A las siete de la mañana estábamos frente a Cádiz. El mar, azul y rosa,
sin una arruga; terso y brillante, como de vidrio. Sobre él, en segundo
término, la vieja ciudad, montón de caseríos blancos extendidos en una
faja que moteaban las manchas verdes de los jardines.
El sol espolvoreaba su polvillo radioso por encima de aquella blancura.
La hermosura de la bahía nos emocionaba menos que la presencia de la
tierra cercana. En el anterior anochecer habíamos visto fulgurar en
lontananza, como un astro a ras de las aguas, el faro del Cabo de San
Vicente; y por mucho tiempo clavamos ojos y pensamiento en el punto
fúlgido que nos hacía guiños de lumbre.
--Aquí está ya la tierra--nos decía--: pronto volverás a verla.
Y, en efecto, el faro cumplió su promesa; poco después de amanecer,
Cádiz estaba allí. Atracó el buque en el muelle. Echaron los marineros
la escala, descendimos, y con regocijo alborotador, semejante al de los
muchachos que salen de la escuela, en varios grupos, los pasajeros
echáronse a caminar, los más sin rumbo ni propósito, y los que debían
quedarse allí, por ser el término del viaje, a buscar asilo y reposo.
En terreno plano, las angostas y torcidas callejas de Cádiz impresionan
por su aspecto limpio y sencillo. Las fachadas, de altos muros,
empenumbran las vías estrechas; pero como domina el color blanco, la
pintura clara, hay, a pesar de la ligera penumbra, alegría en el
ambiente. Por lo general, no hay balcones, sino miradores de cristales
cerrados. Es raro ver asomada en ellos a una persona. Figúrome que esta
es una de las seculares costumbres, residuos, tal vez, del retraimiento
oriental. Pero si no mujeres, flores sí suelen asomar por las casas;
lindos tiestos de claveles que ponen su nota de rojo encendido en la
apacible blancura de los muros. De cuando en cuando, plazas arboladas,
por donde discurren, con provinciana lentitud, los vecinos; una anciana
obesa, con la canasta al brazo; un sacerdote de capa y sotana, y peludo
y acordonado sombrerillo; un joven de chaquetilla ceñida y sombrero
cordobés; un señor con figura de oficinista pobre; un muchacho de blusa
larga que vocea periódicos.
Y es allí donde reside la alegría: en ese movimiento callejero; en esa
gente que, sin precipitarse, va de aquí para allá; en esas morenas de
andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que, bajo las
mantillas trasparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos
que relucen; en esas provocativas bocas que sonríen; en esos rostros
agitanados, por los cuales pasa a cada instante un relámpago de contento
instintivo.
Cádiz no es monumental; algún rincón moruno tiene interés; algún resto
medioeval, un retablo, un pedazo de muralla, son evocadores; algo
moderno: la estatua de Moret, la placa conmemorativa en la casa de
Castelar... En su reducida picanoteca hay un Rubens primoroso y cinco o
seis admirables Zurbarán; un Ribera magnífico. En su catedral, de
estilo Renacimiento español, poco significativa, guárdanse algunas
piezas de vieja orfebrería: vasos sagrados, puños de espada, cruces...
Mas, si no es monumental, es plácida y está satisfecha de vivir así. Su
alegría no llega al júbilo ruidoso; quédase en el sosegado
contentamiento. Es comercial; pero, a primera vista, no parece
emprendedora, ni se muestra poseída de la laboriosidad inquieta. Al
verla, cree uno sospechar que esta urbecilla, de pulida claridad y
dorada semipenumbra, vive, a su gusto, en el trabajo rutinario, que si
no la enriquece, tampoco la afea ni desgasta. Es linda, y con eso le
basta. El salado aliento del mar, al acariciarla, se impregna de aromas
de clavel y de fragancias de manzanilla. Hasta el tráfico del puerto es
pausado, con un dejo de arcaica parsimonia. Las barcas de los pescadores
dormitan en la orilla como gaviotas fatigadas. Apenas si se distingue,
entre las quebradas líneas de las casas, la chimenea de una fábrica.
Como buen hispanoamericano, quise pasar por el edificio donde, en 1812,
se efectuaron las memorables sesiones de las Cortes. Si unas losas de
mármol, con nombres grabados en oro unos y otros en negro, no señalaran
la casa, nadie pararía mientes en ella. Por lo que he contemplado en
unas cuantas horas de vagabundeo--calles, plazas, palacios, templos--,
no logro rehacer en mi fantasía a la Cádiz cartaginesa, ni a la
medioeval, ni a la morisca; sería preciso, para ello, venir a estudiarla
y a sorprender sus secretos. Lo que sí me imagino, lo que me reproduce
el ambiente, es la Cádiz siglo diez u ocho; la de los casacones
bordados, las rameadas chupas, las pelucas blancas, las procesiones
suntuosas, los saraos deslumbrantes. De esa sí quedan rastros,
reliquias, no apagadas visiones. El requiebro mismo que los españoles
dirigen a esta ciudad es de época; la llaman: «la tacita de plata».
Al terminar mi rápida visita, sentéme a descansar en una de las mesas
que invaden la calle en el café que está frente al mar. Concurridísimo
estaba el sitio. En todas las mesas se charlaba con insinuante gracia.
Algunos chicos limpiabotas ofrecían sacar «mucho brillo» al calzado, por
sólo diez céntimos. Serían las siete de la tarde. Un crepúsculo
prolongado entintaba las velas de las barcas, los cascos de los buques,
la superficie del agua en el mar; y en la tierra, las casas, los
cristales de las ventanas, las copas de los árboles. Agata y violeta era
el ocaso.
Junto a mí, alrededor de una mesa cubierta de vasos de cerveza, tazas de
café y cañas de manzanilla, hablaban unos jóvenes con la audacia de la
inexperiencia. Se habían enzarzado germanófilos y aliadófilos en arduas
disquisiciones. Apasionábanse ambos bandos. Temí, por un minuto, que la
discusión degenerase en riña.
Y no. De repente, uno de los oradores, comenzó a cantar «sotto voce»:
Tus amores me han «matao»... ¡ay!
La gemebunda canción, llena de aspiraciones lacrimosas, volvió la calma
al grupo. Los bastones empezaron a marcar el compás. Y discretas
palmadas subrayaron el ritmo del aire andaluz. La paz estaba hecha. Ya
dijo el fabulista que la música domestica a las fieras.