El delito pasional tiene en Madrid sus peculiares caracteres de raza: la
disputa por la hembra, la riña de la calle, el desafío de taberna, la
navaja insaciable. Todos los días los celos realizan sus dramas de
arrabal, y los periódicos, con despectiva indiferencia, dan noticia de
estos sucesos habituales sin adjetivarlos ni comentarlos. Son
insignificantes notas de policía que se amontonan en el sitio fijo de
una plana interior, entre las hazañas del ratero y el suicidio del
amante desdeñado. Los pocos que quieren enterarse de esas curiosidades
ya saben dónde van a encontrarlas.
Pero ahora, durante muchos días, la crónica del crimen ha tomado por
asalto la primera plana de todos los periódicos de España, y extendida,
pormenorizada, ilustrada, compite con las noticias de guerra, a pesar
del ruido de armas con que éstas se imponen en el campo del periodismo.
El pueblo, sacudido como por un ataque nervioso, lee los «reportages»
que pormenorizan y desmenuzan el delito de don Nilo Aurelio Sanz,
miembro de la clase burguesa, agente de negocios, medio rábula, medio
timador, listo para hallar trampas, salidas y vericuetos entre los
artículos de los Códigos; audaz y laborioso, insinuante y maligno,
dispuesto siempre a la caza de toda empresa turbia, maestro de hurto, e
infatigable prestidigitador del engaño. La vida de don Nilo es la novela
de un pícaro novisecular. Acosado por las deudas, impulsado por las
necesidades, se ingenia día por día para encontrar recursos que lo
salven de las situaciones apuradas. Y los halla en la mentira, en el
enredo, en la intriga. Hoy vende abonos minerales que resultan ser
puñados de tierra; ayer se proveyó de la subsistencia pleiteando con las
Compañías de ferrocarriles; para mañana está preparando la emboscada de
una comisión de compraventa. Es afable y diligente. Tiene apariencia
bondadosa y franca. Posee el inestimable don de gentes.
Y así fué como atrajo a un labrador septuagenario y honrado, quien de
los campos de su provincia vino a Madrid. Quería el inocente y acomodado
rústico comprar un molino. Don Nilo le hizo promesas, le dió confianza,
sedujo la natural ambición de todo campesino, y, con un calculado y bien
dispuesto plan diabólico, lo llevó una tarde a un hotelito alquilado
previamente en las orillas de Madrid, lo invitó a beber y, aprovechando
un momento, le descargó por la espalda tres o cuatro hachazos, que
partieron el cráneo al infeliz Sr. Febrero, que ese era el nombre del
labrador. Después, despojó al cadáver de dos mil pesetas y el reloj, y
lo enterró en una de las piezas del hotel. Todo esto lo hizo ayudado de
su hijo, un mozo de diez y ocho años. Y una vez hecho, salió
tranquilamente a disfrutar de su vida burguesa y a permitirse el lujo de
ir a veranear con su familia a un lejano y pintoresco pueblo.
De allí lo trajo la policía que, singularmente activa y perspicaz,
logró encontrar las huellas del crimen y desenterrar el cadáver del Sr.
Febrero. Don Nilo, abrumado por las pruebas e impotente para lucir sus
habilidades de embaucador, ha tenido que confesar:--¡Yo lo maté!--Y se
disculpa débilmente atribuyendo a una riña el asesinato. Y más que
disculparse él mismo, pretende disculpar a su hijo. No supo nada; no me
ayudó en nada; es inocente. Este rasgo paternal muestra que don Nilo no
es un tigre, sino un ser humano..., bastante inhumano, para premeditar
el robo y la muerte de un viejo indefenso.
El crimen es vulgar; con sus repugnantes lances y episodios, nos lo
imaginamos como si viéramos una película barata. Pero, vulgar como es,
llenó por más de dos semanas los periódicos y las conversaciones. ¿Por
qué?
Es que en este país, sobresaltado y pasional, son raros los crímenes en
frío, metódicamente combinados, analizados, como este de don Nilo, y
ejecutados por personas de la clase media, que lleven su inmoralidad
hasta el punto de que un padre y un hijo colaboren en la preparación y
representación de una comedia que termina con un cobarde y vil
homicidio. Ni el amor, ni el odio, ni siquiera el deslumbramiento de la
riqueza, la fascinación del oro, intervinieron en este sangriento
cálculo. Una ambicioncilla insignificante, una torpe necesidad de cubrir
con unos cuantos centenares de pesetas los agujeros de las deudas que
impedían el paso de don Nilo: eso fué todo. El trabajo era grande y
¡vive Dios! que estuvo bien llevado a término; pero la recompensa
resultó miserable: cuatrocientos duros como pago de tanta fatiga, de
tanto ingenio, de tanta audacia: escoger el sitio, la hora, engañar, dar
hachazos, limpiar la sangre, enterrar al muerto...
Nadie comprende cómo don Nilo y su hijo pudieron hacer eso por tan
escaso dinero.
Pero si profundizamos un poco en este crimen, que repugna y desorienta a
la vez, hallaremos la clave, no sólo en la maldad hipócrita de los
asesinos, sino tal vez en el modo de existir, de arrastrar la
existencia; mejor dicho, de una parte numerosa de esta sociedad
madrileña, la cual parte suele tener sucursales en las metrópolis de
los países americanos. En Madrid hay un género abundante: el
pauperismo. Y este se divide en diversas especies que van desde el
mendigo de llaga pintada y ceguera fingida, hasta el noble arruinado que
hace prodigios para sostener su categoría social. Entre esta gama se
destaca, por su tono obscuro y tétrico, por su terrible malestar, por su
escondida desgracia, una de las especies: la de los pobres de levita. Es
impenetrable; es vergonzante; lucha por ocultar su indigencia comunal,
obligada a gastar de lo superfluo sin haber probado de lo estricto.
Vive, en el incesante problema de hoy, asustándose del fantasma del
mañana. Cada día que llega plantea una cuestión de vida o muerte. Y urge
resolverla de prisa, por medio de subterfugios y sutilezas. No es
posible rebajarse hasta la limosna; no es posible tampoco vivir sin el
pan, sin el techo... y sin la levita. El desequilibrio es incesante; es
fuerza, para mantenerse en el alambre de la categoría, hacer prodigios
acrobáticos. El escudero de «El Lazarillo de Tormes» es una muestra de
la tortura del famélico que ha de mostrarse harto, del desnudo que ha de
disfrazarse de vestido. Lo que esta clase sufre y lucha en Madrid ha
sido narrado en dolorosas y admirables páginas por muchos artistas,
entre ellos por el magno don Benito Pérez Galdós.
Y de esta clase, de las chicas de elegancia chillante y cursi; de los
chicos de traje de moda y corbata nueva; del padre de bastón y reloj
dorado; de la madre de vestido de seda negra; de la familia en el cine,
en el teatro, en el veraneo; de esta clase del martirio, del dolor y de
la mentira, salió don Nilo a cometer sus fechorías. Y como en este
combate sombrío del pan y la levita fué perdiendo el escrúpulo, la
dignidad, la vergüenza; como los muebles, a los que por el trasiego de
los años se les cae el barniz, se encontró al cabo del tiempo con que no
sólo era un pillo, sino que podía ser un criminal. Y cometió la infamia,
urgido y violentado por las terribles exigencias de una posición falsa.
Apareció en él, el regresivo, el «nato», el precursor, con las
malignidades y vivezas del civilizado; el lobo con las mañas del zorro.
Nada de esto lo absuelve; pero, al menos, lo explica. El delito se
afianza, como planta de raíces envenenadas, a la tierra que lo produjo.
La sociedad siente asco por estos delincuentes desapasionados eximios
que ponen, en un asesinato, el ingenio, la razón y la paciencia de
ciertas gentes que se entretienen en descifrar charadas y logogrifos.
En cambio, y como un contraste revelador, por la misma época que don
Nilo en la Cárcel de Madrid, entró en la de Ronda--población
andaluza--otro criminal perseguido: «Pasos Largos». Se presentó solo en
una fonda, se entregó, vino la policía, lo recogió y lo condujo a la
prisión. Al ser conducido en un coche, la multitud, que curiosamente lo
seguía, lo aplaudió, es más, lo vitoreó.
El crimen de «Pasos Largos» es de los que producen: en el hombre
inferior, simpatía, y en el superior, interés y misericordia.
«Pasos Largos» era un cazador furtivo. De eso vivía, esquivando a los
guardias y jugando con ellos al escondite por bosques y caminos. Un día
fué alcanzado por un guardia y azotado cruelmente. «Pasos Largos» juró
vengarse y se vengó; quitó la vida a quien le había quitado el pellejo.
Desde entonces huyó con doble motivo: por cazador y por asesino. Y
siguió la existencia aventurera de los bandidos de novela, la del «Rey
de Sierra Morena», la de los «Siete Niños de Ecija», la de tantos héroes
de la fantasía popular. Fué un rebelde valeroso, desafiador de los
peligros. Hasta que, fatigado, y quizá arrepentido, bajó un día, como
Zaratustra, de la montaña y se puso él mismo en las manos de la
justicia. Mientras corrieron tras él no le dieron alcance. Cuando él
quiso, se ofreció voluntariamente.
Este hombre, producto de una región romántica e imaginativa, ha entrado
en su prisión como si entrara en su palacio de vuelta de una hazaña
portentosa. Ya sabe él que aunque la ley lo castigue, el pueblo lo
comprende y lo perdona. Ha escuchado un fallo rumoroso que debe de haber
sonado en sus oídos como un himno de apoteosis. A «Pasos Largos» la
Prensa lo ha tratado con cierta piadosa benevolencia.
Los comentarios de Madrid afirman que entre don Nilo y «Pasos Largos» se
abre un abismo. Puede ser; pero en el fondo de este abismo corre un
manantial de sangre humana.