Nace la mañana tardía, con espeso embozo de nieblas, y _Talín_ la mira
crecer bajo la suprema inquietud del que aguarda el mayor goce de su
vida con la certeza de que es imposible que llegue.
Los padres se han ido a trabajar a la hora de costumbre, y la muchacha
tiene delante su labor y clava con tenacidad los ojos en el espacio
donde rueda turbia la luz.
--¡Volar, y volar con «él»!--se está diciendo. Por ver realizada esta
promesa inolvidable, moriría gozosa imaginando que dejaba un rastro
luminoso en las arenas del tiempo...
Los vellones de la niebla remontan las alturas y abren en las nubes
surcos de más viva claridad; se templan los hálitos del viento y la
mañana se embellece envuelta en su misma palidez.
El ala fresca de una mariposa roza en la ventana la mejilla de _Talín_,
y al solo contacto de este beso puro, siente la joven desbordarse toda
su tristeza y su pasión. Sobre el agua movible de los ojos azules pasan
las emociones fulgurantes, enloquecidas, empujadas unas encima de
las otras por la trémula mano del recuerdo, y la memoria es un ancho
camino por donde se deslizan las imágenes de aquella breve existencia,
desde los días de libertad y de salud hasta las horas obscuras de la
invalidez.
Esta vida que alboreó llena de ambiciones y de cantares, se resume
ahora en un ansioso atisbo del espacio y de la luz, bajo el yugo de
las muletas; siempre encendido el pensamiento a _la raita_ del sol, y
siempre la realidad cautiva al borde de una ventana que sirve de cárcel
y tortura. Si alguien viene a prometer la recompensa de un minuto de
felicidad, ha mentido aquella voz, y la promesa traidora se convierte
en un suplicio intolerable, en un nuevo y terrible desengaño.
De pronto suena el repique de un paso leve y conocido, y entra Julia,
como de costumbre, apresurada y risueña.
--¿Quiere usted venir conmigo a las Albricias? Mamá a última hora no se
atreve y no tengo quien me acompañe.
--¿Y Rafael?--murmura atónita la inválida.
--Está en el campo de aviación. Volará a eso de las once y son más de
las diez. El coche nos está esperando. ¿Se anima usted?
--¿Sin permiso de mis padres?
--Cuando lleguen a casa estaremos nosotras de vuelta y se alegrarán de
que usted haya dado un paseo.
--¡Voy!--decide _Talín_, y se apoya en los bastones para buscar un
vestido.
--Este encarnado--elige la señorita descolgando en la reducida percha
de la alcoba un trajecillo rojo.
La obrerita se le viste con precipitación, y a pesar de su aturdimiento
recuerda al toro gilvo que una tarde en el monte se enamoró ciegamente
de un vestido colorado.
Esta salida del hogar tiene hoy también, como aquel día funesto, un
aire clandestino, el travieso cariz de una escapatoria.
--¡Será la última!--piensa la joven con un suspiro que se extiende por
la sala como una despedida.
Desde la puerta vuelve los ojos _Talín_ a este nido que hace tiempo le
parece un sepulcro; le recorre todo con mirada indefinible, y bajo el
peso de una emoción singular, traza con mucha reverencia la señal de
la cruz...
El campo de las Albricias está cerca de la ciudad, tendido en la
llanura con anchos horizontes de huertas y jardines.
Cuando llegan a él las dos muchachas, un grupo de curiosos rodea el
aeroplano que fuera del _hangar_ se dispone a subir. Es un magnífico
«Moranne Saulnier» y tiene en el fuselaje el nombre como una
embarcación: se llama _San Ignacio III_. Parece un monstruoso gavilán;
bajo la nervadura de las alas el cuerpo trepida, impaciente por huir,
mientras los mecánicos le celan con exquisitas precauciones. Entre
ellos surge el aviador ya vestido para el viaje, bromeando con risueño
desdén. De pronto vuelve la cabeza atraído por una mancha roja que
oscila entre dos bastones, y se sorprende al reconocer a _Talín_.
--La he invitado a que me acompañe porque a mamá le entró
miedo--explica Julia.
--¡Usted «no se acordó»!--insinúa con amargo reproche la costurera.
--Sí, «me acordé»--afirma Rafael--; pero huía la responsabilidad de mi
convite... Huía de muchas cosas--añade con acento un poco estremecido.
--¡No es verdad!--prorrumpe obstinada la joven.
--¿No?... ¿Quieres probarlo? ¿Quieres subir?
--¡Quiero!--contesta, cálida y vibrante la voz, y arrastra el paso
tullido hacia la nave, con febril ansiedad.
Rafael manda que acerquen la escalera y la muchacha pugna en los
peldaños cuando el mismo aviador los sube en un instante y desde arriba
transporta a la viajera hasta su sitio, con bastones y todo. Ella
sonríe fascinada y la gente aplaude al darse cuenta del suceso.
--¿Pero, es de veras?--clama Julia con repentina zozobra--. ¿La vas a
llevar, Rafael?
--La llevo--asegura--. Se quita el abrigo y le ciñe al cuerpo glácil de
la bordadora.
--No me hace falta--dice la joven, que luce arreboladas las mejillas y
los ojos ardientes.
--Arriba tendrás frío.
El aviador ocupa su puesto y concluyen las maniobras de la partida,
mientras Julia refiere a su alrededor, con mucho interés, la historia
triste y pura de _Talín_.
Alguien ofrece a la viajera una mantilla, un velo para envolver el
peinado y cubrir el rostro contra el azote del aire a gran velocidad.
--No lo necesito; voy muy bien--responde--. Y mirando con orgullo al
cielo que se desarrolla sobre su frente.--¡Qué lástima que no haga
sol!--murmura.
--Buscaremos un boquete en las nubes para llegar a lo azul--dice el
piloto.
--¿Eso es posible?
--¡Ya lo creo!
--¡Dios mío!--balbuce en éxtasis la pobre inválida, que está en camino
de quebrarle al cielo su pálido cristal.
De pronto el _San Ignacio_ resbala sobre la pista y se yergue en el
viento que zumba.
--¡Adiós, adiós!--gritan, pegadas a la tierra, unas voces envidiosas.
--¡Ahora sí que soy un Talín--pronuncia, enajenada de gozo, la
niña de Cintul--. Siente que, al cabo, agita las alas temblorosas
y resplandecientes que siempre tuvo en el corazón, y poseída por
la inefable ráfaga de libertad, arroja de la nave las muletas, que
al caer se clavan en el campo, hincadas hacia la altura como dos
interrogaciones.