A los tres días de ocurrir la aventura visitó Don Julián a la niña por
empeño de Clotilde, desaparecido el vendaje de la saludadora, la cual
se limitó a decir:
--No tenéis fe y la criatura no sanará...
El médico halló rota la articulación y trató de soldarla con la
inmovilidad; pero aumentaron los dolores, continuó la enferma postrada
y febril y al cabo de un mes diagnosticaba el doctor una artritis de
carácter tuberculoso, enfermedad larga y de un resultado obscuro.
Habló de los antecedentes de la niña, cuya madre había muerto de una
fiebre héctica, y quiso indicar que la propensión hereditaria de
_Talín_ se hubiese manifestado, antes o después, con cualquier motivo.
Recomendó a la paciente baños de sol, mucha quietud, aire puro y
alimentos saludables.
Durante muchos días el caballo cansino de Don Julián se detuvo en la
única ventana de Clotilde, donde la niña enferma se asomaba al campo
y al aire serraniego, bajo la incansable solicitud de su protectora.
Desde el camino, sin apearse, le hacía el médico la visita; se marchaba
meditabundo, en una actitud parecida a la estampa de Don Quijote sobre
Rocinante, y seguía la nena tendida en su banco entre almohadas,
mirando al cielo y urdiendo historias en la tela invisible del espacio.
Floja y remisa para todo esfuerzo material, padecía _Talín_ una aguda
exacerbación de impaciencias espirituales, impropias de sus años.
Y acostada, rostro a lo azul, en el silencio campesino, dábase a
hilvanar ilusiones con verdadero frenesí.
Ya no sentía en la rodilla el lacinante dolor que tanto la hizo
padecer: sólo algunas punzadas en los movimientos bruscos, algunos
latidos que la obligaban a forzosa quietud. A medio vestir, con los
finos cabellos peinados en dos trenzas acabadas en un hopo rubio y
lene, permanecía inmóvil desde el alba a la estrella, abiertos los ojos
con extraordinario afán a cuanto fluía penígero y sutil en la gracia
del viento. Pájaros, abejas y mariposas, subyugaban como nunca a la
niña con sus giros y voces, la risa del éter: hasta las teruvelas y las
aludas le parecían desde su postración unas criaturas maravillosas:
pensamientos divinos echados a volar.
A Clotilde le daba mucha lástima ver cómo la enferma seguía el rumbo
de insectos y de aves, perdiéndolos de vista en los remotos caminos
de la altura; imaginaba que también la niña quería huir volando hacia
Dios, como un ángel suyo, cansado de la tierra. Ambrosio pensaba lo
mismo, con infinito desconsuelo, y los dos tejían una pobre corona de
solicitudes en torno al pequeño sér, doliente y humilde, igual que un
pajarillo alicortado.
Pero la vida era dura en el terruño. Había que trabajar de la mañana
a la noche sin tregua, sin reposo, por encima del dolor y del
presentimiento, y _Talín_ se quedaba sola junto a la ventana desde el
amanecer, aunque la piedad y el amor velasen por ella.
La madre de Clotilde, que desgranaba maíz en el desván, tenía cuidado
con parecido esmero de lo más importante de la casa, fuera del establo
y el corral: la lumbre, la olla y la niña. A menudo bajaba del caliente
sotrabe para añadir garojos al fogón, sazonar el cocido y poner los
ojos, observadores, en la enferma. Algunas veces la veía atormentada y
sudorosa, con los párpados caídos y el aliento feble. Entonces hacía
sobre ella la señal de la cruz mojando en agua bendita, en calidad
de hisopo, una rama de laurel, y recobrándose _Talín_, se miraban
las dos, mudas y cándidas, en las atónitas pupilas. Si la pequeña no
quería refrescar los labios ni cambiar de postura, volvía la anciana a
deslizarse, pasito, fuera de la habitación.
Al mediodía regresaban del campo los trabajadores para comer: Clotilde,
siempre adelantada y presurosa; Ambrosio detrás, cada día más desvelado
y tímido.
Andaban a la hierba por aquel tiempo. Solía volver la moza a su casa
con un fonje coloño en la cabeza, y el vecino con el guadañil al hombro
y la colodra a la cintura; ella subía de un tirón la empinada escalera
del pajar y él rodeaba los huertos asurcanos para asomarse a la ventana
donde _Talín_ yacía como en un nido, esperando la salud.
Cuando Ambrosio había cambiado las primeras frases con su hija, ya
bajaba Clotilde, un poco jadeante, con hilos pálidos de hierba entre
el cabello obscuro, las mejillas ardientes, los ojos inquiridores. No
tenía más belleza que la de su frescura de campesina y el encanto de
esa bondad callada que se vierte en el silencio, como los arroyos que
sin dejarse oir apagan la sed del caminante.
Junto a la niña, el hombre y la mujer hablaban unos minutos, sin
mirarse apenas: él ponía sus jornales casi enteros en el regazo,
infantil, y trataba de expresar a la vecina su gratitud, sintiendo que
se le empapaba el corazón de una ternura misteriosa; ella, hablando
y sonriendo, un poco azorada y cobarde, servía a la enferma názulas
y miel, pan tostado y agua pura del monte. Ya no volvían a reunirse
hasta la hora del crepúsculo, cuando brillaba en el cielo la estrella
vespertina, «el chacal de la luna», expiado siempre con asombro por
las claras pupilas de _Talín_.
Así pasaron los días florentísimos del valle, bien maduro el aroma
de los huertos, rumorosos los dorados maíces en la mies, fastuosa la
belleza del bosque y la montaña.
Hicieron los pastores el retorno y se llenaron los caminos con el canto
de los esquilas al anochecer. El _serroján_, amigo de _Talín_, acudió
al reclamo de la niña para decirle coplas y romances agrestes.
Ya la enferma no se adormecía, torpe y madorosa, en consunción letal.
Sobre la bruñida tez, los grandes ojos de color turquí se abrían
pensativos y audaces como en plena salud; la gracia de la sonrisa y de
la voz cobraba con la dulzura antigua un nuevo encanto, una tristeza
inefable llena de misterio; el canario silvestre volvía a cantar, y
a menudo deshacía en los dulces labios, como un trino, las estrofas
aldeanas:
No le quiero
molinero
porque le llaman
el maquilandero.
Yo le quiero
labrador,
que coja los bueyes
y se vaya a arar
y a la media noche
me venga a rondar;
que suba aquella montaña
y corte una rama
del verde laurel,
y a la mi ventana
la venga a poner.
Guardaba _Talín_ en la memoria un sartal de cantares, y se los iba
diciendo con ingenua exaltación a la brisa y a los pájaros, a las hojas
rubias que empezaron a caer, al lucero de la tarde, que desde muy
temprano comenzó a brillar.
Mientras despertaban las canciones de la nena, dormidas en las horas
de dolor, iba el otoño deshojando las frondas, gemía larga y triste la
quejumbre del viento, y era menester sustituir la ventana de Clotilde,
abierta a naciente, por una puesta al Mediodía en casa de Ambrosio.
En esta última encontró Don Julián una mañana a la niña y a la moza,
juntas y felices; una cantando, otra cosiendo, las dos con trazas de
ser dueñas y señoras de aquel hogar.
Cuando el médico observó a la enferma desde la calle, según costumbre,
le dijo a Clotilde, entre afable y cariñoso:
--¿Conque al fin os echaron la bendición?... Me alegro, hija, me alegro.
Ella respondió sencillamente:
--Yo tenía que cuidar a esta criatura, ¡y como en mi ventana hace ya
frío!...
--Eres buena. Dios te lo premie... y que nunca te falte el sol.
--Amén--susurró Clotilde, mirando a su hija con transporte--. Y le
pareció que el caballo rosillo de Don Julián, llevándose al jinete
macilento, caminaba aquel día con cierta soltura y prontitud.
V