Guarda _Talín_ en el más regalado seno de su memoria la promesa de
Rafael, y a pesar de todos los disimulos, Clotilde vislumbra el rayo
de sol que atraviesa la frente de su hija desde la guarida de los
pensamientos y se asoma a los ojos en un rehilo de esperanza.
--¿Qué espera?--se pregunta la mujer llena de inquietud. Vigila en
silencio, y con su claro instinto de piedad, siente cómo la joven va
dejando el alma adormecida en una ilusión vacilante, y cómo aquella
ilusión se extingue de repente, y se nublan los ojos y los sueños de
la enamorada, en la más negra obscuridad.
Supone Clotilde, por seguros indicios, que el aviador se ocupa ya muy
poco de _Talín_, y ve llegar a Julia acelerada con una noticia.
--¿No sabe?--le dice a la costurera--. Rafael va a dirigir mañana un
aeroplano.
--¿Mañana?
--Sí; ¿se lo había dicho él?
--No le veo hace ya muchos días.
La voz y el semblante de la moza se demudan al responder, pero Julia
está muy ocupada en contemplar un hermoso camisón que viste el maniquí.
--Me gusta mucho--afirma--; como este quiero media docena--luego
continúa:--¡Ah!; pues no le extrañe que mi hermano no suba por aquí.
Está en el aeródromo la mayor parte del tiempo, en plena fiebre de
aviación y no habla más que de virajes, motores y cosas por el estilo.
--¿Le dió algún recado para mí?--trata de averiguar la niña triste,
asiéndose al último jirón de su fe.
--Ninguno--responde la señorita, y sigue diciendo:--Mamá ha pedido un
coche para que mañana vayamos al campo de aviación, que está por lo
visto, en un lugar precioso llamado las Albricias. ¿Usted suele ir?
--Nunca--balbuce un opaco acento que sólo a Clotilde impresiona.
--Pues yo aún temo que mamá no se decida. Rafael se empeña siempre
en que le veamos volar, y ella se resiste, con un miedo atroz. Ahora
parece que ha consentido... Conque ya sabe: como este camisón quiero
seis. Es un modelo muy elegante; aunque me gustaría el escote un poco
más alto... Ya hablaremos, ¿eh?
Y con la misma prisa que trajo se marcha la señorita del principal,
dejando en el pasillo y la escalera el menudo repique de sus tacones.
Clotilde prepara la mesa para comer, sin atreverse a hablar, temiendo
que sus palabras lastimen el sombrío retraimiento de la muchacha. Y
Ambrosio, que llega a las doce, pregunta con afán a su hija:
--Qué, ¿estás peor?
Ella mueve la cabeza negando, cada vez más pálida y silenciosa, y los
padres se abruman ante el misterioso mal que vuelve sobre _Talín_ con
una clandestina premeditación, sin saber por dónde, cuando ya no le
esperaban. Comen a disgusto, observando que la enferma hace esfuerzos
inútiles por no sazonar el alimento con sus lágrimas.
--¡Está hética!--se dicen, lo mismo que en Cintul. La miran como una
sombra que se desvanece, y el padre huye rebelándose contra el dolor de
la infeliz, que él solo quisiera padecer.
Es domingo, y las mujeres se quedan juntas y solas al pie de la ventana
por donde entran la descolorida luz de un cielo turbio, y una brisa
que tiene, hoy más que nunca, el amargo salitre de la mar. _Talín_
siente en los labios aquella penetrante acidez que no sabe si acude de
su propio corazón. Abre un libro sobre las rodillas, y en él pone los
ojos húmedos de pena, sin volver las hojas ni saber lo que dicen.
La madre cruza las manos encima de su delantal, inclina la frente, y
piensa en lo lejos que está de aquel espíritu que a su lado sufre y que
se le escapa, fugitivo siempre, cada día más distante y remoto. Acaso
jamás le tuvo cerca, ni cuando en la casita montés buscó el alma de la
niña con halagos y desvelos, hasta ofrecerse por esclava, sin reservas
ni condiciones.
Clotilde lamenta, de pronto, en esta hora, el fracaso de su
esterilidad; duda si para merecer el excelso nombre de madre basta un
amor hondo y fuerte como el suyo, o sería necesario haber concebido la
carne doliente de _Talín_, haber moldeado en las entrañas el corazón
de la criatura mortal. No comprende por qué la niña, que le tendió
los brazos en sus dolores físicos, llamándola madre, le hurta lo más
sagrado del sentimiento: el espiritual dolor... Quisiera consolarla,
medir su pena, saber el camino de su inquietud. Cuanto hay en ella
misma de ignorado, simpatiza con el misterio y se asoma a buscarle en
los ojos azules de _Talín_. Pero conoce que una sombra invencible le
celará siempre aquel abismo nublado por unas lágrimas que no acaban de
caer. Y retrocede pensando en la madre muerta, en la pobre tísica que
nadie nombra, que duerme olvidada en el campo silencioso de Cintul.
--¡Hace frío!--murmura la joven, de repente estremecida. Una ráfaga
de aire, aguda como un puñal, les sacude, mientras Clotilde cierra la
ventana: el mudo soplo deja sobre las frentes pensativas una agorera
alucinación.
Galopaban las nubes y comienza a llover, calladamente, con humilde
suavidad.
Se escapa el día por todos los caminos bajo la mansa huella de la
lluvia, y en la salita se rozan el murmullo de una oración y las alas
de un suspiro, hasta que la noche se apaga oscura en los cristales.
Entonces las dos mujeres atribuladas, creen percibir un aciago rumor,
frío como un chortal, abierto con infinita pesadumbre en el pálido
corazón de la sombra...
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