LA CUNA TRÁGICA

Al través de muchos inconvenientes llego a la pobre enfermería del

sollado apenas amaina un poco el temporal.

Un penetrante olor de fiebre y de miseria me recibe antes de que yo

descubra el rostro de Luisa, que desangrada, moribunda, quiere sonreir,

y con un gesto henchido de fervorosa expresión me señala su nene,

un montoncillo de carne tibia, dormido a los pies del camastro con

envidiable sosiego.

--¡Que le cuiden, por Dios, hasta que le recoja su padre... ya ve usted

cómo estoy!...

Trato de endulzar la tremenda amargura de aquella voz y me apresuro a

prometer cuanto Luisa pide. Le llamea en la mirada una alegría fugaz

mientras respondo; luego, me toma las manos y, lentamente, con palabra

premiosa, dice que desde la víspera lleva el presentimiento de su

muerte encima del corazón. Este discurso opaco y anheloso, brota con

mansedumbre, y desgrana dulces frases conformes a la partida suprema;

pero vuelve a temblar, lleno de infinito dolor, cuando la mujer habla

del esposo y el niño y cuando ruega con desesperada súplica:

--¡No me tiren al mar!...

Inés me refiere, entonces, que toda la tarde sufre la moza un terrible

delirio. Morir no es para ella tanto como sentirse hundida en las

olas de este mar pavoroso que zarandea los barcos, los sorbe, y los

escupe a flor de agua, convertidos en tumbas, para escarmiento de los

navegantes.

Exaltada por la calentura, la enferma nos mira ansiosa y torna a

repetir:

--¡Que no me tiren al mar!

Nos esforzamos por tranquilizarla cuando la puerta da paso a un padre

dominico que viaja con nosotras desde Europa.

Llamado por Inés acude el P. Fanjul arrostrando como yo las

dificultades del trayecto, y gracias a la tregua de la borrasca.

Mientras se acerca a Luisa nos replegamos hacia el pasillo y hacemos,

desconsoladas, un penoso recuento de las tristes escenas que han de

sucederse a la desaparición de nuestra amiga. Hablamos sin soltar el

bandaraje que corre junto a la pared, inclinándonos la una hacia la

otra en cada fuerte cabeceo del buque.

Nos atribula pensar en el marido que en la costa vecina está esperando

lleno de ilusiones, y en los ancianos padres montañeses, yertos de frío

sin el sol de esta existencia que se extingue.

El aire, enrarecido y pestilente, sopla con lúgubre silbido en el

siniestro corredor. Dentro del camarote la voz serena y conqueridora

del P. Fanjul se levanta como una brisa de paz sobre el trágico vocerío

de los elementos...

El dominico manifiesta su propósito de no separarse de la moribunda.

Se informa, compasivo, de aquella pobre vida malograda y nos dice algo

de la suya propia, errante y misionera, siempre en acecho del humano

infortunio.

Tiene el Padre un rostro atormentado y fino como los santos del Greco,

la voz persuasiva y honda, la figura cenceña y elevada. Se sienta con

humildad junto a nosotras en el suelo, donde hemos colocado ahora el

miserable colchón de Luisa, buscando algún alivio a los terrores de

la infeliz. Piensa que los bruscos vaivenes la empujan a la mar, y se

agarra con manos trémulas a cuanto imagina que la puede sostener. Ya

no sosiega; su desvarío crece con la agonía y se enhesta amargado,

por instantes, con la terrible obsesión. El médico, que a instancias

nuestras la vuelve a ver, confirma con laconismo su diagnóstico mortal.

Sentimos que la tormenta, amansada un punto, se recrudece, y el P.

Fanjul sabe que el viento rola otra vez hacia el lado temible en estas

latitudes, el Brazo Tortuoso del Estrecho. Así el _Orcana_, mecido con

nuevo furor, salta, ruge y «se duerme», casi dominado por el oleaje.

A Inés le preocupa mucho el repunte bajo de la marea. ¿Cuándo será?

Dice que a esa hora mueren los enfermos en la marina y se asoma el

arrecife a mirarse, espectral, en el lívido espejo de las aguas.

De repente, un maretazo formidable nos derrumba en el mismo suelo donde

estamos. Se oyen crujir los miembros rotos del navío como si el mar

arrancase pedazos de la obra muerta: sin duda nos ha cogido una bárbara

ola de través.

El niño se despierta llorando, y el misionero se incorpora, solícito, a

bendecir la cabeza de Luisa que rueda inerte en la almohada...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 15 / 72 题