XIV

Había cerrado ya la noche cuando Roberto penetró sigilosamente en la

habitación. Yo me sobresalté: sentí de repente que me iba a ver reducida

a esconderme, a huir de él hasta el fin del mundo: «¡Es necesario que no

te encuentre, no te encontrará!»--me gritaba una voz interior.--Mis

mejillas estaban encendidas y me vino un vago temor de que el rubor

traicionara mi emoción a pesar de la obscuridad.

Se acercó a la cama, escuchó un instante la respiración apacible de

Marta y en seguida me dijo en voz baja:

--Ven, Olga. Estás cansada; tomarás algo y después irás a descansar.

Quise protestar, pues temía mucho encontrarme sola con él, pero, para no

despertar a mi hermana que dormía, lo seguí sin decir una palabra.

El comedor era una vasta habitación, blanqueada, con muebles antiguos

que parecían estar de guardia a lo largo de las paredes, semejantes a

negros gigantes agazapados. Bajo la araña había una mesa redonda con dos

cubiertos.

--He hecho comer antes al personal de la granja--dijo Roberto,

volviéndose hacia mí,--pues no he querido darte el disgusto de ver caras

extrañas.

Y, al decir esto, se dejó caer pesadamente en una silla, apoyó la barba

en su mano y fijó la mirada en el salero.

--¡Pero tú no comes!--dijo al cabo de un instante.

Sacudí la cabeza: no habría sido capaz de comer un bocado, aun cuando el

hambre me desgarrara las entrañas. Su presencia me paralizaba por

completo.

Siguió un nuevo silencio.

--¿Cómo la encuentras tú?--preguntó él al fin.

--No sé--dije, violentándome para hablar,--si debo sentir alegría o

inquietud.

--¿Por qué inquietud?--preguntó bruscamente.

Y vi pasar por sus ojos un vago fulgor de angustia.

--Marta se atormenta a sí misma.

Me dirigió de pronto una mirada de inteligencia, una mirada que decía:

«¿Tú también lo sabes ya?» Luego levantó el puño desperezándose y exhaló

un suspiro. Su cabellera enmarañada le caía sobre la frente y en las

extremidades de sus labios las arrugas labradas por la amargura se

acentuaban aún más.

Tuve miedo, miedo de mí misma. ¿Lo que acababa de decir no parecía una

acusación a Marta, no lo invitaba a acusarla?

--Te ama demasiado--repuse, apretando los dientes.

Sabía que iba a hacerle mal y era lo que quería.

Él se sobresaltó y me miró un instante, con una extrañeza sincera,

inclinó repetidas veces la cabeza y dijo:

--Tu reproche es justo; Marta me ama demasiado.

Yo habría querido en seguida pedirle perdón. Verdaderamente no merecía

esa maldad de mi parte. Su alma era pura y transparente como un rayo de

sol: sólo en mi corazón reinaban las tinieblas.

Creí que las lágrimas que me esforzaba en reprimir, iban a ahogarme.

Vi que no podría contenerme por más tiempo, y me levanté bruscamente.

--Buenas noches, Roberto--dije, sin tenderle la mano.--Estoy extenuada,

necesito acostarme; deja, un criado me indicará el camino. ¡Deja, te

digo!

Grité esas últimas palabras como impulsada por el enojo: él se detuvo,

cortado.

El deseo · 第 17 / 29 题