VI

LAS FLORES DE LA NIEVE.--DICEN LOS PASTORES...--A LA LUZ DE UN

RELÁMPAGO.

El cielo decembrino, bajo y turbio, se entenebrece con ráfagas

siniestras. Gime el bosque, desnudo por el huracán, baja de la montaña

un helado soplo, y en la vacía soledad del espacio vuelan copos de

nieve, palpitantes como mariposas.

Tendido en el tajo de la hoz el pueblo de Rianzar yace medroso, y en lo

profundo del estrecho valle muge el río por la honda vaguada, desatado

en espumas grises, ensanchando la ronca orilla por fragas y juncales

borrando los azutes del ansar y los saetines del molino.

Al mediodía se hacen más espesas las flores de la nevada, rimbomba el

trueno y el aire adquiere un gemido áspero y terrible.

Marcela aguarda el regreso de Andrés y de los niños. De víspera

subieron al «invernal» de Bustarredondo por el gusto de dormir en la

mullida cabaña, beber la leche espumosa, recontar los ganados y gozar

de los bravíos paisajes. Quedaron en volver a la mañana siguiente y

Marcela atisba los senderos, llena de incertidumbre, pensando si el

temporal les habría sorprendido ya en la ruta borrosa del monte.

Medra la tarde, cunde la nieve, se rasan las veredas, y todos los

confines cobran una misma blancura de sudario.

Unos pastores que bajaron al anochecer, huyendo trabajosamente de la

nevasca, dicen cómo al pasar por soto de la Cruz creyeron oir unos

gritos que pedían socorro. No lo pudieron comprobar y se inclinan a

suponer que las voces lamentables fueron una ilusión: el «invernal»,

medio arruinado en aquel sitio, gemía, sin duda, al acabar de hundirse

bajo los atambores de la tormenta.

Pero la esposa de Andrés acoge este rumor con invencible espanto. Va y

viene por el pueblo presa de angustia desesperada, y no sosiega aunque

los vecinos de más fuste le dicen que el soto de la Cruz no está en

la ruta de Bustarredondo, y que si Andrés se hubiese expuesto con los

rapaces en el monte no perdería el rumbo por tan lejano camino.

Marcela nada escucha. Torna a su casa oprimida por aciago

presentimiento, y se duele de él sola, en una soledad insoportable,

bajo los frémitos de la ventisca y la claridad helada de la noche. No

quiere encender luz, imaginando, cavilosa, que rostro al campo yerto,

está más cerca de los ausentes, y abre de par en par la ventana sobre

el valle alumbrado por una ceniza luminosa, embebido en la nieve.

Siguen sonando las nubes con rugido pavoroso; la indómita curva de la

sierra se yergue amortajada en el paisaje, y abajo, en la honda línea

de la hoz, tiene la frescura del agua clamores turbios y agoreros.

De pronto ve Marcela pasar una sombra por la linde blanca del camino,

una sombra muda que ella conoce mucho, y sale a recibirla con el

irrefrenable deseo de apoyar el desplomado corazón en otro que sufra

igual martirio.

Entra Irene en el abierto portal, y con tapada voz pregunta:

--¿Han vuelto?

--¡No!...

La trágica lumbre de un relámpago ilumina a las dos madres y las acerca

en instintivo impulso de terror. Se tienden las manos mirándose con

ahinco a los ojos, y se sientan calladas, a esperar.

En la torre de la parroquia plañe una campana gemebunda; cae más

menudo y fino el polvo de la nieve; se desgarra una pálida nube y dos

estrellas se miran en el cielo, temblorosas...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 42 / 72 题