VALLE-INCLÁN

Barcelona y Madrid son las catedrales de la literatura española. En cada

una de ellas reside la diócesis de la crítica. Allí se consagra a los

elegidos. Es preciso pasar por ahí para recibir las órdenes menores y

mayores de las letras. Pero Barcelona tiene su especialidad regional: el

lemosín.

Madrid es la primera, la fundamental, la tradicional. El talento de

provincia necesita, para ser conocido y estimado y para ampliar su

esfera de acción, venir a Madrid. Porque en Madrid se equilatan y tasan

las joyas del ingenio. Bien visto, un poeta provinciano apenas si para

los distribuidores de gloria es algo más que un «ruiseñor americano».

Necesita llegar y conquistar. Para unos, el camino es fácil, y la

fortuna, mujer caprichosa, se muestra avasallada y rendida porque sí.

Para otros, en cambio, es harto difícil y tortuoso el sendero, y

esquiva y desdeñosa la suerte.

Mas la ventaja estriba en que se puede cambiar de ruta y orientación: el

teatro, la lírica, la novela, la crítica, el periodismo. Hay,

naturalmente, en todo eso, un aspecto mercantil y otro artístico. Un

autor dramático, injustamente silbado, da media vuelta, marcha y

encuentra sitio en la redacción de un diario. Claro que las facultades

son diversas, y cada uno de esos intelectuales requiere especialización

y preparación. No es posible abarcar en un puño un conjunto de

condiciones, tan disímiles, a veces, que lo que, por ejemplo, sirve para

un género, es para otro absolutamente inservible y hasta perjudicial.

Pero la necesidad ayuda a la acomodación, y se establece un eclecticismo

típico que da a la vida literaria de la Villa y Corte variados y

sugestivos aspectos. Es curioso contemplar aquí la lucha por la gloria,

que se confunde y mezcla con frecuencia a la lucha por el pan, hasta

constituir una sola lucha con identidad de valores en los propósitos: el

pan es gloria; la gloria es pan.

No es sólo en Madrid esta inquietud batalladora que nos hace cambiar de

rumbo y aplicar los esfuerzos a empleos para los cuales no habíamos

educado nuestras aptitudes; pero aquí las dificultades de la existencia

personal del literato, obligan marcadamente, más tal vez que en otros

países, a la desespecialización, a la difusión.

El teatro es la grande y primera fuente de riqueza para el hombre de

letras. Quien llega a él y obtiene buen éxito, ya tiene asegurada la

vida, a condición de no dormirse sobre los laureles. El libro es menos

productivo, naturalmente; mas aun con público restringido, si logra

vender, sostiene al autor, y sólo en contadas ocasiones lo enriquece. El

dramaturgo, al imprimir sus obras, participa de las ventajas que le dan

el teatro y el libro. El periodismo, particularmente si es literario, no

es, ni con mucho tan productivo como el teatro y el libro; pero es un

«modus vivendi» que, a falta de recursos pecuniarios, ofrece los de la

influencia y la popularidad que, en ciertos casos, prestan innegables

servicios. Muchos son los que, rodando del teatro o del libro, caen en

el periódico, y en él quedan, aunque siempre dispuestos a nuevas y

audaces tentativas para triunfar en el tablado y en el volumen.

* * * * *

Con mi propósito de silencioso acercamiento a los hombres de letras, he

tenido oportunidad de ver y oir en Madrid a algunos de los más

encopetados y célebres.

El verano suspende la vida social, los teatros se cierran, los palacios

quedan abandonados, tristes los cafés, mudas las orquestas y

transferidas las veladas del Ateneo. Medio mundo se va; pero el otro

medio mundo permanece y sufre los rigores del día, a cambio de la

impagable frescura de la mayor parte de las noches.

Este es el tiempo de las fiestas al aire libre, de las Verbenas, de la

opereta del «Magic Park», de las funciones del «Retiro», de las

nocturnas corridas de toros, del contento callejero, que no quiere cesar

hasta que lo sorprenda la luz del día.

Por calles y plazas va, en sonora fiesta, la multitud; los chicos

vocean, gritan los billeteros, rasguean sus apolilladas vihuelas los

mendigos; los tranvías derraman gentío en la Puerta del Sol; los

salones de los cafés están hechos un ascua. Pues, ¿qué hora es? Las tres

de la madrugada. En esta ciudad parece que no duerme nadie.

Y es que el medio mundo que en Madrid quedó, no es el más rico, sino el

más bullanguero; el que gusta de las cenas y bailes de la Bombilla, de

los mantones matizados, de la gracia oportuna, de la horchata de chufas

y del suave viento de la noche.

En el mundo que se fué están distinguidos artistas y poetas.

Sin embargo, intentaré hacer el esbozo de uno que en Madrid permaneció

hasta muy avanzado ya el Verano. Y así fué...

Estampas de viaje: España en los días de la guerra · 第 32 / 45 题