A las seis de la tarde, el sol madrileño ha empezado a perder su brío.
Después de quemar, durante siete horas, la ciudad, y de fundirla en sus
cálidos oros, se complace en acariciarla con suaves y matizados fulgores
y le pide al viento su ayuda, el cual de buen grado la da, soplando
tenuemente, y repartiendo así consoladora frescura.
Madrid, entonces, entra en una repentina animación que no abandona ya
sino hasta la vuelta del nuevo día. Repentinamente se pueblan: de niños,
el Prado; de coches, la Castellana; de transeuntes, la Puerta del Sol y
la Carrera de San Jerónimo; de parroquianos, los cafés; las calles
centrales, de mujeres hermosas, y los árboles de los viejos jardines, de
pájaros y gorjeos. Los tritones y delfines de las fuentes monumentales
sueltan sus delgados y corvos chorros de plata irisada; el carro de
cantera blanca de la Cibeles se sonroja con las luces del Poniente, y,
en la misma línea, al otro extremo, los dientes del Arma de Neptuno
clavan y retienen una última llamarada vespertina.
Las ventanas y balcones de los edificios, las lanzas de las rejas, las
columnatas y bordaduras de piedra de los palacios, los bronces de las
estatuas, las farolas del alumbrado, todo relampaguea y resplandece. El
Goya de la fachada del Museo de Pinturas parece sentado en un sillón de
oro fulgido. A la vuelta, Velázquez, sobre su bajo pedestal, mira cómo
relumbra en su mano la paleta obscura; San Isidro y Alfonso el Sabio, en
la escalinata de la Biblioteca, perfilan, en la diafanidad del aire, el
blanco mate de su granito; los negros leones del Congreso muestran la
melena untada de amarillo solar. Aquí y allá, en las esquinas de los
parques, los quioscos de refrescos son ascuas. En las frondas compactas
del _Retiro_ hay escardillos de esmeralda.
En esta hora, Madrid está hecho con cristales de color; cristal de roca,
las fachadas; azogado cristal las fuentes y los estanques; cristal
verde, los árboles; cristal de Baccarat, los mármoles...
Hasta las piedras ennegrecidas de las casas seculares que, como ancianas
coquetas, no logran ocultar la edad; las calles de antaño, angostas,
tristonas, con sus altos muros, sus vanos exiguos, sus balconcillos, por
donde asoma, de cuando en cuando, el penacho florido de un tiesto; hasta
el Madrid secular y semidestartalado, sonríe, y su sonrisa ingenua y
amable nos parece la de una boca desdentada. Los inclinados techos de
teja mezclan ocre a sus rojos polvorientos.
Y éstos, precisamente, son los momentos en que comienzan a salir y a
recorrer la ciudad los mendigos, las gitanas, adivinadoras de la suerte,
los ciegos de bordón y lazarillo, los músicos ambulantes, las cantadoras
de coplas, los violines de prima gemebunda, las guitarras de rasgueo
monótono, los acordeones de vocecilla aguda, el hampa española,
pintoresca y pedigüeña, que va por esos mundos despertando la
curiosidad, moviendo la compasión y recogiendo la calderilla en el
consabido plato de estaño.
Para el viajero, para el que por primera vez pisa estas históricas
tierras, el desfile de la Corte de los Milagros tiene un vivísimo
interés y constituye un singular entretenimiento. Nada más pintoresco,
ni más típico, ni más evocador.
En la banca de un paseo, en la silla de un café, en cualquier recodo, en
cualquier ángulo, donde se quiera, no importa dónde, puede improvisarse
un sitio de recreo y observación, que si la mano no es avara y el alma
es piadosa, cuesta poco: algunas _perras chicas_ repartidas entre la
miseria ambulante.
La manera más común de pedir de estos pordioseros, es cantando algún
airecillo en boga, tañendo algún instrumento de cuerda o soplando en
alguna flauta de barro. Los hay que van solos, y los hay también que
forman sociedad, y juntan y armonizan voces, instrumentos y ganancias.
Va usted caminando y distraído por esas calles de Dios; oye usted el
silbido licuado de un pito que caricaturiza un tema vulgar de
zarzuelilla o de opereta; se acerca usted, y en el entrepaño que separa
dos puertas, ve, recargado, a un viejo. Es una hermosa figura: largo el
cabello, muy larga la canosa barba, noble y afilada la nariz, ancha la
frente, alto y enflaquecido el cuerpo, que viste pobre, mal cepillado
traje de americana; las manos están afanosamente ocupadas bajo la boca,
en tapar y destapar los agujeros del flautín de arcilla, de donde sale
torpemente modulado, un tema popular. Los ojos están cerrados. Y usted
oye, ve, imagina, recuerda, hace una novela eléctrica, siente un impulso
tierno y saca del propio bolsillo la moneda, esperada ya por la vieja
mano, que repentinamente cambió de ocupación. Usted se aleja pensando en
Homero, en Edipo, en el rey Lear. Bien dijo el célebre _ironista_ que la
hermosura es una carta de recomendación que da la Naturaleza.
Pero cátate que, mientras usted toma tranquilamente su asiento en la
acera del café, llegan y se enfilan frente a usted cuatro singulares
personajes: dos mujeres de edad indefinible y dos hombres de catadura
sospechosa: sucios, andrajosos, descascarados. Ellas llevan cubierta la
cabeza con sendos pañuelos de hierbas; ellos la llevan cubierta,
asimismo, con sombreros o gorras de formas inverosímiles; ellas cantan,
ellos acompañan el canto, uno con un violín y otro con un guitarrón. Las
caras hacen gesticulaciones que parecen arrugamientos de trapo viejo.
Este es ciego, tuerto aquel, y al de más allá le manan, y no ámbar, los
ojos pitarrosos. Vienen coplas de amor, desengaño y tristeza; coplas
españolas, de melancolía árabe, en las cuales llora, sintetizada, una
pasión, ausencia, ingratitud, traición, olvido. Viene la canción
alusiva, picaresca, oportuna, en la que cada palabra adquiere un sentido
penetrante, y es como un grano de sal, como una caja de gracia
maliciosa. Y vienen el vals vienes y la jota aragonesa, desafinados, con
la letra cambiada, con la frase torcida, con el acompañamiento de moscón
de la guitarra y los crispantes chirridos del violín; mas coplas,
canciones, vals y jota traen desenfado y se llevan céntimos.
Porque el platillo recorre las mesas, el salón, los rincones, las
aceras, y de mano en mano de mozo en mozo, de transeunte en transeunte,
pronto se le ve, si no henchido, visitado a lo menos, por los obscuros
discos de las monedas de cobre.
No se ha marchado aún esta compañía lírica, cuando llegando esta otra,
de mayor o menor personal, de mejor o peor afinación, de diverso
instrumental, de distinto repertorio, de orfeón sólo o de exclusivo
género sinfónico; tres muchachas: una que canta en pie; otra, que,
sentada, abre y cierra el acordeón, y la más chiquilla, que recoge las
limosnas; un baturro de negro y corto pantalón, encintada pantorrilla,
hilacha de manta al hombro y varejón en mano; dos hembras greñudas y
tomadas de orín como las armas de Don Quijote; una pálida niña, de ojos
abiertos por el hambre y por la desvergüenza; una anciana, hecha una
_etcétera_ dentro de su manto raído; un mundo, en fin, el mundo de los
desheredados, de los inútiles, de los mutilados; el mundo de la pereza y
el vicio, de la incuria y del dolor; el fondo de la miseria, el
sedimento de todo conglomerado social, que sube a la superficie en estas
horas de alegría, y que burbujea y hace espuma, como si señalara
venenosas fermentaciones. Hasta bien entrada la noche sigue pasando la
_procesión histórica_, que plañe, grita, canta, implora, amolda una
oración en un aire de _tango_, y habla de sus enfermedades y desdichas
en tiempo de mazurka. Todo pintoresco, animado; todo sinceramente
optimista; a tal punto, que en estos rápidos cuadros de género que han
pintado tantos pintores españoles, la misericordia nos parece frívola,
la que ya nos suena a _cante-jondo_, el dolor se nos figura falseado, y
se nos antoja fingida la ceguera. Es que aquí la tristeza lleva
cascabeles, y los mendigos cargan guitarra. Es que aquí la mendicidad
tiene sus puntos y ribetes de juerga. Es que la despreocupación y la
alegría de vivir están en la atmósfera.
* * * * *
¿Procesión histórica acabo de decir? Si, estas costumbres, esta
mendicidad retozona, esta musiquería ambulante, esta hampa colorida, son
antiguas, son seculares, están historiadas en los códices polvosos de
los cantares de gesta, descritas en los libros de Don Juan Manuel,
rimadas por Don Juan Ruiz, el fraile nocherniego del siglo XIV,
contadas en la vida del Lazarillo de Tormes, y desgranadas en mil y tres
fábulas, en las novelas de truhanes y pícaros. Estos mendigos de
guitarra y violín, estas cantadoras de copla coreada y jaleada, estos
flautistas de barba ermitañesca, son los mismos de hace ocho y siete y
seis siglos, son una prolongación, un desprendimiento, un escurrimiento
de las edades pretéritas, y constituyen una variante, una transformación
de aquella andante juglería medioeval, que llevaba por todas partes, a
los pueblos batalladores, una visión del ideal épico y una gota
trovadoresca de ensueño y galantería.
No piden a secas, cantan, tocan, llaman a las puertas del alma popular
con los mástiles de sus mugrientas guitarras; piden una moneda de cobre
a cambio de canciones y rasgueos. Esparcen a los cuatro vientos polvo de
regocijo y de ilusión, a trueque de un poco de calderilla desgastada. Y
como en los tiempos del _Mío Cid_, se conforman con un vaso de vino, y
ahora con un terrón de azúcar, cuando no reciben dinero.
Billeteros y pilluelos voceadores acompañan la sinfonía.