Había cerrado ya la noche cuando Roberto penetró sigilosamente en la
habitación. Yo me sobresalté: sentí de repente que me iba a ver reducida
a esconderme, a huir de él hasta el fin del mundo: «¡Es necesario que no
te encuentre, no te encontrará!»--me gritaba una voz interior.--Mis
mejillas estaban encendidas y me vino un vago temor de que el rubor
traicionara mi emoción a pesar de la obscuridad.
Se acercó a la cama, escuchó un instante la respiración apacible de
Marta y en seguida me dijo en voz baja:
--Ven, Olga. Estás cansada; tomarás algo y después irás a descansar.
Quise protestar, pues temía mucho encontrarme sola con él, pero, para no
despertar a mi hermana que dormía, lo seguí sin decir una palabra.
El comedor era una vasta habitación, blanqueada, con muebles antiguos
que parecían estar de guardia a lo largo de las paredes, semejantes a
negros gigantes agazapados. Bajo la araña había una mesa redonda con dos
cubiertos.
--He hecho comer antes al personal de la granja--dijo Roberto,
volviéndose hacia mí,--pues no he querido darte el disgusto de ver caras
extrañas.
Y, al decir esto, se dejó caer pesadamente en una silla, apoyó la barba
en su mano y fijó la mirada en el salero.
--¡Pero tú no comes!--dijo al cabo de un instante.
Sacudí la cabeza: no habría sido capaz de comer un bocado, aun cuando el
hambre me desgarrara las entrañas. Su presencia me paralizaba por
completo.
Siguió un nuevo silencio.
--¿Cómo la encuentras tú?--preguntó él al fin.
--No sé--dije, violentándome para hablar,--si debo sentir alegría o
inquietud.
--¿Por qué inquietud?--preguntó bruscamente.
Y vi pasar por sus ojos un vago fulgor de angustia.
--Marta se atormenta a sí misma.
Me dirigió de pronto una mirada de inteligencia, una mirada que decía:
«¿Tú también lo sabes ya?» Luego levantó el puño desperezándose y exhaló
un suspiro. Su cabellera enmarañada le caía sobre la frente y en las
extremidades de sus labios las arrugas labradas por la amargura se
acentuaban aún más.
Tuve miedo, miedo de mí misma. ¿Lo que acababa de decir no parecía una
acusación a Marta, no lo invitaba a acusarla?
--Te ama demasiado--repuse, apretando los dientes.
Sabía que iba a hacerle mal y era lo que quería.
Él se sobresaltó y me miró un instante, con una extrañeza sincera,
inclinó repetidas veces la cabeza y dijo:
--Tu reproche es justo; Marta me ama demasiado.
Yo habría querido en seguida pedirle perdón. Verdaderamente no merecía
esa maldad de mi parte. Su alma era pura y transparente como un rayo de
sol: sólo en mi corazón reinaban las tinieblas.
Creí que las lágrimas que me esforzaba en reprimir, iban a ahogarme.
Vi que no podría contenerme por más tiempo, y me levanté bruscamente.
--Buenas noches, Roberto--dije, sin tenderle la mano.--Estoy extenuada,
necesito acostarme; deja, un criado me indicará el camino. ¡Deja, te
digo!
Grité esas últimas palabras como impulsada por el enojo: él se detuvo,
cortado.