VERBENAS Y TRADICIONES

Noche de agosto; brava noche, de calor seco, asfixiante. Son las once. Y

decir las once en verano, es decir aquí la hora del principio del

bullicio, de la preparación de la fiesta. El Madrid verbenero se

divierte de once a cinco.

Por la calle Mayor pasan henchidos los tranvías, y se nota un frecuente

ir y venir de coches alquilones que entran y salen por los arcos de la

gran plaza. La gente que marcha a pie, va como en romería. Pasan mujeres

garbosas, y, por distintas partes, pasan mantones historiados y

floridos: uno blanco y otro azul y otro rojo; pasan, llevadas

cuidadosamente, guitarras enlistonadas, y algunas van ensayando, _sotto

voce_, rasgueos y pespunteados. La calle y la plaza, mal alumbradas por

la luz verdosa de los faroles públicos, presentan, con su procesión

popular, un aspecto un poco rembranesco, un cuadro nocturno en el que

juegan, en violentas antítesis, la sombra y la claridad.

Curioso y vagabundo, me dejo arrastrar por la multitud. De repente, me

encuentro en la calle de Toledo. Ya estoy en el límite de la zona del

regocijo. Desde la Plaza de la Cebada se extiende la batahola; luces,

tinglados callejeros, papeles de colores, guirnaldas de claveles, ritmos

de castañuelas, afinadas vibraciones de cuerdas, ecos de voces que

cantan, hervor humano. Voy acercándome: puestos de almendras, tendidos

de peladillas, pirámides de melones, mesas con platos de aceitunas y

vasos de manzanilla; juguetes, alfarería, gritos de vendedores

ambulantes; calles estrechas, por cuyas calzadas va la gente abriéndose

paso con los codos; algazara, cuchicheo, rumores de colmena; sombreros

de torero, gorras de _golfo_; peinados de chula, muchos ojos negros;

muchos labios frescos; una rosa aquí y otra allá; una agudeza

canallesca, un modismo de barrio; música por todos lados; ruido que

ensordece; calor que sofoca.

En una calle semiobscura, la amarilla y radiante mancha de una iglesia

romántica y nueva, dentro de la cual se aprieta la gente por ver a la

Virgen en el altar mayor, hecho una brasa rutilante. Distintos

cobertizos se alzan en medio de la calle. Este cobertizo es salón de

baile; dentro danzan las parejas en típicas posturas, suena incansable

el organillo de manubrio, se pasea el bastonero enarbolando su largo

palo, que es un tirso de listones; fuera, detenida por la frágil

barandilla, la muchedumbre atenta mira el cuadro. Aquel cobertizo es

improvisado restaurante, y en él familias enteras de la clase

submedia--obreros, menestrales, cigarrerillas y gente de juerga,

mozuelas y galancetes--, sentados en torno de las mesas, comen con

incitador apetito. Grupos regionales, repartidos por los distintos

lugares, cantan y bailan: unos a la andaluza, otros a la aragonesa, acá

las sevillanas y acullá las jotas, en incesante y sugestiva monotonía.

Los muros, viejos; los pavimentos, mal empedrados; los portales,

obscuros; tabernas y cafés, brillantes y concurridísimos; un contento

natural, ingenuo, que se respira en el aire (¡y eso que apenas se

respira!); simple alegría de vivir de un pueblo que no ha perdido la

salud espiritual. Esta es, pintada a brochazos, la célebre verbena de la

Paloma.

Me acordé de la que yo conservaba en la memoria, entre los trastos de la

guardarropía y los viejos retratos de las tiples; me acordé del sainete

de Ricardo de la Vega, musicado por Bretón. Y comparando la realidad con

el artificio, hallé que éste tenía una vida tan intensa como aquélla, y

que, sin literatura, sin subterfugio, sin arte casi, el poeta había

trasladado un pedazo de verdad al escenario, arrancándolo de este

ambiente alborotador del barrio madrileño. No parece una copia, sino el

original mismo, que, sin perder detalles, queda reducido al espacio

pequeño del tablado. Tan exacta es la identidad que, por momentos, me

sentía formando parte de un coro zarzuelesco, y buscaba a mi lado la

muchacha a quien cantarle aquello de:

Como es la Virgen

de la Paloma...

Estaba yo en pleno _género chico_ de la vida. Y en cada viejo

emperifollado distinguía al boticario calaverón; en cada bien plantada

jamona reproducía la _Señá Rita_; en cada anciana obesa que bailaba

sacudiendo las trémulas carnes recordaba a la _tía fingida_ de la morena

y de la rubia. Muchas rubias y muchas morenas se paseaban allí, del

brazo de sendos Julianes enamorados.

Y es que las costumbres de este pueblo no necesitan aderezo para ir al

teatro y renovarse en él por medio de pintorescas escenas, castizas

agudezas, animados personajes, intencionados diálogos, música típica y

chuscos episodios. Son estas las horas en que el pueblo de la villa vive

para reir, para querer, para desbordar el entusiasmo y el alborozo, en

la calle, en la plaza, al son del organillo y entre las agitaciones del

tumulto.

Los majos de don Ramón de la Cruz, los horteras de las _Escenas

matritenses_, el _Castellano viejo_, de _Fígaro_, la _Fortunata_, el

_Celipón_, las _Miaus_, de Pérez Galdós, y el cesante famélico, el

valiente de barrio, el galán de vecindad, _La revoltosa_, la _Regina_,

las _Mujeres_, en fin, y los hombres todos de Burgos, de Sinesio

Delgado, de Arniches, de los dioses mayores y menores, del chiste

escénico español, y de los antiguos costumbristas, y de los novelistas

de genio, andan aquí barajados y revueltos, y se nos presentan para

desaparecer, como por obra de fantasmagoría, entre el gentío de la

verbena de la Paloma.

Es vigoroso el carácter plástico y psíquico que conserva este pueblo.

Una chula madrileña no cambiaría su mantón por el velo de Tannit. Un

guapo mozo no se desanudaría del cuello el pañuelo de seda, para que, en

su lugar, le colgaran un toisón de oro. Las modas han alterado el traje;

pero no lo han acercado a cualquiera otra vestimenta extranjera; el

pueblo, con un raro instinto de individualización, ha adoptado sus

modelos y figurines, y ha peculiarizado sus imágenes.

Al modernizar su apariencia, obligado con imperio por la necesidad,

siempre se retrasa, y, principalmente en el atavío femenino, deja algo

de arcaico, algún toque arqueológico: la peineta, la mantilla, la

estirada media blanca, el zapato bajo.

Las provincias, menos expuestas al contagio social, conservan mejor sus

vestidos característicos: Andalucía, Aragón, Galicia.

Pero este pueblo de Madrid, el de la chulapería andante, si ha retocado

el indumento, ha persistido en la conservación de su alegría

desenfadada, de su _quemeimportismo_, de su gracia a flor de labio, de

sus fiestas seculares y de sus ruidosas verbenas.

Pueblos firmes por dentro y por fuera, pueblos que persisten en

peculiarizarse y no olvidan ni desdeñan sus antiguallas, por seguir

formas de placer inadaptables al espíritu de la raza, tienen una larga

vida nacional. El _misoneísmo_ colectivo, que, en ocasiones, perjudica y

retrasa, en ocasiones también sirve y robustece, porque cultiva en la

existencia popular el amor a la tradición y unifica en un sentido común

el espíritu de las generaciones.

Bueno es acabar con la inveterada rutina; pero malo destruir las viejas

tradicionales costumbres. Es un error derribar a golpe de piqueta un

edificio, un monumento, representativos para el arte y para la historia,

y construir, en su lugar, o un monumento o un edificio nuevos.

Y, sin ser monumentales, son tradicionales y representativas estas

verbenas de Madrid, tan pintorescas, tan interesantes y típicas, desde

la de San Antón, hasta la de la Virgen de la Paloma.

Estampas de viaje: España en los días de la guerra · 第 28 / 45 题