COSTA INCLEMENTE

Al amanecer dejamos el fondeadero de Punta Arenas, con rumbo a

Occidente, y una larga península, rodeada de cerros bajos, nos obliga a

dar la vuelta por el puerto del Hambre, en la Tierra del Fuego, rozando

la anchurosa bahía Inútil.

Ahora el temeroso camino está empapado en una de esas trágicas

soledades que hacen sentir la eternidad. El viento ha levantado las

alas bajo el celaje oscuro, y el mar se inquieta amenazador.

Para calmar los temores de algunos pasajeros dícese a bordo que nuestro

buque, bien armado de recio blindaje, curtido en aventuras marineras,

se defenderá con valentía contra los escollos y el temporal.

Me conmueve la inquietud de Luisa, que se refugia a mi lado, callada

y triste, inmóvil la mirada sobre el estremecimiento de las olas.

Acerca de su salud responde hoy con mucha timidez, y como el semblante

demudado la delata, consigo que me confiese el nuevo malestar que le

aqueja desde anoche.

Acude Inés a decirme señalando a la moza:

--Está mala y no quiere acostarse.

Ella me mira con angustia, como si yo pudiera remediarla, y nos

quedamos indecisas las tres, hablando con los ojos un mudo lenguaje

compungido.

Pero ya la reciedumbre del viento nos impide continuar sobre cubierta;

crece el furor de la marejada y el frío polar cuaja en nieve unas

gotas de lluvia escapadas del nublado.

Es preciso que Luisa baje a su camarote y se cuide bien todo el

día; sus manos arden y un temblor febril la sacude. Convertida en

su protectora no la dejo sin prever cuanto pueda necesitar. Hay un

inocente orgullo en la satisfacción con que atiendo a mi paisana, yo,

más niña que ella, y tan insignificante persona fuera de este barco y

lejos de esta ocasión. El actuar de Providencia me engríe con heroicos

impulsos; quisiera en este momento salvar a Luisa de un grave peligro:

que sobreviniese un naufragio y dar en él mi vida por la suya... Mi

vida ¡vale tan poco...!

Voy pensando en raras penas inconsolables, mientras cruzo con

precauciones el navío, ya crujiente bajo el azote de la borrasca. Los

marineros trincan a bordo cuanto el mar puede barrer, aseguran las

escotillas y las ventanas, trajinan y se apresuran cuidadosos frente

al enemigo. Esta faena, la súbita retirada de los pasajeros y el aire

azorado de algunos que tropiezo en los pasillos, anuncian que, por fin,

nos alcanza una de esas tempestades crueles en el Estrecho, ocultas con

felonía en la soberana majestad de escobios y canales andinos.

Tengo el camarote sobre cubierta. Me encierro en él a solas; me subo al

sofá para acercarme al vidrio redondo y firme de mi ventana, y con un

vago sentimiento de curiosidad y de emoción, miro y escucho, sin miedo,

como quien asiste a un espectáculo desconocido y sorprendente, en el

que nada arriesga.

Todavía costeamos la península donde Sarmiento de Gamboa quiso ofrecer

a España la ciudad del rey don Felipe, no lejos de la del Nombre de

Jesús; tierra inhospitalaria que vió morir a sus fundadores, y en la

cual, desde aquellos días hazañosos, ningún esfuerzo humano prevalece.

No distingo la costa aunque sé que la tengo delante: aguas y brumas

tienden un cendal espeso en mi horizonte.

Suben ya por la borda los salivazos de la marejada y una luz siniestra

araña las nubes. Todo el barco se estremece jadeante, en pugna con la

tormenta. El primer oficial da sus órdenes en el puente, guarecido al

socaire de sotavento, y la marinería azoca los cabos y ligaduras, va y

viene, trepa y corre, vibrante como el buque.

Bajo de mi observatorio porque los golpes de mar, continuos y

crecientes, me obligan a más fácil postura. Sin conseguirla, aguardo

que pasen las malas horas, mecida por tremendos balances, asordada por

rumores furiosos.

Nadie acude a la llamada del almuerzo y nos le sirven trabajosamente

en los camarotes. Pienso en Luisa con inquietud, tratando de ir a

verla; pero la disciplina del barco no me permite salir ahora de la

cámara. Después de muchas dificultades logro mandar a Inés un recado

preguntando por la enferma, y la contestación no viene.

Se me hace el tiempo interminable; la tempestad me parece una pesadilla

que no se acaba nunca. El desplome de la ola y la locura del viento nos

envuelven en amargo fragor, bajo el cual gime el _Orcana_ estremecido

en todo su palpitante volumen, desde la roda y la quilla hasta la

jarcia muerta. Entre los tornillos vigorosos, crujen maderas y hierros

con extrañas voces, juntas en una sola expresión de rebeldía: es el

grito de la vida inerte, el alma insondable de las cosas mudas, que

también sabe de resistencias y de cóleras...

Va cayendo la noche. El frío y la soledad me producen una dolorosa

impresión de tinieblas y hielo. Y de pronto me levanto angustiada:

vienen a decirme que en plena tempestad Luisa ha dado a luz un hijo

prematuro; que el niño parece de vida y la madre se está muriendo.

V

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 14 / 72 题