Poco faltaba para la puesta de sol cuando bajé de la diligencia; entre
las ruedas, las hojas muertas revoloteaban en pequeñas trombas.
Mi corazón latía con violencia. Miré en torno mío. Creía ver adelantarse
a mi encuentro la gigantesca silueta de Roberto, pero no había allí más
que algunos papanatas que me miraron con los ojos muy abiertos,
extrañados de esa aparición desconocida. Pregunté el camino al conductor
y, contando para lo demás con las descripciones de Marta, me puse sola
en marcha.
En las puertas bajas de las tiendas había grupos de personas que
conversaban. Por delante de mí, algunos paseantes avanzaban
tranquilamente, a pasos lentos. Al acercarme se detuvieron, me miraron
de pies a cabeza como a un animal curioso y, tan pronto como les di la
espalda, oí detrás de mí cuchicheos y risas ahogadas. Me invadió un
calofrío al observar esa curiosidad malevolente de aldea.
Me sentí aliviada cuando vi alzarse frente a mí las torres de la
puerta. Conocía muy bien esa puerta: Marta en sus cartas la llamaba la
_puerta del infierno_, porque tenía que pasar por ella cuando iba a la
ciudad, llamada por su suegra.
Al penetrar bajo la obscura bóveda, vi de improviso el «castillo,» en
medio del arco de la puerta que le formaba como una especie de marco
negro.
Estaba apenas a una distancia de mil pasos. Las blancas paredes de la
casa, que los rayos del sol poniente bañaban con un matiz purpúreo,
surgían de entre un grupo de árboles de onduloso follaje. Los techos
cubiertos de zinc relumbraban; se habría dicho que de ellos caía una
cascada de agua hirviente. Las ventanas parecían lanzar llamaradas, y
por encima de la techumbre se amontonaba una espesa nube, semejante a un
palio formado por un torbellino de humo negro.
Me oprimí el corazón con las manos; creí que sus latidos iban a romperme
el pecho, tan violenta era la impresión que experimentaba ante ese
espectáculo. Durante un segundo tuve el sentimiento extraño de que debía
retroceder, huir a toda prisa, sin tregua ni reposo hasta que me
sintiera protegida por la distancia.
Toda mi inquietud acerca de Marta desaparecía ante esa angustia
misteriosa que me oprimía la garganta hasta ahogarme. Me traté de
cobarde y de insensata, y, reuniendo todas mis fuerzas, entré en el
camino, donde el paso de los coches había dejado pequeños charcos, ya
medio secos, que lucían como espejos. El viento que pasaba por las cimas
de los álamos, hacía oír un sordo murmurio que me acompañó hasta la
puerta de la granja. En el mismo instante en que la pasaba, el último
rayo de sol desapareció detrás de las paredes de la casa y la sombra de
los grandes tilos, que del parque se inclinaban sobre el camino, me
envolvió tan bruscamente, que creí que había llegado la noche.
Viejas paredes en ruinas, cubiertas de celedonia medio marchita, salían
a derecha e izquierda de una confusión de escaramujos y de espinos: eran
los restos del antiguo castillo, sobre cuyos escombros se había
instalado la granja. De todo aquello se exhalaba como un soplo de muerte
y de putrefacción.
Dirigí una mirada medrosa al vasto patio que el crepúsculo comenzaba a
envolver con un velo azulado. Al menor ruido me estremecía, me figuraba
oír que la voz poderosa de Roberto me deseaba la bienvenida. El patio
estaba desierto, era la hora del descanso y en él reinaba un silencio
profundo. Sólo oía, por el lado de las caballerizas, el crujido
particular que se hace al aguzar una guadaña. Un olor de heno recién
cortado llenaba el aire con ese perfume a la vez dulce y acre que le es
peculiar.
Tímida y miedosa, como una intrusa, me deslicé lentamente a lo largo de
la empalizada del jardín hasta la casa, que con sus montantes de
granito, sus torrecillas y sus piñones que el tiempo había cubierto de
un matiz gris, parecía lanzar sobre mí una mirada sombría y
amenazadora. De trecho en trecho la capa de yeso había caído y dejaba
aparecer las piedras negruzcas de las paredes. Se habría creído que el
tiempo, como una larga enfermedad, había cubierto de llagas ese cuerpo
respetable.
La puerta de entrada estaba abierta.
Penetré en un gran vestíbulo obscuro, del que se desprendía un olor de
cal y de moho. Por unas lumbreras de vidrios multicolores y cubiertas de
telarañas, que, abiertas muy junto al cielo raso, parecían nidos
luminosos, entraba a la sala un débil resplandor, apenas suficiente para
permitir que se distinguieran en la obscuridad los grandes armarios que
se alineaban a lo largo de las paredes. Una raya de luz más clara caía
sobre una ancha escalera cuyas gradas gastadas descansaban en pilastras
de piedra. Altas puertas de roble, arqueadas, conducían a diferentes
habitaciones, pero no me atreví a acercarme a ninguna de ellas: se me
figuraban las puertas de una prisión. Allí estaba todavía, con el
corazón oprimido, buscando un camino, cuando la puerta de entrada se
abrió bruscamente y dos grandes molosos, manchados de amarillo, se
precipitaron hacia mí.
Lancé un grito. Los monstruos me saltaron encima, olfatearon mis ropas y
volvieron a salir lanzando furiosos aullidos.
--¿Quién está ahí?--gritó una voz, cuyo timbre grave y poderoso había
creído oír a menudo, en mis desvelos como en mis sueños.
Una sombra apareció en el umbral: era él.
Nubes rojas flotaron delante de mis ojos. Me pareció que mis pies
habían echado raíces en el suelo. Respiraba con dificultad y me apoyé en
el pilar de la escalera.
--¿Quién está ahí? ¡Qué diablos!--gritó otra vez, tratando en vano de
ver en la obscuridad.
Toda mi arrogancia me volvió. Estaba tranquila y altiva cuando me había
despedido de él algunos años antes, quería ser la misma para
presentármele entonces. ¿Acaso necesitaba saber todo lo que yo había
sufrido en el intervalo?
--Olga... en verdad... Olga, eres tú.
El júbilo ahogado que revelaba su voz hizo pasar en mis venas una
sensación de calor y de bienestar. Creí por un instante que iba a
echarme a su cuello y a llorar sobre su hombro para aliviar mi corazón,
pero guardé mi reserva:
--¿No me esperabais?--pregunté, tendiéndole maquinalmente la mano.
--Pues sí, naturalmente, desde hace dos días te esperábamos por
momentos; es decir que comenzábamos a creer...
Había encerrado mi mano en las suyas y trataba de verme la cara. En su
actitud había una mezcla particular de cordialidad y de embarazo:
parecía que trataba en vano de encontrar en mí a su antigua amiga, su
antigua confidente.
--¿Cómo está Marta?--pregunté.
--Ya lo verás--respondió él;--yo en esto nada entiendo. ¡Me parece tan
débil, tan frágil! Me digo que será un milagro si se salva. Pero el
médico pretende que va bien, y lo que es él debe saberlo.
--¿Y el niño?--pregunté en seguida.
Rió con una ligera risa interior que llegó hasta mí en el crepúsculo.
--¡El niño, hum, el niño!...
Y en vez de concluir la frase, dio un puntapié a los molosos que de un
brinco abandonaron la casa.
--Ven--dijo en seguida,--voy a llevarte.
Subimos la escalera, en silencio, sin mirarnos.
«¡Ahora eres una extraña para él!»--me dije.
Y me sentí sobrecogida de angustia, como si acabara de perder una
felicidad acariciada desde mucho tiempo.
--Espera un momento--dijo él indicando con el dedo una de las puertas
más próximas,--voy a decirle una palabra para prepararla; de lo
contrario, podría hacerle daño la alegría.
Un instante después, me encontré sola en un largo corredor obscuro, de
bóveda elevada. Muy al fondo brillaban en llamaradas de un rojo sombrío
los últimos resplandores del día moribundo que arrojaba sobre las
pulidas baldosas un largo surco de luz. Sonidos vagos, que recordaban la
voz de un niño, herían mi oído cuando el viento se colaba bajo la
bóveda.
Un leve grito de gozo llegó hasta mí, a través de la puerta, y me hizo
estremecer. Una oleada de sangre ardiente invadió mi corazón; creí que
iba a ahogarme. En seguida la puerta se abrió y la mano de Roberto me
asió en la obscuridad: me dejé llevar sin tener conciencia de lo que
hacía, y no salí de mi estupor sino en el momento en que caí de
rodillas, sollozando, junto a la cama, y oculté la cara en las
almohadas, mientras una mano húmeda y caliente me acariciaba la cabeza.
Una sensación que ya no conocía desde hacía años, una dulce sensación de
calor, como la que se experimenta en el hogar paterno, penetraba y
embriagaba mis sentidos. No osaba alzar los ojos, de miedo de que se
disipara.
La mano reposaba siempre en mi cabeza como una bendición del Cielo. Un
agradecimiento infinito inundó mi corazón: me apoderé de esa mano que
temblaba en la mía, y posé en ella larga y tiernamente mis labios.
¿Qué haces, hermanita, qué haces?--dijo Marta con su voz cansada,
ligeramente velada.
Me levanté. La vi delante de mí, pálida, con las mejillas huecas, y los
ojos, donde brillaban lágrimas, profundamente hundidos en las órbitas.
Estaba blanca y delicada como un copo de nieve; azules e hinchadas venas
surcaban su enflaquecido cuello, y su frente, de una blancura tan
transparente que parecía que una luz lo iluminara interiormente, estaba
cubierta de gotas de sudor.
Había envejecido y enflaquecido mucho desde que yo no la había visto, y
las crisis por las cuales acababa de pasar, no parecían ser las únicas
en haber ejercido sobre ella su obra destructora; pero había conservado
su sonrisa consoladora y bienhechora que servía de alivio a todos, aun
cuando ella misma estuviera en el más completo abandono.
--Y ahora no te volverás a ir--dijo ella, alzando los ojos hacia mí,
como si no pudiera saciarse de mirarme.--Te quedarás con nosotros, para
siempre; ¡prométemelo, prométemelo inmediatamente!
Guardé silencio. La felicidad me rodeaba, abrasadora como el fuego del
cielo: era para mí un sufrimiento, una tortura.
--¡Insiste tú también, Roberto!--repuso ella.
Me estremecí. Lo había olvidado totalmente y ahora su presencia hacía en
mí el efecto de un reproche.
--Dame tiempo para reflexionar, espera hasta mañana--dije enderezándome.
Sentía en mí el vago presentimiento de que mi residencia en esa casa no
sería de larga duración: habría sido demasiada dicha para mí, pobre
infeliz a quien un destino despiadado condenaba a vivir en casa ajena.
Leí en el rostro de Marta el deseo de no lastimar mi susceptibilidad.
--Entonces hasta mañana--dijo en voz baja apretándome los dedos,--y
mañana verás la falta que nos haces, comprenderás que sería necesario
que fuéramos locos, para dejarte partir nuevamente. ¿No es verdad,
Roberto?
--¡Seguro, con toda seguridad!--dijo él soltando una carcajada que me
pareció singularmente forzada.
Era evidente que se sentía mortificado en presencia de nosotras dos.
Así, pues, no tardó en tomar su gorra como para retirarse, sin decir una
palabra.
--Enséñale nuestro hijo--murmuró Marta, al mismo tiempo que una sonrisa
de indecible felicidad pasaba por su rostro enflaquecido.
--Ven--dijo Roberto;--el niño duerme en la habitación contigua.
Me precedió, y escurrió con gran trabajo su ancho y pesado cuerpo por la
puerta entreabierta.
La cuna se alzaba allí en la luz rosada de la tarde. Entre los cojines
aparecía una cabecita roja, apenas más grande que una manzana. Sus
párpados arrugados estaban cerrados y tenía en la boca uno de sus
puñitos, con los dedos crispados como por una convulsión.
Mis miradas se apartaron del niño y a hurtadillas se fijaron en el
padre. Este había juntado las manos y contemplaba con piadosa atención a
esa pequeña criatura humana. Una sonrisa indecisa, que expresaba tanto
el embarazo como el júbilo, vagaba por sus labios.
Sólo en ese momento pude observarlo a mis anchas. El fulgor purpurino de
la tarde caía directamente sobre su rostro y hacía resaltar claramente
los pliegues y las arrugas que se habían grabado en él durante esos tres
últimos años. Penas sombrías parecían asediar su frente; sus ojos habían
perdido el brillo y sus labios estaban agitados por un movimiento
nervioso en que creí leer a la vez una melancólica sumisión y una
impotente rebeldía.
Me sentí presa de una compasión infinita; tenía ganas de tomarle las
manos y decirle:
--Tén confianza en mí, soy fuerte; déjame participar de tu dolor.
Cuando alzó los ojos, tuve miedo de que hubiera notado mi mirada; me
puse rápidamente de rodillas delante de la cuna y apoyé mis labios en el
tierno rostro del niño que se estremeció a mi contacto, como si hubiera
experimentado un dolor.
Cuando me levanté, vi que Roberto había salido del cuarto.
Marta me esperaba con los ojos brillantes de impaciencia y de inquietud:
quería saber que yo admiraba a su hijo.
--¿No es verdad que es lindo?--balbució, alzando hacia mí sus débiles
brazos.
Y cuando su corazón de madre estuvo saturado de orgullo, me hizo sentar
a su lado en las almohadas, apoyó su cabeza en mí y concluyó casi por
ponerla sobre mis rodillas.
--¡Oh! ¡Qué frescura!--murmuró.
En seguida cerró los ojos, respirando tranquila y regularmente, como si
durmiera.
Enjugué con mi pañuelo el sudor que cubría su frente.
Ella me agradeció por señas y dijo:--Estoy todavía un poco débil, me
parece que tuviera los miembros rotos; pero espero que mañana podré
levantarme y atender a la casa.
--¡Gran Dios, qué ideas tienes!--exclamé espantada.
Ella suspiró.
--Es necesario, es necesario. No tengo derecho de reposar.
--¿Por qué no tienes derecho de reposar?
Marta no contestó, poro de repente se puso a llorar amargamente.
La calmé, besé sus mejillas y sus ojos preñados de lágrimas, y le
supliqué que me abriera su corazón.
--¿No eres feliz? ¿Roberto no es bueno contigo?
--Es bueno conmigo, como el buen Dios; sin embargo no soy feliz, soy muy
desdichada, hermanita, más desdichada de lo que puedo decirte.
--¿Y por qué, Dios mío?
--¡Tengo miedo!
--¿De qué?
--De hacerlo desgraciado, de no ser la mujer que le convenía.
Sentí, de improviso, que un frío glacial me invadía, como si, emanado de
su cuerpo, se trasladara al mío.
--¿Ves? ¡Tú misma sientes que tengo razón!--murmuró, alzando hacia mí
sus grandes ojos inquietos.
--Estás loca--dije, esforzándome por reír.
Continuaba sintiendo en todo mi cuerpo ese helado calofrío. Un vago
sentimiento me decía que Marta podía muy bien no equivocarse. Pero por
el momento se trataba de consolarla.
--¿Cómo puedes ser tan tonta para atormentarte así tú misma? ¿Acaso su
actitud no te dice noche y día que estás en un error?
--Sé lo que sé--replicó ella, suavemente, con esa resignación altiva que
es el arma de los débiles.--Y esto que te digo no data de hoy. Ese temor
tiene muchos años: estaba ya en mi corazón aun antes de que fuéramos
novios, y yo sabía bien lo que hacía cuando me negaba entonces a ser su
mujer; ¡era el amor, sólo el amor lo que me guiaba!
--¡Marta! ¡Marta!--exclamé en tono de reproche.--Me parece que me has
ocultado muchas cosas.
--Todo te lo dije en aquella época--respondió ella;--pero tú no querías
creerme, querías por fuerza hacer mi felicidad; y más tarde, ¿por qué
habría hablado? En el papel las cosas toman otro significado que el que
se les ha querido dar; habrías concluido por ver en mis palabras un
reproche a Roberto, quizá hasta a ti misma, y yo no podía dar lugar a
semejante equivocación. Mi desgracia data del día en que llegamos aquí.
Cuando lo vi reñir con su madre, oí que una voz me gritaba: «¡Tuya es la
culpa!» Cuando de día en día lo vi ponerse más sombrío y más triste, me
repetía nuevamente en el fondo del corazón: «¡Tuya es la culpa!» Durante
la noche me quedaba despierta a su lado, atormentada por este
pensamiento:
«¿Por qué estás tan triste y tan melancólica, por qué no sabes sino
arrojarte en sus brazos llorando, y sufrir doblemente cuando lo ves
sufrir?»
«¿Por qué no has aprendido a echarte a su cuello cantando, desde que
vuelve a su casa y, con la sonrisa en los labios, a borrar con un beso
las arrugas de su frente? Aún más, ¿por qué te faltan el orgullo y la
fuerza? ¿Por qué no puedes decirle: «Refúgiate a mi lado; si tu corazón
tiembla, en mí encontrarás nuevas fuerzas, velaré sobre ti y sostendré
tus pasos.» He ahí lo que habrías hecho tú, hermana; no, no me
contradigas. Con frecuencia me he representado la actitud que habrías
tenido tú, con tu alta estatura; le habrías abierto los brazos para que
pudiera refugiarse en ellos, como en un puerto donde las tempestades no
se atreven a penetrar... pero, mírame--y al decir esto dirigía una
mirada de lástima a su cuerpo delicado y débil, cuyos flacos contornos
se delineaban bajo la cobija.--¿Ese lenguaje no sería ridículo en mi
boca? Yo que casi me pierdo en sus brazos, que soy tan pequeña, tan
frágil, no sirvo sino para que me protejan; proteger a los otros no es
cosa mía... Mira, he reflexionado en todo eso durante largas noches, en
las tinieblas, y el desaliento se ha apoderado cada vez más de mí. Por
la mañana me esforzaba en reír, quería fingir la indiferencia y la
alegría de un pájaro, creyendo que ese era el papel que mejor me
convendría y más le agradaría; pero los cantos y la risa se ahogaban en
mi garganta, y él lo notaba muy bien, pues sonreía con expresión
compasiva, y yo sentía redoblar mi vergüenza.
Sin fuerzas, Marta se detuvo y ocultó el rostro en mis faldas; luego
continuó:
--Y como este medio no me dio el resultado que esperaba, traté por lo
menos de indemnizarlo de otra manera. Tú sabes que nunca en mi vida he
tenido miedo al trabajo, pero hasta ahora jamás había tenido sobre mí
una labor tan penosa como durante estos tres años. Y, cuando ya no
podía más, cuando mis rodillas casi se doblaban bajo mi peso, seguía
adelante, sin embargo, sostenida por este pensamiento: «Haz ver que eres
por lo menos útil para algo, arréglate de modo que nunca sepa cuán poca
cosa posee en realidad en tu persona...» Pero, ¿de qué sirve todo eso?
Todos mis esfuerzos son enteramente inútiles. Tan pronto como vuelvo las
espaldas todo se trastorna. Tiemblo sin cesar de que un día mi trabajo
le parezca insuficiente.
Así se quejaba la desdichada, y yo misma tenía el corazón despedazado al
ver tanto dolor.
--Escucha, tengo que hacerte una súplica--dijo ella finalmente,
tomándome ambas manos:--sondea a Roberto, procura saber si está contento
de mí, y después me lo dirás.
La atraje hacia mí, le prodigué mil palabras cariñosas, y traté de
alejar con mis caricias el temor, la inquietud de su espíritu. Ella
bebía con amor cada una de mis palabras; su rostro febricitante estaba
pendiente de mis labios y de vez en cuando un débil suspiro se escapaba
de su pecho.
--¡Oh! ¿Por qué no has estado siempre a mi lado?--exclamó, acariciándome
las manos.
En ese momento, un nuevo pensamiento pareció desalentarla otra vez.
Insistí para que hablara, pero no quería decidirse a hacerlo; al fin
dijo, balbuciendo y tartamudeando:
--¡Tú harás todo mil veces mejor que yo; le enseñarás lo que habría
podido tener y lo que tiene; verá qué pobre criatura soy a tu lado!
Un espanto se apoderó de mí; luego comprendí.
Había soñado en poseer un hogar, pero ese sueño se desvanecía. ¿Cómo
podía permanecer en esa casa, cuando mi propia hermana se consumía de
dolor y de celos por causa mía?
Marta sintió que me había hecho mal; alzando sus delgados brazos hasta
mi cuello, me dijo:
--Compréndeme, Olga; no son celos los que experimento; soy tan poco
celosa, que mi deseo más ardiente es que os entendáis ambos después de
mi muerte, y que...
--¡Después de tu muerte!--exclamé espantada.--¡Marta, no digas eso! ¡Es
un crimen!
Ella se sonrió, triste y resignada.
--Lo sé mejor que tú--dijo.--Mis fuerzas se han agotado desde hace
tiempo. Ya antes, esa larga espera me había aniquilado. Por eso deseaba
verte tan ardientemente, porque pensaba que muy pronto todo concluiría;
antes de partir quería arreglar todo entre vosotros dos. Pero, sea como
fuere, tarde o temprano tendré que pasar por eso, y quiero antes estar
segura de que dejo a ambos, al niño y a él, en buenas manos.
Me estremecí y en seguida sentí que una gran laxitud me invadía. Me
pareció que iba a caerme delante de la cama y a llorar, a llorar hasta
rendir el alma.
En ese momento se oyeron en la habitación contigua los gritos del
pequeñuelo que se había despertado y reclamaba a su nodriza. Respiré
largamente y reflexioné acerca de mí misma y de los deberes que me
incumbían.
--¿Oyes, Marta?--grité.--Te desesperas, y el Cielo te ha acordado la
dicha más grande que puede pretender una mujer. Renacerás por tu hijo;
tu vida sacará de su juventud un nuevo vigor.
Un relámpago pasó por sus ojos; luego se dejó caer suavemente y cerró
los párpados, sonriéndose. Sólo el sentimiento de la maternidad podía
dar alas a su esperanza.
Abrió la boca una vez más y murmuró algunas sílabas. Me incliné hacia
ella y pregunté:
--¿Qué tienes, hermana querida?
--Desearía ser útil para algo en este mundo--dijo, con un suspiro.
Y con este pensamiento, se durmió.