Cinco años después era _Talín_ una obrerita ciudadana muy soñadora, un
poco triste, que sobrazaba dos muletas y cosía ropa blanca de lujo para
un gran comercio santanderino. Su larga enfermedad en Cintul dió por
resultado que el tumor de la rodilla, al resolverse, dejaba en posición
viciosa la articulación, inutilizando la pierna. Y los padres de la
niña, desolados ante la invalidez, pusieron su última esperanza en los
médicos de la ciudad. Una heroica resolución, más fuerte en Clotilde
que en Ambrosio, más decidida y obstinada, les empujó fuera del terruño
por caminos llenos de dificultades que parecían invencibles. Todo lo
pudieron la caridad y la ternura acendradas en un recio corazón de
mujer.
Y una tarde, larga y calmosa de primavera, el matrimonio y la niña
salieron de Cintul, embargados a un tiempo de pesadumbre y de
ilusiones. Los padres se despedían con angustia de todo lo amado
y conocido; _Talín_ dejaba atrás, con inconsciente melancolía, su
infancia plena de libertad y de inquietud, con inocente cortejo de
cantigas, pastores y romances: ¡su infancia pura, transida, al cabo,
por el dolor!
Cuando los viajeros perdieron de vista la aldea cobijada en el enfaldo
del monte, aún hallaron amigos los senderos y los valles. Y ya al
anochecer, junto al ferrocarril, todavía la cumbre del Escudo se
perfiló en el cielo como una mole de tinieblas, diciéndoles adiós.
La niña no había ido nunca en el tren, y dejóse llevar maravillada,
imbuída por ambiciones indecibles, imaginando que volaba tan ligera
como las aves, más segura que ellas en los brazos de hierro del camino.
Aumentaba esta ilusión la sombra naciente en los hondones, que trepaba
por los collados hacia la serranía, amortajando a la tierra. Ya sólo
quedaba sobre el paisaje una franja de claridad: se iban agazapando
los pueblos dormidos en la ruta y galopaban los bosques y las mieses
como espectros a los lados del convoy. A _Talín_, asomada a la
ventanilla con muda impaciencia, le dió en el rostro un aire salado y
fresco, y poco después, de la entraña misteriosa de la noche surgía
el Cantábrico. La tremenda llanura, al recoger de lo alto del cielo
toda la luz, brillaba resplandeciente como una sonrisa: allí, junto al
coloso, estaba la nueva existencia, el progreso, la ciudad, ¡tal vez la
salud!...
Pero las últimas palabras de la medicina no remediaron a la pobre
_Talín_. Y acabadas las peregrinaciones a través de sanatorios y
consultas, la niña se sostuvo entre dos muletas y volvió a andar, casi
a correr.
Ambrosio trabajaba en una fundición y Clotilde en un taller de
planchado. Habitaban una buhardilla en casa principal, cerca del
puerto, albergue que les fué concedido mediante sus excelentes informes
y el apoyo de una buena familia a quien Clotilde había servido en su
primera mocedad.
Como los médicos insistían en que la inválida no podría vivir sin
aire sano y mucho sol, aquel alto refugio al mediodía, junto al mar,
constituyó para ellos un beneficio inapreciable. Allí la niña halló
otra ventana llena de luz, abierta al ancho horizonte de la bahía, el
encanto desconocido, que fué para la campesina un nuevo amor.
Al principio de su vida ciudadana, _Talín_ pasó las tardes afinando
sus conocimientos en el bordado y la costura. Con excepcionales
disposiciones y la aplicación de sus quince años reflexivos, pronto
estuvo dispuesta para merecer un jornal. Entonces comenzó a salir muy
poco de su casa. Iba los días de fiesta a la parroquia y en contadas
ocasiones a las playas y los muelles, para acercarse todo lo posible al
mar. Al cabo de muchas tentativas logró embarcarse una vez con otras
compañeras del obrador. Fué al Astillero en un vaporcito muy empavesado
y alegre, cruzando la bahía entre grandes buques, balandros gentiles y
botes diminutos, alejándose hacia donde los montes forman a las aguas
marinas una cuna, casi siempre serena. La breve navegación no pudo
ser más apacible y segura, y la gozó _Talín_ como rara maravilla, con
embeleso profundo: correr sobre las olas a la par del viento y las
nubes le pareció el placer por excelencia, el disfrute que merecía
todos los riesgos y todas las audacias.
Pero al volver al muelle, poseída de la nueva embriaguez, halló a su
madre esperándola, tan angustiada y triste, que prometió no embarcarse
ya nunca más sin su permiso.
Y no era fácil obtenerle. Clotilde y Ambrosio, pero ella siempre con
más vehemencia en los sentimientos, recelaban del mar; le temían
como a un monstruo desconocido y le miraban con admiración llena
de supersticiones: sus mudanzas, sus acentos, su vida potente y
misteriosa, cuanto para la niña significaba atractivo y seducción en
la movible llanura, venía a ser para los padres señal de amenazas y de
espanto.
_Talín_ no volvió a embarcarse. Era ya incapaz de faltar a su palabra,
se iba haciendo una mujercita dulce y seria, y guardaba con recato en
su corazón el fermento de sus inquietudes. Por otra parte, el destino
le ponía una cadena en los pies: la muerte le perdonaba a cambio de
la libertad. Sentíase la muchacha cautiva entre los bastones que con
vigilancia implacable se erguían al lado suyo. Empezaba a presumir de
bonita y de mujer, y le dolía cada vez más la humillación de verse
compadecida a cada instante, burlada en muchas ocasiones. Lástima o
crueldad, siempre un acento amargo se levantaba al repique brusco de
las muletas: nunca _Talín_ iba por la calle tranquila y alegre como las
demás criaturas. Se hizo un poco huraña: no quería salir, y su madre
le traía y le llevaba la labor; dejó de tener amigas y acabó por estar
sola de la mañana a la noche, lo mismo que en Cintul. Aunque a esta
ventana remota no llegaban saludos ni visitas como a las de la aldea,
tenía la joven a su lado un gran amigo, un deleite, una pasión: el mar.
Se pasaba la vida frente a él, pendiente de su ritmo y de sus cóleras,
de su hermosura y de su voz.
Admirándole al compás de la aguja, cumplió diez y siete años _Talín_.
Era una moza de belleza enfermiza, muy inteligente, muy sensible, de
carácter reconcentrado y ávida imaginación: hablaba poco, soñaba mucho,
y sabía como nadie sonreir.
Llegó a hacer tales primores con los encajes y las vainicas en las
holandas y el _nansouk_, que trabajando por cuenta propia se emancipó
del taller, y ya muchas señoras trepaban al empinado albergue de la
artista en busca de la gracia de sus manos, buenas aliadas del amor...