temblaba ya en las carnes,

Porque estoy desterrado.

TRAMPAGOS.

Aunque viniera

No nos hiciera mal: yo lo sé cierto;

Que no puede chillar, porque está untado[29].

VADEMECUM.

Cese, pues, la pendencia; y mi sor sea

El que escoja la prenda que le cuadre,

Ó le esquine mejor.

REPULIDA.

Yo soy contenta.

PIZPITA.

Y yo tambien.

MOSTRENCA.

Y yo.

VADEMECUM.

Gracias al cielo,

Que he hallado á tan gran mal, tan gran remedio.

TRAMPAGOS.

Abúrrome y escojo.

MOSTRENCA.

Dios te guie.

Si te aburres, Trampagos, la escogida

Tambien será aburrida.

TRAMPAGOS.

Errado anduve.

Sin aburrirme escojo.

MOSTRENCA.

Dios te guie.

TRAMPAGOS.

Digo que escojo aquí á la Repulida.

JUAN.

Con su pan se la coma, Chiquiznaque.

CHIQUIZNAQUE.

Y aun sin pan, que es sabrosa en cualquier modo.

REPULIDA.

Tuya soy: pónme un clavo y una S[30]

En estas dos mejillas.

PIZPITA.

¡Ó hechicera!

MOSTRENCA.

No es sino venturosa: no la envidies,

Porque no es muy católico Trampagos;

Pues ayer enterró á la Pericona,

Y hoy la tiene olvidada.

REPULIDA.

Muy bien dices.

TRAMPAGOS.

Este capuz arruga, Vademecum;

Y dile al padre, que sobre él te preste

Una docena de reales.

VADEMECUM.

Creo

Que tengo yo catorce.

TRAMPAGOS.

Luego, luego,

Parte, y trae seis azumbres de lo caro[31]:

Alas pon en los pies y en las espaldas.

_Éntrase Vademecum con el capuz, y queda en cuerpo Trampagos._

TRAMPAGOS.

Por Dios que si durára la bayeta,

Que me pudieran enterrar mañana.

REPULIDA.

¡Ay lumbre de estas lumbres, que son tuyas!

Y cuán mejor estás en este trage,

Que en el otro sombrío, y melancólico.

_Entran dos músicos sin guitarras._

MÚSICO 1.º

Tras el olor del jarro nos venimos

Yo y mi compadre.

TRAMPAGOS.

En hora buena sea;

¿Y las guitarras?

MÚSICO 1.º

En la tienda quedan:

Vaya por ellas Vademecum.

MÚSICO 2.º

Vaya:

Mas yo quiero ir por ellas.

MÚSICO 1.º

De camino

(_Éntrase el músico 2.º_)

Diga á mi oislo, que si viene alguno

Al rapio rapis, que me aguarde un poco,

Que no haré sino colar seis tragos,

Y cantar dos tonadas, y partirme:

Que ya el señor Trampagos, segun muestra,

Está para tomar armas de gusto.

_Vuelve Vademecum._

VADEMECUM.

Ya está en el antesala el jarro.

TRAMPAGOS.

Tráile.

VADEMECUM.

No tengo taza.

TRAMPAGOS.

Ni Dios te la depare:

El cuerno de orinar no está estrenado,

Tráele: que te maldiga el cielo santo:

Que eres bastante á deshonrar á un duque.

VADEMECUM.

Sosiéguese, que no ha de faltar copa,

Y aun copas, aunque sean de sombreros.

Á buen seguro que este es churrullero.

_Entra uno como cautivo, con una cadena al hombro, y pónese á

mirar á todos muy atento, y todos á él._

REPULIDA.

¡Jesus! ¿es vision esta? ¿qué es aquesto?

¿No es este Escarramán? él es sin duda:

¡Escarramán del alma! dame, amores,

Esos brazos, coluna de la hampa.

TRAMPAGOS.

¡Ó Escarramán, Escarramán amigo!

¿Cómo es esto? ¿á dicha eres estátua?

Rompe el silencio y habla á tus amigos.

PIZPITA.

¿Qué trage es este, y qué cadena es esta?

¿Eres fantasma á dicha? Yo te toco,

Y eres de carne y hueso.

MOSTRENCA.

Él es, amiga:

No lo puede negar, aunque mas calle.

ESCARRAMÁN.

Yo soy Escarramán; y estén atentos

Al cuento breve de mi larga historia.

(_Vuelve el barbero con dos guitarras, y da la una al compañero._)

Dió la galera al traste en Berbería,

Donde la furia de un juez me puso

Por espalder de la siniestra banda.

Mudé de cautiverio y de ventura:

Quedé en poder de turcos por esclavo;

De allí á dos meses, como al cielo plugo,

Me levanté con una galeota:

Cobré mi libertad, y ya soy mio.

Hice voto y promesa inviolable

De no mudar de ropa ni de carga,

Hasta colgarla de los muros santos

De una devota ermita, que en mi tierra

Llaman de San Millan de la Cogolla;

Y este es el cuento de mi estraña historia,

Digna de atesorarla en la memoria.

La Mendez no estará ya de provecho:

¿Vive?

JUAN.

Y está en Granada á sus anchuras.

CHIQUIZNAQUE.

Allí le duele al pobre todavía.

ESCARRAMÁN.

¿Qué se ha dicho de mí en aqueste mundo,

En tanto que en el otro me han tenido

Mis desgracias y gracia?

MOSTRENCA.

Cien mil cosas:

Ya te han puesto en la horca los farsantes.

PIZPITA.

Los muchachos han hecho pepitoria

De todas tus medulas y tus huesos.

REPULIDA.

Hánte vuelto divino: ¿qué mas quieres?

CHIQUIZNAQUE.

Cántante por las plazas, por las calles:

Báilante en los teatros, y en las casas:

Has dado que hacer á los poetas,

Mas que dió Troya al mantuano Títiro.

JUAN.

Óyente resonar en los establos.

REPULIDA.

Las fregonas te lavan en el rio:

Los mozos de caballos te almohazan.

CHIQUIZNAQUE.

Túndete el tundidor con sus tijeras:

Muy mas que el potro rucio eres famoso.

MOSTRENCA.

Han pasado á las Indias tus palmeos:

En Roma se han sentido tus desgracias,

Y hánte dado botines sine número.

VADEMECUM.

Por Dios que te han molido como alheña:

Y te han desmenuzado como flores:

Y que eres mas sonado y mas mocoso,

Que un relox y que un niño de doctrina.

De tí han dado querella todos cuantos

Bailes pasaron en la edad del gusto,

Con apretada y dura residencia;

Pero llevóse el tuyo la escelencia.

ESCARRAMÁN.

Tenga yo fama y háganme pedazos:

De Éfeso el templo abrasaré por ella.

(_Tocan de improviso los músicos, y comienzan á cantar este romance._)

Ya salió de las gurapas

El valiente Escarramán,

Para asombro de la gura[32]

Y para bien de su mal.

ESCARRAMÁN.

¿Es aquesto brindarme por ventura?

¿Piensan se me ha olvidado el regodeo?

Pues mas ligero vengo que solia,

Si no toquen, y vaya y fuera ropa.

PIZPITA.

¡Ó flor, y fruto de los bailarines,

Y qué bueno has quedado!

VADEMECUM.

Suelto, y limpio.

JUAN.

Él honrará las bodas de Trampagos.

ESCARRAMÁN.

Toquen, verán que soy hecho de azogue.

MÚSICO.

Váyanse todos por lo que cantáre,

Y no será posible que se yerren.

ESCARRAMÁN.

Toquen, que me deshago y que me bullo.

REPULIDA.

Ya me muero por verle en la estacada.

MÚSICO.

Estén alerta todos.

CHIQUIZNAQUE.

Ya lo estamos.

(_Cantan._)

Ya salió de las gurapas

El valiente Escarramán,

Para asombro de la gura,

Y para bien de su mal.

Ya vuelve á mostrar al mundo

Su felice habilidad,

Su ligereza, y su brío,

Y su presencia real.

Pues falta la Coscolina,

Supla agora en su lugar

La Repulida olorosa,

Mas que la flor de azahar;

Y en tanto que se remonda

La Pizpita sin igual,

De la gallarda el paseo

Nos muestre aquí Escarramán.

(_Tocan la gallarda, dánzala Escarramán; y en habiendo hecho una

mudanza prosíguese el romance._)

La Repulida comience

Con su brio á rastrear;

Pues ella fue la primera

Que nos le vino á mostrar.

Escarramán la acompañe,

La Pizpita, otro que tal,

Chiquiznaque y la Mostrenca,

Con Juan Claros el galan.

Vive Dios que va de perlas:

No se puede desear

Mas ligereza ó mas garbo,

Mas certeza ó mas compás.

Á ello, hijos, á ello:

No se pueden alabar

Otras ninfas, ni otros rufos,

Que os puedan igualar.

¡Ó qué desmayar de manos!

¡Ó qué huir, y qué juntar!

¡Ó qué nuevos laberintos!

Donde hay salir, y hay entrar.

Muden el baile á su gusto,

Que yo le sabré tocar

El canario, ó las gambetas,

Ó al villano se lo dan:

Zarabanda, ó zambapalo,

El pésame de ello y mas,

El rey don Alonso el Bueno,

Gloria de la antigüedad.

ESCARRAMÁN.

El canario, si le tocan,

Á solas quiero bailar.

MÚSICO.

Tocaréle yo de plata,

Tú de oro le bailarás.

(_Toca el canario, y baila solo Escarramán; y en habiéndole bailado

diga_):

ESCARRAMÁN.

Vaya el villano á lo burdo,

Con la cebolla y el pan;

Y acompáñenme los tres.

MÚSICO.

Que te bendiga San Juan.

(_Bailan el villano, como bien saben; y acabado el villano, pida

Escarramán el baile que quisiere, y acabado diga Trampagos_):

TRAMPAGOS.

Mis bodas se han celebrado

Mejor que las de Roldan;

Todos digan, como digo:

Viva, viva Escarramán.

TODOS.

Viva, viva.

FIN DE ESTE ENTREMES.

[Ilustración]

ENTREMES

_DEL VIZCAINO FINGIDO_.

_Salen Solórzano y Quiñones._

SOLÓRZANO.

Estas son las bolsas, y á lo que parecen son bien parecidas, y las

cadenas que van dentro, ni mas ni menos: no hay sino que vos acudais

con mi intento, que á pesar de la taimería de esta sevillana, ha de

quedar esta vez burlada.

QUIÑONES.

¿Tanta honra se adquiere, ó tanta habilidad se muestra en engañar á

una mujer, que lo tomais con tanto ahinco, y poneis tanta solicitud

en ello?

SOLÓRZANO.

Cuando las mujeres son como estas, es gusto el burlallas: cuanto mas

que esta burla no ha de pasar de los tejados arriba: quiero decir,

que ni ha de ser con ofensa de Dios, ni con daño de la burlada: que

no son burlas las que redundan en desprecio ageno.

QUIÑONES.

Alto, pues vos lo quereis, sea asi: digo que yo os ayudaré en todo

cuanto me habeis dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo

puedo mas encarecer. ¿Á dónde vais agora?

SOLÓRZANO.

Derecho en casa de la ninfa; y vos no salgais de casa, que yo os

llamaré á su tiempo.

QUIÑONES.

Allí estaré clavado esperando.

(_Éntranse los dos._)

_Salen doña Cristina y doña Brígida: Cristina sin manto, y

Brígida con él, toda asustada y turbada._

CRISTINA.

¡Jesus! ¿qué es lo que traes, amiga doña Brígida, que parece que

quieres dar el alma á su Hacedor?

BRÍGIDA.

Doña Cristina amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este

rostro, que me muero, que me fino, que se me arranca el alma; Dios

sea conmigo, confesion á toda priesa.

CRISTINA.

¿Qué es esto? ¡desdichada de mí! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha

sucedido? ¿Has visto alguna mala vision? ¿Hánte dado alguna mala

nueva de que es muerta tu madre, ó de que viene tu marido, ó hánte

robado tus joyas?

BRÍGIDA.

Ni he visto vision alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi

marido, que aun le faltan tres meses para acabar el negocio donde

fué, ni me han robado mis joyas; pero háme sucedido otra cosa peor.

CRISTINA.

Acaba, dímela, doña Brígida mia; que me tienes turbada y suspensa

hasta saberla.

BRÍGIDA.

¡Ay, querida! que tambien te toca á tí parte de este mal suceso.

Límpiame este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor,

mas frio que la nieve: desdichadas de aquellas que andan en la vida

libre, que si quieren tener algun poquito de autoridad, grangeada de

aquí ó de allí, se la desjarretan y se la quitan al mejor tiempo.

CRISTINA.

Acaba por tu vida, amiga, y dime lo que te ha sucedido, y qué es la

desgracia de quien yo tambien tengo de tener parte.

BRÍGIDA.

Y cómo si tendrás parte, y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has

de saber, hermana, que viniendo agora á verte, al pasar por la puerta

de Guadalajara, oí que en medio de infinita justicia y gente, estaba

un pregonero pregonando que quitaban los coches, y que las mujeres

descubriesen los rostros por las calles.

CRISTINA.

¿Y esa es la mala nueva?

BRÍGIDA.

¿Pues para nosotras puede ser peor en el mundo?

CRISTINA.

Yo creo, hermana, que debe de ser alguna reformacion de los coches:

que no es posible que los quiten de todo punto; y será cosa muy

acertada, porque segun he oido decir, andaba muy de caida la

caballería en España; porque se empanaban diez ó doce caballeros

mozos en un coche, y azotaban las calles de noche y de dia, sin

acordárseles que habia caballos y gineta en el mundo; y como les

falte la comodidad de las galeras de la tierra, que son los coches,

volverán al ejercicio de la caballería, con quien sus antepasados se

honraron.

BRÍGIDA.

¡Ay, Cristina de mi alma! que tambien oí decir que aunque dejan

algunos, es con condicion que no se presten, ni que en ellos ande

ninguna... ya me entiendes.

CRISTINA.

Ese mal nos hagan: porque has de saber, hermana, que está en opinion

entre los que siguen la guerra, cuál es la mejor, la caballería ó la

infantería, y háse averiguado que la infantería española lleva la

gala á todas las naciones; y agora podremos las alegres mostrar á pie

nuestra gallardía, nuestro garbo, y nuestra bizarría, y mas yendo

descubiertos los rostros, quitando la ocasion de que ninguno se llame

á engaño, si nos sirviese, pues nos ha visto.

BRÍGIDA.

¡Ay, Cristina! no me digas eso. ¡Qué linda cosa era ir sentada en la

popa de un coche, llenándola de parte á parte, dando rostro á quién

y cómo y cuándo queria! y en Dios y en mi ánima te digo, que cuando

alguna vez me le prestaban, y me veia sentada en él con aquella

autoridad, me desvanecia tanto, que creia bien y verdaderamente que

era mujer principal, y que mas de cuatro señoras de título pudieran

ser mis criadas.

CRISTINA.

¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razon en decir que ha sido bien

en quitar los coches, siquiera por quitarnos á nosotras el pecado

de la vanagloria? Y mas que no era bien que un coche igualase á

las no tales con las tales; pues viendo los ojos estranjeros á una

persona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaria

á perder la cortesía, haciéndosela á ella, como si fuera á una

principal señora: asi que, amiga, no debes congojarte, sino acomoda

tu brio y tu limpieza, y tu manto de soplillo sevillano, y tus nuevos

chapines en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por

esas calles, que yo te aseguro que no falten moscas á tan buena miel,

si quisieres dejar que á tí se lleguen: que engaño en mas va que en

besarla durmiendo.

BRÍGIDA.

Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos

y consejos; y en verdad que los pienso poner en práctica, y pulirme y

repulirme, y dar rostro á pie y pisar el polvico á tan menudico, pues

no tengo quien me corte la cabeza; que este que piensan que es mi

marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo.

CRISTINA.

¡Jesus! ¿tan á la sorda y sin llamar se entra en mi casa, señor? ¿Qué

es lo que usted manda?

_Entra Solórzano._

SOLÓRZANO.

Usted perdone el atrevimiento, que la ocasion hace al ladron: hallé

la puerta abierta y entréme, dándome ánimo al entrarme, venir á

servir á usted y no con palabras, sino con obras; y si es que puedo

hablar delante de esta señora, diré á lo que vengo, y la intencion

que traigo.

CRISTINA.

De la buena presencia de usted no se puede esperar, sino que han de

ser buenas sus palabras, y sus obras. Diga usted lo que quisiere; que

la señora doña Brígida es tan mi amiga, que es otra yo misma.

SOLÓRZANO.

Con ese seguro y con esa licencia hablaré con verdad; y con verdad,

señora, soy un cortesano, á quien usted no conoce.

CRISTINA.

Asi es la verdad.

SOLÓRZANO.

Y há muchos dias que deseo servir á usted, obligado á ello de su

hermosura, buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no

faltan, han sido freno á las obras hasta agora, que la suerte ha

querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mio á un hijo suyo,

vizcaino, muy galan, para que yo le lleve á Salamanca y le ponga de

mi mano en compañía que le honre y le enseñe; porque, para decir

la verdad á usted, él es un poco burro, y tiene algo de mentecato;

y añádesele á esto una tacha, que es lástima decirla, cuanto mas

tenerla, y es que se toma algun tanto, un si es no es, del vino;

pero de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que se

le turba; y cuando está asomado y aun casi todo el cuerpo fuera de

la ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad: da

todo cuanto tiene á quien se lo pide, y á quien no se lo pide; y yo

querria, ya que el diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovecharme

de alguna cosa, y no he hallado mejor medio, que traerle á casa de

usted, porque es muy amigo de damas, y aquí le desollaremos cerrado

como á gato; y para principio traigo aquí á usted una cadena en este

bolsillo, que pesa ciento y veinte escudos de oro, la cual tomará

usted y me dará diez escudos agora, que yo he menester para ciertas

cosillas, y gastará otros veinte en una cena esta noche, que vendrá

acá nuestro burro ó nuestro búfalo, que le llevo yo por el naso, como

dicen; y á dos idas y venidas se quedará usted con toda la cadena,

que yo no quiero mas que los diez escudos de ahora: la cadena es

bonísima, y de muy buen oro, y vale algo de hechura: héla aquí: usted

la tome.

CRISTINA.

Beso á usted las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en

tan provechosa ocasion; pero, si he de decir lo que siento, tanta

liberalidad me tiene algo confusa y algun tanto sospechosa.

SOLÓRZANO.

¿Pues de qué es la sospecha, señora mia?

CRISTINA.

De que podrá ser esta cadena de alquimia: que se suele decir que no

es oro todo lo que reluce.

SOLÓRZANO.

Usted habla discretísimamente, y no en balde tiene usted fama de la

mas discreta dama de la córte; y háme dado mucho gusto el ver cuán

sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazon; pero para

todo hay remedio, sino es para la muerte: usted se cubra su manto,

ó envie, si tiene de quien fiarse y vaya á la platería, y en el

contraste se pese y toque esa cadena, y cuando fuere fina, y de la

bondad que yo he dicho, entonces usted me dará los diez escudos,

harále una regalaria al borrico, y se quedará con ella.

CRISTINA.

Aquí pared y medio tengo yo un platero, mi conocido, que con

facilidad me sacará de duda.

SOLÓRZANO.

Eso es lo que yo quiero y lo que amo y lo que estimo: que las cosas

claras Dios las bendijo.

CRISTINA.

Si es que usted se atreve á fiarme esta cadena, en tanto que me

satisfago, de aquí á un poco podrá venir, que yo tendré los diez

escudos de oro.

SOLÓRZANO.

¡Bueno es eso! fio mi honra de usted; ¿y no le habia de fiar la

cadena? Usted la haga tocar y retocar: que yo me voy y volveré de

aquí á media hora.

CRISTINA.

Y aun antes, si es que mi vecino está en casa.

(_Éntrase Solórzano._)

BRÍGIDA.

Los entremeses · 第 1 / 8 段