No tengas miedo aquí, campesino bonachón y crédulo, de que a estas
horas, las once de la noche, en alguna de estas encrucijadas, el alma en
pena de Berenguer el Fratricida se nos aparezca y nos amedrente. Ya no
hay fantasmas, no hay más que malhechores, como en toda gran capital.
Esta es la tierra de los «timos», y es a los timadores a quienes debes
temer, no a las sombras. ¿Ves conversar a la luz de aquel mechero
verdoso a tres caballeros de bombín flamante y bien cortada americana?
Uno, ¿lo ves cómo ha llevado la mano a la boca para detener en ella un
fragante veguero, y en esa mano brilla el ojo resplandeciente de un
diamante que alumbra, con ser tan pequeño, más que el farol de la calle?
Lo puedes notar. También otro de ellos lleva clavada una estrella en el
nudo de la corbata. Y el tercero muestra orgullosamente una cartera de
piel adobada, que revienta de billetes de Banco. A éstos sí debes
temerles, y no a endriagos y aparecidos. Pasemos lo más lejos posible.
Porque pudieran muy bien acercarse a nosotros, entablar conversación y
hacerse nuestros amigos; si eso sucediera, mira que podríamos caer en
cualquiera de estos garlitos: el de la «herencia», el del «portugués»,
el del «casamiento»; y tus ahorros, esos que llevas cosidos en el
bolsillo de la chaqueta, y ni a Dios enseñas, pasarían a las manos de
los timadores por un limpio acto de prestidigitación; te lo aseguro.
Fuiste ya a oir en Novedades a la Compañía de María Guerrero, quien
parece no sentirse vencida de la edad, como la espada de D. Francisco de
Quevedo; ya te deleitaste con la música de _Maruxa_, y te divertiste con
la vacuidad del género chico; ya te asomaste al teatro catalán, en una
velada al aire libre, en las Arenas de Barcelona, donde tres o cuatro
millares de obreros ocupan las gradas del extenso anfiteatro. Viste
desarrollarse en el rústico tablado la fábula de Daudet, la famosa
«Arlesiana», comentada y subrayada por la pintoresca y cordial música de
Bizet. Hastiado estás del cinematógrafo y de sus dramas espeluznantes;
no alcanzaste la temporada orfeónica, y te has contentado con visitar el
palacio del célebre coro catalán, en cuya arquitectura, de gusto
discutible y de indescriptible originalidad, hay una maravilla de arte:
el grupo escultórico de Blay.
Mas aún nos queda por conocer una de las diversiones típicas de
Barcelona: los cafés cantantes. Sé lo que vas a decirme: el café
cantante es una de las más viejas perversiones europeas y americanas.
Pero es que aquí adquiere una peculiaridad que, por ahora, lo distingue
de los otros, de los de París, de los de Madrid. Ya verás.
Del monumento a Colón al llamado Paralelo, no hay más que un paso. Si se
diera otro más se llegaría al Montjuich. Pero no es necesario. En esta
amplísima calle, por donde incesantemente van y vienen tranvías, hay
luces en las fachadas, anuncios eléctricos, focos de colores, llamativas
iluminaciones que se extienden por ambos lados, hasta perderse en la
obscuridad de la noche. Son los cafés cantantes unos diez, cien, quizá
doscientos, muchos, que ofrecen la impresión de lo inacabable. Están
funcionando todos desde las cinco o seis de la tarde. Su aspecto y su
construcción nada tienen de particular: una sala de espectáculos, con
sus bancas en fila, como en un teatro, y en cuyos respectivos respaldos
una tabla pulida sirve de mesa a los concurrentes posteriores; una o dos
series de palcos, llenos de mujeres livianas y de tenorios callejeros; y
abajo y arriba, y por todas partes, desenfado licencioso. Este pueblo no
se embriaga, de modo que la copa de cognac, o de anís o de Bacardí (como
en La Habana impera el nombre y también el anuncio de luz), son un
pretexto para tomar asiento. Hay más vasos de café que de vino o
cerveza. Y más, muchos más que los vasos y que los concurrentes, hay
cupletistas.
Para cada teatrillo de estos, pasan, noche a noche, treinta o cuarenta
mujeres, vestidas al capricho, semidesnudas las más, y otras, que muy
poco tienen que hacer para desnudarse en el tabladillo iluminado «a
giorno». Sedas, rasos, gasas, lentejuelas, que se agitan y deslumbran
sobre las carnes pintadas de estas artistas ínfimas. Las hay catalanas,
italianas, francesas y andaluzas. Las coplas pícaras, las canciones de
moda que chorrean malicia, los retruécanos indecentes, las alusiones
pornográficas, están acentuadas y completadas por el gesto y la música,
que son de un naturalismo despampanante.
La chulería madrileña y la gitanería sevillana triunfan en estos diarios
concursos de la gracia malévola. Porque hay, indudablemente, gracia en
la letra, en la música y en la interpretación de estos cantos, que,
aunque caricaturescos, reproducen en su forma perversa, la vida popular.
A veces, por entre los temas canallescamente amorosos, se desliza alguno
de franco sabor romántico y de libre opinión política. Los hay también
socialistas y dramáticos, rencorosos, apasionados, llenos de protestas y
amenazas.
Mal disfrazada y peor comprendida, cruza todas las noches por aquí la
«rumba» cubana.
El baile se entrevera con el canto. Las castañuelas, hábilmente tocadas
por las bailarinas, marcan el ritmo sensual de jotas y sevillanas. Las
muchachas se descoyuntan en violentas actitudes, que sirven muchas veces
para obligar a las faldas a que dejen de cumplir con su deber. Son los
mismos viejos bailes de que nos hablan las crónicas del siglo XVII: el
«gateado», el «zapateado», el «escarramán», revividos de un modo
singular, en una plástica vigorosa y nueva, en una visión modernista de
lo más interesante y característico.
En el tablado radiante, entran y salen mujeres provocativas, gordas como
cacharros de vino, espigadas como caña de manzanilla; magras unas,
amplias las otras, blancas y morenas, hermosas y feas, cada una con su
desvergüenza, con su desenfado, con su tentación a luz de mirada y con
su sonrisa a flor de labio. El quinteto de músicos, fatigado, ronronea
abajo. Los mozos del café van y vienen con las charolas llenas de vasos.
Y... en el salón, los espectadores, de cuando en cuando, juntan sus
manos para producir un desmayado aplauso. El público de los cafés
cantantes muestra más indiferencia que deseo, más hastío que
sensualidad. No se embriaga con vino; pero tampoco con entusiasmo.
--¿A qué van entonces allí?--preguntas tú, campesino candoroso, que
probablemente sientes delante de estas muchachas bailarinas lo que
Herodes delante de Salomé.
--Pues a matar el tiempo, a atemperarse el fastidio, a encanallarse
mejor que a divertirse, y a procurar encender en un grosero incentivo su
fatigada imaginación.
Claro que por aquí andan los rubicundos alemanes, los franceses de cara
ingenua, las _cocottes_ de las Ramblas, y de seguro que también la
andante apachería se habrá diseminado por los cafés cantantes del
Paralelo y de la calle del Conde del Asalto. Son muchos y grandes estos
teatros típicos, y todos ellos llaman con sus anuncios luminosos. Pero
no son estas diversiones sólo para extranjeros pervertidos. El pueblo
catalán asiste a ellas, y en ellas domina. Suyas son y han entrado en
sus costumbres. Hay aquí una domadora de voluntades: la cupletista.
A este barrio viene la espuma que forma el flujo y reflujo de la vida en
plenitud, rica de ansias nuevas. En el Café Español, el de los obreros,
vasto como una catedral, iluminado como un palacio, hay millares de
mesas pequeñas, en torno de las cuales se aprietan las familias, la
mujer, los hijos, los hermanos. Hay blusas azules, manos gruesas, pipas
humeantes, francas risas y rumor de conversación por todas partes. Junto
al enfermizo espectáculo, vive la reunión saludable; entre la maldad
alborotadora, se abre paso la honradez tranquila.
Pero, ¿qué te sucede, campesino? Te has detenido frente a un café
cantante; entras en el vestíbulo, espías. Un ruido metálico, un
_tín-tín_ argentino te llama la atención; te fijas hacia un lado. En el
fondo, alrededor de una mesa de tapete verde, se inclina, en un
espectante silencio, una multitud de hombres y mujeres. ¿Una sala de
juego? Sí, precisamente eso. El café cantante es tal vez el pretexto. Y
no hay, tal vez, uno que no tenga al lado, devoradora y pérfida, una
mesa verde. Birján aprovecha las redes que Venus tiende a los cándidos.
Así, al comenzar el verano, cerrado el Liceo, mudo el orfeón, desganada
la zarzuela, con el pie en estribo la comedia, se divierte la ciudad
laboriosa y monumental, que gusta de morder por la noche la agria
manzana del pecado.