Yo creo que si en España se suprimiesen los toros, la revolución no se
haría esperar. Porque aquí la vida no se concibe sin ellos; y el afán
general y el anhelo particular no tendrían estímulo--¡qué digo
estímulo!--ni objeto tendrían si las corridas fuesen suprimidas alguna
vez, cosa que me parece tan difícil como prohibir el uso del vino. Cada
pueblo de España, por más pobre que sea, tiene siempre su iglesia y su
plaza de toros; todo lo demás puede faltarle; estas dos cosas no.
En Madrid acaba de terminar la gran temporada; pero, de la misma manera
que en otros «centros taurinos», siguen las «novilladas», que se
repiten, según me cuentan, hasta que vuelve la temporada seria, y que,
manteniendo vivo el fuego sagrado, entretienen la inquietud del público
insaciable.
Un día de toros en la metrópoli ibera, es como la poesía baudeleriana,
de la cual dijo Hugo que traía un nuevo estremecimiento. Aunque sea de
trabajo, no importa, es un día de fiesta. Hay agitación por todas
partes, desde muchas horas antes de la corrida. La gente no puede
contener su nerviosidad. Las conversaciones de los corrillos callejeros
vuélvense augurios y presentimientos acerca del próximo espectáculo. Los
rostros pasan iluminados por una flama de entusiasmo, se revenden y
compran los billetes de entrada con un afán loco. Cada quien se prepara
a recibir fuertes impresiones. Los nombres de los matadores en boga
saltan en todos los labios. Se cruzan apuestas sobre quién de entre
ellos va a quedar mejor. Los hombres opinan; las mujeres sonríen y ríen;
gritan los arrapiezos; salúdanse los amigos desde lejos y se citan para
ir juntos a la corrida; todo es algazara, bullicio, contento,
fascinación, luz de sol y fragancia de claveles.
A las cuatro de la tarde, la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol
hasta la puerta de la Plaza, adquiere una animación alborotadora. Un
rosario de tranvías henchido corre sin cesar; pasan, cargados,
jardineras y coches de punto; vuelan los automóviles de caja lustrosa, y
corren, con aspecto de cestas de flores y encajes, las «victorias»
ligeras.
Al llegar, de la redonda fábrica salen rumores de alterada marea. Al
entrar, los ojos se deslumbran y sufren el doloroso encanto de la luz
intensa. Hierve el oro del sol en más de la mitad de la plaza, y la
sombra que proyecta la parte no soleada, pinta en la arena del redondel
una media luna de negro acuoso. Los tendidos, cubiertos de gente,
semejan una rampa compacta de sombreros cordobeses, de caras risueñas,
de mantillas blancas, y aquí y allá, las móviles espigas de los brazos
completan la ilusión de un campo sembrado de matizadas floraciones.
Arriba de los barandales de las «lumbreras», cuelgan tapices y mantones,
como lienzos salpicados al capricho, de chispeantes grumos de color.
Ya ha dado principio la corrida. Los lidiadores, refulgentes de sedas y
oros, van y vienen, azuzando y engañando al toro con el trapo rojizo,
que el animal, corpulento y resoplante, embiste con generosa bravura.
¡Ah, pero el sacrificio de los caballos, el asqueroso y brutal pisoteo
de las entrañas de la pobre bestia vendada, que tiembla de miedo y
obedece, sin embargo, al hombre que la guía; las contorsiones de dolor,
las gesticulaciones de angustia, los sacudimientos de agonía, las
horribles crueldades de los picadores y «monos sabios», que quieren
aprovechar hasta el último momento de aquellas vidas inferiores,
martirizadas en unos instantes que son para ellas como siglos de terror;
aquellos grandes charcos de sangre, que brillan como espejos de púrpura;
aquellos cadáveres rígidos que, empolvados y vacíos, enseñan en un
«rictus» bronco y tremendo la doble fila de los dientes amarillentos!...
Estos actos de fiereza inhumana bastarían para hacer odioso el
espectáculo. Los defensores de él afirman que es este un modo peculiar y
sugestivo de conservar el vigoroso ímpetu de la raza. Yo me figuro que
lo que se conserva más que el ímpetu es, indudablemente, la barbarie, el
instinto del mal, la ferocidad primitiva, que es lo que la civilización
trata de modificar y destruir en la especie humana. Si la cultura no
tiene por base y fundamento moral la piedad, si no ha de ahogar, o por
lo menos ablandar en nosotros a la fiera, no sirve entonces la obra de
la cultura, y a la postre resultará frustránea y vacua. No es el ideal
hacer refinados, sino piadosos. Fuertes sí, pero para aprovechar las
fuerzas en el bien, porque los hombres no han de ser fuertes nada más,
han de ser buenos. Así pensaba yo, mientras...
No conozco los incidentes ni las peripecias de una lidia. Los hombres
bregan, el toro embiste, y he aquí que en el final de la lucha, cuando
el matador, espada en mano, reta a la fiera, vi un relámpago de acero,
una flámula roja por los aires, y en los cuernos del bruto un montón de
seda y bordados de oro que voltejeaba. El matador había «sido cogido».
Acudieron los compañeros, con sus capotes, a arrebatar su presa al toro;
levantaron del suelo al herido; en silla de manos sacáronle los monos
sabios a la enfermería. El público cesó de rugir. Una onda de pánico
hizo el silencio en torno de la tragedia. Entonces, todo emocionado,
dije a mi compañero:
--Esto se acabó; vámonos.
--No, no se acabará--me contestó mi amigo madrileño--. «Pacomio» a la
enfermería. Nosotros a seguir mirando la lidia. Faltan cuatro toros y me
dicen que hay dos de muy buena estampa. Y aún quedan matadores en el
ruedo.
Efectivamente, a poco, el público, repuesto, aplaudía la aparición de un
toro arrogante y alto, que alzaba orgullosamente el coronado testuz.
* * * * *
Al salir de la plaza nos detuvimos en una taberna cercana a descansar.
El espectáculo es de los que descoyuntan como una larga jornada. Cuando
ya la tarde se iba obscureciendo y la calle de Alcalá tomaba su aspecto
normal, vi pasar una procesión fúnebre: marchaba muy lentamente, a su
cabeza, una camilla cubierta de mantas, y cargada por seis robustos
mozos; toreros, amigos, periodistas y curiosos, la seguían. Así salió,
aquella tarde, «Pacomio» de la plaza. Ocho días antes, así había salido
también «Paco Madrid». A las primeras horas de la noche, los chiquillos
voceaban la gravedad del matador.
En la plaza de Canalejas, en los balcones de un diario, estuvo por
varios días un boletín dando cuenta del estado del enfermo.
Se acentuó la mejoría, y ya nadie hizo caso del suceso. No tenía
significación. Además, vino a ponerlo en completo olvido el anuncio de
que, en corrida especial, «Regaterín» iba a cortarse la coleta. Los
diarios todos se ocuparon en hablar del asunto. Tratábase de un
acontecimiento en la villa de Madrid. La Prensa publicó ilustraciones de
primera plana. Hubo en el ruedo y en los tendidos lágrimas, abrazos y
efusiones.
Para quitarme un tanto la impresión desconcertante de un suceso que no
me interesaba, me puse a leer con atención las noticias de la ocupación
de Biut, los combates que las tropas sostuvieron en Africa con los moros
rebeldes. Murieron allí, heroicamente, oficiales y soldados. El valor
español tuvo una alta manifestación en el cumplimiento del deber. Los
enviados especiales de la Prensa han hecho pequeños relatos de epopeya.
Y, no obstante, se diría que esta noticia no ha causado la sensación, la
emoción colectiva que yo me esperaba...