Cosiendo y soñando, en esta hermosa mañana de Abril, oye Marcela que
llora un niño, el suyo sin duda, que es de los dos el que llora más.
Corre a buscarle y piensa con orgullo que le tendrá despierto en los
brazos cuando al mediodía regrese Andrés. Pero el chiquillo, después
de mamar gime aún, con tal desasosiego, que la madre le desnuda para
consolarle, volviéndole a vestir la ropita fresca, olorosa a flores y a
sol.
Ya le mece, libre de los pañales, en el regazo, y se engríe con su
robustez.
--Es más fuerte que «el otro»--murmura, contemplándole a plena luz,
bajo el aire tibio y dulce del meridiano.
De súbito, los dedos ágiles y acariciadores se detienen con inquietud
sobre el pecho ancho y saliente del niño, allí, encima del corazón,
y se agitan después envolviendo el tallo dorsal de la criatura. Algo
extraño y monstruoso le parece a Marcela descubrir donde creyó hallar
fortaleza y reciedumbre.
Acude presurosa a desnudar al otro nene, y, encima de la cama, los
coteja, los mide, los junta en una exploración llena de perplejidades y
terrores: así la sorprende Andrés que no repara en el mudo trastorno de
la madre ni se aproxima demasiado a los chiquitines.
Largo día de zozobras crueles, y negra noche de insomnio, inspiran a
la muchacha una resolución pronta y enérgica. Quiere salir de la duda
insoportable, saber si su hijo es contrahecho o si ella delira de
pasión y ternura maternal. Envolviendo tales incertidumbres, cierto
obscuro propósito entenebrece el alma de Marcela y la obliga ciegamente
al disimulo.
Cuando llega el médico, llamado como por casualidad, la joven descubre
a Serafín, y pronuncia, con acento en que tiembla muy oculto el terror:
--Mire; está muy hermoso, ancho y grueso, pero llora mucho, parece que
se queja... y, como usted pasaba por ahí, me dije: pues que haga el
favor de verle don Mauricio.
Don Mauricio, con las gafas sostenidas en la punta de la nariz, se
inclina sobre el nene mirándole despacio, le registra con los sabios
dedos el pecho y las espaldas, y mueve al fin la cabeza en un signo
lamentable.
Marcela le devora con los ojos.
Antes de dar su parecer el médico pregunta:
--Este niño, ¿es el tuyo?
Y rápida, con acento sombrío, pero firme, responde la moza:
--Este es el jayón.
--Ya me lo figuraba. Porque tú y Andrés sois robustos y normales y
este pobre es raquítico: tiene una corvadura angulosa en la columna
vertebral, lo que llamamos vulgarmente giba.
Con la voz empañada y brusca insiste la madre:
--¿De modo que es jorobado?
--Eso mismo.
--¿Y no lleva remedio?
El doctor se encoge de hombros.
--Ninguno--dice--. Le pondríamos un aparato, le mortificaríamos, y
el chico no se enderezaría. Su lesión es innata, producida acaso por
herencia, acaso por un golpe que sufrió la madre, por una presión
nociva durante el embarazo clandestino... ¡Vete a saber!
Como nada repone la moza mientras envuelve a la criatura, don Mauricio
sigue hablando de _escoliosis osteopática_ y otras enfermedades
relacionadas con la de Serafín, el niño desgraciado que desde ahora se
llamará Jesús.
Diríase que el inocente escucha la inexorable sentencia de su desdicha;
de tal manera gime hasta que la madre, muda y febril, desabrocha el
corpiño y le ofrece el seno, blanco y duro, generoso.
El buen doctor, algo mocero, a pesar de sus años, y hombre sentimental,
se admira tanto de la hermosura de la joven como de su impulso
caritativo, y alude:
--¡Ah!, pero ¿le crías tú?
Ella, turbada en este instante por primera vez, murmura:
--Un poco...
--Ha caído el rapaz en buenas manos: más vale así. Vaya, hija, ¡que
sigas tan guapetona y de tan noble condición!
Marcela despide a don Mauricio muy amable, y la blancura de los
dientes, al querer sonreir, le enfría la púrpura de los labios con una
extraña claridad.
Cuando se queda sola acuesta al nene que se ha dormido y sale al portal
huyendo frenética de la cuna. Lleva en el alma un duelo indecible y
en la conciencia una nube cruel. No: nadie sabrá nunca que su hijo,
el soñado, el conseguido a fuerza de oraciones y lágrimas, el fruto
de un amor impetuoso, de un seno firme y joven, es una criatura
miserable, un sér enteco y ruin: ¡nadie lo sabrá! Allí está el _jayón_
para sustituirle y el orgullo de la madre para envolver en silencio
sacrativo aquel trueque fatal.
Marcela, inmóvil, helada bajo la lumbre fulgurante del sol, clava sus
morenos ojos en la tierra donde ha puesto una mancha fugitiva el vuelo
manso de una paloma. Al otro lado del corral se remece el huerto con
blandura...
V
LA RUEDA DEL TIEMPO.--FRATERNIDAD.--LA CONCIENCIA Y EL CORAZÓN.--LOS
OJOS VERDES.--VIDAS INFELICES.
Han pasado muchos días, lentos y monótonos, sobre la aldea montaraz.
Serafín y Jesús tienen ya once años y forman un rudo contraste de
lozanía y endeblez. El que pasa por hijo de Marcela es un chicazo
alegre y rubio, con la cara redonda como la luna y los ojos verdes como
las olas, unos ojos que el padre mira siempre con singular fascinación.
El otro es un sér enfermizo y contrahecho, una pobre criatura de mirada
quieta y sonrisa tarda.
Entre los dos media, con las afinidades del común hogar, el lazo firme
de un cariño devoto que es en Jesús admiración y vasallaje y en Serafín
misericordia y amparo. Delante de él ningún rapaz se burla del niño
giboso, ninguno le molesta ni le persigue: hermanos se llaman y por
hermanos les tienen en el pueblo, donde ya nadie duda la procedencia de
Jesús. La misma Irene acostumbra a besarle cuando le encuentra solo,
y a mirarle siempre con un ansia muy triste, con una compasión muy
dolorosa.
Ya la antigua novia de Andrés perdió los últimos encantos de la
enamorada juventud. Sola en el mundo desde que murió su madre, pugna en
la vida sin apoyo ni afecto que la sostenga y conforte. Trabaja y sufre
entregada al destino con una obscura conformidad acaso encruelecida
por la desesperación. Bárbaros empujones de su lucha solitaria la han
puesto algunas veces delante de Marcela, en solicitud de un jornal, de
un préstamo, de un pequeño favor. Y la esposa de Andrés la ha recibido
afable y complaciente, transida por una angustia semejante a los
remordimientos.
Tampoco Marcela parece la misma de antaño. Aunque en su posición de
labradora acomodada no ha conocido los rigores de la necesidad, vive
cavilosa y suspirante, con la mirada siempre fugitiva, escuchando
imaginarias voces al través de las horas mudas. De su fuerte belleza le
queda todavía una arrogancia en el porte y un hechizo en el semblante,
pero sólo como un recuerdo que alumbra la ruina de aquella briosa
mocedad. Desde que suplantó los niños con repentina y firme decisión,
en impune secreto, en vano busca su conciencia los vestigios de una
esperanza, el corazón, incapaz de mentir, la avisa de su delito a cada
instante. Al peso de su culpa ve la vida llena de sombras y siente
los castigos caer a su alrededor bajo la pupila negra del misterio.
Andrés quiere a Jesús mucho más que a Serafín, le quiere con una piedad
violenta, irresistible, en la cual piensa la celosa que descubre
redivivo el amor hacia Irene, ya que el padre ama en la criatura triste
al hijo de aquella mujer, mientras que al heredero le luce con orgullo
pueril porque es bizarro y saludable, pero le mima y educa sin meterle
en el alma, con un desvelo frío. Es verdad que a menudo se estremece
mirándole; le acerca a sí, rápido y brusco, le aprisiona en los brazos,
y se hunde, aturdido, en el abismo insaciable de los ojos verdes: ¡los
ojos de «la otra!»
--¿Qué busca en esa mirada?--se pregunta Marcela con loca
incertidumbre. Y para mayor tortura, su rival le inspira más lástima
que celos. No es a ella a quien Andrés persigue a tientas, en los ojos
del hijo sano y en la desdicha del hijo doliente: es al amor fugitivo,
al imposible, al enigma. La intuición se lo dice a la enamorada en
forma obscura pero cierta, y sufre ahora por el cruel abandono de Irene
con el doble estímulo del arrepentimiento y la compasión. Andrés y
Serafín debieran ser para la desvalida amor y gozo. Marcela se siente
culpable de habérselos arrebatado y padece con el atroz pensamiento de
ser una ladrona: el hombre que ella tiene por suyo estaba destinado a
Irene, y el niño que la llama madre nació de las entrañas de aquella
misma infeliz, a la cual no le queda ni el lejano consuelo de haber
alumbrado una criatura bella y dichosa: porque mira en Jesús la prueba
de su deshonor, el castigo de una hora de embriaguez.
Y el nene cativo, el inocente condenado a no tener nombre ni madre, oye
que le llaman _jayón_, sabe que vive de la caridad, y sufre en humilde
silencio, mientras la que le dió a la luz del mundo calla y sufre
también, con más angustia todavía, y esconde como pecados vergonzosos
los impulsos y los gritos de la sangre.
Mil veces Marcela siente la tentación de romper el secreto y confesar
su culpa cuando el niño gime atormentado por el doble infortunio. Mil
veces la culpable arrastra como un grillete su delito ante los ojos
tétricos de Jesús y la mirada atónita de Andrés. En la conciencia
turbia de la esposa, riñen ardiente y ferocísima batalla los celos, el
orgullo, la vanidad de la hembra, pugnando siempre por sofocar el puro
y callado instinto de la madre. Comprende la triste, con un espantoso
desgarramiento del corazón, que si mantuvo el dominio de su hogar
egoísta, si logró reducir al hombre amado y alzar la bandera de un
cobarde y engañoso triunfo, todo ello fué a costa de su propio hijo.
Llena de amargura y de horror, de envidias y despechos indecibles,
de pesadumbres roedoras, quiere compensarle a fuerzas de caricias y
llantos, con una ternura desvelada y enferma que la consume poco a
poco. De tal suerte le cuida y le llora, como pidiéndole perdón, tanto
le envuelve y le regala entre solicitudes y fervores, que el marido la
contempla con asombro más reverente y dulce cada día, más empapado en
amorosa gratitud.
A los ojos de Andrés la abnegación de Marcela crece hasta fundirse
con la santidad. Creyendo, como todos, que ella conoce el origen del
intruso, ve sin embargo cómo a los dos niños los confunde en una
misma gracia maternal, aun más fina, más honda y vehemente junto al
desgraciado. Y no sabe el padre cómo bendecir el tributo de amor que
recibe, de esta manera tácita y peregrina: rendido, confuso, rodea a su
mujer de tiernos homenajes que la entristecen cada vez más, porque no
acierta a conformarse con tan gratuita admiración.
Así en el drama sordo de estas vidas infelices sólo triunfa el supuesto
Serafín, engañado por la suerte, mecido por una dicha mentirosa...