Una de estas noches prometedoras de frescura, iba yo por el principio de
la calle de Alcalá, rumbo al «Retiro», cuando de una de las mesas que de
los cafés se desbordan en tumultuoso desorden por las amplias aceras, vi
levantarse a un hombre vestido de negro. El sombrero, de anchas y
flojas alas; la barba no muy espesa, pero flúida y crecida sí, y casi en
contacto con la barba, como disputando a ésta territorio, unos quevedos,
dentro de cuyos grandes arillos de carey brillaban, con suavidad, los
ojos obscuros; todos estos rasgos hiciéronme comprender que se trataba
de un artista, probablemente de un pintor o de un escultor. La silueta
nerviosa y delgada tenía mucho carácter. Mas lo que mejor le
peculiarizaba era que, al andar, la manga izquierda de la americana
flotaba vacía: a juzgar por los movimientos de la manga, faltaba el
brazo desde un poco más abajo del hombro.
De pronto, no pude sospecharlo; pero un instante después, noté que a mí
venía la singular persona, la cual, desde lejos, pronunciaba en voz alta
mi nombre; y, entonces, poniendo una rápida y profunda atención, hice un
esfuerzo de memoria, extraje de ella una imagen, la comparé con la que
estaba frente a mí, y estreché entre las mías la única mano que, con
afable gesto, me tendía el barbudo y manco hombre. Y como un recuerdo, a
semejanza de los pájaros, mete ruido al volar y despierta a otros
muchos, al saludar al recién llegado, recitaba yo para mi coleto, el
caricaturesco alejandrino de Rubén Darío:
Este buen don Ramón de las barbas de chivo...
Efectivamente, allí estaba, en cuerpo mutilado y alma noble, Ramón del
Valle-Inclán, el «Marqués», autor famoso, caballero de juventud
trashumante, hidalgo enamorado de las hazañas, soñador de viejas y
tremendas fábulas, poeta raro y pulido, que revive en sus exquisitas
canciones la gracia honda y sutil, el encanto fragante de las trovas
antiguas.
Más de veinte años hacía que en una calle de México nos habíamos dicho:
«hasta luego», como quienes se despiden para tornar a verse a la
siguiente mañana. Y el mañana ha sido muy largo, y, no obstante, Ramón
del Valle-Inclán ha sabido llenarlo de gloria y de ventura.
--¿Qué hace usted por Madrid?
--Ya lo ve usted; vivir. Acabo de llegar...
--Pues yo también. Vengo de Francia; he estado en París, he visitado las
trincheras. ¿Cuándo quiere usted que charlemos?
--Cuando usted quiera; mañana mismo, si es posible.
--Sí, mañana. ¿Dónde vive usted?
--En una vieja posada. Será mejor que me dé la dirección de su casa; iré
a buscarle.
--Bueno; calle de Don Francisco de Rodas, número 3; lo espero a las
cinco de la tarde.
--No faltaré. Buenas noches, Ramón.
* * * * *
En un barrio madrileño, muy bien saneado y cómodo, en el segundo piso de
una casa nueva, blanca, bien distribuída, vive ahora el insigne narrador
del «Romance de Lobos». Una vivienda luciente de limpieza. Llamo; abre
la puerta la muchacha criada, vestida con pulcritud, risueña y fresca.
Entro en la discreta penumbra de un angosto pasillo; después, levanta la
criada un cortinón de rameada y vieja seda verde, y me invita a pasar.
Es un saloncillo sobriamente amueblado: una mesa y una larga cómoda, de
madera fina y adosados al muro blanco, en dos de los lados del
cuadrilátero: frente a la mesa, apoyado también en el muro paralelo, un
pequeño y sencillo sofá, acompañado, como de dos acólitos, de dos
sillones braciabiertos; dos o tres sillas más por diversos rumbos. Sobre
la cubierta de la cómoda, en marco de metal, el retrato de un militar.
Curioseo la dedicatoria: es don Jaime. A muy poca altura de la mesa, un
cuadro apaisado de medianas dimensiones representa a Ramón del
Valle-Inclán, de poco más de medio cuerpo, en postura sedente. La figura
se destaca a un lado, en primer término, sobre una cortina descogida que
deja ver, al recogerse, un fondo de paisaje soñado, como los de los
retratos italianos del Renacimiento. Hay un bien logrado intento de
psicología en este retrato. El ambiente de la obra tiene no sé qué de
arcaico que parece emanar de la figura misma, barbuda, seria,
serenamente grave.
Todo este interior está iluminado por la claridad albidorada de la tarde
que entra, sin obstáculo alguno, por la ventana abierta, una ventana
cuya amplitud ocupa el ancho de la pared. Sobre el sofá está colocado un
hermoso óleo viejo, y a uno y otro lado de éste, otras pinturas y
dibujos. Me siento a esperar. Respiro el tranquilo y silencioso ambiente
de los «obreros de la palabra». Me acuerdo de que yo viví así no hace
mucho tiempo. Pasan unos minutos; oigo el eco sonoro de unos pasos que
se acercan; una mano, muy delicada, de largos dedos, levanta el cortinón
de la puerta; es él.
Es don Ramón del Valle-Inclán, pero un don Ramón más afectuoso, de una
amabilidad tierna, que presta a la voz un acento mórbido, tenoril,
ligeramente impregnado de feminidad. Tras el saludo cariñoso, nos
sentamos, yo, en mi sillón, y él, en el vecino extremo del sofá. Puedo
observar, a toda luz y atentamente, a mi amigo. Su cabeza pequeña, de
forma céltica, deja ver apenas, en el pelo corto, uno que otro hilo
blanco; el cutis del rostro se conserva juvenil y terso; luciente está
el obscuro castaño de la barba. Sobre la nariz, irregular, aperillada,
un poco plebeya, cabalgan los anteojos descomunales, y este adminículo,
que yo no le conocía, me desconcierta la imagen que conservaba en la
memoria; pero, en cambio, vuelvo a sentir la influencia de la mirada y
de la sonrisa, que son verdaderamente deliciosas.
Niños son los ojos, y niña la boca, y por ellos se exterioriza y derrama
el candor ingénito y diamantino de las almas superiores. En la mirada y
la sonrisa de Valle-Inclán se presiente la fuerza; pero se adivina la
inocencia. Dicen que es maligno; no se le conoce; lo que se le conoce es
lo apasionado, lo vivaz, lo nervioso. Dicen que es irónico; sí lo es, y
bien se nota cómo el ingenio gusta de pasarse, con agilidad duendil, por
los jardines del epigrama. Pero ser irónico no implica siempre ser
malicioso. La ironía suele no ser más que una corola encendida del rosal
de la gracia. Y la gracia es esencialmente amor y candor.
Valle-Inclán es, tal vez, un ironista caprichoso, que juega
gimnásticamente con la sutileza y el donaire. Se le juzga de otro modo,
quizá porque pertenece a la generación de los iconoclastas, de aquellos
jóvenes del «noventa y ocho» que se propusieron renovar las letras, y
que, para tal empresa, comenzaron por ejercitar sus rebeldías derribando
sistemáticamente los ídolos, minando y destruyendo las celebridades de
entonces. La tarea tenía más de atrevimiento que de justicia, pero nada
de extraño y muy poco de censurable. Los que llegan a la lucha, empiezan
por despreciar y desprestigiar a los que, ya cansados, conservan un
puesto que hace falta a los nuevos. Caen unos, levántanse otros, que, a
su vez, serán derribados más tarde, y luego, apagadas las pasiones,
viene la crítica, y, sin miramientos, da a cada quien lo que en rigor le
pertenece.
En un brevísimo instante pensé todo esto, mientras dábamos principio a
una conversación deshilvanada, insubstancial, nutrida de incoherencias y
preguntas vagas.
Aproveché un corto silencio para preguntarle lo que yo estaba deseando
desde el principio de la entrevista:
--¿Y qué impresiones tiene usted, Ramón, de su viaje a Francia?
--¡Oh!--me responde inmediatamente, y como adivinando mis intenciones--,
estoy seguro del triunfo.
Empieza a hablar, elevando un poco la entonación y haciendo intervenir,
para subrayar la palabra, a la única mano, que gesticula sobria pero
elocuentemente. Cuéntame, desde luego, su excursión al campo de batalla,
a las trincheras. Yo conozco todo esto por descripciones literarias.
No olvido los fuertes artículos nutridos de verdad del Dr. Ferrara. Y, a
pesar de eso, la narración de Valle-Inclán, que no me cuenta nada nuevo,
pone con mucha viveza la realidad frente a mis ojos. Es que estoy
escuchando a un conversador pintoresco, muy rico de dicción, fácil y
habilísimo en el manejo de las corrientes mentales para llevarlas por el
cauce lógico, sin retenerlas ni estancarlas en los remansos de la
digresión. El literato está acostumbrado a seguir sin desviaciones el
curso principal de los sucesos. No se detiene en incidentes ni
episodios, sino cuando cree que contribuyen a reforzar y a realzar la
acción fundamental. Conoce los recursos para encender el interés, y los
aplica con precisión y seguridad. Se diría que, aun conversando,
proyecta de antemano su discurso como quien traza el plan de una novela.
Lo que me seduce en la charla de Valle-Inclán, es la naturalidad. El
pensamiento espontáneo, la palabra simple: no hay torceduras
ideológicas ni contursiones sintácticas.
Fluye el lenguaje claro y sonoro como agua de fuente montañesa. Mas, en
esta misma sencillez, hay indudable elevación mental, sentimental y
verbal. A ratos, la conversación toma aspecto áulico. Detrás del poeta
comienza a perfilarse el profesor. Yo escucho con una atención escolar:
Estoy divertidísimo. La vida de topo del soldado, su esfuerzo, su
heroísmo, su alegría; los prodigiosos trabajos de defensa, los
improvisados jardines, las tremendas máquinas de guerra, las calzadas
polvorientas, los paisajes extraños, las descargas de fusilería, la
imprevista visita de las granadas... Es como una película a colores la
que estoy mirando.
Ramón iba acompañado de un camarada y varios oficiales, por un camino,
cerca de las trincheras, cuando, de pronto, vió que instantáneamente se
cubría de polvo amarillento la espalda del compañero, y, a la vez, él se
sintió bruscamente empujado por un golpe de aire, y, a pocos pasos,
hacia atrás, distinguió un gran agujero repentinamente abierto en la
tierra, un furioso remolino de arena, y un formidable estallido; era
una granada. Valle-Inclán creyó sentir en la suela de la bota el roce de
un casco. Un minuto de estupefacción. Se declara el aire. Los visitantes
y los oficiales habían salido ilesos. Y Valle-Inclán, para darme una
lección de «cosas», se pone en pie, va a la pieza vecina, y vuelve con
un pesado tubo vacío: el casco de la granada. Me quedo como párvulo en
«Kindergarden». Aquellas proezas del novelista me hacen el efecto de uno
de los cuentos fantásticos del «Cofre de Sándalo». El escritor está
junto a mí, con su sonrisa, ingenuo, y su mirada pura, y la expresión
serena de su flaca y barbada faz. Entonces recuerdo...
Recuerdo de Valle-Inclán, es un fantaseador extraordinario. Vive dentro
de una gesta constante. ¿Abulta o deforma la verdad? ¿Es hiperbólico o
decorador de la vida real? Yo pienso que, sencillamente, es un enamorado
de lo maravilloso. Su exaltación imaginativa no es otra cosa que una
resultante de sus generosas potencias espirituales, de su necesidad de
establecer la acción hasta los límites del ensueño. En el fondo del
hombre de letras se agitan los atávicos deseos del hombre de armas.
Sabido es que este admirable fantaseador tiene empapada la memoria en
filtros mágicos de aventuras y hazañas. Y se ve cómo, en efecto, el
valor en él está a la altura del ingenio.
* * * * *
Mas lo que en Valle-Inclán seduce como narrador, interesa menos que lo
que tiene de expositor. Reproduce con mucho calor y mucha variedad una
acción, pero es indudablemente superior cuando desarrolla una teoría.
Aquí su facundia, que se refrena, y su lenguaje que se afina y torna más
lúcido y precioso, sírvenle de extraordinario modo para enlazar, en
sólidas y bien trabadas concatenaciones lógicas, los aledaños aéreos de
todo un sistema filosófico que, cual otra escala de Jacob, se tiende en
lo infinito.
Con su verba diáfana y su firme encadenamiento lógico, va el ilustre
literato español desenvolviendo sus ideas sobre la guerra europea, con
el cuidado con que un mercader de Oriente desenrollase un velo antiguo
tejido con filamentos de luna. Me hace entrar en la nebulosa radiante y
azul de una metafísica etérea. Háblame de las causas profundas de esta
espantosa conflagración. Era una forzosa consecuencia, un camino que
debía atravesar, en su peregrinación ascendente, el hombre, vértice, él
mismo, de un ángulo inmenso y misterioso, cuyos dos lados son lo pasado
y lo porvenir. La teoría de Valle-Inclán posee un atractivo fatalismo
teológico.
El escritor predice el triunfo próximo de Francia, de Inglaterra, de
Italia. Y sus frases llanas y rítmicas adquieren sonoridades de
versículo. Parecen salir de los delgados labios con un doble y profético
sentido.
Entonces Valle-Inclán no es sólo el narrador de leyendas, ni el
expositor de teorías; es el orador, es más, es el predicador. La delgada
figura toma lucimientos ascéticos. El rostro se ilumina con un rayo
místico. Y da principio la hora de la belleza.
Porque de las razones sociológicas y políticas, el estupendo conversador
pasa, como por el puente aquel que en el cuento de Grim, estaba hecho
con un cabello de hada, a las radiantes comarcas de la Estética. En
ellas está mejor: las recorre como si fuesen su señorío. Habla de la
expresión artística, de la forma del verbo, de las cognaciones étnicas
en relación con los idiomas, y su discurso, cada vez más cristalino y
tenue, viene como fulgor de estrella, del horizonte de la metafísica.
Escucho, de la boca de Valle-Inclán, los mismos conceptos que más tarde
había de leer en su último libro: «La Lámpara Maravillosa».
«Las palabras son siempre una creación de las multitudes. Alumbran, en
la hora en que se hacen necesarias, como verbos de amor y comunión entre
los hombres.»
«Las palabras son humildes como la vida. Pobres ánforas de barro,
contienen la experiencia derivada de los afanes cotidianos, nunca lo
inefable de las ilusiones eternas. El hombre que consigue romper alguna
vez la cárcel de los sentidos, reviste las palabras de un nuevo
significado, como de una túnica de luz.»
«El secreto de las conciencias sólo puede revelarse en el milagro
musical de las palabras. ¡Así el poeta, cuanto más obscuro, más
divino!»
Y Valle-Inclán, estimulado por su verba, que es una cadenilla de plata
sonante, va afiligranando los períodos, cerrando con la gótica llave de
oro del ritmo de las cláusulas y matizando sus locuciones con las flores
vivas y luminosas de la metáfora. Mi entendimiento lo sigue como siguen
los ojos, en el azul, el vuelo de los celajes. Y mientras él teoriza
inefablemente, yo lo estudio y pretendo darme cuenta del poder de su
fascinación. Domina, no únicamente por la energía y flexibilidad del
pensamiento, sino también por el sonido de la palabra. La articula y la
canta de una manera particular, y armoniza, con arte muy delicado, los
conjuntos fonéticos. Es un excelente instrumentador de las voces. Y, a
la finura de la idea, une la orquestación mozartiana de los vocablos.
¿Un verbo-motor? Probablemente. Pero sobre todo un soberano artístico de
la fonética.
Yo había visto en Valle-Inclán al poeta, y luego, al batallador. El
heredismo despertaba imaginativamente en el hombre de letras al hombre
de armas. Y para completar los caracteres de la raza, salía ahora del
fondo del «yo» integral, el hombre de altar y claustro, el dialéctico
de habilidad asombrosa. El poeta, en cuyas prosas y rimas queda un
velado rumor del Cancionero de Baena; el «Marqués», que recuerda en sus
narraciones caballerescas las descomunales batallas del libro portugués,
vertido por Montalvo; el fraile teólogo que, como San Bernardo, predica
cruzadas y escribe tratados de la ciencia de Dios, juntos en un hombre
como Valle-Inclán, hacen de éste un tipo representativo que, en su
complejidad, muestra la imperecedera unidad de una raza.
EL escritor, nervioso ya, en plena sobre-excitación, se ha puesto en pie
y, hablando, se pasea a lo largo del saloncillo. El brazo derecho ha
recogido, por la espalda, la vacía manga izquierda, y la manquera
resulta así más visible. El brazo que falta ha sido cortado casi a
cercén, y entonces la figura que se mueve en las primeras penumbras del
atardecer, trae a la memoria, por asociaciones repentinas--materiales y
psíquicas--, las viejas estatuas mutiladas de los santos de piedra que
se yerguen en las hornacinas de las fachadas de los templos seculares.
Ha caído la noche, entretanto. Valle-Inclán me invita a recorrer con él
las calles de Madrid hasta la Puerta del Sol. Acepto y bajamos de su
blanca y pulida casita. Vamos, callados ya, por el antiguo y adorable
Madrid. Yo, en mi interior, reflexiono y comparo: ¡Cómo ha crecido este
espíritu! ¡Qué grandes son las alas de esta «Aguila de blasón!» Mas ¡qué
bien conservan su candorosa infancia los ojos y la sonrisa! Cuando habla
nuevamente me va contando memorias, caras a su corazón, de Cuba, de
México...
* * * * *
Hace pocos días, Valle-Inclán dió una conferencia en la Exposición de
cuadros de Anglada. Obtuvo un ruidoso triunfo. Para premiar sus méritos,
el Gobierno acaba de nombrarlo profesor de Estética en la Escuela de
Bellas Artes, de Madrid. El autor de «Flor de Santidad» está ya donde
debe estar: en la gloria, en la cátedra.