I
ALIADÓFILOS Y GERMANÓFILOS
FIESTAS DE NIÑOS Y FLORES
Mientras voy subiendo por la empinada calle que conduce al Parque Güell,
me entretengo en oír conversaciones en español, que lo que es de las
otras, de las catalanas, no percibo sino palabras sueltas. Leo el
lemosín, pero no lo oigo; y en esta ciudad son escasos los momentos en
que se habla castellano. Pero alguna vez, el hijo de esta tierra tiene
que comunicarse con sus compatriotas, con el montañés, con el gallego,
con el vasco, y entonces recurre al idioma común, no sin hacer para ello
un visible esfuerzo, porque está siempre bien hallado su pensamiento con
la expresión vernácula.
Y, en esta tarde de domingo, somos muchos los que vamos al Parque Güell
a ver una «fiesta de niños y flores». Naturalmente que los obreros,
vestidos como cualquier burgués elegante, no faltan. Estas excursiones
al campo son el recreo de los días de fiesta. El pueblo sale de la
ciudad y se va a la montaña, como el «Zaratustra» de Nietzsche.
Y entre los paseantes, los hay de distintas regiones de España. Por eso
se oye el castellano, y por eso puedo entretenerme en escuchar algunas
conversaciones. Todas son sobre la guerra, sobre el último combate naval
del mar del Norte. Hay en esas conversaciones asombro, pero también
pasión. Germanófilos y aliadófilos discuten con tibio acaloramiento, que
denota que están enfrenados los ímpetus. En Barcelona, el germanofilismo
es abundante. En los cafés, en los teatros, en las plazas, en los
paseos, me he dado cuenta de esa abundancia. Sin embargo, los
partidarios de los aliados no son pocos, y si pueden vencerles sus
contrarios en cantidad, difícilmente en calidad pueden ganarles. He
notado, y es esta una observación que no he podido comprobar, porque
para eso necesitaría vivir aquí largo tiempo, he notado, repito, que, en
general, las clases intelectuales son aquí decididamente aliadófilas, en
tanto que las no intelectuales son decididamente germanófilas. Un
comerciante, por ejemplo, se pone a conversar de la guerra con un
doctor, y las tendencias contrarias aparecen a poco andar; el
comerciante muestra sus simpatías, más fervorosas que reflexivas, por
los imperios centrales; el doctor enseña su criterio, frecuentemente
razonado y favorable a Francia, Inglaterra, Italia y Rusia.
Y en esta vez, en esta tarde de domingo, he logrado recoger algunos
juicios y reflexiones.
Tres sujetos vienen junto a mí hablando de la guerra. Dos, son
admiradores de Alemania, y uno, de Francia e Inglaterra. Se discute la
entrada en Cartagena del submarino teutón. Y de repente, en medio de la
caldeada conversación, cae un frío vocablo: neutralidad. Y el buen
sentido de esta gente se pone de acuerdo en un punto esencial de la vida
política española. Y aparecen las razones serenas, ponderadas, exactas,
en favor de una noble y completa abstención de este país, en la locura
infernal de la guerra. Es el papel que, según estos hombres, toca
representar generosamente a España. Y por entre la malla de las
lucubraciones, viene rodando, en vuelo alegre, la peseta, la favorecida
precisamente por la actitud de prudencia y tacto de la nación española;
la peseta, la que, como David a Goliat, ha vencido al «dólar».
Escucho y sonrío. Recuerdo que estoy en la tierra de Cervantes, y que el
buen Alonso Quijada concedía, de cuando en cuando, la razón a las
irrefutables llanezas de Sancho.